Capítulo 20
N ick nunca había visto a nadie mirarlo de la forma en la que lo hacía Aileen, como si leyera no solo su deseo, sino que con un parpadeo de sus bonitos ojos parecía indicarle que no había rincón de su mente al que no pudiera acceder.
Su sangre ardía por ella. Aileen había conseguido lo que ninguna mujer fue capaz: apaciguar ese virulento deseo con un simple y tierno beso.
El perfume de ella había invadido su interior y, aunque no pudiesen verse, la sensación de que estaba con él en su cama vacía, seguía ahí con la misma intimidad, que era abrumadora en todos los sentidos.
Él estaba sentado en la mesita de fuera, a esas horas en la que el sol todavía se abría paso entre la suave niebla que había caído durante la madrugada.
Necesitaba el aire frío de la mañana para que su cuerpo hallase un poco de sosiego luego de tener un sueño demasiado candente y que solo podía quedar para él.
En lo que duró aquella ensoñación, se vio en la cama con Aileen, enredados entre las sábanas; : hacían el amor con lentitud, aunque él ardía en deseo, sobre todo, cuando sintió que el sexo de ella aprisionaba la punta de su miembro, una sensación que le arrebató el aliento, pese al temor de que se diluyera en sus brazos, pues Aileen era la criatura más hermosa, con un cuerpo hecho para adorar y no solo eso, sino que tenía curvas allí donde era necesario.
Con recordarlo, Nick combustionaba de nuevo y notaba como el sudor le recorría la espalda.
No obstante, con lo que no contaba era con que sus amigos acudieran a él.
—Estás muy pensativo. —Arthur tomó asiento en la silla que había frente a él y estiró las piernas con despreocupación sobre la silla que quedaba libre.
«¡Qué bien estaba en aquel sueño!», exclamó para sí y se removió en el asiento para que no se notara su incipiente erección.
—No. —Sonó muy seco.
—Llevas unos días muy meditabundo, te cuesta hablar… —Fred enumeró aquello que era raro en él.
—Buscas las palabras exactas para no cometer errores cuando siempre has sido espontáneo —añadió Arthur a lo ya dicho por Fred.
—No es para tanto. —Se quiso mostrar despreocupado.
—Estás cambiado. —Le llevó la contraria Fred que se reclinó y entrelazó las manos sobre el torso, lo que le daba un aire a aristócrata aburrido.
Nick miró a su amigo.
—Cómo tú. Diana te cambió —respondió Nick sin poder controlarse.
—¿Quieres decir que Aileen te ha cambiado o te está cambiando? —Fred se puso recto ante el interés que le despertaba aquello.
—Así que este es el efecto que tiene en ti mi hermana, quién lo diría. —Arthur alzó las cejas.
Nick, por su parte, no sabía cómo tomarse ese comentario de su amigo, si por el lado bueno o por el malo. Fuese cual fuese no se iba a callar la boca para que no hubiese ningún equívoco.
—Estoy enamorado de tu hermana, sí, y antes de que añadas nada, decirte que desde que nos dijiste que no nos acercáramos a ellas, comenzamos a planear el acercarnos.
—¡Eh! —Fred le arreó un manotazo—. Eso no tenías por qué decirlo.
—No es mentira —arremetió Nick.
—Yo ya no me opongo… Espera, ¿eso que acabas de decir es una broma? —Arthur se acababa de enterar de la maquinación de sus amigos.
—No —intervino Fred para aclarar aquello—. Es que al hacernos prometer que no nos acercaríamos a ellas, nos picó la curiosidad, pero no tendrías que saberlo. —Esto último lo dijo mirando a Nick.
Nick negó con la cabeza.
—Y tampoco debe saber que le tiraste de la lengua a tu madre para luego informarme, o que antes del primer baile que coincidimos con ellas, tu madre me invitó, —miró a Arthur a quien señaló con el dedo apuntador—, como a tus tías y tus hermanas a una cena.
—¿Te querrás callar? —Le pegó una colleja.
—¡Eh! Duele. —Se frotaba la nuca.
—Aprende a cerrar la boca —le riñó de nuevo Fred con aire muy molesto.
—¡No es para tanto! —Se molestó Nick que movía el cuello a causa del golpetazo.
—Confabulasteis a mis espaldas. —Arthur estaba anonadado.
—Dicho de esa manera suena fatal —dijo Fred mesándose el pelo.
—No es para tanto, Arthur, créeme —lo quiso relajar Nick, que lo veía un poco agobiado.
—Lo teníais todo urdido —afirmó Arthur, que a cada segundo estaba más pálido.
—Es que llegamos a pensar que eran feas o tenían alguna enfermedad… —Fred, que se estaba luciendo con ese comentario, recibió la colleja de Nick en esta ocasión.
