Capítulo 15
R egresaron a casa juntos, en un cómodo silencio en algunos momentos, o en una agradable conversación en otros.
Nick se hizo cargo de los caballos para así entrar por separado, ya que los dos eran conscientes de lo que suponía que apareciesen juntos a horas tan tempranas.
Eran como dos amantes fugitivos que debían esconderse para que nadie sospechase lo que guardaban sus corazones o de lo que ansiaban sus cuerpos, pues los roces de Nick le habían dejado con ganas de más a Aileen.
Había visto a mucha gente besarse, pero ella nunca había besado a nadie en los labios.
Se recluyó en su cuarto para prepararse para el desayuno.
Se acicaló, y al hacerlo, tuvo que lavarse la cara, pese a que los besos de Nick desaparecerían, aunque no del todo, ya que seguían latiendo en su piel.
Cuando bajó, todos, salvo sus tías y la madre de Nick, ya estaban a la mesa.
Ella se sentó, como siempre, al lado de Diana.
—Tienes mala cara —dijo Diana mirándola con resquemor.
—Lo sé. —No iba a caer en el juego de su hermana que estaba molesta por lo sucedido durante la noche.
—Y la razón es…
Aileen guardó silencio, hasta que soltó:
—¿En serio me haces esa pregunta? —Su hermana no iba a conseguir que abriera la boca.
—Luego del paseíllo que nos dimos… —intervino Nick, que preparaba unas tostadas.
«Vaya, sí que tiene hambre», pensó Aileen. Por lo general, jamás miraría el plato de otra persona, aunque esa mañana al duque no le llegaba con el bizcocho.
—Y tú medio desnudo. Que sepas que no me he olvidado —lo interrumpió Fred, molesto con el escaso atuendo.
—Vale. —Sin hacerle caso, Nick le tendió un plato con dos tostadas a Aileen—. Aquí tienes.
—Gra…gracias. —Aileen se quedó sorprendida.
Cogió una de ellas y la mordió; estaba buenísima. Las había untado con la cantidad justa de mantequilla y mermelada; lo miró asombrada. ¿Cómo sabía que era lo que desayunaba?
—Nick. —Fred dejó los cubiertos—. ¿Cómo se te ocurre estar con dos mujeres así vestido?
—Las estaba acompañando, no es ningún delito.
—El duque todo lo sabe y todo lo entiende. —Se notaba que Fred todavía estaba muy molesto con su amigo.
—Cierto, es repugnante, ¿verdad? —Aileen se dirigió a Fred que se calló.
—Ahora sabemos que Diana es sonámbula. —A esas palabras de Nick, Aileen escuchó a su hermana gruñir.
—¿Quién es sonámbula? —inquirió Arthur al entrar.
«El que faltaba, y con él no puede venir nada bueno», se anticipó la intuición de Aileen.
—Diana —dijeron al unísono Fred y Nick.
Arthur miró a sus hermanas que llevaban unas buenas ojeras.
—Tú, ¿sonámbula? —Frunció el ceño desconcertado—. No es cierto —aseveró negando con la cabeza, mientras le servían el té y se lanzaba al bizcocho.
—Sí, se metió en el cuarto de Nick.
—¿Perdón? —Arthur, anonadado. poco a poco fue abriendo mucho los ojos al percatarse de lo que significaba aquello y del alcance que tenía.
Aileen se iba escurriendo en la silla.
—Es sonámbula —afirmó Fred.
—No, no es cierto, soy su hermano y lo sabría, te estás confundiendo. —Arthur no le prestó más atención a su amigo—. Fred, seguro que lo has soñado.
Los dos caballeros sentados frente a ellas, las miraron pidiendo explicaciones.
—Eso parece, hermano —dijo Diana agarrándose a la falda de Aileen—. ¿A que sí, hermana?
—Sí, la encontré con Nick.
—¿Qué has hecho? —Arthur comenzaba a tomárselo en serio, además, aquello era impropio de Diana.
—No te enfades con ella —le pidió Fred después de limpiarse la boca con una servilleta, tras dar por finalizado el desayuno—. Hazlo con este de aquí, que estaba medio desnudo.
—Estaba durmiendo —se defendió Nick.
—Diana, ¿qué has hecho? —Arthur quería explicaciones, pues aquel podía ser un desastre en toda regla como llegase a oídos del resto de la casa.
—¡NO SOY SONÁMBULA! —exclamó, harta y con los puños a los lados del plato, donde todavía estaba intacto su desayuno.
—Diana, te vimos, menos tu hermano. —Si Fred quería sosegarla no lo estaba consiguiendo.
—Es una engañifa de Aileen, y te aconsejo Fred, que en el futuro no me trates como a una niña. —El enfado de Diana iba dirigido a todos.
—Me tenías que descubrir —musitó Aileen molesta y avergonzada a partes iguales—. Te parecerá bonito.
