Capítulo 16
E lla había estado escondida todo el día.
Había escuchado de lejos como la llamaban, pero se había quedado muy quieta para que no fueran a revisar la embarcación, donde estaba guarecida.
Así la dejarían tranquila, pues lo que necesitaba era paz mental, encontrar el sosiego que requería asumir lo que había dicho Nick, a quien no quería ver en mil años, ya que se negaba a observar caras de satisfacción o asombro para luego oír todos los planes que había que hacer.
La había puesto en un aprieto del que no podía salir y, lo peor, estaban enredados en una mentira, en un hecho que de real no tenía nada.
Esas palabras bastaban para cambiar el futuro de cualquier persona.
No la buscaron con mucho ahínco, lo que la hizo sospechar que podían estar encantados con la decisión de Nick, o al menos, la habían tomado en serio, lo cual podría ser peor.
Eso la ponía en una tesitura en la que ella solo podía alzar la voz, pero, si sus tías o su hermano lo aceptaban, todo quedaría cerrado, cuando ella no conocía a Nick, ni él a ella.
Con el miedo y la impotencia mezcladas nublando su mente, aprovechó para soltar los amarres y remar un poco. Era el ejercicio con el que se desprendía de los nervios y los podía quemar hasta no dejar ninguno, debido al esfuerzo.
Con cada nuevo movimiento de brazos, inspiraba y expiraba, y notaba los músculos que se contraían y se estiraban; el corazón latía por el esfuerzo, no por malas emociones.
Al poder vaciar su mente de cualquier pensamiento negativo, las ganas de matar con sus manos a Nick fueron aflojando.
Era tal su estado, que la naturaleza se acalló: en algunas partes los sauces llorones se inclinaban tanto que daba la sensación que se precipitaban al agua, los pájaros no trinaban, pero lo que la acompañaba, si azuzaba bien el oído, eran las cantidades de agua que arrastraba a su paso el río Arun, entre ondulaciones y giros, había que ser un pazguato para no sentir el atractivo que tenía, pues desde niña había hallado algo en él que la tranquilizaba y le sacaba cualquier mal sentimiento.
En cuanto los brazos le hormiguearon de dolor por el esfuerzo de remar, se paró en la ensenada, donde dos sauces unían sus copas en un beso sempiterno.
Le había enseñado ese lugar a Diana y habían hecho algún picnic.
Con ese recuerdo, soltó los remos y se inclinó hacia delante hasta que notó que el agua le lamía los dedos.
Cerró los ojos de gusto, pues iba un tanto abrigada para el calor que hacía en esa parte, donde el río se recogía a modo de estanque.
En pocos minutos se sintió mejor, pues delante de sí tenía una parte larga y amplia en la que el agua corría lisa y pacífica; parecía que se entretenía jugando con ella, olvidándose que era un río.
Allí siempre se encontraba mejor, era ella misma, podía hacer lo que quisiera, debido a que era un tramo que no era muy transitado por embarcaciones ni por campesinos.
Bajo los rayos del sol y con la única compañía de la naturaleza, un deseo se forjó en su pecho; quería ser feliz del modo que fuera y como fuera, no quería un matrimonio que convenciese a todo el mundo menos a ella.
En esos instantes, de terribles dudas que se asentaban en su cabeza, así como en su corazón, añoraba más a sus padres.
Los recuerdos que el río arrastraba con él eran de dos personas que siempre se estaban riendo, se gastaban bromas y el amor palpitaba allá a donde fueran.
En las pocas ocasiones que les preguntó a sus tías por ellos, las dos estaban de acuerdo que cuando se miraban el mundo paraba, solo eran ellos dos y el amor irradiaba en su estado puro y desnudo a través de sus gestos, sus sonrisas o las miradas que se dedicaban.
Ella era lo único que pedía, no ser un botijo como los que la señora Collins tenía en la cocina, donde el hombre solo se dedicaría a engendrar un heredero tras otro.
De ese tipo de relaciones había sido testigo en Londres.
Los hombres con los hombres, las mujeres en corrillo y muy pocas parejas compartían espacio y mucho menos conversación.
Otros escogían a una mujer para llevarse al jardín para dar rienda suelta a la lujuria, mientras su esposa quedaba charlando con sus amigas.
Londres era una ciudad en la que los siete pecados capitales se asentaban en cada esquina.
—Al fin te encuentro —suspiró Nick—. Me tenías preocupado.
Levantó la cabeza que la había apoyado en el brazo para buscar al dueño de la voz y lo encontró en la orilla, vestido como iba por la mañana, como si no hubiera pasado el tiempo por él.
—Qué asco. —No dudó en coger de nuevo los remos y ponerse a remar.
—No puedes irte. —Por mucho que se opusiese, ella tenía la última palabra.
—¿Quién lo dice?
—Yo.
Tomándole la palabra, sin hacerle ni caso, pretendió marcharse. Mas, él con esas piernas largas, de un salto se metió a la embarcación.
—Pero ¿qué? —La había dejado sin palabras por su atrevimiento.
La barca se movió durante unos segundos en los que los dos se tambalearon, hasta que se equilibró.
—Iré contigo a donde quiera que vayas —le dijo a bocajarro.
Jamás pensó oír de su boca esas palabras.
—Pues yo no quiero que vengas, embustero, eso es lo que eres, ¿cómo delante de mis hermanos cuentas esa falacia?
—Solo era una broma.
