¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

—A ileen —la llamo Nick; a ella le costaba abrir los ojos, ¡estaba de maravilla en la cama! —. Aileen despierta. —Nick no pensaba lo mismo—. Aileen…

—Deja de decir mi nombre, lo vas a gastar y a rayar —le respondió con voz pastosa y con un tono de «déjame en paz».

—Aileen, vístete.

Esa orden hizo que solo abriese el ojo derecho y así lo miró, tal cual, guiñándole un ojo, pero sin abrirlo al final.

—Todavía no ha amanecido. —Aquello la hizo bostezar.

—Es una sorpresa.

—¿Qué? —Eso sí que la despertó.

—Quiero darte una sorpresa.

—Una sorpresa antes del amanecer, menudo descaro, duque.

—Vamos, que se hace tarde.

—Eres muy raro, ¿lo sabes? —Ella mostró sus pocas ganas de levantarse destapándose primero, echando las piernas hacia fuera y, luego, apoyándose sobre un hombro logró sentarse en la cama.

—Nos tenemos que ir antes de que los criados y el resto de la casa nos vean. —La cogió de las manos y tiró de ella para ponerla sobre sus pies—. Te espero fuera.

Ella, aunque no lo mostrase, estaba intrigada por lo que le tenía preparado, ¿que sería?

Nick era el primero que hacía algo así por ella.

Sabía que a veces los hombres daban estas sorpresas, pues su madre hablaba de ello o se lo hacía saber a sus hijos, sin embargo, recibirlo era distinto pues el corazón y la cabeza se convertían en la misma mariposa que volaba hacia las nubes con todas las posibilidades que se le ocurrían.

Se vistió del mismo modo que lo hacía cuando estaba con Diana y sus tías solas en Arundel, con ropas más sencillas que le permitían andar con comodidad, subirse a los árboles, remar, o realizar cualquier otra actividad.

Cuando bajó, Nick la esperaba a los pies de la escalinata, cuyos lados comenzaban a brillar por la claridad que entraba por las ventanas que había en el vestíbulo.

Aunque él era en donde se concentraban sus ojos, puesto que estaba vestido con el pantalón y la camisa que quedaba debajo del abrigo.

Esa imagen era la que más le agradaba, pues no mostraba al duque serio y elegante que acudía a fiestas, sino que se descubría a un joven que también podía ser despreocupado con su atuendo.

Esa era la versión que más le gustaba de él.

Cara a cara, Nick miró hacia los lados y al comprobar que estaban solos se atrevió a darle un beso en la mejilla.

—Estás muy bonita. —Le metió un mechón detrás de la oreja que se le había soltado de la trenza—. Vámonos, antes de que se vaya despertando la casa.

—¿Adónde?

—Ya lo verás.

Aileen se dejó arrastrar por él que la llevó al pequeño embarcadero, allí subieron a la barca que, mientras se deslizaba por el río, sus figuras se desdibujaban por la neblina que a esas horas se negaba a retirarse cuando por encima de ella se veían los primeros rayos del sol.

Navegaba por el río impidiendo ver el muro de agua; tampoco dejaba ver la vegetación a ambos lados de las orillas, aunque a veces se intuían los árboles, o solo las copas, y los convertía en espectros que los acompañaban allá a donde Nick quería ir.

No se contemplaba el mundo, la vegetación de la orilla ni el transcurrir tranquilo del río bajo la barca, solo se observaba la neblina que se deslizaba despacio al igual que el agua al permanecer unidos en un abrazo invisible.

Al fin, cuando echó el amarre, Aileen vislumbró los dos sauces, cuyas altas ramas brillaban con la claridad del sol al haber quedado atrapadas en sus hojas algunas gotas de rocío en las que si se paraba a mirarlas con atención vería el arco iris.

—¿Qué hacemos aquí? —inquirió ella nerviosa como nunca antes había estado.

—Ya lo verás.

La ayudó a bajar de la barca y cuando la neblina del río desapareció en la orilla, ella pudo observar como en el bosque quedaba un río blanco de niebla que para no deshacerse bajo el candor del sol parecía que se anudaba alrededor de los troncos.

Nick la cogió de la mano y la llevó con él hacia detrás de la cortina natural que formaban los sauces llorones y ahí fueron testigos del primer trinar de los pájaros.

