¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

—S uéltame, bruto —gritó Aileen que se movía en los brazos de Nick como una lagartija.

—No lo haré por mucho que protestes —le respondió él y la sujetó con más fuerza.

—Te ordeno que me bajes.

—No te muevas tanto, se me están adormeciendo los brazos.

—¿Me estás llamando gorda? ¿No puedes conmigo? Vaya tirillas que estás hecho. Yo quiero un hombre de verdad, no uno que no puede ni con su alma. Suéltame, no vaya a ser yo quien tenga que llevarte de regreso a casa.

Todo el pueblo de Arundel se había enterado, gracias a los gritos de Aileen, que Nicholas la sostenía en brazos y a su paso iban dejando perplejos a todas las personas de las casas como a los miembros del servicio de las mismas que salían para ver qué estaba pasando. ¡Nadie daba crédito!

Por muy estrambótica que fuese la escena, pues la pareja se estaba coronando de gloria, hubo tres personas encantadas con esa imagen y el hecho que había detrás: Nick había encontrado finalmente a Aileen y la traía de vuelta a casa; aunque también era cierto que las pintas que traían no eran las mejores: los dos venían chorreando como si se hubieran precipitado a un pozo.

Mientras que Arthur, Fred y Diana quedaban ojipláticos por esos dos locos, Blanche, Lilia y Constance disfrutaban de aquel espectáculo, viviéndolo como un triunfo, ya que por muchas trifulcas que hubiera entre ellos, sospechaban que había algo que los empujaba a juntarse.

Por eso, aquella noche cuando la casa se quedó en completo silencio y solo el tic tac del reloj de pie que había en el vestíbulo se hizo más perceptible, decidieron que se reunirían con una mujer que se enteraba de todo: la señora Collins.

La cocinera estaba al tanto de todo lo que sucedía, razón por la cual Lilia y Constance siempre habían confiado en ella, porque contaba aquello que era importante, aunque también valía más por lo que callaba que por lo que hablaba.

Sabía ser discreta en cualquier asunto y las había ayudado cuando los tres niños regresaron a Inglaterra tras la muerte de sus padres.

Le debían mucho. No obstante, percibían cierta incomodidad de la señora Collins hacia Blanche, lo que les pareció normal, puesto que ver en el mismo sofá a una duquesa y a una cocinera era de lo más extraño y cualquiera se escandalizaría.

—Clare, te hemos hecho llamar a estas horas, para saber qué sucede entre el duque y nuestra Aileen. —Lilia estaba muy impaciente, lo que no podía ocultar.

—O lo que has visto —matizó Constance.

La señora Collins, cuyo nombre de pila era Clare y muy poca gente lo conocía, miró a la duquesa que sonreía cual niña pequeña.

—Por mí no se preocupe. —Blanche quiso tranquilizarla—. Me gustaría saber qué es lo que se trae entre manos mi hijo.

La cocinera no las tenía todas consigo y les devolvió la mirada a sus dos señoras que estaban sentadas enfrente, que asintieron en su dirección para indicarle que no tenía por qué desconfiar.

—Bueno, debo empezar por una visita que la señorita Aileen hizo a la cocina. —Se volvió hacia la duquesa—. A veces lo hace, cuando quiere preguntar sobre algún tema, aunque sé que la razón es que se divierte. Pero en esa ocasión venía a preguntar por un tema en concreto.

La mujer se calló y sus tres acompañantes esperaron.

—Por favor, Clare, dinos el qué o te aseguro que me da un patatús. —Lilia comenzó a abanicarse con la mano.

—Ten por sentado que eso no sucederá, eres más fuerte que un acantilado —apostilló Constance.

—No lo tengo tan seguro —suspiró Lilia.

—Quería saber toda la información que teníamos sobre el duque. —Tras esa confesión realizada con mucho tiento, Clare comenzó a relatarles lo poco que sabían del joven duque. Todo lo que iba contando era acogido con alegría por las tres mujeres—. Les puedo decir…

—Cuéntanos —le pidió Constance.

—Les puedo decir que la vi reticente a mantener cualquier tipo de relación con él, como cualquier otro hombre —les expuso.

—¿Lo dijo? —se interesó Lilia.

—No recuerdo si fueron esas sus palabras, pero lo adiviné entre líneas, porque sabe de boca de algunas muchachas del servicio, o que están a mi mando, que hay hombres que abandonan a las mujeres una vez obtienen de ellas lo que desean.

