¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 36
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Capítulo 36

—V amos Aileen, no quiero ver a mi hermana enclaustrada. —Diana tiraba de ella.

Aileen masculló alguna palabra.

Su hermana la había obligado a vestirse, a peinarse y se empeñaba en que bajase cuando ella quería el resguardo de la tranquilidad de su habitación.

No quería apabullarse por las preguntas de sus tías o verle la cara a su hermano, que había sido cómplice en las palabras contra ella, en vez de sacar la cara.

«Luego va diciendo que nos quiere», pensó con una punzada de dolor, pues en esos días se percató que no podía contar con él.

—No quiero, Diana —le dijo.

—Tienes que bajar y punto —le ordenó ella.

Haciendo de tripas corazón, claudicó, pues cuando Diana se ponía pesada no había quien la aguantase.

Al cruzar la puerta le dio un escalofrío, pues al salir de su enclaustramiento autoimpuesto se exponía a comentarios, cuestiones que no quería responder, a escuchar aquello que no le gustaría oír y que solo aumentaría el daño que arrastraba y ese dolor que le cortaba la respiración y no la dejaba ser ella misma, ya que había consumido su propio orgullo, se había llevado lo mejor de sí misma y la había dejado hecha jirones.

Esa era la imagen que también le había devuelto el espejo y en la cual apenas se reconocía, ya no era esa muchacha alegre, todo lo bueno había desaparecido en favor de una tristeza que la envolvía y se apreciaba más que nada en sus ojos.

Era una mujer sin alma y que estaba en la vida por estar, esperando que el tiempo pasase lo más rápido posible.

¿Eso era el sufrimiento del amor? ¿Ese era el precio a pagar por un mal amor? Ella estaba decidida a cerrarse a ese absurdo sentimiento para siempre.

Bajó la escalinata y la sorprendió lo silencioso que estaba todo, el silencio casi se podía palpar con las manos y se hacía visible en cada esquina.

—¿Por qué no se oye nada? —le inquirió a su hermana.

—La casa está así desde que no sales de tu habitación.

Esa respuesta no se la esperaba.

—Ahora, la culpa es mía —asintió.

—No, no te estoy culpando, tú eres más ruidosa que yo, querida hermana, pero tu tristeza acompaña al resto de la casa. Todos han estado muy preocupados por ti.

—¿Dónde están las tías?

—Se han ido a tomar el té con Rebecca —le comentó Diana.

—Estamos solas —afirmó Aileen un poco más tranquila.

—Así es.

—Vaya.

—¿Por qué crees que te animé a bajar? Podemos hablar de todo lo que quieras y estaremos tranquilas sin que nadie nos oiga. —Diana le dio un abrazo—. Ve hacia el salón, allí tomaremos algún refrigerio —le indicó—. Voy a pedir que nos lo sirvan para que comas algo.

—No me apetece. —Sabía que su hermana lo hacía con todas las buenas intenciones, pero si metía algo al estómago se arriesgaba a vomitar.

—Ya lo veremos —musitó Diana.

Aileen hizo lo que le pidió su hermana, fue hacia el salón cabizbaja sintiendo que el camino era más largo de lo normal.

Al entrar, la puerta se cerró sola, lo que le pareció extraño, aunque no le dio importancia si no fuera porque al girarse vio a un hombre con las manos juntas en la espalda, mirando por la ventana.

Su traje oscuro contrastaba con la claridad, así como la blancura de las cortinas, captando su figura toda la luz, lo que lo convertía en un ángel o en un ser de otro orbe.

Aun así, su cuerpo no tardó en reaccionar: las manos comenzaron a sudarle, los nervios volvían a punzarle en los costados, notaba como el corsé la oprimía hasta ahogarla.

Tragó con fuerza antes de frotarse los ojos, ya que en esos instantes puso en duda sus sentidos y llegó a la conclusión de que su mente cansada había llegado a tal punto de locura que le mostraba visiones que no existían.

—¿Nicholas? —musitó aquel nombre que le dolía en el corazón y le raspó la garganta al pronunciarlo, notando cierta aspereza en la lengua. Él se giró y ahí estaba, tan atractivo que dolía el alma al mirarlo—. No es cierto. —Aileen dio un paso atrás.

—Hola, Aileen —pronunció su nombre con una suavidad que para ella fue como el tacto de la seda en sus oídos.

En el fondo, su voz tranquilizó su alma turbada.

Ella sin decir nada, se giró con la intención de irse, pero la puerta de repente estaba cerrada.

—Diana, Diana —le gritó a su hermana para que fuese en su ayuda.

—Nadie va a acudir en tu rescate.

Esa confirmación por parte de Nick consiguió que al fin su orgullo herido se despertase en su interior y movida por un impulso insano, agarró una figurilla de la mesita que tenía al lado y se la tiró.

Nick fue más rápido y la esquivó antes de que le diera, dejando que se estrellase contra el suelo, provocando un estruendo.