Para estupor de Aileen, él sacó una enorme cesta y lo fue colocando todo mientras ella descubría que la razón por la cual la levantó de cama no era otra cosa que un desayuno-picnic.

—Nick… —Su voz se apagó a causa de la emoción.

Él se rascó la nuca con cierto temor de haberse equivocado.

—Llevo días dándole vueltas a esto, sé que te gusta el río y el bosque, así que quería hacer algo especial que solo compartiésemos nosotros dos. —Alzó las cejas y tiró de las comisuras de la boca hacia abajo—. Este es el resultado. —Se atrevió a mirarla—. ¿Te gusta?

Ella se lanzó a sus brazos, pues nunca creyó que él pudiera darle un regalo tan bonito.

—Sí. —Se separó para que él viese su emoción—. Es lo más bonito que jamás hayan hecho por mí.

—Podía haber sido algo material, pero deseaba que fuera algo que retuviésemos los dos en la memoria. Quería darte algo romántico y no hallé mejor lugar que este, porque ahí —señaló al río con un golpe de cabeza—, fue donde nos besamos por primera vez.

Ella bajó la cabeza con timidez.

—Te acuerdas. —Sonrió notando un incipiente rubor en las mejillas.

—Jamás lo olvidaré y lo de hoy tampoco.

Ella solo negó con la cabeza antes de darle un beso en los labios.

—Vamos, o todo se enfriará.

Terminaron sentados en una gruesa manta y dando buena cuenta del desayuno que, al aire libre, sabía mucho mejor.

—¿Quién te ayudó? —Ella entrecerró los ojos, se imaginaba el nombre de la persona, a la vez que con las puntas de los dedos arrancaba la miga de pan con mantequilla derretida.

—La señora Collins —reconoció sin dilaciones.

—Así que ahora te da por pagar al servicio para que cumplan tus caprichos.

Él se quedó de una pieza.

—¿Tan mal piensas de mí?

Ella sonrió.

—Sabía que te iba a fastidiar.

Nick respiró hondo al darse cuenta que había caído en una broma.

—Eres increíble.

Ella se acercó y le dio un suave beso en la mandíbula y paseó la punta de la nariz por su mejilla.

—Gracias.

—¿Por?

—Por regalarme este desayuno; este momento entre los dos; por hacer algo que seguro que jamás se te había pasado por la cabeza. Por este amanecer a tu lado que me acompañará siempre —confesó.

Era la primera vez que Aileen decidió dar rienda suelta a las palabras que se le acumulaban en la garganta, al tiempo que su corazón latió lleno de esperanza al comprender que había hallado al hombre correcto a quien entregarse.

—Te mereces esto y más. —Nick la cogió de la mano—. Y si nos casamos esto se repetirá.

—¿En Londres? —Sí, la casa de Nick en Londres tenía un bello jardín pero…—. Esto no se puede comparar con tu jardín en Londres, lo siento.

—No, tengo una propiedad en Averly y allí podemos disfrutar de los amaneceres en la desembocadura del Río Támesis —le contó él sin borrar la sonrisa—. También tiene unos parajes increíbles de un verdor tan intenso como este, senderos llenos de árboles donde solo se escucha el canto de los pájaros.

—Debe ser bonito

—Lo es y sé que te encantará. Es un lugar muy tranquilo y se puede aprovechar de lo que te ofrece la naturaleza para cabalgar, dar paseos… —Se metió un trozo de scone en la boca.

Aileen no añadió ni preguntó nada, porque estaba absorta con él y en ese modo de masticar lento como si rumiara las siguientes palabras a decir.

Tenía los ojos perdidos en las ramas que daban la impresión que de ellas pendían sus recuerdos.

Esa concentración, que le formaba algunas líneas que le atravesaban la piel blanca de la frente, se reflejaba en el atractivo perfil que tanto la fascinaba, logrando que se olvidase de la tostada que sostenía en una servilleta.

De pronto, las ganas de querer experimentar y vivirlo todo a su lado se desperezaron en su interior cual deseo que había permanecido dormido desde hacía bastante tiempo.

—Iremos —afirmó él casi de repente.

