¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 26
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Capítulo 26

P ara Aileen, aquella conversación le produjo alguna que otra duda y ya no sabía qué pensar sobre el momento de compartir cama con un hombre, ya que se le mezclaba lo vivido con Nick con lo que aquellas cuatro mujeres le dijeron.

Aunque, a veces, al recordarlo, le entraba le entraban ganas de reír.

Una parte de ella estaba insegura, pues oyó mucho y las explicaciones que se daban eran bastante escasas como para que su mente hallase algún tipo de razonamiento.

La otra estaba dispuesta a experimentarlo todo si era al lado de Nick.

A eso se le sumaba que quería tratar con su hermana un asunto que había postergado por no haber encontrado la ocasión perfecta para hablar a solas con ella.

Mucho habían cambiado sus vidas; antes podían tratar cualquier asunto sin importar el día o la hora; sin embargo, desde el regreso de Londres y con la llegada de Nick y Fred, era más difícil que estuvieran solas o ellos no las interrumpieran.

Cuando tomó la decisión de tratarlo con Diana, Jane apareció para ayudarla a vestir con un bonito vestido donde el azul y un gris parecido al de sus ojos se mezclaban en la falda, y el corpiño estaba adornado con unos magníficos apliques.

Se estaba observando en el espejo, pues apenas se reconocía, cuando su hermana entró.

—Hoy sé de un duque que no será capaz de apartar la vista de ti. —Diana juntó las manos en el mentón.

—Creo que este es mi vestido favorito —dijo Aileen—. Se ha esmerado mucho la modista y Fred, querida hermana, tampoco apartará la vista de ti.

—Lo sé. —Diana se tornó un tanto más tímida.

—Hermana, la timidez no vale cuando se trata de tu futuro esposo.

—Nunca me imaginé en una situación así. —Aileen asintió hacia esas acertadas palabras de su hermana—. Nos habían dicho que este día llegaría, pero nunca creí que fuera con un hombre como Fred.

—Y amigo de Arthur —indicó Aileen, ya que aquello sí era lo más raro.

—Es cierto, amigos y cuñados, ¿quién lo diría?

—Pues sí, eso nunca se me habría ocurrido, créeme.

—Ni a ti ni a nadie.

Aileen se giró hacia su hermana para mirarla a los ojos y tratar ese punto que ella llevaba días queriendo hablar con ella.

—Diana, me gustaría hablar contigo de un tema que me ronda por la cabeza desde hace tiempo.

—Claro, dime.

—¿Qué es el amor para ti?

Diana abrió mucho los ojos y la boca.

—Es lo mismo que quería preguntarte a ti.

—¿De verdad?

—Sí.

—Vaya, yo creía que sabrías algo, porque en este tema vas más adelantada que yo.

—Hablaremos de ello cuando no tengamos a nadie a nuestro alrededor, ¿te parece?

—Vale.

Las dos hermanas se cogieron de las manos y se sonrieron con esa promesa de tratar esos asuntos que quedaban en un limbo extraño y que no entendían, de poner luz allí donde las dudas del corazón ensombrecían ciertos instantes de la vida.

Bajaron al salón de recepciones, que estaba decorado con mucha elegancia, donde las esperaban todos.

Allí, con las lámparas relucientes y que brillaban con más fulgor esa noche y con flores frescas que embellecían cada rincón, Fred al lado de Diana, anunció oficialmente su compromiso.

Con lo que nadie contaba era que las tías y Rebecca hubieran organizado una fiesta en Londres para celebrar el compromiso.

—Será dentro de una semana —anunció la madre de Fred que estaba encantada con dar esa fiesta.

—¡¿Tan pronto?! —A Fred esa noticia no le había sentado nada bien.

—Claro, hijo, cuanto antes mejor —le dijo su madre.

—En una semana tendremos que estar todos en Londres para este gran acontecimiento —exclamó Lilia.

—Si hay que anunciar otro, también podemos hacerlo. —Blanche miró a su hijo con una sonrisilla maliciosa.

—Te toca —carraspeó Arthur, que estaba al lado de Nick.

—Es el momento de Fred y Diana —repitió Nick las palabras de Aileen, a quien miró con disimulo.

Las cuatro mujeres asintieron a esas palabras del duque, que sonaron como una promesa que estaba a punto de cumplirse.

