¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 28
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Capítulo 28

E l adiós fue duro para la pareja, pues cada uno en silencio lo vivió como si le arrancasen una parte de sí mismo.

La despedida íntima tenía un regusto amargo: por la distancia que se interponía entre ellos; salado, porque Aileen no pudo evitar que algunas lágrimas se le deslizaran por las mejillas, pese a que Nick las atrapara con sus labios en una intentona por borrarlas.

Y la despedida pública fue triste, cuando el protocolo los obligaba a no acercarse para darse un último abrazo, un último beso hasta el día que ella retornara a Londres.

Una inclinación de cabeza.

Una reverencia.

Dos miradas entristecidas con un único deseo: no decirse adiós.

Mas, el adiós llegó y se convirtió en una realidad que a Aileen la mantuvo durante las primeras horas en un mutismo que no era usual en ella.

Se encerró en su cuarto, tras el té de la tarde, donde sabía que su alma y su corazón hallarían un breve sosiego por los recuerdos que se habían quedado impregnados en las cuatro esquinas de esa habitación, que de pronto cobró la sensación de celda, pues sin él presente, la vida no tenía ese brillo, esa alegría que suponía que él estuviera esperándola en cualquier rincón.

Tras esas primeras horas, que fueron más duras de lo que le gustaría reconocer, Diana la mantuvo entretenida durante los siguientes días, como así sus tías con los preparativos del viaje, de la fiesta y algunos concernientes a la boda.

Por eso, una mañana, las cuatro la pasaron en el pueblo de Arundel, enclavado en el valle del río Arun, donde la campiña inglesa desplegaba un mosaico de pintorescos colores que la convertían en un lugar mágico sacado de un cuento.

Cruzaron el puente desde el cual se podían ver las aguas cristalinas que, cual espejo, captaba la imagen de los arcos del viejo puente, y por el que se llegaba a las antiguas calles empedradas, donde las casas más antiguas de un bello estilo Tudor, convivían con las de reciente construcción, cuyos ladrillos contrastaban con el verdor de las colinas que las rodeaban, pues esos paisajes se extendían hasta donde alcanzaba la vista.

La silueta de la catedral y sus altas torres puntiagudas que parecían querer trinchar el cielo, las guiaban hasta la calle principal.

Era ancha, empedrada, la más transitada del pueblo, pues en ella se concentraban las tabernas, como casi todos los comercios y su olor era mucho mejor de lo que se podía apreciar en Londres: el aroma de la madera quemada procedente de las chimeneas era una constante que lo envolvía todo con ese toque a pan recién horneado u otros dulces que procedía de la panadería que, a su vez, se entremezclaba con otros que eran más difíciles de distinguir, pero si se alzaba la vista se descubría que salían de los hogares.

Las dos hermanas caminaban detrás de sus tías y las cuatro recibían de los ciudadanos alegres felicitaciones: «Enhorabuena, señorita Bellesmoke», «felicidades por su próximo casamiento», «nos alegramos mucho por usted», y otros tantos que cogían desprevenida a Aileen y teñían las mejillas de Diana de un tono que se acercaba al escarlata.

—Las tías ya lo han ido aireando —musitó Diana detrás de una gran sonrisa.

—¿Y qué esperabas? Es normal, somos la segunda familia noble de Arundel después del duque. —A Aileen no le sorprendía.

—No me agrada mucho.

—No sabía que fueras tan supersticiosa.

—Y no lo soy —le contestó rápidamente Diana—. No pienso que por culpa de estas gentes algo vaya a salir mal, pero deberían haberse enterado de otro modo.

—Hemos crecido aquí, mejor que lo dijeran las tías y no que se enterasen el mismo día de la boda, ¿no te parece? —Aileen no hacía caso de los chismorreos, teniendo en cuenta que no lo eran, sino felicitaciones, además su mente estaba con Nick en Londres—. Tú deberías centrarte en lo importante.

Diana siguió agradeciendo las buenas palabras que todos le regalaban, mientras que Aileen también sonreía cuando alguien le decía: «seguro que la próxima será usted». Ella prefería callar y sonreír.

—¿Te acuerdas que tenemos una conversación pendiente? —le inquirió Aileen a su hermana.

—Sí, sobre el amor. —Pese a la situación, Diana tenía muy buena memoria.

—Para ti, ¿qué es?

