Capítulo 31
L os nervios estaban a flor de piel en la mansión de los Bellesmoke.
Se percibía en el servicio, que parecía que sus zapatos tenían ruedas.
Se respiraba en el ambiente.
Era evidente en Diana y sus tías.
Aileen, por su parte, estaba bien, contenta tras ese encuentro secreto con Nick.
Él era la flor de su corazón y así la guardaba con celo.
También era consciente de que no le debía guardar ningún secreto a su hermana, sin embargo, no era el momento para contarle su aventura al amanecer.
Normal. Esa noche Diana iba a ser presentada como la prometida de Fred y la futura condesa.
Eso era un cambio muy grande y todo el escrutinio social recaía en ella; aparte de que iba a ser inmenso.
Por ello, Aileen se refugió en su cuarto con los recuerdos que Nick le había dejado y que ella repasaba una y otra vez, al igual que sus palabras.
Jamás pensó que le hiciera una petición así, cuando lo normal era que solo quedase entre los cabezas de familia, mas, él le preguntó, y ese simple acto le llegó al corazón y la enamoró aún más sin que él lo supiera.
La hora de la fiesta llegó más lenta de lo que ella se imaginó, pues su deseo por ver a Nick de nuevo ralentizó el reloj de un modo que no podía explicar. Mientras ella no podía dejar de pensar en Nick, sus tías habían estudiado los tiempos para informar de su compromiso con él.
—Vamos a esperar a anunciar tu compromiso con Nicholas más adelante, no vaya a ser que a las víboras deslenguadas les dé una apoplejía —comentó su tía Constance.
—Me gustaría ver eso. —Se rio Lilia.
Ella asintió con una punzada de nervios en la boca del estómago.
Claro que le importaba el tiempo, pues anhelaba el momento en el que nada se interpusiera entre Nick y ella, mas, estaba enamorada y cualquier referencia al duque debía controlarse para no sonreír de forma frecuente; como una tonta con la cabeza llena de pájaros por ese amor que había crecido desde que se habían conocido.
Si alguien le preguntase cuándo ocurrió no tendría respuesta, ya que parecía que llevaba toda una vida enamorada de ese duque.
Incluso se reconoció a sí misma que con sus besos, ella había renacido como la naturaleza en primavera.
No sabía qué le sucedía, pero lo único que tenía claro, era que con la aparición de Nick quería y deseaba cosas que en el pasado rechazaba.
¿Acaso el amor tenía un poder transformador?
Ella estaba en condiciones de afirmar un rotundo sí.
Se apearon en la mansión de Fred con aún más nerviosismo, ¡aquella fiesta era un nuevo comienzo en la familia Bellesmoke! Él las recibió en la puerta, para luego presentarse juntos en la sala de su casa.
La nueva pareja abrió el primer baile, y centraron todas las miradas de los presentes en ellos, que se mantuvieron en silencio al verlos caminar de la mano hacia la pista de baile.
Aquello le dio un poco de miedo a Aileen, pues el escrutinio público ya estaba cayendo sobre ella, debido a que muchas mujeres presentes estaban esperando una equivocación por su parte para criticarla o arrancarle la cabeza al menor error.
Eso le sucedería también a ella cuando el anuncio de su compromiso con Nick fuese de conocimiento público.
Una cosa estaba clara: todo era el resultado de haberse enamorado de un conde y un duque respectivamente.
Nick le tendió la mano. Aileen, con una sonrisa, la aceptó y fueron a la pista de baile, donde en cuestión de segundos, sonó un vals.
—Estás muy hermosa esta noche —le susurró Nick mirándola a los ojos.
—Y tú.
—Eres la primera mujer que me llama «hermoso».
Ella evitó reírse para que nadie los viera.
—Eres muy tonto, y gracias por decirme que hoy estoy más favorecida que otras noches.
—Siempre estás bella a mis ojos, nunca te he visto diferente. —Se humedeció los labios y aquel simple movimiento despertó el cuerpo de ella, pues en muchos rincones de su piel él la había grabado con fuego por el sedoso tacto de su lengua—. Para mí eres la única mujer que resplandece en esta sala.
—Cuando quieres eres demasiado romántico y no sigas por ahí porque me voy a equivocar de movimientos.
—Y tú eres demasiado hermosa para que me quede quieto. —Alzó las cejas de un modo casi imperceptible—. Te vuelvo a repetir: si me acerco a tu oreja y tú te ríes, daremos mucho de lo que hablar.
—No hace falta. —Se acordó de lo que le habían dicho sus tías—. No sé si tu madre te informó, pero me comentaron mis tías que para anunciar nuestro compromiso hay que esperar.
—Esperaré por ti el tiempo que haga falta —confesó con la voz un tanto enronquecida.