—Ya decía yo, he vivido con ellas y nunca ha ocurrido nada semejante. —Con la verdad por delante, Arthur ya estaba más tranquilo.
—Entonces, ¿quién entró en mi cuarto? —Nick soltó la pregunta fingiendo darle vueltas a ese «misterio», empero miró a Aileen con una expresión divertida.
Ella hizo oídos sordos a la pregunta de Nick para no ruborizarse más de lo que estaba, además, ¿que pensarían Fred y Arthur de ella si se enterasen de que había entrado en una habitación sin permiso del inquilino?
Por otro lado, sospechaba que Nick lo sabía, aunque estaba segura que esperaba que dijese en voz alta lo que había hecho.
Lo que había sido una mañana memorable pese a las lágrimas, se estaba convirtiendo en el averno, así lo pensaba por cómo se estaban desarrollando todos los acontecimientos.
—Yo, porque quería asesinarte —afirmó de repente cuando todos se habían callado, aunque ella ni se percató.
Nick echó la cabeza hacia atrás y soltó una sonora carcajada.
—¿Cómo lo ibas a hacer? —Se lo estaba tomando a broma, lo cual era bueno.
—Con la almohada libre, no soy idiota.
—Entonces me enfadé contigo… —A Fred lo había dejado consternado, aunque… —Vaya, hay una mujer que te quiere matar. Aileen me alegro que seas la excepción y no la regla; no caes rendida a sus encantos.
—Sí, me quiere matar —aseguró Nick ladeando la cabeza y con los ojos clavados en ella que a cada parpadeo le recorría cada recodo de su piel pese a estar vestida—. Y la dejaría hacerlo.
—Es mi hermana, Nick —protestó Arthur.
—Dentro de poco nos llamaremos cuñados. —Esa declaración de Nick hizo que el silencio típico que antecedía a una gran noticia, se asentara sobre la cabeza de todos.
«¿Qué es lo que va a decir el tonto este ahora?», pensó Aileen más concentrada si cabe en el desayuno y con el corazón en la boca, que no se atrevió a abrir porque sabía que lo escupiría.
—¿Qué quieres decir? —Diana estaba interesada en la información que pudiera dar el duque y se agarró a la falda de su hermana y alternaba la mirada entre uno y otro—. ¿Quieres decirlo?
—Parece un secreto de estado. —Se rio Fred.
Aileen si hubiera podido, estrangularía a ese conde.
—Bueno, os vais a enterar. —Aileen cruzó una mirada con él; en segundos sus labios se estiraron con picardía, pero ella contuvo la respiración—. Nos vamos a casar.
Aileen escupió el té que tenía en la boca y la taza que sostenía se le escurrió de los dedos.
—¡¿Qué dices?! —Ella explotó por esa mentira.
—¡¿Qué?! —exclamó Diana sorprendida por aquella noticia—. No me habías dicho nada.
—Muy callado te lo tenías. —Fred le dio un codazo amistoso a Nick—. Ahora explicadme, ¿vuestras discusiones son fingidas? —se interesó.
—¿Tan rápido? —A Arthur eso no le entraba en la cabeza, tanto era así que dejó el desayuno a un lado.
—No es cierto. —Aileen se levantó de la silla, arrastrándola por el suelo y cuyo chirrido provocaba dolor de dientes.
—Lo es y lo sabes —afirmó Nick con una serenidad y firmeza pasmosas.
Aileen atrapada por esas palabras y sintiéndose como un animal salvaje enjaulado en contra de su voluntad, con el corazón latiendo a toda velocidad como un caballo de carreras y nerviosa como jamás lo había estado, se lanzó a por él y lo cogió por la pechera.
Lo que peor le sentó fue la mirada que el duque le dedicó de autosuficiencia.
Sin embargo, lo que más le dolía era aquella mentira, un jarro de agua fría que él le había tirado y, por fin, entendió porque le había regalado aquellas bonitas palabras. Para esto.
—No es verdad lo que estás diciendo —habló con los dientes apretados y la ira cabalgándole por las venas—.
Lo sabes, no hemos hablado de ese tema ni de ninguno parecido; estás afirmando algo sin mi consentimiento.
—Temblaba de pies a cabeza, era el efecto que tenía la mentira en ella—.
No mientas, eres un hombre de honor. Rectifica tus palabras.
Al observar que todos esperaban una respuesta de él y que él no decía nada, se marchó, furiosa .
—Aileen, niña. —Oyó a sus espaldas a su tía Lilia.
Mas, ella ya no escuchaba órdenes de ningún tipo, no quería estar cerca de nadie, quería alejarse de todas esas personas que parecían confabular en su contra, que cogían sus palabras, las agitaban y afirmaban hechos que ella no había dicho, ni hablado.
Él le había preguntado si quería ser su esposa, pero estaba convencida que fue algo que no lo pensó, lo escupió como quien pide un té o un whisky.
No iba a permitir que nadie la encontrase hasta que se le pasara el enfado.