¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 29
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Capítulo 29

A unque los días se pasaban entre lentos, —cuando Aileen estaba sola en su cuarto y los recuerdos de Nick se hacían más palpable—, y rápidos, —al estar con Diana y sus tías—, su mayor deseo era que llegase cuanto antes el día del viaje que la llevaría de vuelta a Londres.

Todo ello era debido a que fuese a donde fuese, el río, el bosque, el jardín, había momentos que su mente fallaba y veía a Nick, no había un lugar donde él no hubiera dejado un recuerdo que se calaba más hondo en el corazón y deseaba abrazarlo de nuevo.

El día anterior al viaje, Diana estaba de los nervios:

—No puedes dejar ningún vestido —le dijo a las claras su tía Constance, por la insistencia de Diana de no llevarlos.

—¿Por qué? —Diana no paraba de poner objeciones a todo.

—Al casarte no sabes cuándo vas a venir, a lo mejor tardas un mes o dos, pero puedes tardar años —le expuso Arthur, que tenía un hombro apoyado en el quicio de la puerta.

—Vendré más de lo que te imaginas —le rebatió a su hermano.

—No digo lo contrario, pero hermana, serás condesa y eso conlleva unos deberes que te mantendrán en Londres al lado de tu esposo.

—Oye, no vas a deshacerte de mí.

—Y no lo pretendo —sentenció él dejándolas a todas boquiabiertas.

—Tu hermano tiene razón —asintió Lilia—. Pero si quieres dejar alguno, hazlo.

De las dos, Aileen ya había escogido todo lo que llevar; no era tan difícil. En Arundel no tenía tantos vestidos sin estrenar, los había dejado en Londres y bien que había hecho, visto los tres baúles de Diana.

Esa noche la pasó en un duermevela, ya que le resultó imposible coger el sueño; estaba nerviosa, ansiosa por ver de nuevo a Nick.

Apenas desayunó, ya que tenía el estómago agarrotado y sentía que no podía ingerir nada o vomitaría, porque sentía los nervios clavados en los costados como puntas de lanzas que la atravesaban y no había nada que la relajara.

Así estuvo también durante todo el trayecto hacia Londres, que por primera vez le resultó interminable, muy largo y cansado, y una pregunta se le presentó en la cabeza: ¿por qué no se pudieron quedar en Londres?

Sabía perfectamente que esa pregunta no tenía sentido cuando ella misma era la que quería regresar a Arundel lo antes posible, con el añadido de que todo lo que Nick y ella vivieron, los momentos íntimos, los paseos y los besos, en Londres jamás se hubiera dado.

No, Arundel tuvo un papel muy importante en el cambio que había sufrido su relación con él, de ahí que una parte de ella supiera que todo aquello no se repetiría hasta que se casase con Nick.

Arundel había sido el lugar perfecto en el que su amor despertó y floreció lejos de habladurías y ojos indiscretos.

Al llegar, en la puerta las recibieron Arthur, que se había adelantado a ellas saliendo la tarde anterior, y Fred, lo que enloqueció a Diana que nada más bajar del carruaje se tiró a los brazos del conde que estaba tan emocionado como ella.

Aileen por su parte se llevó una decepción al comprobar que Nick no estaba, por mucho que su hermano le dijera:

—Llegará un poco más tarde.

Ella asintió a esas palabras y no solo eso, sino que tras tomar un té rápido se guareció en la biblioteca de la casa, esperando a solas, comiéndose los nervios que arrastraba desde hacía horas y que en Londres se hicieron más palpables y fuertes.

La carcomían por dentro mientras esperaba y esperaba la aparición de Nick, quien se hacía de rogar.

—Ni que lo estuviera haciendo a propósito —se dijo a sí misma en voz alta.

La espera llegó a su fin cuando la puerta se abrió y tras ella apareció Nicholas con su traje oscuro, tan elegante como siempre.

En cuanto cruzaron una primera mirada, Aileen no necesito nada más para levantarse y a la carrera abrazarlo, rompiendo al fin los días de separación y convirtiendo en uno sus cuerpos.

Cerró los ojos en el momento que él la estrechó con fuerza entre sus brazos; al final estaban juntos, ella respiró ese aroma amanerado, un tanto almizclado que se había convertido en su olor favorito del que no se había olvidado, porque había quedado impregnado en la almohada de Arundel y todas las noches la había acompañado.

Le rodeó el cuello, entrelazando sus brazos y enterrando algunos dedos en su suave pelo castaño, que brillaba más con la claridad que entraba por las ventanas.

Él la separó para fundir sus labios con los de ella.

Nick la besó con avidez, con lujuria, sin delicadeza, mostrándole que no podía sobrevivir un día más sin besarla.

