Capítulo 35
D iana bajaba la escalinata con la bandeja en las manos que una sirvienta tuvo a bien cogerle.
Había estado con Aileen y la había obligado a tomar una taza de una infusión, que el ama de llaves le preparó a su hermana, para que la recompusiera, pues en aquellos dos días apenas había ingerido nada.
No probaba la comida, a veces tomaba algunos sorbos de limonada o de agua, pero poco más.
La situación estaba rozando unos límites que a ella le preocupaban y mucho, sobre todo, uno: ¿hasta qué punto era bueno que Aileen no comiera?
Cuando bajó el último escalón y con las manos en el pasamanos de madera reluciente, negó con la cabeza mirando hacia arriba, al pasillo donde estaba la habitación de su hermana descansando.
¿Cómo se había llegado a ese punto?
Desde aquella maldita fiesta de su compromiso con Fred y la aparición de Nick a la mañana siguiente, todo se había ido al traste.
La casa estaba más silenciosa que nunca, las risas por los comentarios jocosos por parte de sus tías o de Aileen había desaparecido; su hermana se había recluido en su cuarto y no bajada, no quería ver a nadie, ni a las tías, que cada día estaban más preocupadas por ella, y también por esos rumores que ella misma no permitió que llegasen a oídos de Aileen, aunque Diana sabía que no hacía falta decirle o comentarle nada, pues había sido ella quien se lo había contado mucho antes de que recorriesen todo Londres.
Diana callaba, aunque su alma la empujaba a incendiarlo todo, mas, debía mantener la calma porque si lo hacía no sabía cómo se lo tomaría Aileen.
No obstante, lo cierto era que solo pensar en el duque de Ravenstone le entraban arcadas, ¿cómo pudieron haber caído en sus tretas?
Ella se culpaba, pues un día creyó que ese hombre era el indicado para su hermana y resultó ser un personaje maléfico que no se merecía la compasión de nadie.
Por culpa de él, Aileen estaba como estaba, ¡no era ella misma!
La joven vital, un tanto deslenguada había desaparecido al caer en un agujero muy oscuro.
Le dolía ver a su hermana así, jamás la había visto tan entristecida.
Fue a la sala en la que sus tías estaban leyendo la prensa, cada una con su periódico.
—¡Ay! —exclamó boquiabierta Lilia.
—¿Estás bien? —Constance levantó la vista del periódico vespertino que sostenía con las dos manos.
—Sí, pero con esto no contaba. —Lilia apenas tenía resuello.
—Y, hermana, ¿qué es «esto»? —Constance hundió la mejilla en la palma de la mano a la espera de que Lilia hablase.
—Es que con esto no contaba, escuchad: El duque de Ravenstone a través de sus abogados ha mandado un comunicado para desentenderse de la familia Tennanth sobre ese posible compromiso y es más, unos párrafos más abajo lo desmiente de modo categórico, e indica que si la familia no se retracta tomará las medidas necesarias —les contó Lilia que movía los ojos rápidos sobre lo que parecía ser un artículo.
—Llega tarde —musitó Diana.
La tía Constance comenzó a pasar las hojas del diario que leía hasta que paró.
—Aquí también recogen la noticia. —Alternó la vista entre su hermana y su sobrina—.
Esto es muy raro, creo que la joven Tennanth se ha metido en un lío muy grande, porque esta noticia y el comunicado de Nicholas pueden estar indicando que detrás de todo esto hay una gran mentira.
Me huele mal. —Constance se dio unos golpecitos en la nariz.
«Haga lo que haga no sé hasta qué punto podrá recuperar a Aileen, si es que lo hace por eso», Diana no sabía a lo que atenerse.
—Diana. —Arthur apareció en la puerta de la sala. Ella no le respondió ni lo miró—. ¿Me puedes acompañar un momento?
—¿Alguien está haciendo ruido? —Con ese salto de conversación le mostraba a su hermano que estaba obviándolo.
—Diana, por favor, tenemos que hablar.
—Contigo no tengo nada de qué hablar.
—Por favor —intercedió Lilia para poner orden—. Comportaos como adultos que tienen la cabeza bien asentada entre los hombros. —Se dirigió a Diana—. Habla con él, algo tendrá que contarte.
