¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 33
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Capítulo 33

A la mañana siguiente, las cuatro estaban tomando el desayuno en el salón.

Era una mañana tranquila y soleada, en la que corría una fresca brisa que renovaba el aire que se respiraba, aunque la mente de Aileen estaba muy lejos de esa mesa.

La claridad del día contrastaba con esas horas más oscuras que la joven estaba viviendo.

Durante el tiempo que no durmió la noche anterior, en silencio y con la compañía de Diana, pretendió darle la razón, de que era una mujer mimada por los desastrosos acontecimientos de su vida, mas, le fue imposible, pues sus tías las habían enseñado muy bien, sobre todo, que no todo lo que se quería se podía conseguir, y en más de una ocasión ella se había percatado de que con cosas simples era feliz.

Quizá fuera la imagen que daba, aunque su carácter impetuoso la separase de Diana, había muchos otros aspectos que la unían a su hermana, pues ella era su viva imagen en casi todo.

Lo que pasaba era que estaba muy enamorada de Nick, más de lo que jamás hubiera imaginado. El hombre que la había llamado «mimada».

Cada recuerdo, cada pensamiento, hacía que su pena fuese a más y la convirtiese en la esclava de un sufrimiento que le mantenía la mente en blanco y no le permitía ni hacer nada.

Solo quería estar tranquila mientras los días pasaban y que nadie la molestase, más bien pretendía que la vida la olvidase en un «para siempre» eterno, lo que estaba siendo imposible.

En esas horas de plena oscuridad por las que estaba transitando, aprendió que « quitar de la cabeza o arrinconar a la persona que se ama es imposible».

—Aileen, niña, ¿qué te ha pasado? —se interesó su tía Lilia poniendo una mano en el brazo de su sobrina.

—Nunca te hemos visto tan triste —habló con suavidad Constance—. Nos tienes muy preocupadas. Por favor, cuéntanos qué te sucede.

—Nada —respondió de un modo seco.

Muy poca gente es consciente de que acompañando a una persona triste lo mejor es permanecer en silencio, no atosigarla con preguntas que solo logran que la herida se abra más.

—Tías, lo que le pasa a mi querida hermana es que está cansada y atosigada, hemos tenido muchas emociones. —Diana salió al rescate de su hermana.

—Así es, pero hay algo más —añadió Aileen.

—¿El qué, mi niña? —quiso saber Lilia.

Aileen se refugió en su plato del desayuno, el cual no había tocado, para no tener que contar la verdad, aunque si lo pensaba, algo que no podía hacer desde la noche anterior, debía contarles la verdad por mucho que doliera.

—¿No tienes hambre? —Se fijó Constance—. Después de una fiesta siempre tienes hambre.

—La verdad es que no mucha.

Cada pregunta de sus tías se le clavaba en el pecho, que desde la noche anterior había quedado yermo y ya no sentía los latidos de su corazón. El alma la tenía completamente rendida al dolor.

—¿Nos puedes decir de qué se trata? —Lilia bajó la voz, lo último que quería era enfadarla o que se encerrase más en sí misma.

—Verán, no tengo intenciones de casarme con el duque Ravenstone…

—¡¿Cómo?! —la interrumpió Constance. Esa noticia no le había sentado nada bien.

—¿No vas a casarte con Nicholas? —Lilia agitó la cabeza, consternada—. ¿Cómo es eso?

—Creo que ha sido una equivocación por parte de todos que nuestros caminos se cruzasen y les pediría que no comentasen nada.

De súbito, asustándolas a todas, la puerta del salón se abrió y entraron Fred, Arthur y Nick.

Aileen no pudo dejar de mirarlo, y su imagen sonriéndole, fue el latigazo para su maltrecha alma tras las palabras que le había dedicado durante la fiesta y que todavía tenía clavadas en la mente y le recordaban a cada segundo, a cada minuto, a cada hora lo que él creía de ella.

Unas palabras que solo tuvo voluntad de contarles a sus amigos, no a ella, que la besaba a escondidas en el parque de Saint James.

