¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 12
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Capítulo 12

N o había nada más dulce e íntimo que un amor secreto escondido entre los pétalos del corazón .

Para Aileen así era pues cada vez que veía o que se cruzaba con Nick lo sentía palpitar como si fuese una mariposa que estaba atrapada en las aterciopeladas hojas que la rodeaban en el espacio pequeño de su corazón.

Tras la conversación con la cocinera y sus ayudantes, paseó por el bosque y terminó acostada en la barca, mientras aprovechaba el agradable candor del sol a través de la madera de la embarcación.

Así, bajo aquel cielo azul y la tranquilidad estival, pudo pensar sin que nadie la interrumpiese, y debido a ello, se percató que la situación que tenía con Nicholas debía cambiar y se propuso hablar con él aunque fuese a gritos o lo perseguiría hasta que accediese.

«Me convertiré en su sombra», se animó. Era lo mejor, así sabría cuándo aparecer delante de sus ojos.

Con la esperanza renovada de poder tener una charla fructuosa con Nick, se preparó para la cena con la ayuda de Jane, su doncella y la de su hermana.

No esperó a Diana, porque sabía, por ciertos comentarios, que Nick era el primero en llegar al salón antes de la cena.

Bajando las escaleras, contenta, se paró cuando vio la puerta del cuarto del duque abrirse.

Decidida caminó hacia allí, hasta que no una, sino dos sirvientas salieron por la puerta y eso no fue lo peor, ni mucho menos: ¡Se recolocaban las faldas!

Su corazón paró de latir al observar que una tuvo que ayudar a la otra a acicalarse, lo que les arrancó risitas nerviosas.

A Aileen se le cayó el labio inferior al suelo y no era capaz de parpadear: ¡¡¡era un mujeriego!

!! Asqueada y enfadada consigo misma por creer que podía sacar algo bueno de ese hombre —lo sentía por la señora Collins, pero de caballero, no tenía nada, era más servicial un caballo que él—, y movida por un impulso, se convenció así misma que le quitaría la máscara para descubrir la verdadera cara que había detrás: un ser que empujaba a cualquier mujer a las puertas del averno.

Durante la cena estuvo tranquila, más participativa en las conversaciones (siempre y cuando le interesasen) y le gastó alguna broma a su hermano que las cogía con gracia.

Aunque, en el fondo, se estaba envenenando con su propio veneno al no poder dar rienda suelta a lo que había visto.

No podía, no debía caer en el juego de sus propios nervios, tenía que ser sibilina para sorprender a todos cuando lo cogiera en la cama con una mujer.

Sabía que no causaría ningún escándalo, era lo que hacían los hombres de cualquier clase, coger a una mujer que le hiciera pasar un buen rato y listo.

«Qué asco ser hombre»; le daba aversión aquello.

Con esa sensación de repugnancia subió a su cuarto y esperó.

Se sentó en la silla del secreter para leer; no lo hizo en la cama como de costumbre porque había muchas posibilidades de que se quedase dormida y perdiese esa grandísima oportunidad.

De abajo le llegaban las risas de Arthur, que la ponían de los nervios.

—De verdad, Arthur, como no te vayas a dormir juro que te hecho belladona en la bebida. —Frustrada tiró el libro sobre la cama—. ¡¿Es que no duermes?!

Las risas se oyeron hasta bien entrada la noche, pero al entretenerse con la lectura ni se percató cuando se silenciaron.

A eso de las doce y media de la madrugada, más o menos, Aileen miró hacia la puerta con sumo cuidado y caminó de puntillas hacia ella, donde apoyó una oreja.

No se oía nada, solo el silencio. Agarró el pomo redondo, cuyo frío le cubrió la palma, lo giró y asomó la cabeza por el pequeño hueco que dejó, no había nadie, todo estaba oscuro.

Volvió a meterse dentro, encendió una vela que introdujo en el portavelas y así comenzó su aventura nocturna.

Cual fantasma, se dirigió hacia la escalinata; iba descalza para que las zapatillas no la delataran, y como los escalones estaban cubiertos, siempre pisaba la mullida alfombra.

Con lentitud fue avanzando hasta llegar a la habitación de Nick.

Escuchó con atención: no salía ningún ruido, nada de nada, todo era puro silencio.