Para no hacerle un feo a su tía, y muy a regañadientes, fue a donde su hermano que la condujo a su despacho para hablar a solas.
En aquella estancia era donde encima de la chimenea pendía un gran cuadro de su padre, un apuesto hombre moreno de grandes ojos de un profundo color gris.
Los dos compartían un gran parecido, a parte del color de ojos que los tres habían heredado de él, porque Arthur tenía las mismas facciones alargadas de su rostro, la nariz recta y larga y los labios finos.
Las gemelas en cambio habían heredado la nariz respingona de su madre.
El despacho apenas había cambiado desde la última vez que había estado allí; casi todas sus paredes estaban cubiertas de grandes estanterías repletas de objetos y libros y estaban hechas de la misma madera que el escritorio, mientras que el suelo estaba cubierto por una gran alfombra persa, cuyos colores le recordaban a su infancia.
La iluminación procedía de la gran lámpara de araña.
Cuando dejó de contemplarlo todo, sus ojos cayeron sobre la figura de su hermano en el que vio reflejada la preocupación.
—¿Qué quieres? —dijo más brusca de lo que pensaba.
Se cruzó de brazos demostrándole que no estaba de buen humor.
—Hablar —le pidió con tiento.
—Hablar. —Diana asentía con la cabeza—. Hablar cuando estos dos días te has callado como un viejo zorro y te has mantenido alejado de una hermana que te necesita.
—No me permites verla —se defendió.
—¿Por qué será?
—Pregúntales a las tías cuántas veces les he preguntado por ella. Siempre lo he hecho, lo que pasa es que no estabas presente.
—No te hablo para que no le vayas con cuentos a ese amigo tuyo que va de duque y es más cerdo que los que se encuentran en la pocilga. —Diana se ensañó con Nick.
—¿Qué? —Su hermano estaba consternado porque nunca la había oído utilizar esas palabras—. Porque sé que eres tú, pero es que pareces Aileen hablando.
—Mejor que parecerme a ti. Además, no te hagas el idiota, los dos sabemos que no cojeas de ese defecto, ni te escondas, porque eso es lo que has hecho estos dos días. Tú estabas en esa conversación —lo acusó Diana directamente y sin dilaciones.
Arthur agitó la cabeza, era demasiado escueta la información que Diana le lanzaba a bocajarro.
—Por partes.
—¿Tan bebido estás que tu mente no puede ir tan rápido o es que estás buscando una mejor excusa que la que tenías? No estaba al tanto de que fueras tan lento. —No había ironía en sus palabras.
—No me insultes, Diana. —De una zancada se puso delante de ella—. Soy tu hermano mayor.
—¡Pues demuéstralo! Y es más, no estás en disposición de pedir nada, Arthur, tú eres tan cómplice de Nick como Fred.
Los tres sois compinches en lo bueno y en lo malo, como un matrimonio.
—Arthur abrió la boca, pero Diana fue más rápida—.
No fuiste capaz de defender a tu hermana, era visto que no podíamos esperar nada de ti, aunque ahí lo has dejado claro.
—Explícame qué hice, porque no lo sé.
—No te hagas el tonto.
—No me hago nada y te pido por favor que hables a las claras de una vez, quiero saber de una vez de lo que me acusas.
Diana no se calló.
—En la fiesta del otro día, Aileen escuchó los rumores de lady Tennanth, pero lo peor fue lo que dijisteis de ella, Nick, Fred y tú.
—No hablamos de Aileen.
Diana no se creyó ni una sola palabra de su hermano y no tenía pensado poner en duda a Aileen.
—La llamasteis mimada, egoísta y lo peor de todo es que tú no saliste a defenderla; ese es el pensamiento que tienes sobre una hermana que te quiere, eres un desgraciado y me avergüenzo de ti. —Diana hablaba a través de la ira, soltándolo todo sin coger aire.
—Así que fue eso —meditó en voz alta Arthur que se quedó pensativo durante unos segundos. Lo que su hermana le permitió.
