¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 13
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Capítulo 13

A quello no se lo esperaba Aileen. Se le paró el corazón y el aire se le congeló en los pulmones y el mundo dejó girar.

No porque tuviera miedo de él en esas circunstancias, sino por lo que suponía: contarle todo lo que había pensado en esos días en los que él la había obviado y en el fondo, por mucho que le costara reconocerlo, había sufrido, pues no era indiferente a lo que él le hacía o a los sentimientos que habían florecido en su interior.

No quería exponerse, contar la verdad la pondría en una situación de desventaja y él podría aprovecharse de eso como le viniese en gana, para bien o para mal, y ella saldría escaldada.

Anhelaba que todo fuera mucho más sencillo, incluso tranquilo, un amor que hablase por ellos.

Era incapaz de poder reaccionar a su proposición.

Se quedaron mirándose el uno al otro, inmóviles, en medio de aquel cuarto y en un profundo silencio que solo los latidos de sus corazones podían romper.

Su rostro era un crisol de emociones contenidas; quizás el tiempo que llevaban sin hablarse lo hiciera recapacitar o la viese con otros ojos, pues alrededor de su bonita boca se apreciaban unas arrugas de preocupación y de tristeza.

Al tiempo que él sostenía el portavelas, la llama al temblar un poco, jugó con las sombras, lo que produjo que el azul resplandeciente de sus iris que a tantas mujeres hacía suspirar, la enamorara también a ella.

Aun así, medio desnudo era más inofensivo: su ancho torso que se mostraba ante ella cual muro de músculo con una piel tentadora, suave, casi hecha de terciopelo, la llamaba para que lo tocase.

Los dedos le hormigueaban con esa necesidad.

Cerró las manos en puños o no sería consciente de lo que podría hacer.

Que él quisiera hablar con ella y ella quisiera lo mismo los conducía al mismo cruce de caminos, pero era de madrugada, ¿sería un buen momento? Si lo pensaba con detenimiento si lo era, no habría interrupciones, aunque no debía cometer ningún error.

—No podemos hablar. —Se lo iba a poner difícil—. Es mejor que te vayas.

—¿Por qué?

—Contigo a medio vestir no puedo mantener una conversación seria.

Él cerró la puerta, mostrando que no se daba por vencido.

—Hablaremos igual. —Aquello era palabra de duque y listo.

—Es mi cuarto —le dijo anonadada por su comportamiento indiferente y actuando como si fuese su habitación.

—¿Quieres que bajemos al salón? —Ladeó la cabeza y la miró con cierto descaro.

—No hace falta, gracias, pero, ¿lo podemos dejar para mañana?

—Me enseñaron que lo que pueda hacer ahora, no lo posponga más tiempo.

—Vaya por Dios. —Chasqueó la lengua—. ¿No hay nadie esperándote?

Con el ceño fruncido, Nick empezó a negar lentamente con la cabeza.

—¿Quién me está esperando?

—No sé, tú sabrás, alguna mujer…

—No, ninguna.

«Seguro que todos dicen lo mismo», murmuró para sus adentros.

—Bueno, pues rápido, quiero dormir. —Ella fingió un bostezo.

—No quiero seguir así. —Nick no añadió ninguna palabra más.

—Pues ve a vestirte —bromeó siendo consciente de lo que hacía.

—No quiero seguir así contigo.

—Si quieres, sal fuera y me visto.

—Me estás bromeando —afirmó él con los labios estirados en una sonrisa—. Lo haces.

—¡Qué listo salió el duque! Y puede, pero ve al grano, que la cama me llama.

—Vale. —Enderezó la espalda—. Esta situación entre nosotros de no hablarnos debe terminar.

—Creo que ha terminado, estamos hablando. —Parpadeó en su dirección, incrédula.

—Me metiste miedo —la acusó por las historias de fantasmas.

—Yo no metí miedo a nadie, no sabía que eras tan sensible, por no decir otra palabra.

Él, dando un paso al frente, colocó el portavelas en el secreter.

—Gallina. —Él fue quien pronunció aquel insulto.

—Lo has dicho tú. —Ella levantó las manos para no ser acusada.

Nick se cruzó de brazos y los pectorales, al moverse, ocasionaron que ella se sonrojara, pues jamás había visto tan de cerca un torso masculino y, lo peor era que ardía en ganas de tocarlo. Si aquello no era un pecado, ¿qué era?

