¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

«H e nacido para amarte, para ser dueño de tus besos y beber tu amor a través de tus labios», le había dicho Nick el día después de terminar remojados en el río, mejor dicho se lo susurró en un momento que se encontraron a solas.

«Me muero por besarte», terminó con aquella promesa tan real y tan excitante, pues de súbito, su cuerpo reaccionó anhelando que lo hiciera realidad sin perder ni un segundo.

No sucedió ni ese día ni el que estaba por terminar.

Se codiciaban, siempre que podían se cruzaban alguna mirada, o más de una, pero lo evidente era que los tira y afloja entre ellos parecían haber llegado a su fin.

Días atrás, ella había querido un cambio entre ellos; ya se había perpetuado, aunque llegó con algo que no esperaba: la excitación y disimular ante los que la rodeaban, aumentaban las ganas de ser besada, y a que tuviera un minuto de vida que pudiera ser solo para ella.

Aileen se callaba, aunque todas esas sensaciones y sentimientos palpitaban hasta en la sangre que fluía por las venas.

No era tonta, sabía lo que pasaba entre un hombre y una mujer, no solo por lo que contaban la señora Collins y sus dos ayudantes, sino que había pillado a un lacayo de su hermano y a una sirvienta en la habitación de la plancha y como curiosa que era se escondió para mirar.

Lo comprendió todo, tanto fue así que se juró que nunca dejaría que un hombre se metiera entre sus piernas, ya que, a los meses, esa misma criada se marchó con un vientre incipiente.

Se lo comentó a Arthur, pero su hermano ni se preocupó por el destino de la muchacha.

Esa indiferencia le dolió y de ahí el sentido de su promesa a sí misma.

¿Ese recuerdo le daba miedo? Sí.

¿Creía que Nick, por ser amigo de Arthur, sería igual que él?

No, eran distintos, pero tener ganas de apagar el fuego que le ardía en el cuerpo cuando lo tenía cerca la aterraba.

No quería que la montaña en la que estaban subidos, de súbito se derrumbase y terminasen unidos a la fuerza.

Ella creía lo que su madre tantas veces repetía: «cuando sea el hombre indicado solo querréis estar juntos todos los días y a todas horas». Eso era lo que de verdad ansiaba.

Sin embargo, ¿por unos besos podía pasar algo si lo hacían a escondidas?

Rodeó las piernas con los brazos y apoyó la barbilla en las rodillas con una duda: ¿cómo saber que un hombre te ama?

Unos golpecitos suaves en la puerta interrumpieron el silencio de la habitación. Se levantó corriendo, estaba segura de que era Diana, la única que podría tener alguna respuesta. Al abrir, se quedó de una pieza al ver a Nick.

—Nick. —El aire en los pulmones se le había congelado.

—Hola, Aileen ¿Puedo… puedo pasar? —Él escondió los labios en una fina línea a la vez que miraba hacia los lados.

—Sí. —Antes de cerrar la puerta se cercioró de que no había nadie en el pasillo.

Al girarse encontró a Nick mirando por la ventana, con las manos en los bolsillos, su figura se perfilaba entre las cortinas por la luz de las velas que ella había dejado encendidas. Era la maravillosa visión de un hombre magnífico. Ella se acercó poco a poco.

—¿Qué haces aquí?

Él se volvió hacia ella y sonrió de un modo lobuno.

La cogió de la mano, tiró de ella y sin darle tiempo a pensar le cogió el rostro y acercó los labios a los suyos.

En cuanto percibieron el calor de la boca del otro se olvidaron de todo lo que los rodeaba y solo podían centrarse en ellos: les enaltecían los sentidos, sobre todo, el tacto; en el caso de Nick, a medida que profundizaba el beso, la pegó más a su cuerpo.

Ella se alzó sobre sus puntillas buscando los besos que él le daba y que la hacían sentir seductora y deseable.

A la vez que descubrió que era la mejor y la peor manera de enloquecer.

En cuestión de segundos, él la fue empujando; así caminaron hacia la cama donde se sentaron. Él rompió el beso que ella, de repente, volvió a ambicionar.

—Ahora ya sabes por qué he venido —musitó con la voz enronquecida.

—No lo tengo claro todavía —bromeó. Quería oírle decir palabras tiernas.

—Soy esclavo de tus besos, debes saberlo a estas alturas.

—Vaya. —Suspiró y le acarició los labios con las yemas de cuatro de sus dedos—. Me siento esclava de estos labios que parecen esculpidos en mármol.

—¿Tan fríos son?

—Besas fuerte y tierno a la vez, no sé, es una tontería. —Ella bajó la cabeza, avergonzada por las palabras que habían salido solas.

Él puso un dedo bajo su mentón para obligarla a mirarlo. Sus ojos grises estaban más oscurecidos de lo que él había visto nunca, parecía que se iba a desatar una tormenta, y, aunque le sorprendió, una parte de él estaba feliz, pues reflejaban las llamas del deseo que él había encendido.

—No es ninguna tontería decir que te gustan mis besos. —Le acarició la mejilla.

—Solo te infla el ego. —Resopló en un gesto espontáneo que le restaba importancia.

—No, porque antes te dije que soy siervo de los tuyos y son palabras que quedan entre nosotros, entre nuestros corazones y que estas paredes se callarán para siempre. Nos guardan el secreto.

La volvió a besar sin pararse en su boca, ya que sus labios descendieron por su mejilla, de ahí al cuello, y donde se unía con el hombro succionó lo bastante fuerte como para que lo notase, pero no tanto como para dejarle una marca.