—Mastuerzo, es algo con lo que no se bromea, lo deberías saber. Pero claro, con la cabeza de guisante que tienes no puede salir nada bueno.
—Lo he solucionado.
Ella se puso en pie, mientras el río los alejaba.
—Lo has empeorado. —Se llevó las manos a la cabeza, era más tonto de lo que creía—. Les has dado pie a mis tías para que crean que estoy interesada en ti o se pongan a hacer planes con tu madre.
—No harán nada, te lo aseguro.
—Es decir, lo harán.
—No seas negativa, mujer.
La condescendencia con la que le habló él la hizo saltar como una liebre.
—Desde que has llegado todo me sale mal, no puedo tener un segundo de paz, me persigues…
—Has entrado en mi habitación sin motivo alguno —le recordó Nick con una sonrisa.
—Mi casa ya no es mi casa, no puedo hacer lo que me dé la gana sin que aparezcas en medio. ¿Por qué has venido?
—Para estar unas semanas contigo.
—Sin tenerme en cuenta, ¡egoísta!
—¿Y tú me llamas egoísta? —Puso los brazos en jarras, molesto.
—Lo eres. —Inclinó el cuerpo por el enfado y cerró las manos en puños—. Todo esto es culpa tuya, si tú no hubieras dicho lo del matrimonio no tendría que estar navegando en busca de la paz que te has encargado de estropear.
—Si no entrases en mi cuarto, lo cual me encanta, por cierto, no te hubiese incitado para que sacases ese mal genio que me encantaría domar.
—¡Déjame en paz! —Con el grito, algunas aves salieron volando.
—No puedo.
—Aprende a dejar a solas a la gente.
—Contigo me pasa que puedo, pero no quiero.
—Ahí tienes lo egoísta que eres, solo miras por ti, buscas a cualquiera que te siga tus bromas sin pensar en nadie. Siempre estás en medio.
—¿Qué siempre estoy en medio? ¿Qué siempre estoy de por medio? —repitió pellizcándose el puente de la nariz—. La que siempre está en medio eres tú, a donde quiera que miro estás tú, en cualquiera de mis pensamientos estás tú, me vuelves loco porque no puedo sacarte de mi cabeza.
—Engañifas.
—Ninguna, porque mi primer y mi último pensamiento están dedicados a ti. Desde que te conozco no soy dueño ni de mi propia alma.
Se acercó tan rápido a ella que la barca se movió bruscamente y los tiró al agua, como si el río ya estuviese harto de escucharlos.
Al salir a la superficie, sus labios estaban enredados en un beso largo y apasionado que había empezado segundos antes bajo el agua.
A ella le producía una extraña sensación de calma cada vez que la ansiosa lengua de Nick acariciaba la suya, incitándola a que hiciera lo mismo.
La besó con avidez, sin llegar a asustarla, demostrándole la cruda necesidad que sentía por ella.
Poco a poco, ella fue cogiendo confianza y comenzó a repetir los movimientos de él por instinto; la volvían loca, le aflojaban las piernas pese a estar en el río y lo sujetó por la camisa, ya que no estaba dispuesta a que él se separara.
Quería seguir toda la vida unida a él por ese beso tierno y cuidadoso, que al mismo tiempo era tranquilo y reafirmante.
Jamás barruntó que él pudiera impregnarse de tanta sensualidad como la que estaba demostrando.
La pasión, la lujuria y el deseo se despertaron en el interior de Aileen dominando sus instintos, y la arrojó a una espiral bien apretada que notaba en las costillas.
Su cuerpo se despertó a la atracción, a la excitación y al placer.
El modo en que la besaba y la saboreaba era decadente, como si tuviera miedo a que se diluyera en las aguas del Arun, lo que provocaba que la estrechase más fuerte contra su cuerpo.
Los gemidos de aprobación que salían de los labios de él azuzaban a la tentadora lengua de Aileen a luchar con su lengua, mientras conseguía que profundizase más el beso, y el modo en que movía la boca la llevaron a pensar que iba a volverse loca si no se sentía más cerca de él.
Por eso, en un momento de inconsciencia y anhelo, ella le rodeó la cintura con las piernas, ayudada al tener puesto un vestido sin la fanfarria que usaba en Londres y que necesitaba la ayuda de Jane para poder vestirse. En Arundel se permitía ir más sencilla.
Él interrumpió el beso y se apartó con la respiración entrecortada, mientras luchaba contra lo inevitable: quería besarla de nuevo. Respiraba entre dientes y sus ojos azules se habían oscurecido tanto que parecían zafiros.
—No me has separado ni pegado —afirmó tirando de las comisuras de los labios hacia abajo.
—No pude.
—Me alegro, porque…
—No pude por una sencilla razón: te deseo y no sé si esto lo puede decir o no una mujer, pero estaba esperando este día con ansias. Es un sentimiento tan ardiente y tan apremiante que podría…
—Estar besándote hasta la eternidad —terminó él por ella.
Aileen frunció el ceño.
—¿Cómo lo sabes?
—Siento lo mismo, compartimos los mismos sentimientos, Aileen. —La comisura derecha de la boca de ella se estiró—. ¿Y esa media sonrisa?
—Me gusta cómo pronuncias mi nombre.
—A mí me gusta la forma en que mi lengua se enreda con las letras que le dan forma. —Sacó una mano del agua para acariciarle los labios.
Aileen notó el frío del agua, sin embargo, un calor la recorrió entera.
Nick dejó caer la boca sobre la de ella y la besó, esta vez con una suavidad que le acarició el corazón.