—Esto sí que es meter la pata —le riñó Nick.
—¡¡Son mis hermanas!! —gritó en voz baja para no llamar la atención de nadie, pues las mujeres todavía no se habían levantado o eso parecía—. ¿Cómo pensabais así de ellas?
—Las estabas escondiendo de nosotros —defendió Fred aquella primera situación.
—Da igual, tú te has enamorado de Diana y yo de Aileen, y ya todo es irrefrenable y Arthur lo ha aceptado. —Nick quería poner un poco de cordura en esa conversación.
—En cuanto a eso, sobre mi relación con Diana, quería comentaros que voy a pedir su mano. —Sus amigos lo miraron asombrados—. Ya hablé con tus tías por este tema, están de acuerdo y han invitado a mi madre a venir.
—¿Y yo me entero ahora? —protestó Arthur que se sintió un cero a la izquierda.
Nick miró a su amigo con una ceja enarcada. Deducía e intuía que durante bastante tiempo había pasado de sus hermanas y del futuro de ambas, y las veía muy de vez en cuando porque todo lo referente a ellas se encargan sus tías, no él; en cambio, desde hacía meses se había obcecado con ellas.
—¿Por qué te lo tiene que decir? —Nick se había ofendido con la actitud de Arthur—.
¿O te lo tenemos que contar todo? —Se encaró de un modo tranquilo a Arthur sin perder la compostura—.
Todo lo referente a tus hermanas es normal que lo tratemos con tus tías más que contigo, porque hasta hace nada ni te has acordado que tienes hermanas, a eso se le suma que con nosotros apenas hablaste de ellas.
Tú estabas en Londres, ellas aquí, en Arundel y ahora…
¿Debemos consultarte lo que vamos a hacer?
—¿Me estás sermoneando? —Arthur estaba irritado.
—Sí —le respondió Nick con total confianza.
—Y yo me uno a él. —Fred también había tomado partido con una gran sonrisa—. Debía hablarlo con tus tías, no contigo. —Estaba convencido de ello, como su amigo—. Y es más, ya te lo estoy contando.
—¿No te percatas, amigo, que lo que querías hacer con las chicas, te puede ocurrir a ti? —le inquirió Nick a un consternado Arthur que se reclinó en la silla.
—¿A qué te refieres? —Se hizo el tonto.
—Te pueden buscar esposa sin contar contigo —le esclareció Nick.
—Eso jamás —sentenció Arthur.
—Se verá, no des nada por sentado —le advirtió Fred.
—¿A qué te refieres? —A Arthur le picaba la nariz, aquello le olía muy mal.
—A que algún día te encontrarás delante del párroco sin siquiera enterarte y te preguntarás en el altar: ¿cómo he llegado yo aquí? —terció Fred con expresión divertida.
A Arthur, por su parte, se le estaba atragantando aquella conversación.
—Jamás me pasará, porque soy más listo que todo esto. No me dejaré arrastrar por nadie y si lo puedo llamar amor, pues que sea amor —alegó con desgana y sacando pecho.
—Vas de listo y vas a caer, mírame a mí, yo pensaba como tú y ahora te digo que sí quiero y amo a Aileen, me trae sin cuidado lo que pienses o como te lo tomes, mis sentimientos por tu hermana no van a cambiar —se sinceró Nick, que no quería tener problemas con Arthur, pero si los había, se enfrentaría a él si era necesario.
—Mis amigos han caído en las garras del amor, menudos badulaques —se jactó Arthur de ellos.
—Sí —afirmó Fred consiguiendo que Arthur se congelase en la silla—. Porque el amor es imprevisible, cuando te rodea no puedes hacer planes.
Nick se quedó meditabundo, ya que en su corazón asaltaron varias preguntas: ¿Aileen sentiría que con él llegó el amor?
; ¿tendría ese revuelo tonto en la barriga?
, ¿cualquier detalle la haría pensar en él?
Debía formularle todas esas preguntas, pues estaba ansioso de pronto por saberlo.
Aunque se centró en sus amigos cuando volvió a la realidad.
—El amor es imparable, como las olas que se estrellan contra la orilla sin importarles las veces que renacen y vuelven a romper en la arena. Y te convierte en Ícaro y no temes volar.
—Yo nunca definiré así el amor. —Se rio por la nariz—. Vaya estupidez.
—Eso es porque no has encontrado a una mujer que te haga perder el equilibrio aún pisando tierra firme —le restó importancia Fred.
—Si me disculpáis, voy a hablar con la señora Collins.
Nick se levantó todo lo rápido que pudo, dejando a sus amigos que continuaran con la conversación; él debía hablar con esa mujer bajita, la cual conocía todo de Aileen, pues había oído a Constance decir que la cocinera y las muchachas tenían una relación muy cercana y gracias a ella estaba seguro que podría llevar a cabo una sorpresa que giraba en su mente.
