Capítulo 14
«N o te muerdas el labio o me obligarás a besarte».
Esa frase que Nick le había dicho, con la voz un tanto enronquecida, no le permitió dormir, ¡no había pegado ojo!
Esas palabras y junto a la semi desnudez de ese cuerpo masculino que estaba hecho para ser contemplado sin descanso, le quitaron el sueño.
Fue la peor noche de su vida, daba vueltas, golpeaba la almohada o se ponía a caminar de un lado a otro para activar la fatiga, el cansancio.
No hubo manera. Nick y su manera de confesarse la hacían sentirse una extraña en su casa y lo que era peor, en su piel.
Se sentía demasiado excitada, ya que solo podía imaginar cómo sería percibir esos dedos largos sobre su piel.
Era un calor constante que si pudiera apagaría en el río en plena noche sin importarle nada, mas, le era imposible.
Ese hombre la ponía sobre las cuerdas, al borde de un precipicio, que, al verlo, sabía que no tenía final.
¿Estaría él acaso? Ningún libro le hablaba de eso, solo de besos.
«No te muerdas el labio o me obligarás a besarte».
Cada vez que pensaba en esa frase, las piernas le temblaban y una respuesta resonaba en cada rincón de su mente: «atrévete».
¿Cómo sería el tacto de sus labios? ¿Alguna vez habrá besado?
De pronto, se sintió una inexperta en esa parte de la vida; siempre le habían enseñado el decoro en la mujer, sin embargo, nunca le habían hablado de cómo comportarse con un hombre.
Aunque de lo que estaba segura era que, si alguien la veía besar a Nick, sus destinos estarían forzosamente unidos para siempre.
«¿Por eso habrá dicho lo del beso?», no se fiaba de sus intenciones.
Por mucho que le diese vueltas, no lo comprendía, como tampoco le cabía en la cabeza su extraña petición de matrimonio…
¿Estaba escondiendo algo ese hombre que la atraía más que la luz a una polilla?
Notaba que no caminaba sobre el suelo, sino sobre una cuerda haciendo equilibrismo, pues debía contenerse para que nadie sospechara lo que realmente guardaba en su interior.
No obstante, cuando no lo tenía cerca, su orgullo era firme, no quería nada de ningún tipo con los hombres.
Le agradaba mantener su libertad, sobre todo, después de ver como algunos maridos trataban a sus esposas.
Eso lo había observado en Londres, tanto cuando paseaban por Hyde Park como en los bailes; ellos eran los que presumían de estar en compañía de esas mujeres, no las mujeres de ellos.
¡Eran adornos de sus maridos! Ella no quería ni le agradaba un futuro como ese cuando en su propia familia hubo grandes historias de amor, como la de sus padres.
Aún podía recordar cómo se miraban, era como si el mundo no existiera: solo existían ellos dos.
Ese tipo de recuerdos era lo que la empujaba a querer los mismos o algo similar, no un espejismo que durara solo los primeros meses de matrimonio y luego se convirtiera en una historia de penas, silencios y soledad; para eso prefería quedarse como estaba, al menos sabría que sería feliz.
Cuando el alba despuntó, Aileen bajó a las caballerizas, preparó la montura sobre su caballo, Ónix, y cabalgó lo más rápido que pudo.
Debido a la velocidad del galope, el aire le golpeaba la cara, lo cual apreciaba cerrando los ojos, pues eso era libertad en estado puro.
Esto también provocaba que algunos mechones de pelo se soltaran de la trenza que se había hecho, convirtiéndolos en finas hebras de hilo de oro que flotaban con movimientos ondulantes y la transformaban en una sílfide que cabalgaba las olas del viento.
Llegó a una de las colinas más altas y pudo contemplar la experiencia mágica de un nuevo amanecer en Arundel.
La zona que observaba estaba salpicada, por allí y por allá, con pequeñas granjas de piedra de un color similar a la miel.
Creaban una tranquilidad en la que la vida daba comienzo muy poco a poco, mientras la luz dorada de los rayos del sol, que rompían ciertas nubes que todavía retenían la noche, originaba que cada casa se convirtiera en pequeños pedazos de mantequilla derretida.