Sin poder aguantar más su presencia, ni compartir el mismo espacio, se levantó y sin decir nada pretendió marcharse.

Pero cuando pasó al lado de Nick sin mirarlo, él la frenó cogiéndola por el brazo.

—¿No me dices buenos días? —No borraba la sonrisa de esa cara que ahora para Aileen era la de una persona falsa.

—¡Déjame en paz! —exclamó con voz rota.

—No cuando he venido a verte. —Esa frase la partió en dos y se sintió aún más tonta a ojos de ese duque que parecía reírse de ella en todos los momentos, incluidos los peores.

Llena de ira y con la sangre ardiendo no se controló, y movida por un impulso cogió una figurita de uno de los muebles cercanos a la puerta del salón.

—¡No, Aileen! —gritó Arthur logrando frenarla antes de que se la tirase a Nick a la cabeza. Aquel hecho hizo que sus tías también se levantasen de sus asientos—. Ya, hermana.

—Aileen, querida, ¿a qué viene todo esto? —Lilia no daba crédito a lo que estaba presenciando.

—Aquí ha sucedido algo muy turbio que nadie nos está contando. —Intuyó Constance.

Aileen no estaba escuchando a sus tías, los oídos habían vuelto a crear esa presión que no le permitía escuchar, sino más bien alejarla de su alrededor, de ahí que mirase a Arthur con los ojos inyectados en odio, pero nadie consiguió pararla cuando le dio una bofetada a Nick que le borró la sonrisa, y si eso no era suficiente, con todas sus fuerzas le arreó una patada que lo encogió de dolor.

—¡Ah! —Nick saltaba a la pata coja.

Arthur volvió a meterse en medio.

—Aileen, ¿qué…?

—Cállate, Arthur —le ordenó Diana.

—De mí nadie se ríe, desgraciado, mequetrefe, miserable —lo insultó Aileen.

—Por Dios, ¿qué te he hecho? —El rostro de Nick reflejaba dolor.

—No vuelvas a acercarte a mí, porque no me verás en todo lo que te quede de vida, es más, ¡¡¡olvídame, cobarde!!!

Aileen tras ese grito comenzó a temblar como una hoja y se marchó a su habitación. Tras cerrar la puerta, se dejó caer hasta que el trasero le dio contra el suelo, llorando de nuevo.

***

Diana, en cuanto escuchó la puerta del cuarto de su hermana cerrarse, tomó las riendas de todo. Nadie se metía, ni ofendía, ni dañaba a una Bellesmoke, sin antes recibir un escarmiento como era debido.

—Vosotros dos, fuera. —Diana despachó con cajas destempladas a Nick y a Fred.

—Pero, Diana, cariño…

—¡Qué cariño, ni que ocho cuartos! —Arremetió contra Fred—. Calla, porque eres tan culpable como Nick y mi hermano. Por cierto, ya veremos si nos casamos.

—¡¿Cómo?! —La cara de susto y preocupación de Fred no ablandaron a Diana.

—¡Eh! —Se quejó Arthur—. ¿De qué se me acusa?

—Tú sabrás, querido hermano, por decir algo, porque esas palabras no te las mereces. Eres una decepción.

Nick, dándose por aludido, se soltó la pierna y dio un paso al frente para enfrentarse a las acusaciones de Diana.

—¿Culpable de qué? —Agitó la cabeza sin comprender—. Si alguien me lo puede explicar…

—Corto de entendederas —le escupió Diana.

—Quiero y exijo que se me explique, ¿qué he hecho? ¿Qué tiene Aileen en mi contra para tratarme así?

—¿Es que no lo sabes? —Diana se cruzó de brazos para contenerse o el genio y la ira la dominarían y perdería el control de sus actos como le sucedió a su hermana.

—No hablo con hombres intrigantes que van creando falacias sobre mujeres que caen rendidas a su pies para obtener de ellas lo mejor, y luego darle una patada y prometerse con otras —le soltó Diana a un Nick que se iba poniendo cada vez más blanco.

—¿De qué hablas? —Constance arqueó las cejas y tensó la espalda.