—La cocinera no se quedó solo en las palabras, sino que con la mano izquierda hizo un agujero con los dedos y en él introdujo el índice derecho, que lo metía y lo sacaba.

—¡Oh, claro! —exclamó Blanche—. Esas historias me quitan las ganas hasta a mí.

—Blanche, tu hijo no es así —intervino Lilia para defender a Nicholas.

—Pero algo debe quedar claro: preguntar por él puede significar que no es inmune a sus encantos. —Constance recondujo a donde quería la conversación, al tiempo que se levantó y sirvió unas copas de whisky para las cuatro, dejando la botella en la mesita entre los sofás.

—¿Usted se opone a que estos muchachos estén juntos?

—Desde luego que no; si mi hijo es un necio y un ciego no tengo la culpa, por eso le estoy dando un empujón…

—No lo tenga en tan poca estima —le aconsejó Clare—. A lo mejor detrás de ese poco interés hay otro motivo más elevado.

—¿De verdad? —La duquesa empezó a estirar las comisuras de los labios con una gran sonrisa.

—¿Qué escondes? —Constance frunció levemente el ceño.

—Esta información que os proporcionaré os gustará y creo que no la manejáis.

—Clare se sentó aún más al borde del sillón, sus tres acompañantes la copiaron con el añadido de que Lilia se sirvió más licor—.

Por la mañana los dos llegaron juntos de cabalgar, no gritaban, no discutían ni se mostraban enfadados.

Él se hizo cargo de los caballos y ella entró por la puerta principal, por lo que todo el mundo los vería por separado.

—¡Venían juntos! —exclamó Lilia.

—Hay algo que se llama disimular, querida hermana —le aclaró Constance a su hermana sin mirar, al tener clavados los ojos en Clare.

—¡Qué listos! —La duquesa estaba maravillada por las tretas de su hijo—. No quieren que se les vea juntos.

—Esto no queda aquí. —Clare bebió de un sorbo el whisky.

—¡¿Hay más?! —Constance no salía de su asombro.

—Por la tarde, cuando llegaron chorreando, no venían discutiendo, más bien todo lo contrario, pero algo le dijo él al oído que hizo que la señorita Aileen saltase y se pusiera como una loca, esto me lo contaron las muchachas que recogían la ropa de los tendales.

—Las tres mujeres abrieron tanto la boca a la vez que se podía contar las piezas dentales.

—Se lo ordenó —dilucidó Constance.

—Y no podemos olvidar que Nick la buscó sin descanso —recordó Lilia.

—En ese caso, apoyo a Aileen, pues como nos comentó Diana fue él quien soltó lo del matrimonio, por lo cual le tendió una trampa a vuestra sobrina y si a mi hijo lo llamo tonto es por una razón; una como esta.

—Blanche chasqueó la lengua—. Mi hijo es más bruto que una piedra lanzada con ganas, no se le puede decir eso a una mujer, a una dama.

—Hay algo que no se nos puede escapar: están más unidos de lo que hacen creer a todos —afirmó Constance.

—Va a haber boda. —Lilia alzó la copa antes de beber todo su contenido—. Y dime, Clare, ¿esto tiene algo que ver con las criadas? —Lilia había sido la artífice de que cuando las criadas salieran de la habitación de Nicholas lo hicieran recolocándose las faldas.

—No, él ni se percató y ninguna vio a la señorita Aileen —contó Clare.

—Ya sabía yo que… —Constance dejó la frase sin terminar para que a su hermana no le pareciera mal.

—Puedes decirlo, los celos son una tontuna. —Lilia frunció los labios y bajo la nariz se formaron unas arruguitas casi interminables.

—Brindemos por todos estos acontecimientos, informaciones y porque los muchachos estén haciendo lo que nosotras deseamos y sin nuestra intervención.

—La duquesa llenó todas las copas. Las cuatro chocaron sus vasos y después bebieron con una sonrisa—.

Clare, me alegro que tengas un servicio de espionaje más fabuloso que el de Su Majestad. —Le sonrió con confianza.

—Lo que me vaya enterando, lo contaré —afirmó la cocinera.

—Debemos repetir más estas reuniones nocturnas. —Lilia no cabía en sí de felicidad.

Todo estaba saliendo sobre ruedas.