Ante aquella maravilla que le ofrecía el sol sobre Arundel, Aileen respiró hondo y sintió una plenitud que la sosegaba por dentro.
Era como si no necesitase más en su vida, aunque en el fondo de su corazón sabía que faltaba una pieza: Nick.
Por mucho que lo desease, no podía quitárselo de la cabeza, cada día que pasaba se anclaba en el espacio que unía el corazón con la mente, la estaba conquistando sin ser consciente de ello y eso no solo la hacía vulnerable a él sino también a los sentimientos que le despertaba.
«No puede ser que nuestros destinos estén unidos, porque aparecería…».
—Aileen. —Oyó la voz de Nick a sus espaldas.
—No es cierto —musitó en voz alta para sí misma mientras bajaba la cabeza.
—Aileen. —Tras eso, escuchó los cascos de otro caballo.
—Es cierto, está aquí —murmuró del mismo modo.
Ella no se movió y fue él quien, a pie, se acercó a su lado con el caballo sujeto por las bridas.
Durante unos instantes compartieron en silencio las mismas vistas de una parte de Arundel, aunque para ella tardó bien poco en mirarlo: Nick estaba en mangas de camisa y no llevaba puesto ninguno de sus trajes oscuros que tanto le favorecían y que hacían resaltar el azul de sus ojos.
Vestido así, la juventud se hacía más palpable.
Detuvo su mirada en su perfecto perfil y en su mata de pelo castaño oscuro que captaba el brillo del sol.
—¿Qué haces aquí? —inquirió ella de forma más brusca de lo que pretendía.
No era lo que estaba pensando, sino que lo primero que se le pasó por la cabeza fue otra cuestión: «¿Habrá perdido las ganas de besarme?». Se mordió la punta de la lengua para controlarse.
—Todas las mañanas salgo a cabalgar, te vi pasar y te seguí —le dijo con sinceridad.
—No necesito un guardián.
—Te he seguido para estar contigo. —Esas palabras le secaron la boca a Aileen, por lo que no pudo decir nada; y él lo aprovechó—.
Apareciste en el momento que pensaba en ti con más fuerza, aunque la verdad es que desde que hablamos en tu habitación, no pude pegar ojo y le pedí a Dios que si tenía que unir mi destino a una mujer quería que fueras tú y de repente, pasaste por delante de mis narices.
Ella desmontó, con los nervios a flor de piel, y se encaró con él sin dilaciones.
—¿Qué pensabas de mí? —No sabía por qué, pero esas palabras le sentaron bastante mal—. ¿Qué es eso de que pensabas en mí?
—Sí, llevo pensando en ti toda la noche, no te puedo arrancar de mí mente…
—¿Por eso hablaste con Dios? —resopló—. Suena ridículo.
—Me oyó, pasaste por delante.
¿Cómo era posible que ninguno dejase de pensar en el otro? Pero, ahí radicaba su enfado: habían pensado el uno en el otro sin saberlo y eso no solía pasar con frecuencia.
—No sé por qué piensas en mí, pero no deberías.
—¿Por qué?
—Porque lo digo yo.
—Eso me trae sin cuidado; ayer te expuse mis sentimientos.
—Por la noche y a medio vestir. Tu concepción de la confesión es muy extraña. —Se cruzó de brazos, molesta, ya que él seguía barruntando en lo mismo, por lo tanto algo de verdad debía de haber en todo aquello.
En medio de esa tonta discusión en las que no quería confesar sus sentimientos por él, creyendo que aún era pronto, Aileen percibió en la parte baja de la espalda una mano invisible que la acercaba más a él y sus pies, como por arte de magia, se movieron.
Había algo intrínsecamente seductor en él que la hacía pegarse a su cuerpo.
Era como si todo su ser reconociera a Nick.
—Creo que los dos sentimos lo mismo —añadió Nick con las palabras correctas.
Pese a que era nueva en el juego de la seducción, se percató que Nick dijo aquella frase para continuar cortejándola. Ella reaccionó por un impulso:
—Mentira. —Le dio un empujón y el caballo protestó—. No quiero que pienses en mí.
