¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

A ileen miraba hacia la ventana que estaba oculta detrás de las cortinas blancas que, a su vez, estaban cubiertas por unos gruesos cortinajes de terciopelo azul que no permitían pasar la luz, y por cuya rendija se filtraba un estrecho rayo de claridad al que si uno miraba podía ver algunas partículas de polvo flotar en el aire.

Ella no podía observarlo con atención, la luz le arañaba la vista y le producía un fuerte dolor de ojos que se unía al de cabeza.

Toda la habitación estaba en semipenumbra, salvo el último ventanal, que había pedido que lo dejasen a medio cerrar en la zona de la chimenea.

A esa distancia no le causaba mayor daño.

Se arrebujó bajo las sábanas y cerró los ojos.

Sentía como el corazón le palpitaba en la cabeza, la agobiaba bastante hasta tal punto que se volvía más aprensiva, ya que la sensación de presión era horrible.

Un dolor constante le martilleaba en los huesos del cráneo, incluso en las sienes, en otras notaba como le bajaba a los ojos o le alcanzaba el cuello.

No quería pensar, solo vaciar la mente, aunque eso era del todo imposible, puesto que Nicholas se colaba y se presentaba en ellos sin previo aviso, con los besos, las caricias, como las que le regaló la noche anterior en la que él se aventuró a bajar sus manos y ahuecarle los pechos.

Había sido atrevido y a la vez placentero.

Los abarcó sin problema con las manos, era como si estuvieran hechos para él, aunque lo que más placer le produjo fue la forma que tuvo de estimularle los pezones con las yemas de los pulgares y las espirales que dibujó en torno a ellos que la hacían delirar.

Jamás barruntó que ese deleite se pudiera experimentar en la compañía de un hombre.

Mas, le agradó y a su cuerpo todavía le gustaba.

Tuvo que salir de esas candentes imágenes por unos golpes en la puerta, que se abrió sin ella dar permiso.

—Aileen —la llamó Nick a media voz.

—¿Nick? —Aileen estaba sorprendida de cómo él se había materializado de su mente hasta su cuarto. ¿Tenían una conexión tan especial que él sabía lo que estaba pensado?

—¿Puedo pasar?

—Ya estás dentro.

Gracias a la luz del ventanal, ella vio que iba vestido con uno de esos trajes oscuros que le favorecían y le ayudó a guiarse por la habitación.

—Hola —la saludó dándole un suave beso en el pelo—. ¿Cómo estás?

—Podría estar mejor si no fuera por el dolor de cabeza. —Ella quería fruncir el ceño, pero hasta las cejas le dolían con cualquier movimiento de la cara—. ¿Cómo sabes que estoy mal?

—Verás…

—Mis tías se adelantaron —confirmó ella.

—No, fue la señora Collins quien me lo comentó después de hablar con ella.

—¿Y se puede saber qué era eso que querías hablar con ella?

—Algo que de momento no puedes saber. —Él dejó el misterio en el aire.

—Debería estar prohibido dejar a una persona con la intriga.

—Pronto lo sabrás. —Le dio un beso en la frente.

Con ese leve tacto, el corazón de Aileen revoloteó como un gorrión.

—Fue ella quien me trajo una infusión que me ayuda con estos dolores de cabeza.

Nick le acarició el pelo desparramado por la almohada.

—No me gusta verte así. —Se entretenía enroscando un dedo en un mechón de pelo—. Parece que pierdes la vitalidad.

—Cierto, en este momento no tengo ninguna, pero tranquilo, esto no dura mucho.

—Eso espero. —Le dio un tercer beso, esta vez en la punta de la nariz.

—Me quedaré contigo; se lo diré a tus tías.

—No creo que les haga mucha gracia…

—O sí. —Él puso esa opción antes de que ella dijera cualquier otra cosa.

—Puede ser, con ellas nunca se sabe, a lo mejor están encantadas. —Sonrió, aunque no duró mucho en su rostro; sin embargo, esa felicidad que le daba estar con él se desprendía del brillo en sus ojos, así como en la manera de mirarlo.

