¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 30
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Capítulo 30

Amor, antes del amanecer vendré a buscarte,

Espérame en la parte de atrás de la casa.

Tuyo,

N.

E sa fue la nota que le había pasado Nick sin que nadie lo supiera ni lo viera.

La citaba a un encuentro clandestino antes de que sol del verano iluminase la capital y escondidos a ojos extraños, aunque lo cierto era que la ponía nerviosa, ya que Londres no era Arundel, sino que todas las calles parecían tener miles de ojos que espiaban a todos los habitantes de la ciudad.

Eso la inquietaba y lo que pudo haber sido una noche de descanso, no lo fue.

Tenía los ojos abiertos como una lechuza por el miedo a quedarse dormida; eso tampoco ocurriría con la emoción, solo daba vueltas en la cama.

A la hora acordada, vestida de modo sencillo y sin florituras, bajó la escalinata descalza y desde allí, caminó sobre las puntas de los pies y fue a la puerta trasera de la casa.

La abrió con sumo cuidado para que nadie se enterase de esa aventura y una vez fuera se calzó antes de ir hacia la valla, donde había una pequeña puerta por la que salió a la calle agazapada en una capa con caperuza.

Aquella era una noche sin niebla, lo cual era extraño en la capital, que le permitió ver lo que había a ambos lados de la calzada y se propuso esperar.

—Aileen —la llamó Nick.

—¡Ay! —Pegó un brinco, llevándose una mano al pecho—. Nick —dijo temblando como una hoja.

—Sí, soy yo. —La tomó de la mano—. Ven el carruaje, está aquí.

Se dejó llevar por él, la ayudó a subir y una vez dentro, con las cortinas cerradas se abrazaron y se besaron a medida que el carruaje avanzaba por las casi vacías calles londinenses.

—Necesitaba abrazarte —le susurró él sobre el pelo—. En Arundel podíamos compartir cama sin que nadie se percatase.

—Lo sé, yo también lo añoro, pero debemos esperar.

—Me tortura la espera —bufó y los mechones de pelo que le caían sobre la frente se movieron.

Ella se rio del ruido que hizo.

Él, en cambio, bajó la mirada hasta encontrarse con esos ojos grises que parecían empujarlos a besarla con una voracidad insaciable.

—Siento que los besos no llegan para demostrarte mi amor por ti.

—Esto debería servirte: eres el único hombre que me besa el alma.

—¿Soy yo? —Nada más decirlo bajó la cabeza con una sonrisa sesgada.

—No veo a nadie más. —Se encogió de hombros.

Nick sonrió con timidez.

—Tus palabras aletean en mi corazón.

Ella escondió la cara en el hueco de su cuello, donde pudo respirar ese olor tan de él y que lo caracterizaba de otros hombres que olían a tabaco.

—¿Qué tienes? —se interesó.

—No me acostumbro a tus palabras tan amorosas.

—Debes hacerlo, no las silenciaré, porque necesito decirte a cada momento que te quiero. —Le dio un beso en la frente.

—Cuando no hace tanto que te llamaba «maldito duque».

—Recuerdo que la frase textual era: «Maldito duque, ve a buscar esposa en otra parte». —Se rascó la barbilla, pensativo—. Estoy en posesión de afirmar que lo añoraba.

—¡No seas tonto! —Le dio un pequeño empujón de broma—. No te rías de mí.

—No me rio de ti, quiero reírme contigo y por si eso no es suficiente, eres una mujer divertida, Aileen, y me gustaba importunarte, porque tus mejillas cobraban un suave rubor.

—Se las acarició—. Tus ojos brillaban con el enfado…

—Le acarició las cejas—, y me gustaba ver el ímpetu con el que te enfrentabas a mí o con el que discutíamos.

No te imaginas lo que deseaba en esos momentos.

—¿Qué? —inquirió con una gran expectación.

—Callarte con un beso. —Le dio uno en los labios—. Y ese deseo aún permanece vivo con más fuerza.

—Jamás se apagará —le dijo perdida en el azul de sus ojos, que la recogían y la reconfortaban como si se tratase de su hogar.

El carruaje paró y se apearon en el parque de Saint James que a esas horas, donde el día todavía se confundía con la noche, pues solo con mirar el horizonte, uno se percataba de que ya estaba comenzando.

El parque estaba vacío; así comenzaron un paseo por entre sus árboles.

Aileen no conocía ese sitio, era la primera vez que estaba ahí; de hecho, también era la primera vez que paseaba a oscuras del brazo de un hombre.

—¿No te da miedo adentrarte en el parque a estas horas? —Ella no lo tenía.

—No, ¿por qué?

—Por cualquiera que pueda asaltarte, no sé. —Aileen se acordó de algo—. No te da miedo estar a oscuras en este parque, pero después te dan miedo las historias de fantasmas. —No pudo evitar soltar una risilla nerviosa.

—Eso es distinto —se defendió él—. Me habías metido el miedo en el cuerpo, como a Fred, que aunque vaya de muy digno, temblaba más que yo.

—Vaya dos valientes.

—Tranquila, en este parque no suele pasar nada. —Su voz transmitía sosiego y la firmeza de que lo que decía era cierto.

—Una pregunta, ¿por qué me has traído aquí?

—Porque quiero enseñarte algo.

—Algo que no olvidaré jamás. —Tradujo ella de sus palabras.

—Exacto.

—Otra sorpresa romántica de las tuyas. —Ya estaba deseando saber de qué se trataba.

Y lo que menos pensó fue que Londres pudiera contener algo de romanticismo o proporcionarlo con sus calles siempre llenas de transeúntes, carruajes y esas vistas en las que los edificios lo ocupaban todo.

Con esos pensamientos, no se percató de que Nick la estaba conduciendo a un lugar único, al lago que había en el centro del parque.

—Mira —le indicó.

Aileen se quedó prendada, porque, aunque la luz del día era todavía muy tenue como para iluminar todo con su gran resplandor, lo que vio la enamoró. Abrió la boca para hablar, pero Nick se le adelantó.

—Si te he traído hasta aquí, donde este lago refleja las últimas estrellas de la noche y las primeras luces del día, es para preguntarte: ¿quieres pasar el resto de tu vida al lado de este «maldito duque», compartiendo cada instante conmigo y haciendo de cada momento único?

—Claro que sí.

Allí, a la orilla del lago, donde algunos patos comenzaron a surcar las aguas, se abrazaron y cuando se separaron unieron sus manos en un intrincado nudo de dedos que Nick se llevó a la boca para depositar en ellos un suave beso.

—Te prometo que te dedicaré mi vida entera.

—Mi único deber será amarte —confesó entregada a ese hombre.

Ese amor que se profesaban los hizo sentirse invencibles.