Tras un breve refrigerio se sentaron a la mesa cuando el mayordomo les anunció que la cena estaba lista.

La señora Collins había creado verdaderas delicias culinarias para esa noche, dejando a todos asombrados, incluso Constance declaró que cuando le quería dar alguna idea, la cocinera le pidió que no se metiera, que ella se encargaba y que no iban a salir decepcionados.

Todo iba acompañado por unas botellas de vino que el padre de los hermanos Bellesmoke había guardado en la bodega y que por fortuna las tías habían puesto fuera del alcance de los tres, pues como les había dicho su querido hermano: «Se reservan para festejar sus futuros compromisos».

Tanto Constance como Lilia sabían que su hermano las había adquirido por una fortuna, pero nada era caro para sus tres hijos.

La cena transcurrió entre los planes de la fiesta y los primeros de la boda, que arrancaba sonrisas de emoción a Fred y Diana, pues aquello era real en todos los aspectos. Aunque para Aileen fueran acontecimientos que transcurrían y se producían con una rapidez inusitada.

Las vidas de las dos hermanas estaban cambiando.

Entre tanto, el espacio que la separaba de Nick, se iba llenando de miradas furtivas, de besos que se escondían detrás de un simple parpadeo, mientras las charlas iban y venían, o las bromas de Arthur hacia Fred arrancaban carcajadas.

Aileen sabía que la siguiente era ella con el hombre que menos se imaginaba, con el duque que la sacaba de sus casillas, con el que no paraba de discutir y que en esos instantes no entendía el futuro sin él.

Mientras ella pensaba en todo eso, en la mesa se acordó que Blanche, Nick, Fred y Rebecca regresarían a Londres lo antes posible y las hermanas lo harían la siguiente semana.

Luego, la conversación varió de tema como de tono.

—Tenemos que hablar con vosotros tres —indicó la duquesa.

—Madre, no somos críos. —Nick conocía a su madre y cuando se ponía serie podía sermonear a cualquier que se le pusiera delante.

—Como si lo fueseis, porque os vamos a dar unas clases —soltó Lilia, que se centraba tanto en el plato, con la cabeza tan inclinada, que más pronto que tarde, podría caerse sobre la comida.

—¿Clases? —Arthur se rio solo con repetirlo—. No necesitamos clases.

—Porque tú lo digas —le encasquetó Constance.

—Vaya, Arthur, ahora estás versado en todos los temas. —Lilia enarcó una ceja por esa actitud un poco altiva de su sobrino.

—Sí, claro —contestó él—. Pero, ¿clases de qué?

—Mujeres, os queremos hablar de las mujeres. —Rebecca hizo que los tres hombres se quedaran de una pieza y se olvidasen de masticar.

Tanto fue así, que Fred tuvo que beber un sorbo de vino para intervenir:

—Creo que ese tema se puede tratar en privado, ¿no les parece? —sugirió el conde intentando frenar todo aquello.

—No, queremos escucharlo todo —dijo Aileen con una férrea disposición.

—Me interesa mucho —añadió Diana.

Arthur carraspeó y Nick parecía que quería convertirse en un ser invisible para perderse en cualquier rincón, mientras Fred se puso colorado.

—Tenéis que saber cómo y dónde tocar a una mujer para no asustarla. —Lilia esclareció el tema originando cierta incomodidad en los tres amigos.

—Esto se pone interesante —le susurró Diana a su hermana.

—Demasiado, y haber como salen de esta; sus caras reflejan incomodidad —señaló Aileen.

—Si pudieran escapar lo harían, hermana.

—No lo dudes. —Aileen se rio por la nariz para no levantar sospechas de que estaban hablando de ellos.

—Ya lo sabemos. —Tras un rato, Arthur rompió el silencio entre los amigos.

—Querido, no sabía que eras un portento en temas femeninos. —Constance se limpió las esquinas de la boca con una servilleta—. Y cuéntame, ¿desde cuándo eres tan versado? —le inquirió con cierta ironía.

—Bueno… —Arthur no quería dar a entender su vida privada.

—Te han metido en un aprieto —le canturreó Aileen en voz baja a su hermano.

—Yo…

—Hombre versado resulta ser el primer desengaño porque al final no es lo esperado. —Blanche no se percató de que su frase rimaba.