—Diana, ¿de dónde sacas eso? —Lilia quería saberlo todo.

La sorpresa vino de parte de Arthur que dejó a sus amigos para ponerse al lado de su hermana.

—¿Qué le has hecho a Aileen? —exigió a Nick que hablase sin importarle el rango social de su amigo—. Habla ahora, Nick.

—No le hice nada, no la dañé y doy fe de eso, porque ayer por la mañana nos vimos a escondidas y estábamos muy bien.

—¡Ah! —pegó un gritito Lilia, escandalizándose.

—¿A dónde llevaste a mi hermana? —inquirió Arthur con las muelas apretadas.

—Fuimos al parque de Saint James y allí le pedí matrimonio —contó la verdad, con el corazón en un puño y temor a echarlo todo a perder—.

No hicimos nada malo, ante todo, respeto a Aileen.

—Volvió los ojos hacia Diana—. Puedes decir que miento, pero es la verdad, no tengo por qué ocultar nada cuando estábamos bien y no había ningún problema entre nosotros.

—Me da igual lo que tengas que decir; primero es mi hermana y te invito a que salgas de inmediato de esta casa.

—Diana miró a su prometido—. Tú también, Fred y una cosa: nuestro compromiso está en vilo, ya obtendrás alguna respuesta de mi parte.

—A Diana le dolían esas palabras que habían salido de su boca, sin embargo, no quería estar ni formar parte de la vida de una persona que había sido cómplice de embustes dirigidos a su hermana, ¿qué sería de ella entonces?

—No lo comprendo, Diana, ¿a qué viene este cambio? —Fred estaba desolado por lo que acababa de escuchar.

—No quiero estar al lado de un hombre que no es capaz de cerrarle la boca a su amigo cuando sabe que está mintiendo sobre la mujer que supuestamente ama —le recriminó Diana a Fred.

—Amo a Aileen, lo sabe tu hermano y lo sabe ella —se defendió Nick.

Diana obvió esas palabras de Nick para centrarse de nuevo en Fred.

—Lo siento, Fred, pero mi hermana va antes que tú y si no fuiste capaz de defenderla, no sé lo que me espera contigo. —Todos estaban asombrados por la frialdad que mostraba no solo sus palabras, sino ese estoicismo que mantenía.

Diana se volvió a Arthur.

—No entiendo nada, Diana. —Arthur estaba desconcertado—. ¿Qué está pasando?

—¿Tú lo preguntas? —Esta era la parte que más le dolía a Diana—. ¿Te acuerdas de lo que nos prometiste a Aileen y a mí en el barco que nos traía desde la India?

—Claro que me acuerdo. —Esas palabras jamás las olvidaría. Su hermana le hizo un gesto con la cabeza para hacérselas repetir—. Siempre estaré a vuestro lado, os protegeré, cuidaré de vosotras y siempre estaremos unidos.

—Has roto esa promesa —sentenció Diana.

Arthur acusó el golpe al dar un paso hacia atrás con el rostro contraído por el dolor que le originó Diana al afirmar eso.

—¿Cómo?

—Comiendo —le encasquetó—. Eres tan zopenco que cuando hablan mal de tu hermana no eres capaz de salvaguardar el honor; al contrario: encima encizañas más para que hablen mal de ella.

—Nadie delante de mí ha hablado mal de Aileen ni de ti —le dejó claro—. Jamás lo consentiría.

—No te creo. —Esa fría respuesta de Diana lo dejó de piedra.

—Nadie habló mal de Aileen o si no dime, ¿quién lo hizo? —pidió Arthur cerrando las manos en puños.

—Si alguien lo hizo, yo también quiero saber —intervino Nick.

—¿Y tú qué vas hacer? —le escupió con rabia a Nick al querer convertirse en el caballero de reluciente armadura—. Nada, porque tu poder va más allá de ti mismo. ¡Fuera!

—Diana, niña, ¿qué haces? —La quiso tranquilizar Lilia.

—Se enteraran pronto, tías, muy pronto.

Diana salió de allí para acudir junto a su hermana.