Capítulo 25
A l día siguiente, la repentina aparición de Rebecca en el desayuno cogió a todos con las defensas bajas; como le pasó a su hijo y también a Diana, a quien la condesa recibió nada más verla como un miembro más de su familia.
Ese día fue distinto a todos para las chicas.
Mientras que los criados se afanaban en tener todo listo para la cena de esa noche, los tres amigos, por su parte, estuvieron en el estudio, y ellas estuvieron encerradas en el saloncito rosa donde Diana pasó de ser una mujer casadera a ser un maniquí, pues con Rebecca llegaron ciertos pedidos que sus tías no pudieron recoger al regresar a Arundel.
Eran varios vestidos dignos de admirar, sobre todo, el que se escogió para la celebración pública de su compromiso con Fred.
Se trataba de un diseño en color gris suave con todos los motivos cosidos en hilo de plata de tanta calidad que resplandecía cada vez que le daba la claridad.
Los botones, que tenían una historia detrás, también eran de plata y sus tías la pusieron al día de lo que significaban.
—Esos botones del vestido son las perlas de río escocesas que vuestro padre le regaló a vuestra madre y que ella, en determinados momentos, fue intercambiando de un vestido de gala a otro y están cosidos con el mismo hilo que a ella le gustaba —le reveló Constance.
—Diana, para tu vestido de bodas tenemos otra sorpresa, como para los tuyos Aileen, iréis acompañadas de ellos en los momentos más esenciales de la vida —finalizó Lilia.
A Aileen se le encogió el corazón, lo cual duró bien poco, pues en el saloncito no paraban de entrar dulces, entre otras delicias, que las cuatro mujeres no paraban de probar y aconsejarse las unas a las otras, al tiempo que las copitas de distintos licores caseros corrían a toda velocidad.
—Están bebiendo muy rápido. —Se fijó Aileen que no pudo evitar enarcar una ceja cuando su tía Lilia se sirvió una bebida de color más oscuro que el vino tinto—. No sé si a este ritmo llegarán a la cena.
—Son expertas —le respondió Diana, tan anonadada como su hermana—. O ¿no te acuerdas cómo se ponen con las visitas?
—Sí, me acuerdo.
—Muchachas, estad felices, tenéis un nuevo futuro esperándoos a la vuelta de la esquina —afirmó Constance, muy contenta.
—Está bien saberlo, tía —le siguió la corriente Aileen.
—Creo que ha llegado el momento de prepararlas para la noche que les cambiará la vida —dijo Blanche.
Las dos hermanas compartieron una mirada entre asombrada y divertida, pues no eran tontas como esas cuatro mujeres barruntaban, al imaginar de lo que les iban a hablar.
—La noche de bodas es la noche más importante en la vida de una mujer —comenzó Constance a introducir el tema.
—A no ser que el hombre sea tan zopenco que se quede dormido —alegó Rebecca escondiendo la sonrisa en su copa de whisky.
—O que use su miembro como un caballo —apuntó Blanche a lo dicho por su amiga.
—¿Por lo largo que sea o por ser grueso y deforme? —Aquella cuestión por parte de Lilia hizo que todos los ojos se concentrasen en ella—. No me miréis así, no es una cuestión baladí.
—¿Qué sabes tú de los miembros de los caballos? —Se interesó Constance.
—Te recuerdo que mi esposo era muy versado en los sementales y en las caballerizas se pueden hacer otras cosas además de visitar a los animales —se explicó sin entrar en detalles, pero las dos muchachas sabiendo a lo que se refería, soltaron unas risillas.
—No creía que fueses tan salvaje. —Constance la observaba con los ojos entornados.
—Todas tenemos un lado salvaje —les indicó a todas—. Y vosotras dos también.
Las dos hermanas se tensaron. De hecho, por unos segundos, Aileen dejó de respirar para que se olvidaran de ella.
Esa conversación no la solían tener las mujeres, pues ese acto tan carnal no se trataba ni se tocaba.
Ninguna mujer hablaba a las claras, o así se lo había referido Rose.
Aunque lo que estaba viviendo era muy distinto.
