Epílogo de Nicholas y Aileen
O cho meses más tarde .
Nicholas y Aileen se comprometieron a la semana siguiente de haber desmentido a la familia Tennanth, por petición expresa de Nick, que no quería esperar más y para darle su sitio a la mujer que amaba, así se evitaba cualquier suceso inesperado o falacia.
El matrimonio se celebró a los pocos meses de que Fred y Diana festejasen su enlace por todo lo alto.
Aunque Nick lo vivió más nervioso, pues para él el tiempo no corría lo suficientemente rápido, para Aileen fue una época de gozo debido a la firme seguridad de que el amor de Nick hacia ella era inquebrantable y nada podía separarlos.
La celebración fue en la mansión Ravenstone, en Belgravia, que se convirtió a partir de ese instante en el nuevo hogar de Aileen, pues ya se había procedido a llevar todas sus pertenencias.
Por su parte, Blanche se había arrendado un elegante piso al final de esa calle, perteneciente a unos amigos de siempre que se lo dejaron a buen precio.
Blanche aludía a que la pareja necesitaba una mayor intimidad, sin embargo, la verdad era otra: tener ese piso le concedía la libertad de ir y venir que con su hijo y su nuera no tendría, porque no podría reunir a sus amigas en casa todos los días.
En ese tiempo que llevaban casados Aileen había aprendido a amar con el corazón y el alma.
Amar con el cuerpo sin barreras, ni disfraces, que ocultasen lo que sentía por Nick, y lo que él le hacía sentir a ella.
Las noches se llenaban de suspiros y jadeos entrecortados mientras caían en las redes de una pasión dormida que se desperezó con fuerza en el momento que compartieron cama.
—No me llegará esta vida para mostrarte todo lo que te amo —le había confesado Nick tras haber saciado sus cuerpos.
***
Aileen recordó los cambios que se habían producido en su vida, acostada bajo los dos abedules que había en la orilla del río Arun.
Aquel lugar se había convertido en el sitio favorito de ellos, pues allí se habían regalado risas y robado besos.
Arundel, sobre todo para Nick, tenía un significado especial, para Aileen también, ya que fue donde su amor floreció, donde sus corazones se sintieron libres para amar, por mucho que ella pusiera impedimentos o discutieran a pleno pulmón.
Arundel siempre sería un refugio de amor.
A finales de esa primavera, el sol calentaba con tanta fuerza como en pleno verano, el bosque que los rodeaba a sus espaldas estaba reverdecido y el fluir del río y el trinar de los pájaros era la melodía que los acompañaba en ese sosiego romántico, que los había hecho caer en un silencio cómodo, ya que las caricias que se regalaban hablaban por ellos al estar tumbados sobre la misma manta que se había utilizado en aquel desayuno sorpresa que Nick había organizado tiempo atrás, cuando su amor era incipiente, pero igual de apasionado.
—Me quedaría así toda la vida —suspiró Nick—. No necesito nada más.
—En unos meses nos reuniremos todos aquí. —Ese era el plan, juntarse todos en Arundel, aunque ese año conocería al fin la propiedad que Nick tenía en Aveley.
—Sí, pero estaremos rodeados de nuestras familias y no tendremos mucho tiempo para escabullirnos.
—Lo lograremos, ya verás. —Le dio un beso en el pecho encima de la camisa, de tacto suave.
—Te voy a confesar una cosa que creo que nunca te dije.
—¿Qué?
Nick acercó la boca a su pelo para que esas palabras quedasen entre ellos y lejos del río.
—Mi momento favorito es cuando te tengo entre mis brazos, sentirte me reconforta en todos los aspectos.
—Para mí también lo es, pero tenemos obligaciones y no nos podemos escapar de ellas —alegó Aileen—. Piensa esto: no vernos en casi todo el día hace que nos agarremos más fuerte a esos instantes compartidos.
—Tienes razón, milady.
—¡Ag! No me acostumbro a que me llamen así.
Nick soltó una carcajada que resonó por todo el bosque y que el río arrastró con él.
A Aileen le saltó el corazón; hacerlo reír era el mejor trabajo que tenía en su matrimonio, aunque lo cierto era que juntos jamás se aburrían, no solo por el hecho de hacer el amor, sino que disfrutaban de los mismos pasatiempos, compartir la vida con un hombre como él era el regalo que sus padres le había hecho allá donde estuvieran.
—Con el tiempo te acostumbrarás.
—Lo dudo.
—Ya verás como sí, pero para mí siempre serás Aileen. Es más, si tenemos una hija se llamará como tú —sentenció él.
—¿Y si no llegan? —Eso era algo que por dentro la quemaba.
Nick intuyendo sus pensamientos, le puso un dedo bajo el mentón y la obligó a mirarlo.
—Vendrán cuando tengan que venir. No me preocupa, porque sé que eso sucederá y cuando ocurra estaré a tu lado, pero mientras tanto podemos disfrutar el uno del otro.
Aquel maldito duque, como ella lo llamaba al principio de tratarse, se había convertido en el hombre de su vida y un compañero paciente, preocupado y que al leerle el alma ahuyentaba todos los temores que le podían surgir al darle confianza cuando todo se desequilibraba.
—¿Cómo puedes ser tan comprensivo?
—Porque te quiero y contigo el amor tiene algo más, algo oculto que quiero descubrir a tu lado. —En sus ojos azules brilló la certeza de esas palabras y ella volvió a percibir como podía sumergirse en ellos sin miedo a ahogarse.
—Jamás se me pasó por la cabeza compartir este amor tan intenso a tu lado.
Él le acarició la nariz con la punta de la suya.
—La sorpresa de la vida.
—Te quiero, y quiero que sigas dándome sorpresas.
—Eso siempre.
Él dejó caer su boca sobre la de ella para sellar esa promesa que tenía un eco infinito.