La cruda necesidad que tenían el uno por el otro se estremeció entre sus cuerpos, ya que, a diferencia de un beso típico, que comenzaba con un contacto superficial, este beso comenzaba al final: la devoró en esos primeros segundos desesperados, abriendo la mandíbula y acariciándola profundamente con su lengua; pero luego, se retiró para explorar suavemente su boca; al final terminó adorando sus labios.

Al separarse, Aileen notó el frío por la ausencia de los labios de Nick, mas, no le importó, ya que estaba ahí, a su lado, frente a ella. Volvió a estremecerse cuando él le pasó la yema del pulgar.

—Te he dejado los labios rojos. —Sonrió con un brillo de emoción en los ojos—. Te he añorado. —Volvió a abrazarla alzándola del suelo.

—Y yo a ti. Estos días fueron interminables.

—No llegaban a su fin.

—Pero ya he regresado. —Ella se alzó sobre sus puntillas y le dio un beso en la mejilla.

—No sabes cuántas veces se me pasó por la cabeza coger un caballo y volver a Arundel.

—Si lo hubieses hecho te llamaría loco, pero te abrazaría tan fuerte como ahora.

Cogidos de la mano se sentaron en un pequeño sofá. Esa estancia grande había perdido la sensación opresiva, en la que Aileen se ahogaba, al convertirse en el refugio de los dos.

Él le rodeó los hombros con un brazo y la pegó a él.

—Ahora nada me separará de ti —confesó él relajado, aunque ella percibía como su corazón latía enloquecido en su pecho.

—Eso espero, porque no me podré recluir en ningún sitio.

—¿Por qué?

Ella se separó para contárselo mirándolo a los ojos.

—Daba igual a donde fuera, al río, al bosque… Incluso en mi habitación tu recuerdo palpitaba y a veces creía verte; hasta pensé que me estaba volviendo loca.

—Eso no sucederá porque no lo permitiré. —Le dio un suave beso en la frente y le cogió una mano para ponerla en el pecho—. Palpita por ti y ahora que te tengo delante, decirte te quiero se queda muy corto, porque mi amor por ti es infinito.

—La verdad es que estos días fueron agónicos y gracias a mi hermana que me entretuvo, porque acabaría ahogada por no tenerte.

—La espera ya terminó y mañana bailaré todas las piezas contigo para decirle al mundo que nuestro compromiso es un hecho. —La volvió a abrazar.

—Pero nuestras familias no lo saben.

—Lo podemos anunciar ahora —la apremió.

—¿No habíamos dicho que era el momento de Diana y Fred?

—Sí, pero no hacemos daño a nadie diciéndole a nuestras familias que queremos casarnos; mi propuesta no oscurece la de Fred —resopló—. Si no lo digo ya, me arrebataré la vida a lo Romeo.

Ella parpadeó en su dirección asombrada por sus palabras.

—Menuda vena trágica que tienes —bromeó—. Creo que no hará falta.

—No esperemos más, digámoslo, no quiero que nada nos aleje como hemos estado hasta ahora. Te amo, Aileen y quiero estar a tu lado todos los días de mi vida.

Él pegó su cara a la de ella.

—Y yo.

—Entonces, vayamos y anunciémoslo. —Nick se levantó y le tendió su mano a Aileen que no dudó en cogerla. Una vez de pie, él la colocó en el hueco del codo—. Nuestro futuro comienza en este momento, aunque para nosotros haya comenzado aquel día en el río cuando te besé bajo el agua.

—Jamás lo olvidaré. —Ella estaba convencida.

—Ni yo, porque esos días en Arundel aprendí a amarte.

Caminando a un mismo paso, salieron de la biblioteca y fueron al salón donde estaban reunidos todos, incluidas Rebecca y Blanche.

Al entrar juntos, pasaron unos segundos hasta que los demás se percataron de que estaban ahí, mostrándose como la pareja que eran, sonrientes, y a la vez nerviosos, por el anuncio.

—Hijo. —A Blanche le tembló la voz.

En cuanto Nick se cercioró de que todos estaban pendientes de ellos, habló:

—Nosotros seremos los siguientes en casarnos. —Bajó la mirada hacia Aileen y entrelazó la mirada con la de ella, mostrándole al mundo la férrea unión que había entre ellos. Entonces finalizó de hablar—. Estaría bien que preparaseis dos bodas.

***

Arthur lo observaba todo con una seriedad fingida, para que nadie notase lo mal que le sentaba que, de los tres amigos, solo él no se desposase con nadie.

Muchas veces se había reído del amor cuando se enteraba de que algún conocido había caído rendido a los pies de alguna bella dama. Era un descreído, esa era la verdad, mas, todo estaba cambiando.

Ver los rostros de felicidad de sus amigos le mostraban que habían hallado en sus hermanas a las compañeras de vida perfectas, esas que los sostendrían en los malos momentos y con quien compartir las alegrías.

Él lo contemplaba todo con un pellizco de envidia y una pregunta que no tenía respuesta, de momento.

¿Cuándo le tocaría a él conocer a su alma gemela?