¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 32
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Capítulo 32

A ileen, nada más llegar a casa, subió a la carrera la escalinata sin alzar el vestido lo que provocaba que la tela se rasgara a cada zancada que daba, y cuando al fin llegó a su cuarto, se tiró en la cama desconsolada, completamente rota por dentro como jamás lo había estado y eso que había vivido momentos muy tristes en su vida.

¿Cómo pudo haber confiado en él?

Se sentía engañada; una muñeca manipulada por todos, mientras que el resto del mundo se había forjado una imagen muy mala de ella: una campesina, una caprichosa, una mujer asilvestrada que había caído a los pies de un duque por los halagos que le había regalado y carentes de todo sentimiento.

Sus caricias, sus besos, sus miradas eran hechos manidos, sin emoción, él los dijo de forma frívola para conseguir ablandar los sentidos de ella y obtener sus primeros besos: pues eso era lo que había sucedido.

Aileen nunca había besado a un hombre del modo en el que lo hizo con Nick.

—Mamá —lloró—. ¿Por qué no estás conmigo? —Hipó—. Llévame contigo, aquí no tengo cabida, no hay espacio para mí, ¿por qué no puedo ir con vosotros?

Lloró amargamente, tanto, que, durante un momento, estrujó la cara contra el colchón y soltó el grito que se había clavado en su garganta al haber sido testigo de aquellas declaraciones que oyó siendo invisible para todos.

Quería salir corriendo, no escuchaba el corazón, solo notaba presión en los oídos, igual que cuando se hundía en el agua del río Arun, y la presión en la cabeza no disminuía, al contrario, le oprimía hasta notarlo encima de los ojos.

El dolor era tan fuerte que notaba como la abría por dentro.

« A veces a las duras se aprende que no se puede escapar del dolor y huir no es la respuesta».

—No hubiera creído esto de ti, Aileen. —Diana entró hecha una furia en la habitación sin oír el lagrimeo de su hermana—. ¡Me has dejado sola! Desapareciste sin decir nada cuando debías estar a mi lado. —Se acercó a la cama—. No te escondas de mí.

—Ojalá pudiera esconderme o ser invisible —respondió en voz baja disimulando el tono lloroso.

—Ninguna de las dos somos estúpidas, te has ido dejándonos en la estacada. Eres una egoísta; sabías que esta noche era muy importante para Fred y para mí. ¡No tienes excusa!

—Lo lamento.

—¿Estás llorando? —Diana no se esperaba eso, además, sabía que su hermana hablaba más despacio y bajito si lloraba—. Estás llorando, pero ¿por qué? —Aileen no dijo nada y ella se sentó a su lado y la abrazó—. ¿Qué pasa?

—Nada.

—La que nada no se ahoga, pero aquí estás ahogándote en tus propias lágrimas.

—Pues aléjate.

—De eso nada, porque eres mi hermana y quiero saber qué o quién te ha hecho llorar. —Diana era clara, jamás se separaría al verla tan desdichada. Aileen se volvió hacia ella con la mirada anegada en lágrimas—. ¿Qué sucede?

—Londres no me quiere y yo a él tampoco.

—Pero ¿quién te dijo eso?

—La señorita pelo-pollo , milady Tennanth —soltó su nombre ridiculizándolo.

—¡Agh! —exclamó Diana con cara de asco—. No le hagas caso.

—Y Nick. —Ese era el cañonazo más fuerte y al decir ese nombre gimió de dolor.

—¡¡¡¿QUÉ?!!!

—Dijeron que soy caprichosa, una mimada que nadie querrá para casarse —confesó parte de lo oído.

—Pero Nick quiere prometerse contigo.

—No es verdad.

—He visto cómo te mira y eso no se puede disimular ni puede ser un embuste —lo defendió Diana sin muchas fuerzas y poniendo todo en duda, aunque no lo dijera.

—No, ayer por la noche se prometió con la pelo-pollo , ella misma se encargó de difundirlo.

—Pues yo no oí nada, es más, las tías tampoco, ni Arthur, me aventuraría a afirmar.

—Lo que diga Arthur me trae sin cuidado. —Sorbió por la nariz.

Aileen estaba comenzando a desconfiar de todos y no se creía nada.

—¡No puede ser! Creo que te has confundido…

—¡¿Me pones en duda?! —Se incorporó, mostrándole a su hermana los regueros de lágrimas y el dolor descarnado por el que estaba pasando.

—Jamás lo haría, créeme, por favor.

—Sé lo que he oído de cada uno de los integrantes de esta farsa en la que me metieron sin darme cuenta y no preguntes para qué, porque no lo sé y no quiero saberlo nunca.

—Cogió aire por la boca, notaba que no le llegaba al pecho—.

Lo que sé es que me dejaron a los pies de los caballos sin contar que tengo sentimientos y que estaba enamorada de verdad. ¡ME HAN MENTIDO!

—¿Fred estaba con ellos? —quiso saber Diana.

—¿Es lo único que te importa? —le devolvió la pregunta.

Bajo las velas que habían dejado encendidas las criadas, Aileen pudo ver el rostro entristecido y preocupado de su hermana.

—No es lo único que me preocupa, solo quiero saberlo para poner a ese conde en su sitio.

—No dijo nada. —Aileen se calló las duras palabras que escuchó también de Fred.

—Seguro que sí, que algo dijo, porque no se puede mantener al margen ni callarse. Ese tonto se va a enterar —juró Diana.

—No hagas nada, es mi problema, tú vive tu felicidad…

—¡No! —exclamó—. No voy a permitir que nadie te insulte, te humille ni te haga daño.

—Lo tengo que solucionar yo, Diana. —El problema era que no tenía fuerzas.

—Siempre hemos estado juntas, para lo bueno y lo malo, y ahora que te ha roto el corazón un hombre no te voy a dejar sola.

Estoy aquí para ayudarte a levantarte y protegerte cuando las fuerzas te han abandonado.

Me van a dar más de una explicación. « Había momentos en los que tú hermana ponía palabras allí donde tú no podías».