No era nada fastuoso, sino algo sencillo que podrían disfrutar los dos en el bosque, lugar en el que ella se resguardaba muchas veces.
Era el lugar favorito de Aileen y allí quería darle esa sorpresa que era mucho más romántica.
Si se paraba a pensarlo se percataba de que nunca le había dado importancia a esa parte de la vida, ser romántico con alguien, o querer serlo por hacer feliz a otra persona.
En todos esos años, solo había mirado por él.
—Señora Collins, señora Collins —la llamó antes de que la buena mujer desapareciera en el interior de la cocina.
—Excelencia. —Ella lo saludó con todas las formalidades.
—No, por favor, no. —La cogió por la muñeca—. Deje los formalismos.
A ella eso no la tomó de sorpresa, en más de una ocasión, cuando él bajó a la cocina, había dicho lo mismo.
—¿En qué puedo ayudarle? —se interesó ella.
Él miró hacia los lados.
—¿Podemos hablar en otro lugar a solas? —le devolvió la pregunta.
No era porque el patio estuviese llenó de gente, pero había suficiente como para que alguien los oyese.
—Por supuesto, acompáñeme. —Ella, con andares gráciles, lo llevó hasta la cocina donde todo el mundo se levantó al verle, pues había alguna que otra criada y un lacayo que estaban desayunando.
La señora Collins los mandó sentar a lo que obedecieron, pero no se quedaron allí, sino que lo condujo por un estrecho pasillo hasta una estancia que tenía la puerta entrecerrada.
Era una especie de salita con un único ventanuco, pero muy acogedor, de techos altos como el resto de la casa del que pendía una lámpara, con una pequeña chimenea, un sofá, un sillón y una mesita supletoria—.
Aquí es donde descansamos antes de la cena, Harrison, el mayordomo, y la señora Alger.
—La cocinera había nombrado al mayordomo y al ama de llaves que estaba convaleciente de una caída.
Ella se sentó en el sillón, mientras él lo hizo en el sofá, aunque estuvo a punto de hacerlo en una de las sillas que estaban puestas en la esquina.
—A la señora Alger hace tiempo que no la veo —dijo Nick.
—Se cayó por las escaleras, fue más grande el susto, aunque se hizo daño en un pie —le informó—. Dentro de poco la verá. —Nick asintió y no preguntó por el mayordomo, lo veía todos los días—. Pero dígame, ¿de qué asunto quería hablarme?
—Me gustaría darle una sorpresa a Aileen.
Sé que el bosque es su lugar favorito, y he pensado en llevarla a desayunar bajo los colores del amanecer; pero la verdad, aunque sé lo que desayuna, quiero que disfrute de todo.
—Estaba tan nervioso que no supo si se había explicado de modo claro para que lo entendiese.
—La señorita Aileen disfrutará de cualquier desayuno, aunque lo que más le gusta, y eso lo sé por las veces que viene, son las gachas o una buena taza de chocolate —le contó ella.
—¿Gachas? —Parpadeó en su dirección.
—Sí, eso he dicho y aunque parezca una comida bien pobre, le aseguro que no tendrá hambre en todo el día.
—No, no es porque la encuentre una comida de pobres, a veces mi abuelo también las comía.
—Reconoció él con el corazón aleteando. Aileen sin ser de su familia tenía cosas en común con aquellas personas que le habían marcado la vida a él.
Se sentó en el borde del cojín del sofá que, bajo su peso, estaba hundido por el centro y levantado por los lados—. ¿Me ayudaría a organizarlo?
—Eso no se pregunta. —Le sonrió con afecto—. Pero hoy no puede ser.
—¿Por qué?
—La señorita Aileen está sufriendo un fuerte dolor de cabeza, ya le llevé una infusión que la calma pero… —La señora Collins negó con la cabeza al tiempo que chasqueó la lengua.
—¿Pero? —Él ladeó la cabeza a la espera de una respuesta que parecía tardar una eternidad en llegar—. ¿Señora Collins? —la azuzó para que no se olvidase en responderle.
—Hace años atrás, un día como hoy, recibimos la noticia que los padres de los tres hermanos habían fallecido y esta niña, desde que llegó aquí, coinciden esos dolores de cabeza que la imposibilitan, con este triste día.
Nadie lo sabe, nadie ha hecho esta asociación; ni Arthur, ni Diana son conscientes de ello.
—¿Está en su cuarto?
—Sí. —La señora Collins aguantó una sonrisa, pues como siempre había ocurrido, no hay disfraz en los ojos de una persona enamorada .
Él asintió con la férrea decisión de no separarse ese día de ella.