—Lo importante es que el cuerpo de Fred y Nick responderán cómo deben a su edad —no se cortó en decir Constance.
—No tomemos por tontos a esos muchachos, que cuando llegue el día estoy convencida de que ninguno de los dos querrá salir de la cama. —Se rio Rebecca a mandíbula batiente seguida de sus amigas.
—¡Ay! —Constance se abanicaba después de las risas—. A lo que me refiero…
—Ya sé por dónde vas, amiga —Blanche le guiñó un ojo—. Muchachas el hombre que os despose y que comparta la cama con vosotras en la noche de bodas debe estar bien armado entre las piernas.
—Deben ser potentes —añadió Lilia.
—Y vigoroso —apostilló Rebecca tras su último trago de whisky.
—Es decir, que se os claven hasta el fondo. —Constance estiró el brazo a modo de ejemplo.
Aileen se agarró a Diana, como Diana a ella. Sus rostros, tan iguales, eran la viva expresión del asombro y del miedo.
—Eso debe doler mucho. —Diana contenía el aliento con solo imaginarlo, aunque esa conversación le recordó lo que había acariciado entre las piernas de Fred, y que le había dado placer a los dos.
—¿Qué se supone que pasa esa noche? —la pregunta le salió sola a Aileen, que apretaba las muelas para no abrir la boca.
—Las pasamos con nuestros maridos, pero lo están pintando todo muy extraño y ya no sé qué pensar. —A Diana se la veía pensativa.
—Era mejor que no dijeran nada, estaba muy bien como estaba —aseveró Aileen, que dudaba de casarse tras esos comentarios.
—A lo mejor piensan que no tenemos ojos en la cara —dijo Diana que tenía las mismas dudas y preguntas que su hermana.
—En el cuarto de la plancha he visto algo y sí es así, no lo pasaremos tan mal, pero… —Aileen gruñó—. Están empinando el codo.
—¿Y te percatas ahora?
—No, pero están haciendo estragos en mí —confesó Aileen que puso en duda todo lo que había visto y oído hasta el momento.
Hasta lo que había experimentado con Nick durante las noches pasadas no estaba segura si era lo que se esperaba de ella según las instrucciones de ese grupo de mujeres.
—Os tenéis que dejar tocar y si es delicado…
—Lo cual es raro en los hombres —apostilló Blanche a las palabras de Rebecca.
—Si es delicado, preparará vuestro cuerpo, pero vosotras —se interrumpió a sí misma para tomar licor casero del que preparaba la señora Collins—, tocad también donde queráis.
—Amasad y jugad como cuando erais niñas y jugabais con la tierra. —A Lilia le brillaban los ojos.
—Están comparando el cuerpo del hombre con un pedazo de tierra. —Diana no daba crédito.
—Y me da que es mejor que la tierra. —Aileen disimuló para no decir que estuvo con Nick en determinadas tesituras comprometedoras—. ¿Estáis comparando el cuerpo del hombre con la tierra? —requería una confirmación.
Las cuatro la miraron y fue Rebecca la que le respondió con una cita bíblica:
—Polvo eres y en polvo te convertirás.
—Vaya —Aileen estaba maravillada—, cuando beben recuerdan La Biblia. Increíble.
—Se han convertido en obispas —musitó Diana sin parpadear—. Aileen, recuérdame que nunca beba para no llegar a estos límites.
—No llegan a la noche… —Diana no pudo terminar la frase.
—Pero lo que tenéis que aprender es a dominar. —Alzó un dedo Constance—. Dominar.
—No todos los hombres están dispuestos —la corrigió Blanche.
—Si son listos se dejarán —afirmó con firmeza Constance—. Con estos pasos os aseguramos que disfrutaréis de las mieles del matrimonio.
—Deberíamos tener una charla con los muchachos —meditó en voz alta Rebecca.
—Después de la cena —apuntó Lilia.
—¿Podemos estar presentes en esa conversación? —Aileen estaba entusiasmada con esa posibilidad.
—¡Ay, sí me encantaría! —Diana puso expresión soñadora para conseguirlo.
Las cuatro mujeres no dijeron nada, simplemente se miraron.