—Ahora sueltan versos. —Aileen estaba asombrada de nuevo con los poderes del alcohol.

—Primera lección —intervino Rebecca—: debéis saber cómo y dónde tocar —recondujo el tema, repitiendo lo dicho por Lilia.

—Eso ya…

—Lo sabes, porque eres todo un portento, un experimentado además de un estudioso. —Constance ridiculizó a su sobrino.

—Acariciar a una mujer no es como acariciar a una yegua, aunque algunos lo crean —matizó Lilia provocando que Nick en esa ocasión tosiera.

—No es necesaria esa comparación, no somos animales —se adelantó Fred en un burdo intento por acallar esos temas.

—Hijo mío tenías que ser, más delicado que el capullo de una rosa. —Rebecca suspiró sin aclarar si era un halago o una afrenta a su hijo, aunque, fuera lo que fuera, el conde enrojeció.

—Tenéis que preparar el cuerpo de vuestra compañera de cama. —Lilia insistió en ello.

—Y meteros hasta el fondo —exclamó Aileen alzando el brazo derecho con el cuchillo en la mano.

Nick tosió de nuevo, esa vez por atragantamiento, y todos observaron como el vino le salió disparado por la nariz mojando el plato y salpicando el mantel.

—Hala, su excelencia, hace magia con el vino. —Aileen se tapó la boca para ocultar su sonrisa y se aguantó las ganas de reír.

Fred pegó un ronquido por la gracia que le hizo.

—Hijooo. —Blanche estiró la palabra algo impropio de ella—. Por favooor —tomó un sorbo de vino—, no te alteres, que te puede dar una apoplejía y salirte el vino por los ojos.

—Madre —protestó el duque con voz rasposa—, calla ya.

—Nooo, porque puedes asustar a Aileen —canturreó el nombre.

—Te aseguro que no asustaré a nadie —afirmó rotundo, separando el plato de él.

—Nunca lo sabes —se metió con él Arthur.

—Quizás quien se asuste seas tú, Arthur —le dijo Aileen.

—Yo no, porque conozco el cuerpo de una mujer —aseveró él con seguridad en sí mismo.

—No digas eso —le riñó Fred.

—¿Y cómo es eso? —Constance no le daba tregua a su sobrino.

—Por los cuadros de desnudos que llenan las galerías de algunas mansiones o la National Gallery. Todos los pintores rinden homenaje al cuerpo femenino —explicó él con naturalidad, lo que le daba más veracidad a su explicación.

—Disimula, ya nos conocemos. —Lilia no se fiaba.

—No, no, es tal cual lo digo. —Arthur no se alteró por la desconfianza de su tía.

—¿Y del cuerpo masculino no hay cuadros? —se interesó Diana.

—Sí, hay alguno, pero abundan más las esculturas masculinas —le contó Arthur.

—¿Nos lo dices ahora? —Aileen fingió que su respuesta la molestó—. ¿Por qué no he visto esas esculturas?

—¿Dónde dices que se encuentran? —preguntó Diana

—Algunas en la National Gallery —le contestó Fred.

—Calla —le riñó Arthur.

—Hermano, cuando estemos en Londres veremos esas esculturas, y cómo sean más guapas que alguno de vosotros, las robaremos y nos casaremos con ellas —bromeó Diana a los muchachos.

—Las medidas de esas estatuas no son las correctas ni las que pensáis —les esclareció Nick.

—¿Qué piensas, que las de los hombres de carne y hueso son exactas? —bufó Rebecca antes de seguir bebiendo.

—¿En serio tenemos esta conversación cuando debemos estar celebrando nuestro compromiso? —Fred no daba crédito, y sudaba tanto, que notaba como las gotas rodaban por el espinazo hasta casi rozar el trasero.

—Tenéis que aprender esta importante lección. —Lilia se dirigió esta vez a las hermanas—: algunos hombres desnudos son deformes.

—La ropa tapa muchos defectos —afirmó Blanche cortando un pedazo de carne.

—Menuda cena —musitó Nick.

—Es muy interesante. —Diana le mostró su desacuerdo.

—Sobre todo para hablar en la mesa —apostilló Fred.

—Qué poca alegría tiene este conde —soltó Aileen.