—¿Te parece poco? —Todo lo que decía Arthur, a ella la enervaba el doble. Arthur sonrió—. Borra esa sonrisa de sabelotodo o juro que lo hago yo —lo amenazó.
—Diana, no era de Aileen de quien hablábamos —confesó él más relajado.
—¿Y me lo tengo que creer? —Puso los brazos en jarras.
—Sí, te lo digo yo, estábamos hablando de la hija de lady Tennanth, porque escuchamos que va detrás de un aristócrata con el que tuvo algún tipo de relación carnal —explicó para que no hubiese lugar a dudas—.
Jamás hablamos de Aileen. —Arthur, más relajado, se acercó a su hermana que estaba callada tras lo que había dicho—.
¿Cómo eres capaz de pensar que hablé mal de alguna de vosotras?
Diana se llevó las manos a la cabeza, girando sobre sí misma.
—¿Estabais hablando de los Tennanth?
—Claro, el aristócrata del que te hablo estaba en la fiesta, y no pretenderás que con miles de oídos escuchando demos nombres, somos cuidadosos con lo que decimos.
—No era de Aileen. —Diana todavía se estaba recuperando de lo que había dicho su hermano.
—Jamás, Nick nunca me lo permitiría —afirmó sin temblarle la voz, él sabía que era cierto.
—Vaya.
—Sí, vaya, menudo malentendido que hemos montado entre todos.
Paró cuando una gran pregunta apareció en su mente
—¿Y ahora? —Diana sentía que se había metido en un laberinto en el que nadie podía descubrir la salida.
La puerta se abrió tan de súbito que asustó a Arthur, no a Diana que seguía sumida en sus pensamientos, y entraron las tías.
—¿Estabais escuchando? —Arthur se asombró, aunque en cuestión de segundos se recuperó; eran sus tías, ¿qué esperaba?
—Desde luego que sí —afirmó Constance sin esconder lo que habían hecho.
—Sois muy discretas —dijo él con ironía.
—Así que, ¿esta pena que estamos pasando por Nick y Aileen es todo un malentendido? —Lilia, que lo había escuchado todo con fino oído, sonreía triunfal.
—Te dije que no podía ser verdad. —Constance demostró que, por detrás, las dos mujeres hablaban de todo y de todos.
—Podías estar equivocada. —La bajó un poco a la tierra.
—Eso es, tías mías, jamás hemos hablado mal de Aileen, ni tampoco de Diana, si lo hiciera yo, tanto Nick como Fred me arrancarían la cabeza. —Arthur apoyó el trasero en el borde del escritorio.
—¿Cómo está Nicholas? —Quiso saber Constance—. Algo sabemos por Blanche, pero cuéntanos.
—Mal, está hecho polvo, jamás lo vi así, os lo aseguro, y estoy intercediendo por él, no porque me lo haya pedido, lo haría igual, porque a mí tampoco se me refirió nada de esto, solo me giraban la cara —le reprochó a su hermana.
—Pensaba que habías tenido algo que ver —se defendió ella—. Aileen también lo cree por eso se marchó de la fiesta; os escuchó hablar.
—Como ves, nuestra hermana está equivocada y mucho —sentenció él.
—Ya basta de tanto reproche —los paró Constance—. Ahora debemos pensar como solucionar todo esto.
—Imagino que Nick estará por la labor de solucionarlo, pero Aileen es la más cabezota —apostilló Lilia meditando la mejor solución.
—¿Cómo? —Arthur no veía aquello como una posibilidad factible por un hecho que no debían olvidar—: Aileen está muy enfadada, y no solo eso, como bien apuntasteis es muy cabezota.
—Y a eso se le suma que no quiere que le hablen ni saber nada de Nick —apuntó Diana sobre las palabras de su hermano.
—Se me ha ocurrido algo.
Constance moviendo las manos en el aire les pidió a sus sobrinos y a su hermana Lilia que se acercaran a ella y como un corrillo de chismosas comenzaron a trazar un plan en voz baja, como si se tuviese miedo de que las paredes escuchasen algo.
De este modo, entre cuchicheos, dio comienzo el principio del fin del dolor de dos personas enamoradas, de dos corazones unidos y dos almas gemelas.