El ruido que hizo la porcelana al romperse, los dos lo percibieron como si se tratase de sus corazones quebrados.

—Te lo dije, ¡déjame en paz! —Se acordó de lo que le dijo la última vez que se habían visto.

—Tenemos que hablar.

—No quiero saber nada de ti, ve a buscar a esa otra que quieres como esposa y olvídate que existo.

—Primero, tenemos que hablar, y segundo, no puedes pedirme que me olvide de ti.

—¡Claro que puedo! Y, es más, te lo exijo.

—No puedo cuando mi mente y mi corazón me lo impiden y no hacen otra cosa que añorarte.

—Arráncatelos. —Si no era suficiente una figurita, ella se acercó a la cornisa de la chimenea, cogió otra y se la tiró, aunque esta vez Nick la cogió, colocándola en el sofá que tenía cerca—. ¡Vete!

—No, no me iré hasta que me escuches. —Él era firme en sus decisiones.

—Pues nada, habla tú solo.

—No me iré de aquí, porque te sigo amando, Aileen.

—Vale, muy bien, pero no pienso escucharte. —Se tapó los oídos con las manos todo lo fuerte que pudo—. Por cierto, para hacerte ahorrar saliva, no creo nada de lo que salga de tu sucia boca, eres un mentiroso, vete con tu otra mujer.

—Estás equivocada.

—Eres un caradura, ahora me acusas de loca, ¿no es así? —Víctima de otro impulso y enfadada como nunca antes había estado con un hombre, fue hacia él cogiendo por el camino un cojín y hecha una furia comenzó a pegarle—. Llama loca a otra, pero yo no soñé lo que oí.

—Te equivocas Aileen.

—¡Vete con tus mentiras a otra parte!

—No tengo mujer, no tengo a nadie más en mi corazón que no seas tú.

—No te creo, jamás te creeré. —Ella le golpeaba con más fuerza agarrando con las dos manos el cojín.

—Por favor, para.

—Te golpearé las veces que me dé la gana, como tú me vapuleaste delante de Fred y de mi hermano.

—¡Niña, no seas cabezota! —Aileen paró al escuchar a la tía Lilia.

—¿Tía Lilia? —Ella dejó lo que estaba haciendo para centrarse en la voz.

Nick aprovechó para quitarle de las manos el cojín, que se había convertido en un arma peligrosa, arrojándolo a un lado.

—Vas a escuchar todo lo que tengo que decirte.

—¿Quién lo ordena? —Ella no estaba dispuesta a ceder.

—Escúchalo, no hagas la tonta —le aconsejó Constance.

Aileen miró hacia una de las puertas que comunicaba esa estancia con la que tenía al lado.

—Atiende. —Aileen no le hacía caso, estaba más pendiente de la puerta que de él, por eso, le rodeó el rostro con las manos.

—Suéltame.

—Deja que te toque mujer, no seas así. —Volvió a hablar Constance.

—Pero, ¿nos están escuchando? —A Aileen le salió sola esa pregunta con los ojos perdidos en los azules de Nick.

—La noche de la fiesta estábamos hablando de la joven Tennanth y creo, sin miedo a equivocarme, que lo primero que escuchaste fue su mentira sobre un supuesto compromiso que jamás existió y que la familia se ha visto en la obligación de desmentir.

—¿Qué? —Aileen agitó la cabeza confundida.

—Lo que pasó fue que escuchaste el veneno que esa dama, por ser educado, lleva dentro, cuando estaba haciendo creer a todo el mundo que se iba a prometer conmigo.

—Él abrió la chaqueta y de una solapa interior sacó bien doblado un folletín—.

Yo lo rebatí con la ayuda de mis abogados y originó que la familia se viese en el imperativo de desmentirlo, y aquí tienes la prueba de ello, pues como duque estoy en la obligación de salvaguardar todo y a todos los que están a mi alrededor, entre los que tú te encuentras, porque esto fue lo que causó que nos alejásemos y hayamos terminado de esta manera.

—No quiero nada tuyo.

—Lee, por favor—rogó él.

—No seas cabezota, Aileen. —Oyó esta vez la voz de Rebecca.

—Madre, ¿se quiere callar? —Aileen parpadeó, ¿estaba Fred también al otro lado de la puerta?

—¿Qué pasa ahí fuera? —inquirió Aileen.

—No tengo ni idea, pero creo que están chismorreando.

¿Todos estaban detrás de la puerta? ¿Aquello era un sueño o una pesadilla?

No sabía qué creer y cuando volvió a mirarlo, él estaba dejando con cuidado el folletín encima de una mesita.

Empujada por una fuerza invisible e insana, fue hacia allí para saber que le había dado.

Nada más desdoblarlo, pudo leer que la relación verdadera de la hija de los Tennanth era con un rico aristócrata tras lo cual anunciaban la inminente boda.

Aunque quisieran taparlo, la pelo-pollo y su mentira eran el escándalo del año.

