¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 34
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Capítulo 34

—¿Q ué le has hecho a Aileen? —Blanche entró en el despacho de su hijo sin llamar, y por si eso no fuera poco, abrió la puerta tan rápido que la manilla chocó contra la pared.

Nick apretó más los ojos. Todo le molestaba, hasta la voz de su madre se había tornado más chillona.

—No tengo idea, madre —contestó inclinado sobre la mesa y con la frente apoyada en los brazos.

Hacía dos días que no veía a Aileen.

Dos días en los que Diana, por mucho que insistiera, no le permitía acercarse al amor de su vida, pues se había convertido en su perro guardián y así no podía solucionar aquello de lo que se le acusaba. A esas horas aún no había descubierto qué era.

Esos días, esas horas sin ella, estaban siendo las peores de su vida, y se notaba que estaba cayendo en un pozo en el que no hallaba un final, tan profundo que no sabría si podría salir de él.

Todo ese tiempo se encerró en casa, no salió, no quería visitas y ni siquiera se cambió de ropa, quería estar solo, acompañado únicamente de su soledad, que era la única que lo comprendía y le daba el espacio para regocijarse más en su dolor, provocado por la ausencia de Aileen.

La quería más que a su propia vida, la cual no tenía sentido sin ella.

En esos días, repasaba una y otra vez, todo lo vivido en Arundel; esos recuerdos eran lo que lo mantenían un poco cuerdo, lo que no le permitían caer en la locura del dolor.

Los momentos y hasta los pequeños detalles vividos a su lado eran todo un descubrimiento, pues esas noches encerrados en el cuarto de ella, besándose, se percató de que nunca nadie lo había mirado con tanto amor y deseo como lo había hecho Aileen; nada lo había afectado tanto, porque bajo su mirada grisácea se sentía expuesto y no podía esconderse en ninguna parte.

Su sangre ardía por ella, en esos instantes le quemaba por la distancia que había entre ellos.

Su preciosa Aileen, una mujer que podía hacer callar a una estancia entera con solo chasquear los dedos o con una sola palabra.

Mas, ya nada podía hacer, la había perdido por algo que se escapaba a su entendimiento, ya que nadie tenía la deferencia de contarle nada para intentar solucionarlo o pedir perdón las veces que fuera. Y para colmo de males, ahí estaba su madre pidiéndole explicaciones.

«Explicaciones vendo, que para mí no tengo», se dijo para sus adentros.

—¿Qué has hecho? —Su madre insistió.

—Se lo repito: nada.

—Pues eso no es lo que dicen los rumores.

—Me dan igual los rumores, ¿es que no lo sabe? —Intentó tirar de ironía; no le salió bien.

—Entonces, doy por cierto que lady Tennanth y tú compartíais algo más que meros saludos.

Nick arrugó la nariz, ¿qué decía su madre?

—No tengo nada que ver con esa mujer. —Fue tajante en la respuesta.

—Quiero creerte, Nick, pero no me dices que ha pasado con Aileen, no esclareces nada para que lo pueda entender.

Nick, harto, dio un puñetazo en la mesa.

—Le digo que no lo sé, y yo tampoco entiendo esta situación que me mata por dentro, ¿estamos? —Un fuerte dolor le cruzó el pecho y le salió por la espalda. Lo había sentido tan de improviso que tuvo que enderezarse.

—No estás bien. —Su madre se asustó de verlo tan mal.

—Muy observadora, madre.

—Creo que debes saber que lady Tennanth madre me ha escrito porque quiere una boda entre su hija y tú —le comentó.

—No habrá ninguna boda, porque esa mujer no me interesa, así que rechace todo, o esa familia se las verá conmigo —amenazó.

—¿Estás seguro? —Nick no se había percatado de que aquella conversación estaba siendo escuchada por Fred y Arthur.

Él miró hacia la puerta.

—Hola, muchachos —los saludó Blanche.

—¿Qué hacéis aquí? —protestó el duque en cuanto sus amigos entraron sin su permiso en el despacho.

—Venimos a verte —esclareció Arthur—. No sabemos de ti desde hace días.

—Solo pasaron dos días —replicó molesto Nick.

—No hemos sabido nada de ti. —Fred intentó calmar el malhumor de su amigo.

—Espero que lo saquéis de este aislamiento, y que podáis explicarme…

—Milady, no sabemos nada de lo de lady Tennanth, se lo aseguro. —Arthur hablaba con total franqueza a madre e hijo—. Lo hemos escuchado, creo que como todo Londres, pero no sabemos de dónde salió.

—Estoy con él —aseguró Fred—. Lo único que podemos afirmar, es que Nick nunca fue detrás de ella, más bien fue al contrario. A nosotros este rumor nos ha cogido desprevenidos.

—Pues deberíais saberlo, porque la pobre Aileen está mal. —La duquesa no se podía olvidar de esa alegre muchacha que convertía a su hijo en un hombre distinto.

—Por eso me echó de su casa —intervino Nick sopesando esa posibilidad.

—Fue Diana, no Aileen —matizó Arthur.

