¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 22
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Capítulo 22

L a convalecencia de Aileen duró más de lo esperado.

Era la primera vez que un dolor de cabeza se prolongaba durante horas, por eso sus tías actuaron con rapidez, azuzadas en parte por Arthur, quien estaba más preocupado de lo que realmente mostraba, y llamaron al galeno ese mismo día y lo que les dijo fue que todo tenía que ver con el viaje a Londres.

—Una muchacha que lleva una vida tranquila en Arundel, se traslada con ajetreo, nervios y presión a la capital, acude a los bailes y todo ese agobio que conlleva, el cuerpo lo expulsa más tarde o más temprano. Lo que necesita vuestra sobrina es descanso y recuperarse.

—En cuatro palabras: Londres no es sano —añadió Aileen recriminando todo lo que había pasado.

—Es sano —la corrigió el galeno—. Lo que no es sano es el nerviosismo.

Todos aceptaron el diagnóstico, pues del resto era una muchacha sana y fuerte.

Tras la marcha del galeno, Nick estuvo en su habitación entreteniéndola sin apenas hacer ruido o se mantenían en un cómodo silencio que no requería ser llenado por ninguna palabra o frase; así estuvieron hasta la noche.

En esas horas que pasaron juntos, Aileen descubrió a un joven duque que nada tenía que ver con la imagen que había tenido de él: se preocupaba por los que tenía alrededor, era servicial, algo extraño para un hombre de su clase, no le importaba perder el tiempo sentado mientras que observaba por sí mismo la mejoría, en ese caso de ella.

Era muy fácil amarlo, porque se hacía querer incluso cuando contaba anécdotas muy tontas y solo podía reírse.

En los instantes en los que el silencio se asentaba entre ellos, le era muy fácil imaginarse una vida a su lado, pues por lo que él mostraba estaba ahí para ayudarla, apoyarla y sabía que jamás estaría sola.

—No quiero que cambies, me gustas tal y como eres, sino no serías Aileen —le dijo por la noche, antes de que se quedara dormida.

Nick había pasado la noche con ella sin que nadie pudiera apartarlo de su lado y se retiró antes del amanecer.

Al día siguiente, Aileen había mandado abrir las cortinas para que entrase la luz.

Se encontraba mejor, los ruidos ya no le molestaban mucho, ni la claridad, aunque notaba la cabeza un tanto abombada, de ahí que fuese ella misma quien se peinase y se recogiera el pelo en una simple trenza para que no se le levantase de nuevo el dolor de cabeza.

También fue capaz de ingerir más alimentos, por eso a la hora del té de la tarde, lo tomó a solas con Nick.

—¿Qué lees? —Observó con ojos rápidos la hoja en la que estaba abierto el periódico de la mañana y que él ya había leído.

—Es un artículo muy interesante en el que se recuerda como el partido conservador fue el primero en ofrecer un papel político a las mujeres en Gales, con la apertura de sucursales de la Liga Primrose, aunque hay un pero: la campaña por los derechos femeninos no era su prioridad, según palabras de algunos miembros del partido solo querían —Aileen leyó textualmente—: interesar a las mujeres en la política .

—Es un tema bastante difícil —auguró él.

Ella se lo quedó mirando y miles de preguntas aparecieron en su mente.

—¿A ti te dieron educación?

Ante esa pregunta Nick sonrió y alzó las cejas, no la estaba tomando en serio.

—Sí, estudié en Eton, donde conocí a tu hermano.

—Malgasto de capital, me podían haber enviado a mí.

—Es un colegio de chicos.

Ella puso los ojos en blanco.

—Lo sé, no soy tan lerda.

—No te lo he llamado.

—A ver, Nick, si a nosotras las mujeres nos dieran la oportunidad de estudiar del mismo modo que vosotros, te aseguro que seríamos mejores en todo.

—Ese día llegará —afirmó él con seguridad—. Quizás ni tú ni yo lo veamos, o sí, pero lo que está claro es que más tarde o temprano ocurrirá.

—Solo espero que vosotros, los hombres, estéis a la altura de las circunstancias.

—Vamos, eres seguidora de ese movimiento. —A él no le asombró ese hecho.

—Por supuesto, y sé que algún día las mujeres nos emanciparemos, no os necesitaremos, pero no ahora. —Hizo un gesto de desagrado, porque ella quería que se produjeran los cambios ya—. ¿Tú no estás en contra?

—Reconozco… —Nick colocó la taza de té en la bandeja—, que algunos puntos son arriesgados y que la mentalidad de la población debe cambiar, pero hay otros que me parecen justos.

Ella asintió y se fijó en que él no apartaba la vista del secreter y como poco a poco fruncía el ceño.

—Me alegro, porque considero que sin vuestro apoyo y sin vuestra ayuda no se conseguirá nada, teniendo en cuenta que vivimos en un mundo hecho exclusivamente para y por los hombres.

—Esos lomos me suenan. —Señaló con el dedo unos libros muy bien colocados en una esquina del escritorio.

—Normal —dijo ella a la vez que metía los labios hacia dentro y clavando los dientes en ellos.

—¡¿Son mis libros?! —Giró el rostro hacia ella en actitud entre sorprendido y muy serio.

—Sí, los tomé prestados —confesó ella sin miedo a inculparse.

