Maldito hechizo Capítulo 28
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Capítulo 28

T é para iluminar las sombras del desvelo:

flores de pasionaria, hojas de melisa y unos granos de cardamomo majado.

Tomar a medianoche cuando los pensamientos se entrelacen y el corazón busque certezas antes de entregarse al descanso.

Era extremadamente tarde esa noche cuando Tristan regresó a su piso tras haber pasado una tarde inolvidable, intensa y reparadora en la elegante casa de Hunter.

Permanecía completamente inmóvil, tumbado de espaldas en la cama con la mirada fija en la penumbra, invadido por una calidez en el pecho, un hormigueo suave que recorría su estómago ante la sensación de los labios de Hunter pegados a los suyos.

El recuerdo de los besos compartidos en el salón, en esa ocasión sin alcohol de por medio o palabras frías después. Solo la necesidad del contacto, la calidez de sus bocas y el deseo de fundirse en el otro.

Al meterse bajo las sábanas, Tristan no pudo evitar sentirse inmensamente feliz por la confesión abierta, transparente y valiente que Hunter le había hecho.

Saber que aquel primer beso adolescente no había sido un error insignificante de juventud, ni un juego de niños olvidado por el tiempo, sino el origen de un sentimiento mutuo y celosamente guardado durante años, le liberaba de ese dolor que no había podido borrar, por mucho que lo intentara.

La certeza de saberse correspondido por el hombre que siempre había ocupado un lugar tan complejo y especial en sus pensamientos le daba una sensación de plenitud y alegría que le mantenía despierto.

Sin embargo, esa felicidad que lo invadía comenzaba a entrelazarse de manera inevitable con una punzada persistente de preocupación que amenazaba con robarle la calma antes de poder conciliar el sueño.

En todos los años que se conocían, desde que eran apenas dos muchachos que vivían puerta con puerta en el vecindario de St. Ives, compartiendo tardes de verano y miradas furtivas, hasta el momento presente en el que ambos eran adultos instalados en sus respetivas vidas profesionales, Tristan nunca había visto ni oído que Hunter saliera con un hombre.

Jamás. Durante su etapa en el instituto y en los años posteriores, al periodista solo se le habían conocido algunas parejas femeninas de forma puntual y discreta.

Aquella realidad indiscutible solo podía significar una cosa: con total probabilidad, absolutamente nadie en el pequeño pueblo costero, ni en su círculo cerrado de amigos del pub, ni mucho menos en su propia familia, sabía que Hunter era bisexual.

Y eso en sí no representaba un problema personal para Tristan.

El químico comprendía perfectamente que Hunter tenía todo el derecho del mundo de guardar sus intimidades en la esfera privada, y compartir únicamente lo que quisiera de su vida personal con quien él decidiera en el momento en que se sintiera preparado.

Tristan valoraba el respeto por los tiempos ajenos por encima de todas las cosas. No se trataba en absoluto de juzgar su reserva ni de reprocharle su silencio sobre el pasado, sino del hecho ineludible de las consecuencias prácticas que aquella situación traería para ambos.

Las dudas comenzaron a agolparse en su mente como olas pesadas rompiendo en la orilla durante una noche de tormenta.

Si Hunter estaba verdaderamente en el armario y prefería mantener su orientación oculta ante el escrutinio de sus vecinos, una relación pública con él iba a ser prácticamente imposible de llevar a cabo con normalidad.

¿Acaso iban a tener que disfrazar de simple amistad lo que estaban empezando a construir?

¿Tendrían que mantener las distancias cuando caminaran por las calles empedradas del puerto, ahogar las miradas cómplices cuando se cruzaran frente a conocidos y refugiarse únicamente entre las cuatro paredes de sus casas para poder ser verdaderamente ellos mismos?

La sola idea de vivir un amor clandestino, de ocultarse en las sombras, en los susurros y en el disimulo constante le producía un nudo amargo en la garganta.

No quería esconderse, ni quería sentir que el afecto que compartían era algo que debía ocultarse con vergüenza del resto del mundo.

Por otro lado, había otro dilema ético y de peso que no dejaba de rondarle la cabeza con insistencia: ¿debía contarle en algún momento la verdad sobre el té de la poción de amor que habían compartido en La bruja de Cornualles?