—Es inevitable.
—Pues lo debes evitar por todos los medios, no quiero estar en tu estúpida, sucia y tonta mente.
—Lo estás. —Él no se amedrentó.
—No quiero ser el florero de nadie y que me llenes la vida de soledad.
Prefiero estar sola que tener a un hombre a mi lado que me arrebate lo mejor de mí.
—Ahí radicaban sus miedos: no tener un buen matrimonio donde la felicidad compartida no existiera, donde ella solo fuese ignorada y su vida se llenase de una soledad incómoda.
—Jamás te haría eso.
—No puedes afirmarlo, cuando lo más seguro es que sea un capricho para ti.
—Piensas muy mal de mí y de mis intenciones.
Solo quiero aprender a amar y amarte de verdad, como te mereces; tampoco te separaría de tu hermana.
—Esa afirmación la dejó de una pieza—. Sé que estáis muy unidas y no te sometería a ese dolor.
—Respiró hondo—. ¿Por qué crees que soy tan desalmado?
¿Es que no te das cuenta por la forma en la que te miro?
Ella le dio otro empujón y el caballo se separó de ellos.
—Te prohíbo que me mires
—No puedes, Aileen, te busco de modo inconsciente al no verte.
—Sí que puedo.
—No puedes, porque mi corazón me empuja a ello.
Esa confesión la hizo llorar de rabia, por una parte, por la otra, eran lágrimas que estaba segura de que eran de felicidad. Temía que se viniera abajo al sospechar que ese sentimiento dependiera de él o que Nick formase parte de él.
—Guarda tus sentimientos para ti y regodéate en ellos —dijo sin apenas fuerzas.
—¿Cómo me los voy a callar cuando me estás echando de tu lado? —Él se acercó a ella sin importar las distancias—. Quiero estar contigo.
—Yo no.
—Creo que me estás obligando a hacer algo que tú misma sabes que no es lo que deseas. —Sonrió y rio por la nariz.
—¿Es que ahora sabes cuales son mis deseos? —Quiso bufar, pero solo hipó.
—Descubro uno nuevo cuando hablamos o discutimos.
—Nick le rodeó el rostro con las manos y la obligó a mirarlo.
Por mucho que ella se resistiera, fue inevitable que sus ojos chocasen y se quedasen atados por la fuerza de una cadena que tiraba también de su alma—.
Mi corazón es tu siervo y no puedo hacer nada para recuperarlo, porque me lo arrebataste.
—Yo no te quité nada.
—Lo has hecho y lo haces cada vez que me miras, me hablas, o haces cualquier gesto.
—Una pena vivir con el pecho vacío.
La sonrisa de Nick se hizo más amplia, mostrando así la dentadura perfectamente alineada, aunque lo más maravilloso fue que iluminó el lugar con mucha más eficacia que el sol.
El pinchazo que Aileen notó en el pecho al encontrarlo tan atractivo desinfló su valor y deseó que el corazón le dejase de latir tan rápido, lo cual fue imposible, al igual que refrenar el deseo repentino de abrazarlo.
No podía hacerlo, ya que a esa distancia sus alientos se convertían en uno y los dos eran muy sinceros en sus reacciones: no intentaban disimularlas ni contenerlas, lo que creaba una intensa sensación de intimidad entre ellos.
Aileen jamás se había sentido tan unida a otra persona que no fuera su hermana, nunca había experimentado aquella sensación de estar tan conectada a otro ser, a un hombre que todo indicaba que era su alma gemela.
Él acercó sus labios al rostro de ella, que sentía como su aliento le recorría la piel, quemándola a su paso, y se erizaba con un extraño placer que la hacía anhelar sentirlo por todo el cuerpo.
Aunque quisiera no podía apartarse, y tampoco quería.
Así, con dulces y suaves besos limpió las lágrimas de sus ojos, recorrió sus mejillas para borrar el rastro de aquellas que habían dejado su marca en la piel para finalmente depositar un beso largo en la comisura de sus labios.
Nick lo alargó leyendo el deseo de ella y aquel momento duró para siempre.