Abrió la puerta con los ojos cerrados y con el rostro arrugado en una expresión de miedo; además, los nervios le punzaban en los costados como en la barriga, estaba aterida de frío pese al calor que le cubría la cara y el corazón le latía más rápido por momentos y el aire, que lo cogía con demasiada fuerza al respirar, le rascaba la garganta.

Lo que estaba haciendo, prohibido para cualquier señorita que se preciase, era una locura y Aileen iba a explotar de nerviosismo.

Dentro, alzó el brazo para iluminar mejor, pero lo que se encontró fue la cama vacía salvo por él que dormía a pierna suelta con la sábana tapándole solo las caderas y mostrando su ancho pecho desnudo salpicado en algunas zonas por el vello.

«Hasta durmiendo es guapo, ¡maldita sea! Y tiene que estar solo, ni que me hubiese leído la mente», barruntó.

Sin poder evitarlo ni frenarse a sí misma, se acercó a la cama para verlo bajo la luz de la vela que no le hacía justicia: su rostro había perdido cualquier atisbo de enfado con ella, era más juvenil que por el día y al estar relajado las líneas de su rostro se embellecían.

El paso del tiempo le estaba dejando su marca alrededor de la boca, algo en lo que no se había fijado debido al poder de sus ojos, que en ese momento estaban cerrados a causa del sueño.

Los claroscuros lo convertían en una criatura de otro orbe.

Estuvo a punto de acariciarlo, si no fuera porque Nick se movió, y al dar un paso atrás miró a la mesilla de noche y vio algo que no esperaba: vio un tomo de Persuasión .

Boquiabierta, salió de allí sin cerrar la puerta y fue en busca de la única persona a la que podía acudir; por ese motivo entró en el cuarto de su hermana que no se despertó.

—Diana, despierta. —La empujó, sin embargo, su hermana había cogido un sueño profundo—. Despierta, maldita sea, tengo algo que contarte. —Como no conseguía despertarla, la movió con más brío—. ¡Abre los ojos, ya! —exclamó en voz baja.

—¿Qué? —Diana más dormida que despierta se sobresaltó—. ¿Qué ocurre? ¿Ha llegado El Apocalipsis?

—¡Al fin! Y no, soy yo, o sí, puede que haya llegado —resopló Aileen sentándose al lado de Diana.

—¿Qué quieres, Aileen? —Miró hacia la ventana—. ¿Es el fin del mundo?

—Que yo sepa no.

—Está muy oscuro todo.

—No ha amanecido y tienes que venir conmigo —le ordenó tirándole de un brazo para que se levantase.

—¿Adónde? —Diana no quería dejar la cama tan fácilmente.

—Al cuarto de Nick —soltó.

—¿Qué? —Diana quedó de una pieza ante las intenciones de su hermana—. Dime que estoy soñando

—No lo estás.

—Aileen, no podemos… —Cuando quiso darse cuenta, su hermana la había arrancado de la cama—. Oye, me haces daño y, ¿en serio vas a entrar en su cuarto?

—Vas a ver algo que te hará caer de nalgas, así, tal cual. —Esa fue la explicación que le dio a su hermana.

La condujo hasta la habitación de Nick y allí apuntó al libro con un dedo. Diana tardó unos segundos, o algo más, en darse cuenta de lo que le señalaba su hermana y cuando al fin lo comprendió, las dos compartieron la misma mirada asombrada.

—¿Qué hace un hombre leyendo a Jane Austen? —expuso Diana sin dar crédito.

—Eso me pregunto yo.

—Es una lectura extraña… —Diana bostezó—. Es la lectura menos masculina que hay.

—Me olía —Aileen se golpeteó la nariz—, que este hombre era extraño, pero hasta este punto no.

—¿Que…? —Nick se despertó y Diana se agarró con fuerza al camisón de su hermana; estaban metidas en un buen lío y por eso cerró los ojos—.

¿Aileen? —dijo un somnoliento Nick antes de incorporarse apoyado sobre un brazo—.

¿Estás bien? —Parpadeó cuando reparó en Diana—.

¿Os ha pasado algo? —Nick, de repente, se transformó en el príncipe salvador de las dos y se incorporó de inmediato.

—No, nada, es que vine por Diana. —Aileen soltó lo primero que se le ocurrió.

—¿Le ha sucedido algo? —Cada vez estaba más inquieto.