Tristan sentía una pizca de remordimiento al recordar que el desenlace de la semana anterior había estado inevitablemente catalizado por sus brebajes herbales y sus secretos de botánica.

Aunque el antídoto ya había neutralizado cualquier efecto químico o mágico en el organismo de Hunter, y la atracción del periodista demostraba ser totalmente real, profunda y sincera, Tristan no sabía si era el momento adecuado para desvelarle toda la verdad sobre las propiedades de aquel té.

Temía que si le contaba la existencia de la poción en este instante solo serviría para sembrar dudas en la mente de Hunter, haciéndole cuestionarse si sus propios sentimientos eran genuinos o el resultado de una manipulación fortuita.

Sumergido en esa vorágine de pensamientos contradictorios, hipótesis y temores nocturnos, Tristan no llegó a ninguna conclusión definitiva, porque de pronto la pantalla de su teléfono móvil se iluminó sobre la mesilla de noche con un zumbido brillante y vibrante.

Tristan estiró el brazo en la oscuridad y tomó el dispositivo. Eran un par de mensajes de texto recién llegados de Hunter.

«¿Sigues despierto o te has dormido ya?» «Me he quedado pensando en lo de esta tarde y en nuestra conversación».

Tristan sonrió de inmediato ante la luz azulada de la pantalla, sintiendo cómo toda su preocupación pasaba a un segundo plano tres el mensaje de Hunter. Le escribió una respuesta rápida contestándole que no, que seguía despierto y metido en la cama dando vueltas a la cabeza.

Apenas dos segundos después de enviar el mensaje, la pantalla cambió para mostrar una llamada entrante con la foto y el nombre de Hunter.

Tristan descolgó sin dudarlo un segundo y se colocó el teléfono en la oreja, acomodando la cabeza contra la almohada mullida mientras dejaba escapar un leve suspiro.

—Pensaba que te habías dormido ya y que te estaría molestando —dijo la voz de Hunter al otro lado de la línea.

—La verdad es que estaba dando vueltas en la cama—admitió Tristan, escuchando el leve murmullo de las sábanas al otro lado del teléfono—. Aunque es divertido que me llames cuando nos hemos despedido en la puerta de tu casa hace apenas un par de horas.

—Lo sé, es una locura —admitió Hunter con una risita baja y ronca que resonó en el oído de Tristan—. Pero me he metido en la cama y la casa se sentía demasiado grande y silenciosa sin ti. Tenía ganas de escuchar tu voz antes de dormirme.

A pesar de que se habían visto durante gran parte del día y de que habían compartido un almuerzo familiar y una tarde entera en el salón, la llamada telefónica se extendió de manera durante casi una hora entera. Hablaron con una intimidad relajada, libres de las presiones del entorno.

Hunter le contó anécdotas divertidas sobre sus primeros años trabajando como periodista de investigación en el periódico local, de lo mucho que le pesaba a veces la rutina de las noticias y de la paz tan extraña, profunda y hermosa que había sentido durante todo el domingo a su lado.

Tristan, por su parte, le habló con entusiasmo de sus proyectos de investigación en el laboratorio de química y de la satisfacción que le producía ver el progreso de sus alumnos en la facultad.

Escuchar la respiración pausada y regular de Hunter al otro lado de la línea era un bálsamo reconfortante que borraba cualquier rastro de insomnio.

Sin embargo, a pesar de la enorme complicidad que había entre ellos, Tristan no se atrevió a preguntarle abiertamente si su familia sabía que también salía con hombres, ni abordó el espinoso tema del armario o de las apariencias en St. Ives.

Prefirió paladear la dulzura del presente, saborear el tono afectuoso de Hunter y guardar sus temores para la luz del día.

Cuando finalmente se despidieron con un susurro cariñoso y la llamada se cortó lentamente, Tristan dejó el teléfono sobre la mesilla, cerró los ojos con el corazón tranquilo y se entregó por fin al descanso.

Se pasó media noche soñando. En sus sueños más profundos y lúcidos, el sol brillaba con fuerza sobre el paseo marítimo de St. Ives y los dos caminaban juntos por las calles empedradas de la costa, entre la gente del pueblo, los comerciantes y los marineros, cogidos de la mano con total libertad, sonriendo abiertamente y sin tener que esconderse absolutamente de nadie.