—Mira, el otro día la tía Lilia me dio a leer una carta de mamá a papá y ella describe muy bien lo que es: «El amor es tan imprevisible que nunca sabrás en qué momento llegó, solo cuando miras hacia atrás te percatas que estás enamorada desde hace mucho tiempo.

No avisa. Es una fuerza silenciosa que si le prestas atención te descubre que hay una persona que te llama, a veces desde muy lejos, pero si nos atrevemos a responder en él hallaremos ese pedazo de nuestra alma que no sabíamos que nos faltaba».

—Qué bonito —dijo Aileen.

—Y terminaba: «tú eres el pedazo de alma que me falta». —Diana respiró hondo—. Creo que es algo como ese revoloteo nervioso que siento antes, durante y después de haber visto a Fred, la impaciencia de la anticipación a ese beso que nos damos a escondidas.

Aileen con esa confesión giró bruscamente el rostro hacia su hermana.

—¿Os habéis besado? —No controló el volumen de la voz.

—Calla.

—Perdón.

—Sí, es la respuesta a tu pregunta, nos hemos besado —confesó Diana conteniendo una sonrisa.

—Nicholas y yo también.

Diana se paró en medio de la calle.

—¿Cuándo fue eso y por qué me entero ahora?

—Fue el día que llegamos encharcados a casa, nos besamos en el río —declaró Aileen percibiendo un suave cosquilleo como si los labios de Nick aún estuviesen sobre los suyos.

—Pero uno en el río no se mete vestido.

—Nos caímos de la barca, estábamos discutiendo.

—Cuánto más reñidos, más queridos.

—Eso es —afirmó Aileen aquello que llevaba tantos días ocultándoselo a su hermana.

—¡Me encanta! —Estaba emocionada.

—¿El qué?

—Todo indica que nos hemos enamorado al mismo tiempo. —Retomaron el camino—. El duque al que mandabas a buscar esposa a otra parte, te ha conquistado.

—Muchas veces y me resulta extraño poder hablar de ese tema con él, porque siempre hemos oído que es cosa de mujeres, pero he descubierto que a él también le importa, porque es consciente que marcará toda su vida.

—Eso mismo me pasa con Fred, se puede hablar de todo y no es por nada, pero ¿te imaginas a nuestro hermano hablando de estos temas?

Aileen ladeó la cabeza dándole vueltas a esa posibilidad.

—No lo veo tan raro, cuando él es el que tiene más recuerdos con nuestros padres, y por lo que todo el mundo dice, se profesaban un amor profundo, así que si nos atenemos a eso, Arthur debe ser un romántico.

Aunque no me lo puedo imaginar... —Aileen calló un momento pensando en los momentos compartidos con Nick—.

No veo a Arthur tan tierno como al duque.

—Pues yo tampoco lo imagino. —Se encogió de hombros a escasos metros de la tienda en la que vendían complementos femeninos—. ¿Nicholas es romántico?

—Mucho, me regaló un desayuno en el bosque.

—¡¿Qué?!

—Ahora baja tú la voz.

—Vaya, detrás de esa seriedad que parece imperturbable, hay todo un corazón.

—Un corazón por conocer.

—Y tendréis toda la vida, como Fred y yo.

—Pero mira lo que les pasó a madre y padre, o a la misma reina. —Se notaba que Aileen tenía miedo al dolor.

—No podemos pensar así, ya sabemos que el amor conlleva dolor, pero no podemos adelantarnos a los acontecimientos que no sabemos. Si nos dejamos arrastrar por esos miedos no disfrutaremos, no alcanzaremos una felicidad plena y yo quiero ser feliz al lado de mi futuro esposo.

—Y yo al lado de Nick.

—Pues céntrate en esa meta, relega todo lo demás.

—Tengo miedo.

—No lo tengas, porque el hombre que ha escogido tu corazón es el adecuado para amar y ser amado por ti.

—Diana le dio un abrazo, uno de esos que despejaban las dudas, que alejaban la oscuridad que podía ocultar el corazón.

Ese que necesitaba para reconfortarse y que había necesitado desde hacía semanas.

Siempre tendría a Diana.

Su deseo siempre sería Nick, «¡ese maldito duque!», exclamó para sus adentros, sonriendo.

—Así me gusta, verte sonreír, y ahora ayúdame a buscar los complementos que necesito.

Las dos hermanas, con paso ligero, se acercaron a sus tías que las esperaban en la puerta de la tienda.