Aileen jadeó; notar la dulce y hambrienta boca de Nick en ese punto le erizó el vello, le hacía arder la piel y la atormentaba hasta derretirla.

—Puedo oler el perfume de tu deseo y la lujuria que emana de ti —le susurró con los labios pegados a esa zona.

Ella le rodeó el rostro con las manos hasta que lo separó y vio como el azul de sus ojos brillaba como un día de verano.

—¿Es correcto lo que estamos haciendo?

—Nos hemos confesado que nos gustamos y sin decirnos que nos queremos.

—Y decir «te quiero» en estas tesituras, ¿no es una frase fácil?

—Nunca lo es. A veces, se la regalamos a personas que no son dignas de ello, pero tú sí lo mereces, porque eres una mujer que debe ser amaba en cuerpo y alma.

—¿Te puedo hacer una pregunta? —Las dudas habían regresado y le provocaban un nudo en la garganta.

—Sí. —La cogió de la mano y entrelazaron los dedos.

Ella viendo ese apretado nudo de dedos y pulgares tomó la confianza para decir:

—¿Esto es amor?

—Sí —aseguró él.

Ella levantó la cabeza.

—¿Cómo lo sabes? —No se podía creer que él pudiera tener una explicación a sus dudas.

—He sido testigo de uno de los amores más bonitos. —Nick lo dijo mirando hacia la ventana.

—¿Cuál?

—El de mis abuelos. —Asintió perdido en sus recuerdos.

Aileen fue testigo de cómo dejaba el disfraz de duque para convertirse en un joven que la luz de las velas iluminaba, permitiendo ver que tenía secretos muy bien guardados—.

Mi abuelo era de ascendencia escocesa, como mi familia y mis ancestros.

Procede de un linaje en el que un antiguo jefe de un clan, en Escocia, se alió con los ingleses en la guerra; se vino para Londres y poco a poco empezó a ser necesario en el ejército a otros niveles y por sus labores le concedieron un título nobiliario, ya que su relación con el rey se hizo cada vez más estrecha.

Mi abuelo tenía más apariencia escocesa que yo o que mi padre: era pelirrojo, pero era un hombre enamorado de su esposa, mi abuela, también escocesa.

Se decían «te quiero» con solo mirarse. Llevaban juntos más de cincuenta años cuando mi abuela falleció y él murió de pena, pero me dijo algo que nunca olvidé.

—Vaya. —Aileen miraba hacia los lados poniendo sus pensamientos en orden.

—¿Qué?

—Mis padres tuvieron un amor igual, a donde iba uno el otro lo acompañaba, con una sonrisa o una mirada se hablaban, no los recuerdo enfadados, ni tampoco discutir, no sé si Arthur puede decir lo contrario, sé que yo no y lo que recuerdo es que mi madre era una enamorada del amor que mi padre le profesaba.

Puede sonar cruel —bajó la mirada para confesar lo que nunca había dicho—, pero en su destino estaba amarse y morir juntos.

—Cogió aire para continuar y que los miedos no se apoderasen de ella—.

Es lo que quiero para mí, no lo de morir juntos, entiéndeme…

—Ya.

—Si no ese amor inquebrantable que te sostiene y que sin él nada tiene sentido, llegar a hablar en silencio con cualquier gesto. Puede sonar ridículo, pero me gustaría experimentarlo.

—Y yo algo como lo que vivieron mis abuelos, no digo que mis padres no se quisieran, que sí lo hacían, y mucho, pero lo que tenían mis abuelos trascendía lo espiritual. Cuando le pregunté qué era el amor, era una noche de invierno con una gran tormenta…

—¿Qué te respondió? —lo interrumpió a causa de su ansia por saberlo.

—El amor no es como las campanas que anuncian algún tipo de acontecimiento, es como una locomotora que arrambla con todo lo que encuentra, sin importar si eres rico o pobre, o cuántos años tienes.

Llega un momento en la vida de toda persona en el que solo importa una mujer y ella es la que cuenta, porque en la vida solo hay un amor verdadero.

—Vaya…

—A la semana murió de pena, una que arrastraba desde que mi abuela no estaba a su lado.

—Aileen se mantuvo en silencio por si él quería decir algo más—.

Desde entonces me he prometido a mí mismo que la mujer a la que no pueda arrancar de mi mente, de mis pensamientos, será mi futura esposa y eso me está pasando contigo, Aileen.

Ella le dio un beso en la mandíbula y lo sintió temblar como si algo en el interior de él se precipitase o se rompiera.

En el momento en el que sus ojos chocaron con los de Nick, percibió que nunca había visto a nadie mirarlo así o nunca nadie lo había afectado tanto y notaba como si lo hubiesen abierto en canal, como si estuviese expuesto y no le pudiera esconderse ninguna parte.

—Entonces, es amor.

—Incipiente, pero sí, y desde que nos besamos, noto que es el alimento que necesita: besos y caricias. Palabras… —se calló—, que nunca me cansaré de darte.

Aileen inclinó la cabeza y capturó los labios de él en un beso muy sensual, deseándolo de súbito.

No porque fuese incapaz de resistir la tentación física que representaba, sino porque vio algo que antes no había visto: compromiso.

De algún modo extraño que no logró comprender, Nick estaba comprometido con ella, se había entregado a ella y todo indicaba que se había decidido a saberlo todo y entenderla.

Comprender eso consiguió que lo estrechase con fuerza entre sus brazos.