—Seguro que sí.

Se cogieron de la mano y comenzaron a jugar con los dedos como si ellos hicieran con libertad lo que sus cuerpos retenían, ansiaban y postergaban a un futuro que ninguno de los dos se atrevía a decir si sería cercano o lejano.

Con esos movimientos, a Aileen le prendió la sangre en puro fuego de la pasión.

—Aileen. —Se oyó la voz de Diana desde el otro lado de la puerta.

—Espera —le contestó apurada y nerviosa—. Escóndete —le ordenó a Nick.

—¿Dónde?

—Me da igual, como si escalas hasta el techo, pero no puede verte aquí. —Lo empujó y él con un ruido sordo cayó al suelo—. Pasa.

Diana entró sin apenas hacer ruido, ya que sabía que cualquier sonido podía molestar a su hermana cada vez que le ocurría esa dolencia, aunque no le importó cuando se lanzó a sus brazos muy contenta, lo que provocó que Aileen gruñera un poco.

—Lo siento. —Se separó de ella al percatarse de lo que había hecho, soltando una risilla nerviosa—. ¿Cómo estás?

—Podría estar mejor, pero bien. —Siempre le respondía de ese modo—. En cambio, a ti te veo deslumbrante.

—Tengo que darte una noticia antes de que se la oigas a las tías o a otra persona.

—¿Qué?

—¡Fred ha pedido mi mano! —exclamó en voz baja.

—¡Al fin! —suspiró Aileen—. Ya iba siendo hora.

Las dos hermanas se fundieron en un gran abrazo compartiendo la alegría.

—Estoy feliz.

—Y yo por ti, Diana, ese hombre no tendrá mucho encanto, pero te quiere y eso es lo que me importa. Me alegro muchísimo por los dos. —Lo cual era cierto, no había nada que la hiciera tan feliz como ver esa sonrisa imborrable en Diana.

—Y yo también por ti

—¿Por mí? —Se extrañó por ese comentario, ya que no se había prometido con nadie, ni con Nick, y creía que para ese día todavía faltaba mucho—. Hoy estoy tan contenta que tengo ganas de tirarme al río.

—Oye, eso es pecado —la amonestó su hermana.

—De tirarme al río para nadar.

—No disimules, hermana, estoy contenta porque se te ve muy bien en compañía de un duque que…

«Oh Dios, Nick está escuchando todo y se volverá insoportable», la cabeza, nada más pensarlo, le dio un pinchazo.

—Bueno, es que tanto discutir cansa un poco y no es tan malo como creía. —A ella no le agradaba que lo escuchase.

—A él se le ve muy interesado en ti —apostilló Diana que le guiñó un ojo a su hermana.

—No, espejismos. —Quería cambiar de tema.

Diana no estaba dispuesta a terminar tan fácil.

—Tengo ojos y veo.

—La vista te falla.

—No te hagas la graciosa. —Diana se tiró del párpado inferior derecho hacia abajo—. Se nota que le atraes, por eso te pinchaba como una avispa, y le gustas y sé que a ti también.

—Yo…

—Aileen, eres mi hermana y sé cuándo cambias, y con respecto a tu insoportable duque lo has hecho en demasía.

Por dentro Aileen ardía por confesarle a su hermana la verdad, a preguntarle por el amor, pues sabía que a Diana podía hablarle de ese tema con franqueza, pero el maldito Nick a saber dónde se había escondido.

—Y lo tuyo. —Aileen volvió al tema inicial—. ¿Las tías están al tanto?

—Sí, Fred pasó por encima de Arthur al pedirle directamente a las tías mi mano —le contó Diana con una expresión divertida.

—Nuestro hermano debe estar que se muerde la uñas. —Aquello le encantaba a Aileen, fastidiarlo desde que supo sus pretensiones para con ellas.

—Huuum… —Se oyó desde el fondo del suelo.

—¿Qué fue eso? —Diana enderezó la espalda.

—Ha venido de fuera, la señora Collins me abrió un poco la ventana para refrescar el ambiente. —Salió al paso lo mejor que pudo.