—Hablo en serio, no puedo seguir en esta tesitura, no puedo seguir obviándote, sin hablar, ni poder disfrutar de tus bromas. Me vuelvo loco si no escucho tu voz.

—Ya la escuchas, pero… —Por unos instantes, Aileen se calló por lo que suponían las palabras de Nick, ya que cobraban otra dimensión—. ¿Te gustan mis bromas? —No se lo podía creer.

—Todo lo que venga de ti me gusta, ¿es que no lo sabes? —Sus cejas mostraban sorpresa al estar arqueadas.

—No.

—Pues deberías, porque estos días debía buscarte con la mirada para cerciorarme que estabas cerca, y cuando no te veía, un pinchazo se me clavaba en el corazón y me traspasaba el alma.

Quería ir a buscarte, decirte que no te alejaras, porque necesitaba tenerte cerca. —Soltó todo aquello a borbotones.

Ella se quedó mirándolo, y se dio cuenta de que sus palabras la habían capturado.

Las emociones que le cubrían el rostro la tenían fascinada, pues no había broma en ellas, sino algo que transcendía más allá del amor; el color azul de sus ojos y su cabello castaño de aspecto tan sedoso, que le caía sobre la frente, lo convertían en un hombre irresistible, sobre todo, cuando hablaba de sentimientos.

Qué distinto se mostraba a otras veces; no era ese hombre que le seguía las gracias, o la ponía frenética desde el primer momento, cuando se conocieron.

Sin importarle las criadas que habían salido de su cuarto, ella se abrió un poco:

—Yo me mantuve lejos, creía que no querías tenerme cerca —confesó nerviosa.

—Ardo porque no te separes de mí.

—No era lo que mostrabas. —Parecía que no se acordaba de cómo la trataba—. Me huías.

—Mentira.

—Embustero. —A Aileen le sentó fatal que él no reconociera sus actos—. Es verdad, lo he vivido. No bajaba a desayunar cuando sabía que estabas en el salón para no importunarte y dejarte espacio. Te escapabas de mí, no te acercabas.

—Tú hacías lo mismo.

—¿Sabes lo que me dolía esa actitud que tenías conmigo?

—¿Y yo qué? —Dio un paso al frente—. Quiero compartirlo todo contigo, me agrada compartir el aire que respiro, contigo. Estaba molesto, pero te quería cerca igualmente.

—¿Es que voy a tenerte pegado a mis faldas todo el día?

—Ojalá pudiera. —Puso los brazos en jarras y dejó caer la cabeza hacia delante.

—No puedes, no soy tu esposa.

Aquella era la verdad y había que asumirla, mas, él alzó la cabeza en cuestión de un segundo con un brillo renovado en sus ojos.

—¿Quieres serlo? —Dio otro paso adelante; además, se mostraba firme, algo que a Aileen la asombró y la puso nerviosa.

—Estás loco.

—Quizá un poco, pero sería la oportunidad que nos da la vida para conocernos mejor…

—De ninguna manera. —A Aileen le daba miedo la firmeza y la intensidad que había cobrado de súbito Nick con aquella propuesta inesperada.

—Me añoraste, lo has dicho.

—Ese no es ningún motivo para casarse y menos con las criadas rondando tu cuarto.

—Normal, son las que lo arreglan —dijo lo que era evidente.

—Y algo más hacen. —Aileen no iba a permitir que la tomase por idiota, sabía perfectamente lo que sucedía en esa habitación de los pecados.

Él agitó la cabeza sin entender.

—¿Por qué metes a las criadas aquí?

—Las metes tú.

—No —sentenció él.

—Y yo no las vi salir de tu cuarto.

—Limpian. —Aquella obviedad no era propia de un duque mujeriego.

—Seguro que le sacan brillo a todo.

—No sé a qué viene esto, bueno, da igual, ¿quieres ser mi esposa? —insistió él.

—Por favor, ¡no te rindes!

—Si se trata de ti, no.

—Busca esposa en otra parte, en otro cuarto.

—No me daré por vencido.

Ella se puso nerviosa y se mordió el labio.

Él rompió la escasa distancia que los separaba y apoyó la yema del pulgar, que, al tirar se desprendió del agarre de los dientes.

Su tacto le quemó la piel, se quedó embobada y se sintió ebria de Nick, pues a esa distancia su aroma tan característico, amanerado y fresco, se intensificó hasta que se adentró en ella cautivándola hasta no ser consciente de sí misma.

—No te muerdas el labio o me obligarás a besarte.