¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 19
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Capítulo 19

L a noche se había tornado muy calurosa cuando, tras un fuerte aguacero, dejó paso a un bochorno insoportable que Lilia, Constance y Blanche sobrellevaron lo mejor que pudieron con todas las ventanas abiertas del saloncito rosa, acompañadas de unos buenos vasos de madeira.

Quien observarse las cortinas vaporosas sería testigo de que no corría el aire, y el ambiente en la estancia era casi irrespirable a causa de la humedad procedente del río.

—Hacía tiempo que no sentía tanto calor. —Lilia se abanicó con brío—. Ni estando en la cama con mi marido, que en invierno parecía hecho de ascuas.

—Qué bonito recordar así a mi querido cuñado —le dijo Constance con ironía.

—Señoras mías, lo siento. —Blanche se levantó, se subió el camisón hasta las rodillas y así se sentó—. La tela se me pega por todas partes.

—Estamos húmedas a nuestra edad —exclamó Lilia riéndose.

—Quien te escuche pensará que estamos listas para hacer algo y no diré que es ese algo, pero todas sabemos lo que es. —Le siguió el juego su hermana.

Sin ellas saberlo, esta conversación estaba siendo escuchada en el piso de arriba por un Fred que se había asomado a tomar el fresco y que estaba boquiabierto con lo que las tres mujeres comentaban entre bromas.

—Esto no puede salir de aquí. —Blanche se sentó en el borde del sofá para contarles un chismorreo—: Matilda, la duquesa Evershore, me contó que no hay nada mejor que tener en la cama a un jovenzuelo, te pone en todas las posiciones, haces gimnasia y se acaban los calores, porque te sacia.

—Hay que echarse un jovenzuelo y por un buen dinero, los tienes a todos haciendo cola en la puerta. —Constance no se pudo morder la lengua.

—Así que es cierto que Matilda tiene un amante. —Lilia estaba confirmando lo que había escuchado en Londres.

—Hace mucho, cada mes los cambia, porque tiene siete, uno por cada día de la semana —especificó Blanche—. Esto lo sé porque no le cuesta nada reconocerlo en voz alta.

—Me lo pensaré seriamente —se carcajeó Constance—. Y entre medias podemos buscar una muchacha para Arthur. He pensado que, ya que estaba tan interesado en casar a sus hermanas y ya las tenemos encaminadas hacia el altar, ahora le ha tocado su hora.

—Ni que lo fueras a matar —le respondió Lilia con cara de circunstancias.

—Para él será cortarle las alas. Ya me imagino cómo se reirán de él Fred y Nick. —Soltó una risilla nerviosa antes de beber el último sorbo de madeira que le quedaba en la copita.

Las tres mujeres bajaron el volumen para planear el futuro y Fred dio un puñetazo en el alféizar al no poder oír lo que decían. El joven conde, se había quedado con las ganas cual chismoso.