—Vale, pues sí, seguro que no le gustó un ápice, ¿qué se le va a hacer? Ellas han estado con nosotras, él no.

—Efectivamente.

Diana asintió con la cabeza una gran sonrisa.

—Ya han hecho llamar a la madre de Fred, en unos días viene, pero Fred me dijo que a lo mejor hasta se presenta antes por la emoción y por saber si es en serio o un embuste. —Se encogió de hombros.

—Vaya, eres una futura condesa.

—No seas tonta. Siempre seré Diana.

—Lo sé. —Le dio un apretón en la mano.

—Voy a bajar a desayunar, ¿te traigo algo?

—No, estoy bien gracias. —Cuando lo decía, quería que la dejaran tranquila.

Cuando su hermana se fue, respiró tranquila y expulsó el aire por la boca.

—Nick sal de tu escondite.

—Huuumm… —Fue la respuesta que obtuvo.

—¿Dónde estás?

—Hummm… —Aquel quejido se volvió agudo.

Se movió en la cama y al encender una vela, cuya llama le arañó la vista, lo que halló en el suelo fue la caricatura del duque: tenía el torso recto, las caderas ladeadas y las piernas abiertas con las botas apuntando cada una a direcciones distintas.

—¡Oh Dios!, ¿qué haces ahí tirado? —No daba crédito.

—Me caí de tu cama. —Le costaba hablar con normalidad.

—Levántate, hombre, y no te quejes tanto.

—Estoy dolorido —se quejó.

—No deberías, eres duque.

—¿Y por eso me duelen menos los golpes? —Logró sentarse en el suelo.

—Pues sí.

—Eres muy compasiva.

—Me compadezco de mí en estos momentos. —Dejó la vela en la mesita de noche.

Nick se levantó como pudo y terminó acostado a su lado.

—¿Qué haces? —Lo miró boquiabierta, ¡menudo descaro tenía ese duque!

—Relajar el cuerpo. —Puso una mano debajo de la cabeza.

—Ya, más bien, ocupar mi cama. —Se recostó en los almohadones.

—No me llames quejica.

—No hace falta, tú te adelantas.

—No le has dicho a tu hermana que me quieres.

—Quiero ir poco a poco, no hay que aventurarse, no podemos equivocarnos…

—Te prometo que lo nuestro no es ninguna equivocación. —El peso de la mirada de Nick viajó hasta rozarle el corazón para demostrarle que hablaba en serio.

—Nos estamos conociendo, por eso no quiero ir más rápido. —Ella quería ser cautelosa.

—A diferencia de Fred, yo me enfrenté a tu hermano y sabe mis sentimientos hacia ti, pero es que no me los puedo callar, porque mi corazón cuando se trata de ti toma la palabra.

Ella se arrimó a él y con la punta del dedo índice le recorrió la frente, bajó por el puente recto de su nariz, que estaba esculpida con el mayor de los cuidados, hasta esos labios que la enloquecían. Él le besó el dedo.

—De momento, con que tú lo sepas me llega, no quiero interferencias ni de mis tías ni de tu madre, que están locas por ir a una boda. —Ella apoyó la cabeza en el hombro de él y los dos lo vivieron como una postura natural.

—Algún día llegará que lo podamos decir delante de quienes sea —dijo él en un susurro y ella percibió cómo su aliento le recorría la cabellera.

—Sí, pero ahora es el momento de Fred y Diana, no podemos destrozarles estas horas dulces que están viviendo diciendo que nos queremos.

—Lo sé, lo sé, y no me importa esperar, Aileen, como me trae sin cuidado lo que diga Arthur sobre nosotros.

—¿Cómo se tomó cuando le dijiste que me quieres?

—Creo que bien. —Él giró el rostro y la obligó a mirarlo—. ¿Te importa la opinión de Arthur?

—No, porque él quería también casarnos y a saber con quién.

—Te casarás solo conmigo.

Le depositó un dulce beso en los labios, donde palpitaron sus palabras como una promesa a cumplir.