El periodista que se había hecho eco de las palabras de la familia Tennanth continuaba alegando que siempre se había esperado de la joven dama un escándalo de estas condiciones desde que fue presentada en sociedad.

Aileen sintió de pronto como el corazón le daba un puñetazo en el centro del pecho provocando que el párpado derecho temblase. Alzó la vista hacia Nick que se había sentado con los codos clavados en la rodilla y la cabeza hundida entre los hombros.

—Sé que malinterpretaste mis palabras, pero jamás he creído que fueras una consentida, una mimada a la que no le importa nada, una egoísta que solo piensa en escalar en la sociedad en busca de un título.

Aileen, tú eres mejor que todo eso, eres más mujer que muchas de las que acuden a los bailes, pues todas, y es una realidad, andan buscando el pretendiente perfecto, en muchas ocasiones para ocultar las faltas de sus propias familias.

Tú me has conquistado por quién eres, con méritos sea dicho de paso, porque me conquistó tu carácter, solo tú eres capaz de acallar un salón entero con una palabra; tu risa, tu sonrisa, la forma que tienes de ver la vida.

Me sumergiste en un amor tan profundo que no puedo salir de él.

—Se encogió de hombros—. Soy tuyo y eso no cambiará.

—Respiró hondo—. Si hablase mal de ti me estaría arrancando el corazón.

—Entonces, ¿esto es cierto? —Aileen temblaba, no de miedo ni de enfado, era la causa de no haber preguntado, de haber dado por sentado que todas las voces la señalaban cuando no era así.

Temblaba por el error cometido que los arrastró a los dos a esa situación de tristeza y distancia.

—Es tan cierto como que estoy aquí clamando por tu perdón, que me perdones por algo que no dije de ti y que jamás pensé sobre tu persona. ¡Qué me aspen si alguna vez dije algo malo sobre ti!

—Entonces… —Aileen se quedó sin palabras, ya que se estaba percatando que había cometido el mayor error de su vida—Todo fue un error.

—Sí.

—Yo… yo no sabía nada de esto.

Nick se levantó del sofá y se acercó a ella volviendo a rodearle el rostro con las manos. Le respondió con un suave beso en los labios que logró que el corazón de ella se recuperase. Ese beso era lo que había necesitado todos esos días.

—Te amo, Aileen. Si has dejado de quererme dímelo, lo asumiré lo mejor que pueda, pero jamás —cerró los ojos como si esas palabras le causaran un dolor insoportable—, jamás te he dedicado una mala palabra, lo repito: no podría hacerlo, porque no me sale, y te aseguro que estos días sin ti he estado en el mismísimo averno.

—Y yo —suspiró entre lágrimas—. Nunca he llorado tanto como cuando creía que me habías mentido.

Antes de hablar, él apoyó los labios sobre la frente de ella:

—No te he mentido, ni ahora, ni nunca, jamás lo he hecho, porque te quiero, en Arundel te lo mostré con creces y esos días a tu lado fueron los mejores de mi vida.

—Escuché que se me trata de campesina, de mujer asilvestrada…

—Ni caso, niña —se entrometió Constance, que en esa ocasión no le hicieron caso.

—Me imagino quien lo dijo —masculló Nick con desprecio y enfado.

—Lady Tennanth. Fue ella con sus amigas.

—¿Y les haces más caso a ellas que a mí? —Aquello lo ofendió.

—Me cogió tan de sorpresa que no sabía qué pensar y cuando fui a hablarlo contigo os escuché decir lo de egoísta, mimada, y la verdad, todo se me vino encima.

—Pues ya ha pasado, porque nada de eso es cierto.

—¡Bésala! —le ordenó Lilia—. Y dejaos de paparruchas.

—Lo siento, Nick, yo no pretendía arrastrarnos al dolor, pensé mal…

Nick la miró, admirando su vulnerabilidad y dejó caer la boca sobre la de ella para acallarla con sus labios. La besó profundamente, entrelazando sus dedos en su cabello y presionando su cuerpo contra el suyo.

—Jamás volveré a permitir que nadie nos separe —dijo con firmeza.

Aileen abrió la boca por acto reflejo para encontrarse con la de él, para saludar su lengua con la suya, para darle la bienvenida.

La besó sin permitirle un momento para recuperar el aliento.

Más pronto de lo que ella quería, Nick se separó abrazándola como si hubiese esperado con dulce y trémula anticipación ese momento de perdón y reencuentro.

Nada más decirlo, la puerta se abrió y todos, familiares y amigos, entraron, incluso el servicio de la casa estaba con ellos y alegrándose por la pareja.

—Ya era hora que volvieseis a sonreír. —Blanche estaba encantada.

Aileen se acercó a su hermana.

—Has sido cómplice de todo esto.

—Sí, y un poquito del amor. —Se abrazaron—. Las dos hemos caído juntas en él.

—Por una vez, tienes razón.

Las dos hermanas se rieron con ganas.