Maldito hechizo Capítulo 1
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Capítulo 1

T é para mostrar el camino: hojas de laurel, briznas de romero y unas gotitas de miel. Tomar bien caliente cuando las dudas nublen el horizonte y se busque claridad para dar el siguiente paso.

Tristan salió de su despacho en la universidad, donde trabajaba como profesor de química orgánica avanzada, y se dirigió al aparcamiento, tenía menos de media hora para presentarse en la Bruja de Cornualles, la tienda esotérica de su familia, para la reunión semanal de la hora del té.

Como cada semana se dirigió primero a recoger a Liam, su mejor amigo de toda la vida, al despacho de abogados que había montado después de licenciarse.

La familia Branok había sido propietaria de la tienda por generaciones.

Normalmente era heredada por la descendiente femenina de la familia, de ahí que en ese momento su madre fuera la dueña, aunque la compartía con su hermana Daisy.

El caso era que tras siglos de tradiciones Lyra Branok había tenido solo un hijo varón, por lo que la única esperanza de las hermanas Branok era que Tristan tuviera una hija y que esta siguiera con la tienda.

Aun así, las dos hermanas habían criado a su hijo y sobrino del mismo modo en que las habían criado a ellas: enseñándole las propiedades de las plantas, de los cristales y mostrándole cómo usar su magia.

Para disgusto de ambas Tristan era un científico que creía poco en el poder mágico de los objetos y mucho en la ciencia. Y, sin embargo, nadie podía negar que había heredado los dones de su familia.

La suerte que siempre perseguía a Tristan hizo que encontrara aparcamiento y en lugar de llamar desde el coche a Liam para hacerle saber que ya estaba allí salió y se encaminó a recogerle.

Todavía tenían tiempo para llegar a su cita, por lo que podía permitirse entrar a verle y saludar a Bethany, la secretaria de Liam y una de las amigas más queridas de ambos.

Tocó al timbre y esperó a que le abrieran. Una vez dentro cogió el ascensor y pulsó la planta a la que deseaba ir. Al bajar de este cubrió la distancia que le separaba del despacho y entró, ya que Bethany le había dejado la puerta abierta.

Su amiga estaba en su escritorio con la atención fija en su ordenador.

—Buenas tardes, Bee. ¿Cómo está James?

Ella apartó la atención de su trabajo para fulminarle con la mirada.

Odiaba que la llamaran así, pero es que era el apodo era perfecto para ella.

Su cabello rubio y el hecho de que siempre vistiera de negro lo convertían en el mote adecuado para Bethany, mucho más que Beth o cualquiera más convencional.

Como solía pasar en estos casos, el diminutivo burlón y cariñoso al mismo tiempo había cuajado y casi todos sus amigos la llamaban así. No obstante, al único al que realmente le ponía mala cara cuando lo usaba era a Tristan, ya que había sido él el artífice de este.

—Mi marido perfecto, como siempre —contestó fingiéndose enfadada. Siéntate un momento que Liam está ocupado, o mejor entra y disfruta de la compañía.

Tristan la miró sin entender.

Ella suspiró sonoramente antes de explicarse.

—Está con Hunter. Si no fuera una buena persona te habría dicho directamente que pasaras para hacerte pasar un mal rato.

—Yo no…

—No te molestes en negarlo. Es evidente para todos que tienes animadversión por Hunter, lo que no logro entender es el motivo porque es encantador.

—Lo que tú digas.

—Me alegra ver que no lo niegas —comentó una vez burlona detrás de él.

No necesitó darse la vuelta para saber de quién se trataba.

—Ni niego ni afirmo —zanjó muy serio.

No podía negar que sí que sentía cierta animadversión por el hermano mayor de su mejor amigo. La historia de ambos estaba repleta de desencuentros de ese estilo.

—Ya sabes lo que dicen: el que calla otorga.

—En ese caso, permíteme cambiar de opinión: no, no me parece encantador por mucho que se esfuerce en parecerlo —lo dijo mirando a Bethany—. De hecho, el que se esfuerce tanto se ve contraproducente. Se nota lo falso.

En lugar de enfadarse Hunter soltó una carcajada de diversión.

—Ya veo que no has cambiado nada.

—Puedo decir lo mismo de ti —contraatacó.

Y sin decir nada más pasó por su lado y entró en el despacho de Liam, cerrando la puerta detrás de él.

—Dime que no te has peleado con mi hermano.

—Ya sabes que mentir está prohibido en la familia Branok, así que mejor no preguntes si la respuesta va a molestarte.

Liam bufó, pero se le notaba la risa en la mirada.

Diez minutos más tarde los dos iban en el coche de Tristan de camino a La bruja de Cornualles para su cita semanal para tomar el té con el aquelarre de su madre y su tía.

No era que las mujeres que asistían fueran realmente brujas, eran fanáticas del esoterismo y viejas amigas de la familia Branok.

—La mayoría tienen la edad de nuestras madres

—¿Y qué? Siguen siendo una compañía estupenda

—Te gustan demasiado las mujeres

—Y a ti los hombres —se encogió de hombros—. Por eso siempre nos hemos llevado tan bien, no hay competencia.

—Iluso de mí y yo que creía que era porque somos mejores amigos desde... prácticamente siempre.

—Búrlate lo que quieras, pero todo lo que sé sobre mujeres me lo han enseñado ellas. Gracias al club del té soy el hombre perfecto para el género femenino de St. Ives.

—Razón por la que no te pierdes una reunión.

Su amigo se encogió de hombros al tiempo que esbozaba una sonrisa de orgullo.

—Soy su favorito. Si no acudiera cada semana me echarían de menos.

Tristan se burló, más por molestarle que por otra cosa porque lo cierto era que tenía razón. Las chicas de la reunión del té lo adoraban. Algunas ya habían casado a sus hijas, por lo que tenían la esperanza de que sus nietas lo conquistaran.

Liam era un buen partido, abogado, guapo, amable y de una familia local.

Puede que fuera un poquito mujeriego, pero estaban seguras de que todo cambiaría cuando conociera a la mujer adecuada para él.

Secretamente Tristan también lo pensaba, pero no iba a entrometerse del mismo modo que su amigo jamás lo había hecho con sus ligues o su manera de vivir su vida.

Eran mejores amigos, casi hermano, se lo contaban todo, se daban consejos, pero jamás imponían sus ideas o pensamientos al otro. Por eso su amistad era tan sólida que, incluso teniendo pensamientos opuestos sobre algunos temas, seguían respetándose y pudiendo hablar abiertamente de ello.

Aparcó frente a La bruja de Cornualles y se encaminó a la tienda.

Liam le adelantó a toda prisa, consiguiendo que se riera de él.

Estaba a punto de hacer su entrada triunfal de cada semana, lo que haría que las mujeres que lo esperaban sonrieran encantadas y que el ambiente se volviera más jovial de lo que ya era habitualmente.

Le siguió de cerca, no queriendo perderse nada.

—Bellezas, no tenéis que echarme de menos, ya estoy aquí —anunció con la misma convicción con la que lo hacía cada semana.

Las aludidas se rieron como siempre, llenas de afecto por su mejor amigo. Una de las personas más amables y buenas que Tristan había conocido nunca.

—Y también traigo a Tristan —anunció como era habitual—. No es tan guapo como yo, pero es buena gente.

—Podrías cambiar el discurso —se quejó mientras se acercaba a besar a su madre y a su tía.

—No puedo. Les encanta.

Nadie replicó. Era la pura verdad.