—Y yo.
—Solo quiero estar contigo, te lo dije muchas veces, porque es mi mayor deseo en esta vida.
—Entonces lo compartimos.
Tras ese baile, él le hizo una promesa.
—Bailaremos otra pieza dejando un tiempo para no causar la conmoción de la vez anterior. —Los dos sonrieron al acordarse la fiesta que Nick había dado y en la que habían bailado al menos tres veces seguidas.
Aileen aprovechó para salir a tomar aire a la terraza.
Estar bajo la mirada constante de Nick la dejaba sin aliento, así como la atracción que fluía entre sus cuerpos y el magnetismo que él ejercía sobre ella, que la empujaba a pegar la nariz y la boca a su cuello, pues su aroma, todo él en realidad, hacía que su mente se nublara y desease pegarse a él para siempre.
Tampoco era indiferente al anhelo de sus besos, pues durante todo el tiempo que duró el vals, le pedía en silencio que pegase sus labios a los de ella.
De súbito se percató de que los besos de Nick eran agua de vida, que sin ellos estaría perdida en ese mundo de apariencias y soberbia.
Solo con él podía ser ella misma, porque Nicholas era el guardián de su corazón y su alma.
Desde allí podía verlo charlar con Arthur y Fred, mas, se fijó en que su pelo castaño captaba todas sus luces para hipnotizarla y que no pudiera separar la vista de él.
Pasado un rato, fue junto a sus tías que hablaban con Blanche, Rebecca y Diana, quienes no paraban de recibir felicitaciones.
En un momento, cansada, Aileen se puso detrás de una de las columnas para descansar la espalda y escuchó a la joven lady Tennanth, quien compartía con su madre un llamativo pelo amarillo, que hablaba con sus amigas.
—Vaya, la campesina se lleva al conde —dijo una de las muchachas.
—Esperemos que la otra no se lleve al duque…
—Él es para mí —dijo lady Tennanth, con firmeza y enfadada por ese comentario, a la que Aileen había bautizado como la pelo-pollo por el color de su cabello.
Esa respuesta por su parte levantó exclamaciones entre sus acompañantes y Ailee frunció el ceño—.
Me lo prometió ayer por la noche. La campesina asilvestrada y huérfana de Aileen Bellesmoke no tiene nada que hacer, además, es ruda en sus modales, tiene la lengua larga de una meretriz y esos no son los modales de una futura duquesa.
Ella no es apta para nadie, salvo para un baronet e incluso ni para eso, que el mismísimo Dios lo coja confesado. —Se rio junto a las demás.
Aileen, en ese tiempo, nunca se paró a verse a sí misma como duquesa, título que ostentaría cuando se casase con Nick.
¿Era digna para ese título? No lo había pensado ni tampoco había caído en esa pregunta, que le resultó de vital importancia y no sabía qué respuesta dar.
Con una necesidad urgente de hablarlo con Nick fue en su busca.
Estaba con Arthur y con Fred, no se habían movido de su sitio, aunque no pudo moverse para indicarles que estaba ahí, al escuchar las horribles palabras que estaban diciendo.
—Os digo que es una mujer mimada y caprichosa —dijo Arthur con severidad.
—Se nota que le han dado todo lo que quiso y la dejaron hacer lo que dio la gana. La han vuelto una egoísta que no mira más allá de su ombligo. La deberían atar en corto, no tiene moral ninguna. —La crudeza en la voz de Nick le puso a ella los pelos como escarpias.
—Le va a ir muy mal, estoy convencido. —Su hermano también parecía muy serio. ¿Qué había hecho para que pensasen así?
—Alguien vendrá que le dé un escarmiento y será cuando llegue el escándalo —afirmó Frederick, que a su vez negaba con la cabeza.
—Eso sucederá siempre y cuando alguien se atreva a acercarse a ella, porque estoy convencido de que ningún hombre o caballero se juntará con ella. —A esas palabras de Nick, ella dio un paso atrás—. Solo vale para un rato, cuando tengas ganas de esconderte en una fiesta.
Aileen bajó la cabeza apenada, con el corazón roto y aterida de un extraño frío que se desprendía de los huesos. Sin hacer ruido, para que ninguno de los tres hombres descubriera que estaba ahí, arrastró los pies fuera de aquella maldita fiesta con las esperanzas hecha añicos.
« No hay nada peor que fiarse de los hombres que no se consideran chismosos».
Ella salió de allí sin correr, aunque su alma la empujaba a ello, y fue el cochero quien la vio.
—¿Me puede llevar a casa? —le pidió al buen hombre, sin escucharse, puesto que sentía los oídos taponados.
—Sí, señorita.
Sola, en el interior del carruaje, rompió a llorar.