—¿Tú eres la ladrona de mis libros? —Él estaba que no se lo creía, es más, daba la sensación de que no había reparado en la posibilidad.

—¿Sorprendido? —Ella bufó.

—Responde —le ordenó, quería oírselo decir.

—Pues claro que te los cogí prestados, no te los robé.

—¿Cómo los sacaste de casa, dentro del corsé o debajo de las faldas?

Ella estiró los labios en una mueca que quería simular una sonrisa.

—Ni en uno ni en las otras, lo conseguí con la ayuda del chofer a quien se los iba dando a través de la ventana. —Nick parpadeó en su dirección, echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada—. Me alegro que te lo tomes tan bien.

—Eres de lo que no hay. ¿Por qué no me los pediste? Te los hubiera prestado.

—Me tomé yo misma esa libertad sin pasar por ti, como sabía que me los ibas a prestar no había necesidad de decir nada. —Se encogió de hombros—. ¿Te los tengo que devolver ya?

—Cuando los termines.

—Vale.

—Pero sin ningún desperfecto —bromeó.

—¡Oh! No me imaginé que te preocupases tanto por el bienestar de los libros.

—Sabes cómo puede ser una persona por cómo cuida sus pertenencias, los libros entre ellos.

Un ruido procedente de fuera los hizo mirar a la puerta.

Había un gran revuelo con la llegada de Rebecca, la madre de Fred, que iba a ser en cuestión de horas.

Continuaron charlando sobre libros, autores, novelas o poemarios.

Aileen descubrió en él un gran lector y cuando ella le tiró de la lengua sobre Persuasión, la respuesta por parte de Nick fue:

—Hay muy pocos libros donde el arrepentimiento, el perdón y el amor floten en cada línea y esa escritora consigue que sentimientos tan humanos y mundanos cobren vida.

***

Aileen bajó a cenar, aunque se retiró bien pronto a sus aposentos.

Sin embargo, en cuanto la casa se quedó en silencio, recibió la visita, una vez más, de Nick, en la cual los besos que contuvieron a lo largo del día, brotaron en sus labios como rosas que se abrían a la luz de la luna, la única testigo de los deseos de los amantes.

Ella, con la mente nublada por la excitación, terminó sentada en las piernas de él y movida por un impulso desprendido de lo más hondo de la pasión se desató el lazo que cerraba el camisón.

—¿Qué haces? —El atrevimiento de Aileen lo cogió con las defensas bajas.

Ella estaba tan ansiosa de notar sus manos sobre su piel, tenía tantas ganas de sentirlo de verdad que no halló otro modo de lograrlo.

—Quiero que me toques sin ropa. —Se bajó el camisón mostrándole sus pechos desnudos—. ¿Tienes miedo? —Sus pezones suplicaron que Nick les prestara la misma atención.

—Nunca subestimes el deseo que siento por ti.

—Al tocarla él se sobreexcitó. Muchas veces se había imaginado acariciando esas partes de su cuerpo que siempre iban cubiertas por la ropa y jamás creyó que su piel blanca como la porcelana pudiera tener el mismo tacto de la seda, pues tenía una suavidad que bajo sus manos era frágil, aunque ansiaba ser descubierta palmo a palmo.

—¡Dios! —dijo pasándole ambas manos por cada pecho.

Él, sin poder resistirse más, la sentó en sus piernas para hacerla partícipe de su erección. Ella tembló cuando sus manos los cubrieron en totalidad y en cuanto percibió como la entrepierna de él se endureció contra su muslo.

—Va… —Le costaba hablar—, vaya, tienes contacto directo con él.

—Eres tan hermosa. —Suspiró y la besó.

Para Aileen sus besos eran indescriptibles, la emoción que se escondía tras ellos bastaría para arrancarle el corazón.

La besaba con tanta ahínco, pegando sus labios a los suyos, acariciándola con la lengua con sumo erotismo, que los pliegues de su entrepierna vibraron, aunque toda la atención de Nick recaía en los pechos, que subían y bajaban con cada respiración.

Se los cogió y le acarició los pezones con los pulgares.

Ella se echó hacia atrás rompiendo el beso en busca de aire, sonrojada y sus ojos grises tan oscurecidos que parecían casi negros.

La melena dorada le caía por los hombros, alborotada.

—Entre mis manos tengo a una diosa. —Le dio un beso en la línea del cuello, lo que a ella le produjo que se le erizase por completo todo el vello del cuerpo.

Él continuó tocándole los pezones, estirando y pellizcándolos, y así lograba que suspirara de placer. Aileen, por su parte, bajo sus manos notaba todos y cada uno de los movimientos de sus dedos como si estuviese tocándola entre las piernas y su sexo se moría por él.

—Nos… nos estamos convirtiendo en amantes.

—Creo que lo seríamos sin estar en estas tesituras; desde que te conozco llevo pensando y soñando en estar enredado contigo en la cama.

—Pensar así es pecado —soltó ella medio en broma. Él paró de tocarla—. Fuiste tú quien metió a Dios otra vez por medio.

—Fue una exclamación y me quemaría en la hoguera solo por este momento contigo.

Ella le iba a contestar con una sonrisa la cual fue borrada por otro intenso beso con el que Nick sin saber le besaba también el corazón.