Capítulo 24
T odos, en la casa de los Bellesmoke, estuvieron nerviosos ese día y permanecieron en ese estado hasta la hora de cenar, pues se había esperado con impaciencia la llegada de Rebecca, la madre de Fred, que al final se retrasó más de lo esperado, aunque sus amigas ya estaban avisadas.
Lo que habían acordado a espaldas de los cinco jóvenes fue que llegaría por la noche para así poder hablar sin interrupciones de ningún tipo y los saludos se harían al día siguiente.
Si lo hubiesen planeado con más tiempo no les hubiese salido mejor.
Cuando llegó la condesa, la casa estaba rodeada por la lobreguez de la noche que ocultaba las esquinas, confiriéndole un aspecto fantasmagórico, ya que quien la viera, solo podría apreciar cómo dos ventanas transfiguraban su contorno nocturno y se materializaban por la luz de su interior.
Correspondían al saloncito rosa donde estaban reunidas con sus copas de whisky o madeira, según los gustos de esa noche.
—Bueno, contadme. —Rebecca observaba a sus amigas con alegría y dispuesta a escuchar todo lo que hubiese ocurrido en esos días en los que se había quedado sola en Londres—. ¿Ha sucedido algo relevante?
—Tú hijo se ha decidido —dijo Lilia.
—Eso ya lo sabemos, por eso estoy aquí, para la celebración privada antes de la pública —le recordó Rebecca con una sonrisa a su amiga.
—Puede que haya otra pareja en ciernes —la informó Blanche.
—No me lo digáis. —Se acomodó mejor en el sofá—. Son Aileen y nuestro querido Nicholas, ¿no es así? —Todas asintieron a un mismo tiempo—. Lo sabía. ¿Se han decidido a dar el paso de prometerse? ¿Tendremos dos anuncios?
—Querida. —Blanche le puso una mano en la pierna a su amiga—. Estamos haciendo como que no nos damos cuenta de nada, lo llevan, o eso les hacemos creer, en secreto, pero cada día se les ve mejor uno al lado del otro.
—Sin ir más lejos, esta mañana Nick se llevó a Aileen a un lado del río para desayunar, según nos informó la señora Collins —resumió Constance que estaba maravillada con esa imagen.
—¡Qué romántico nos ha salido este duque! —exclamó en voz baja antes de terminar su whisky.
—Nuestros planes están saliendo a pedir de boca, nunca me imaginé que Aileen cayese rendida tan pronto a los encantos de Nicholas. —Constance estaba encantada por como se estaban desarrollando todos los acontecimientos.
—Al menos sabemos que nuestros hijos no caen en manos de unas arpías, que como bien sabéis, en Londres son las que abundan. —Se notaba que Blanche se quitaba un peso de encima.
—¿Y ya tenéis pensado hablar a las claras con Nick y con Aileen? —se interesó Rebecca, sirviéndose un poco más de licor.
—No —sentenció Lilia—. Los queremos dejar un poco a su aire y como me dijo Aileen antes de cenar, cuando me acerqué a ella, no quiere enturbiar la felicidad de Fred y Diana porque para ella este es el momento de la pareja.
—Una muchacha con sentido común —alegó Blanche.
—Pues sí, porque sabe que su unión con Nick levantaría más expectación que la de Diana y Fred —explicó Rebecca.
—Y por otro motivo. —Constance se sentó en el borde del sofá—. ¿Dos compromisos tan seguidos en la familia? Daríamos mucho de qué hablar.
—Constance, estaremos en boca de todos a medida que se vayan anunciando.
—Rebecca inclinó la cabeza hacia delante—.
Fred es muy codiciado entre las muchachas, pero Nicholas lo es todavía más y, sobre todo, desde que llegasteis, él ha estado muy pendiente de vuestras sobrinas y eso no ha pasado desapercibido.
—Ha levantado ampollas en muchas madres e hijas —apostilló Blanche—.
Pero me da igual, sé que ninguna es digna para Nick, y en alguna de nuestras misivas os lo hice saber.
Él, en eso, se parece a su abuelo y a su padre, no es un hombre que se deje embaucar por la primera que se le aparece, al contrario, se mueve por los dictados del corazón y todo muestra que ese corazón lo ha robado Aileen.
—La duquesa habló con propiedad y sin temblor en la voz añadió—: Si se llegan a casar…
—Ya verás como sí —la interrumpió Lilia para matizarlo.
—La unión entre ellos será invencible, estoy convencida. —Sus palabras no daban lugar a dudas.
—Lo que tenemos que tener claro, es que hemos elegido a las personas adecuadas para que forjen un futuro prometedor —aseguró Constance.
—¿Y Arthur? —Se interesó Rebecca.
—¡Ay! —Lilia pegó un brinco en su asiento—. Agárrate las enaguas, porque vamos a necesitar tu ayuda.
—Te ponemos al día. —Constance le sonrió a su amiga con complicidad.
Las copitas se volvieron a llenar de nuevo.