—Eso espero, me tienes que enseñar tus lugares favoritos. —Ella lo soltó de modo espontáneo.

—Desde luego que lo haré, solo para verlos a través de tus ojos.

—Se acercó a ella—. Quiero ver el mundo como tú lo ves.

—Le dio un beso que le supo a scone con mantequilla y mermelada, era tierno y dulce.

Aquellos sabores impregnados en los labios de Nick le resultaban tan deliciosos que enredó los dedos en la nuca para que no se pudiera separar.

Lo hicieron cuando el aire les falló.

—Te quiero, Aileen —susurró él encima de sus labios.

—Y yo. —Ella bajó la cabeza.

—¿Pero?

—No es ningún pero, solo que no sé cuándo pasó o cómo he llegado a este punto de que solo tú resides en mi cabeza.

—Quizá sea porque nos amamos desde hace más tiempo del que imaginamos.

—¿Eso crees?

—Aileen, no tengo la verdad, pero es lo que pienso. Aquello que hemos denominado «insoportable» u «odio» podía ser el comienzo de esto. —La atrajo hacia él y apoyó la frente en la suya—. De lo que estoy seguro es que no quiero que termine.

—Ni yo, porque tienes el poder de destruirme y no soporto sentirme así.

—Jamás haría algo semejante porque lo estaría haciendo conmigo mismo. —Le dio otro beso en los labios—. Comamos o se enfriará.

—Una cosa.

—Dime. —Tomó un trago de té antes de coger otro scon.

—¿No te importará que vea a mi hermana o que Diana venga de visita? Es que nunca hemos estado alejadas. —Ese era un tema que inquietaba de verdad a Aileen.

—No, ¿cómo iba a importarme? —Él se estiró y se quedó apoyado en un codo—. Sois hermanas, lo entiendo.

Ella sonrió.

—Vaya, eres más encantador de lo que imaginaba.

Él alzó la vista hacia ella.

—Lo sé.

—¿Serás engreído? —Le tiró una miguita de pan.

—Con que esas tenemos.

Así dio comienzo una guerra en la que él terminó haciéndole cosquillas a ella, que se reía de entusiasmo con las mejillas encendidas de pura felicidad.

Lo que ninguno supo contemplar fue que « la dicha está hecha de pequeñas cosas, gestos, miradas, bromas, y esa felicidad es el motivo por el que se está en el mundo» .

Él terminó casi encima de ella, en una postura un tanto rara para no tirar nada con las piernas.

—Me gusta que me eches piropos. —Le guiñó el ojo y la besó—. Pero lo que más me agrada es que te atrevas a ver un futuro a mi lado, hacer planes conmigo.

El corazón de Aileen, con cada palabra de Nick, danzaba en su pecho con un vigor renovado, aunque la verdad era otra: la aparición de Nick había alterado el futuro que Aileen se había imaginado, uno en el que ella creía que estaría con su familia, al lado de su hermana sin ninguna interferencia.

Era consciente, en sus ensoñaciones, que se tendría que casar, pero Nick era distinto, todo lo que hasta entonces había considerado como inamovible, había desaparecido.

Aquel hombre era el que tenía ese futuro en las manos, el que determinaría toda su vida, porque sin él ya no podía vivir.

Ese descubrimiento la sacudió por dentro.

Enterró los dedos en espeso pelo castaño oscuro que contrastaba con sus bonitos ojos azules.

—Te quiero de todas las maneras. —Él la miró con un brillo distinto en los ojos, era una mirada completamente desnuda en la que, a través del color azul de su mirada, le dejaba ver el alma y el corazón.

Nick rodó sobre la manta y la arrastró con él, por lo que ella quedó con la cabeza apoyada en su torso.

Así, todo desapareció en aquella burbuja vegetal que creaban los dos sauces, donde solo ellos existían y el calor del sol quedaba atrapado entre las ramas para caldear el ambiente—. Gracias por todo esto.

—Nunca me des las gracias.

—Debo dártelas, porque nadie antes me había regalado el amanecer. —Lo abrazó más fuerte.

—Te lo regalaré todas las veces, todos los días. —Él le alzó el rostro, quedando atrapada en el azul de sus ojos—. Eres lo más bonito que me ha pasado en la vida.