—¿Es que ellas ya estaban al tanto de este rumor? —Fred frunció el ceño, aquello no lo convencía.

—Os dejo —se despidió la duquesa saliendo y cerrando la puerta tras de sí.

—¿Cómo estás? —se interesó Arthur una vez estuvieron solos.

Nick parpadeó al ver como sus amigos tomaban asiento en las dos sillas frente a su escritorio.

—Mal. —Nick soltó enfadado esa palabra que lo definía muy bien.

—Lo veo. —Fred no podía ocultar la preocupación por su amigo, nunca lo había visto así, hecho unos zorros.

—Vamos a ver, ¿qué tienes que ver con lady Tennanth? —lo interrogó Arthur, pues quería saber hasta qué punto ese rumor se había convertido en verdad al aparecer en un folletín sobre la vida social londinense.

—Nada. —Nick se mesó el pelo nervioso y furioso con todo el mundo—. ¿Es que vosotros también me ponéis en duda? ¿De verdad? Habéis estado conmigo y con Aileen en Arundel, nos visteis, por el amor de Dios, ¡estoy enamorado de tu hermana! —Señaló a Arthur con el dedo apuntador.

—Pues en mi casa, salvo Diana que no me permite acercarme a Aileen y aun encima me ha quitado la palabra, mis tías dicen que Aileen pudo oírle decir algo en la fiesta, pues ese es el punto de inflexión.

Aquella mañana, en la que casi te mata, había expuesto que no quería casarse contigo —anunció Arthur para asombro de sus amigos.

—¿Ese es el motivo? —Nick quería una afirmación.

—Según mis tías puede que sí, aunque no lo saben fijo —le dijo sin obtener una respuesta muy clara.

—Me gustaría una explicación por parte de tu hermana, pero a mí no me dejan verla ni acercarme a ella —les refirió la situación.

—Eso lo sé y estamos en la misma situación —asintió Arthur.

—Yo tampoco he podido ver a Diana y no me responde las cartas que le he escrito. —Fred también estaba desolado.

Los tres comprendieron que todo se iba al traste.

—Y a vuestra pregunta de cómo estoy… Sin corazón. —Bajó la cabeza, desolado—. Desde hace dos días ha dejado de latir, no soy yo mismo y noto que el alma me quiere salir del cuerpo. Es como si me faltase, aparte de que noto que el aire no me llega a los pulmones.

—Vaya, estás hecho polvo —dijo Arthur con poca delicadeza.

—Muy sagaz —le reprochó Nick su apunte.

—Lo lamento. —Alzó las manos a modo de disculpa.

—Debo comunicaros algo que mi madre refirió, pero no sé si es el momento adecuado. —Fred no sabía qué hacer.

—Habla —le ordenó Nick.

—Veréis, mi madre me ha contado que lady Tennanth y su madre van diciendo que hay un inminente compromiso contigo —anunció Fred lo que hasta ese momento se había callado.

—Mentira. —Nick saltó como la chispa que encendía un fósforo—.

No hay nada de eso. —Nick cogió un papel y lo más raudo que pudo escribió unas palabras casi inteligibles y salió a buscar a su madre—.

Ve con este comunicado a los abogados y que ellos lo repartan por toda la prensa más influyente para dejar claro que nuestra familia no tiene nada que ver con los Tennanth y desmentir a lady Tennanth.

Hazlo ya. —Volvió arrastrando los pies al despacho que estaba a media luz, pues tenía los ojos tan rojos que la claridad le molestaba—.

Necesito saber qué pasa, ya no puedo seguir así.

—Ni tú ni yo, porque Diana se ha separado de mí. —Fred chasqueó la lengua—. Arthur, ¿no puedes hablar con Diana? —le inquirió a su amigo.

—No sé las veces que me acerqué a ella y me bufó como un gato. —Arthur se frotó la cara.

Arthur hizo arder por dentro a Nick y no pudo callarse:

—Tienes que interceder por mí, nunca te he pedido un favor y lo sabes.

—Apoyó las manos sobre el escritorio e inclinó el cuerpo—.

Pero ahora lo necesito y lo requiero, Arthur.

Amo a tu hermana, te lo dije en Arundel y lo vuelvo a repetir, no sé qué pasó y todo esto me deja sin fuerzas y me siento perdido, ¿alguna vez os habéis sentido sin rumbo por la vida?

Los instó a hablar.

—Así me siento yo estos días y por la noche es peor, os lo aseguro —se sinceró Fred.

—Pues así estoy, sin rumbo, sin meta, sin corazón, porque desde que Ailenn no está a mi lado, desde que no la veo y se me ha prohibido verla, no lo siento. Soy un hombre sin alma, que vive porque la respiración es un acto innato, sino a estas alturas estaría a dos metros bajo tierra.

—Vale, haré lo que pueda.

—Tienes que lograrlo —le dijo Fred con un tono de tristeza que impregnaba su voz.

—Después de la cena de hoy, espero poder hablar con Diana.

—No puedes, hazlo —le ordenó Nick.

Tras esa orden tomó asiento desolado, devastado, y cansado.

Su corazón estaba al límite de sus fuerzas.