—No, es sonámbula —mintió con sumo descaro delante de su hermana que, nada más oírla estiró los brazos.

—Es sonámbula —repitió Nick, desconcertado.

—Sí, eso dije. Hala, tú, sigue durmiendo, ¿sí? Buenas noches —aseguró obligando a su hermana a hacer lo mismo—. Vamos hermanita, salgamos de aquí —le susurró apretando los dientes y sin mover los labios.

—Os acompaño.

—No… —Él le cogió el portavelas, con más rapidez de la que ella habló.

—Sígueme.

Mientras subían, Aileen no pudo más que fijarse en las piernas fuertes que se movían con elegancia y al caminar, el trasero captó su atención, lo que le provocó sentir un extraño calor, que jamás había experimentado, le subiera de su bajo vientre hasta el cuello y a su paso le endureció los pezones.

¿Qué le estaba pasando? No lo sabía. Consiguió tragar a duras penas, pese a la fuerte atracción que fluía entre ellos.

—Esta me la vas a pagar —la amenazó su hermana en un susurro.

—Calla. —No supo cómo había logrado articular palabra—. Uf… —Soltó aire por la boca mientras seguía contemplando ese trasero.

—¿Decías algo?

—¡No! Sería mi hermana que está mascullando. —Recibió un golpe de Diana—. Tranquila hermana, dentro de poco ya te dejo en la cama y mañana no te acordarás de nada.

Entraron en el cuarto de Diana, pero con la fatalidad de que Fred apareció en el pasillo. La casa jamás había tenido tanta actividad nocturna.

—Fred, ¿qué haces levantado? —Lo iluminó Nick con la vela.

—Oí unos ruidos… —Se quedó plantado mirando a Nick que estaba tal cual había salido de la cama y frunció el ceño con desagrado—. ¿Qué haces así delante de mi prometida? —Lo riñó en voz baja.

—Vas a despertar a todos. —Nick también lo abroncó.

—Hasta donde yo sé, no estáis prometidos, así que retira esa palabra —le pidió un tanto molesta Aileen.

—Vamos a estarlo. —Fred no matizaba ni cambiaba ninguna palabra.

—De momento, no —le soltó Aileen, que recibió una mirada desafiante.

—¿Qué haces desnudo? —Fred volvía a arremeter contra su amigo.

—No estoy desnudo. —En parte Nick tenía razón

—Casi lo estás. —Fred se tapó los ojos; a Nick le era indiferente su escasa ropa.

—Diana es sonámbula y entró en mi habitación. Aileen vino a sacarla —le contó.

—¿Es sonámbula? —Había detalles de Diana que a Fred se le escapaban.

—Ninguno de los dos lo sabíamos, y ahora has descubierto algo nuevo de la mujer a la que amas gracias a mí. —Daba la sensación de que Nick se aplaudía a sí mismo.

—Como me entere que a mi hermana estando contigo le pasa algo o cae por la terraza, te juro que te arrancaré la cabeza, espero que cuando duermas con ella la cuides y no duermas a pierna suelta —lo amenazó Aileen para hacer más creíble aquel embuste que se creían los dos.

—Diana. —Fred la cogió con una delicadeza que tanto a Aileen como a Nick los sorprendió—. Descansa, querida. —La llevó a la cama—. Dormiré aquí con ella.

—¡No puedes! —Lo frenó Aileen en sus atenciones—. Es más, no se levantará.

—En la cama no, en la silla. —Fred no iba a dar su brazo a torcer.

—No hace falta —habló Diana modulando la voz, que sonó inquietante.

—Me quedo —insistió Fred.

—Vamos. —Nick puso una mano en la parte baja de la espalda de Aileen, que se tensó al tacto, pues con la tela tan fina sentía cada dedo de él sobre la piel.

Salieron y Nick, con la vela todavía en la mano, la acompañó a su habitación.

—Tú y yo ya hablaremos mañana —le dijo Fred cerrando la puerta.

—Lo que tú digas.

«Menudo lío he montado», Aileen se mordió el labio, nerviosa.

Jamás había armado una escena en la que estuvieran involucradas tres personas, dos de las cuales fuesen hombres.

—Hala, ya he llegado a mi habitación, muchas gracias por acompañarme, pero no estaba tan lejos. —Lo quiso despachar con cajas destempladas.

—Tenemos que hablar.