Epílogo de Fred y Diana
U n año después.
Los meses pasaban volando, y los condes Wrigh vivían en una permanente luna de miel. Fred se convirtió en un esposo atento, tierno y apasionado, que enloquecía a Diana con una sola mirada ardiente que le llegaba al alma, y le acariciaba el corazón.
—Si sigues clavando tus ojos en mí, no terminaré nunca de vestirme. Llegaremos tarde al baile de los Russ.
Ella, en lugar de acicalarse en su dormitorio, lo hacía en el de él.
Desde el principio se había acostumbrado a dormir en el de su esposo, el suyo lo consideraba muy delicado para un hombre de su envergadura.
Además, al principio de su vida matrimonial, mientras él le enseñaba juegos de cama, terminaron en el suelo, su pasión arrolladora fue el desencadenante de aquella caída.
Unos días antes se había roto una pata y al colocarla quedó coja, haciendo que en ese momento terminaran en el suelo.
Desde entonces pasaban las noches en el dormitorio de Fred, era más amplio, habían disfrutado del diván, del sillón y de la gran cama con dosel, donde podían dar rienda suelta a su efervescente pasión. ¡Ay si aquellos postes hablaran!
—Es tan fácil como que te vayas a tu dormitorio y dejes que tu doncella te eche una mano. —Fred esperaba que no lo tomara en serio, disfrutaba una barbaridad con ella a su alrededor.
—¡Qué tontería! Si necesito ayuda solo tengo que decírtelo. ¿Acaso no lo harías?
—Ya lo creo que sí, solo hace falta que te acerques y te prometo que no iremos a la velada de los Russ —habló él con la mirada encendida—. Yo te daré otro tipo de baile.
—Uf, me están entrando calores.
Ella lo veía a través del espejo donde se miraba mientras se ponía los pendientes, y apretó los labios para no soltar una carcajada.
Los ojos de él se clavaron en los de ella, y la joya se le escurrió de los dedos; no lo hizo a propósito, pero cuando se inclinó a cogerla y le mostró el vertiginoso escote a Fred, este pensó que tenía muy pocas ganas de ir a aquel evento.
—Querida, ¿no crees que la costurera te tomó mal las medidas?
—Al hablar una mano masculina fue hacia el pecho de ella, que estaba apenas cubierto por aquella seda salvaje azul pavo real, y casi hacía que se le saliera el pezón.
Cogió aire con fuerza y se separó atándose el pañuelo de cuello en un nudo desenfadado, no soportaba aquellos elaborados que no permitían el libre movimiento del cuello.
—Madame Estelle es una experta en lo que hace, sabe lo que me gusta, sin embargo, creo que este vestido lo hizo para que lo disfrutaras tú.
A Fred se le salían los ojos de las órbitas, en ese momento entendía aquel vertiginoso escote. Debería acordarse de mandarle un detalle a esa mujer que procuraba su deleite.
—Lo tendré en cuenta —dijo acercándose a ella; esa noche no iban a salir de aquel dormitorio. Se colocó detrás de ella, se inclinó, y le mordió la oreja con suavidad, quedando un pendiente en su boca, se lo sacó e hizo lo mismo con la otra.
Diana sonrió con picardía, le encantaba cuando se quedaban entre aquellas paredes, además, no tenía ningunas ganas de ir a la mansión de los Russ, pues estos invitaban a todo el mundo y el aire en los salones de la casa se hacía irrespirable.
Tenía la opción de salir a pasear por sus jardines, sin embargo, las viejas chismosas afilaban sus lenguas, y soltaban muchas tonterías: «es vergonzoso que los Wrigh se magreen en jardines ajenos», «que forma de besarse, ¿no ven que están rodeados de jovencitas?
», «no se les debería permitir que bailen entre las sombras del jardín».
Las dos primeras afirmaciones no eran ciertas, eran inventadas por la envidia que las corroía.
Solo la última, ya que les encantaba rodar sin estar rodeados de personas que no los perdían de vista.
Ella rio, fue como el sonido de una campanilla que precedía lo que estaba por venir, a Fred le encantaba, era como una afirmación de lo feliz que la hacía.
—Cariño, no llegaremos, los Russ nos echarán de menos, ya sabes que nos hemos convertido en la atracción de la temporada. —Trató de engatusarlo Diana.
—En eso tienes razón, cielo, los Russ no nos verán el pelo, pero llegaremos, ya lo creo que llegaremos. —La sonrisa que le dedicó al darle la vuelta y dejarla mirándolo a él le hizo temblar las entrañas.
—¿Dónde pretendes llevarme?
—Al paraíso del placer. —Su voz ya sonaba algo ronca por la excitación.
—Te acompañaré con mucho gusto. —Diana se lanzó a sus brazos.
Fred la envolvió en sus brazos y fundió su boca con la femenina en un dulce beso que la hizo gemir.
Con una gran mano en la nuca de Diana para no separar sus labios, la otra se dedicó a desabrochar los botones de la espalda; se había convertido en un experto en hacerlo.
La doncella de Diana, una mujer que había estado al servicio de la madre del conde durante años, se quejaba de esa costumbre, de esos cambios, no sabía de ningún hombre que se convirtiera en la doncella de su esposa.
Diana sentía las manos de su esposo que aflojaban las cintas de su ropa interior.
En cualquier momento, toda su vestimenta quedaría en un charco a sus pies, y no se equivocó.
De repente, él dio un paso atrás y ella notó la caricia de la seda de sus finas prendas que con una caricia resbalaban por su piel.
—Si eres un sueño no quiero despertar nunca —susurró el conde besando aquellos dulces labios del color de las ciruelas maduras.
Fred la miró de la cabeza a los pies, parando sus ojos en las luces y sombras que envolvían aquel cuerpo escultural, notó un tirón en la entrepierna y ante la mirada encendida de Diana fue desprendiéndose de sus ropas.
Al quedar desnudo frente a ella, su pene dio una sacudida al sentir los ojos de ella clavados en él.
Lo que hizo salir el lado travieso de su esposa.
—Es hora de bailar, esposo mío.
Si eso era lo que quería, eso era lo que harían. La tomó entre sus brazos y tarareando un vals empezó a rodar por la alfombra Aubusson que cubría casi todo el dormitorio.
Diana sonreía feliz, tenía un esposo dispuesto a retrasar su placer para consentirle en todo lo que ella le pidiera.
No podía amarlo más. Su felicidad era tan grande, que aprovecharía el momento para darle aquella noticia que se había estado guardando para ella.
Reconocía que fue un gesto egoísta no compartir con él lo que hacía algunas semanas sabía, sin embargo, había querido hacerse a la idea, convencerse que aquello no era ningún sueño, que le estaba ocurriendo de verdad.
Además, había escuchado que había hombres que cuando sabían que serían padres dejaban de hacer caso a sus esposas.
El roce de los cuerpos desnudos terminó de encenderlos a los dos, ella notaba los pezones doloridos de lo tiesos que los tenía al ser acariciados por aquel vello suave del pecho de su esposo.
El pene de él frotaba la tripa donde crecía su hijo, y él se preguntaba ¿qué estaba esperando Diana para hacérselo saber?
Llevaba dos meses sin tener el habitual trastorno femenino, eso solo podía representar una cosa: sería padre.
Aquel roce lo enloqueció, la llevó hasta uno de los postes de la cama, y apoyándola en él, la tomó por la cintura, la elevó, y dejándola resbalar, entró en aquel cuerpo que lo acogía como un guante.
Con un brazo en la espalda de ella para que no se hiciera daño por el roce de la madera, y marcando el ritmo con el otro y las caderas, le capturó los labios e hicieron el amor dejándose llevar por aquel sentimiento que los pilló a ambos desprevenidos, no obstante, la felicidad que los acompañaba los hacía los seres más dichosos de la tierra.
Cuando el gozo los recorrió en oleadas, Diana gritó y se dejó ir quedando colgada del cuello de su amoroso conde. Él dio dos pasos y se tumbó en la cama sin salir de ella, le encantaba aquella sensación.
Diana se revolvió encima de él y al levantar la cabeza, lo vio sonriéndole.
—Amor mío, me vuelves loco de amor, podría morir entre tus brazos y lo haría feliz.
A ella no le gustó lo que decía, y frunció el ceño.
—No se te ocurra, no me dejes nunca, eso ni lo pienses… o ¿es que no quieres conocer a tu hijo? —Al terminar de hablar, tenía los ojos húmedos.
Fred se arrepintió en el acto de haberlo dicho, veía miedo en la mirada de Diana, y se hubiese dado de patadas mentales por ser tan insensible. Debía arreglarlo en ese mismo instante.
Abrió la boca y fingió sorpresa.
—¿Vamos a tener un hijo? —Su mirada oscura brilló de satisfacción, no le diría que ya lo imaginaba.
—Sí —susurró ella bajando los ojos hacia el pecho velludo.
Él le puso dos dedos debajo de su barbilla, y se la empujó para que lo mirara a la cara.
—¿No eres feliz? —Le extrañaba aquella expresión abatida de ella, hacía unos momentos que estaba feliz, y en esos momentos la veía pesarosa.
—Claro que lo soy. ¿Eres de esos hombres que cuando tienen a sus esposas en cinta dejan de tocarlas? —Parecía muy afligida y eso le rompía el corazón.
—¿De dónde has sacado eso?
—Lo he escuchado por ahí.
—No hagas caso de todo lo que se dice, en situaciones como esta la mayoría de las veces no es cierto. —Diana parecía no terminar de creerlo, y tomó la decisión de hacerle saber que ya lo sospechaba—. ¿Acaso no termino de hacerte el amor?
—Sí, pero tú no sabías…
Fred le cubrió la boca con ternura con sus dedos.
—Yo presentía que estabas embarazada.
—¿Cómo podías? —preguntó incrédula, pensando que lo decía para apaciguarla.
—Hace dos meses que no interrumpimos nuestras gozosas noches. —Lo dijo con una sonrisa satisfecha, ante la boca abierta de ella—. Sí amor, lo sabía.
Entonces ella decidió hacerle saber lo que la preocupaba.
—¿Crees que podemos hacer daño al niño cuando hacemos el amor?
La congoja que él vio en sus ojos, hizo que la abrazara con ternura.
—¿Cómo puede afectarle lo mismo que hemos hecho para que esté ahí?
Ella asintió a las palabras sensatas que le dijo él, y para terminar de convencerla, dio vuelta en la cama, y la capturó debajo de él para volver a hacerle el amor hasta hacerla gritar de placer.
—Te amo, te amo, te amo…