¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 11
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Capítulo 11

—S u excelencia, que mala cara tiene, ¿qué ha pasado? —Aileen lo dijo con cierto retintín y un tono divertido por el abatimiento que traía Nick.

Aileen se había recluido en el bosque, en un claro desde el cual se oía el fluir del río Arun, sonido que siempre la había relajado desde la pérdida de sus padres, pues su madre le había enseñado a escuchar esos sonidos del agua fluyendo, el trinar de los pájaros o los árboles que tenían una forma distinta de hacerse oír con el crujir de la madera.

Todo aquello la sosegaba, le ayudaba a dejar la mente en blanco, al tiempo que podía captar imágenes en su cuaderno que quizás otros ojos no vieran, de ahí que tuviese sobre las rodillas su libreta de dibujo.

—Ya lo sabes —afirmó él, al no creerse que ella no se acordase.

—Si no me lo cuentas, no sé nada. —Se hizo la tonta, manteniendo el silencio a propósito—. ¿Qué tal la visita?

—No preguntes. —Se dejó caer sobre la hierba y no dio muestras de que el golpe le doliese

—Vaya, no pareces muy contento, ¿es que viste algo? —Apretó los labios para no irrumpir en carcajadas.

Él asintió.

—Creo que he perdido la sesera.

—¿Por?

—Vi algo en la biblioteca y en la torre —confesó sin mirarla, lo evitaba por encima de todo.

—Ese algo se llama…

—Fantasmas, sí. —Clavó los codos en las rodillas y enterró los dedos entre los mechones de pelo.

De pronto, Aileen se sintió celosa, una punzada se le clavó en el corazón, ya que le encantaría tocarle el pelo y pedirle perdón por haberle contado eso tras lo cual lo reconfortaría con un abrazo. Mas, no podía, no podía acercarse a él y decirle que nada de eso existía.

«No puedes, Aileen», se aconsejó a sí misma.

—Me imagino que saldríais del castillo corriendo. —Le hubiese encantado ver esa imagen.

—Vomité —soltó la verdad, que para él era vergonzosa.

—¿Cómo?

—Vomité en mitad del camino de vuelta. —Permaneció inmóvil como una estatua de piedra—. Desde que te conozco me han pasado cosas muy extrañas.

—Ahora tendré yo la culpa de que seas tan… tan… tonto tarado por creerte esas historias.

—Sé lo que vi —se defendió de Aileen.

—Son leyendas.

Él se levantó, enfadado, estaba molesto y se lo hacía notar a Aileen como al bosque, que enmudeció por las grandes zancadas que daba al ir de un lado a otro para luego comenzar a dar vueltas sobre sí mismo.

—Y lo dice ahora. —Se pellizcó el puente de la nariz—. Y lo dice ahora.

—Sí, porque me estaba metiendo contigo, no sabía que eras miedica.

—Eres mala —escupió él—. Una cosa es bromear, la otra es poner mal cuerpo a la gente. Algún día alguien jugará contigo de este modo tan ruin y hablaremos con lo se siente. —Se marchó.

***

Aquella conversación en el bosque marcó un antes y un después que Aileen sobrellevó muy mal, pues lo que provocó fue un distanciamiento real con Nicholas que, al verla, siempre daba dos pasos hacia atrás.

La piel le cosquilleaba bajo su mirada, ya que ninguno de los dos podía dejar de observarse en la distancia por mucho que torcieran la vista a otro lado para no ser cazados.

No obstante, lo que le pareció una victoria con aquellos cuentos de fantasmas, había resultado la peor idea por el simple hecho de la distancia que los separaba pese a compartir un mismo espacio.

Nicholas no le dirigía la palabra ni la contradecía, solo escuchaba y hacía muecas que solo ella percibía, hasta que consiguió callarla y eso la llevó a un mutismo que no era normal.

En esos días que habían pasado desde su encuentro en el bosque se tornó una mujer silenciosa que en más de una ocasión le metió un susto tanto a sus tías como a su hermana.

Las tres noches que le siguieron, ella apenas durmió.

Sin embargo, las ojeras que preocupaban eran las de Nicholas, no las de ella y para colmo lo que estaba viviendo no era lo normal, no era a lo que estaba acostumbrada con él; por eso decidió apartarse, darle espacio, también era la última en desayunar, pero a la cuarta mañana de su distanciamiento lo oyó reírse en el comedor, así que con paso ligero fue directa a los pasillos del servicio.

Eran laberínticos, estrechos y con millones de puertas que llamaban la atención de Aileen aunque pasara de largo.

En esa zona de la casa el ambiente era estresante, las criadas solo la saludaban con un movimiento de cabeza o ni siquiera eso de lo rápido que pasaban a su lado, eran como un ejército preparándose para la guerra.

Al final de aquel estrecho y un tanto oscurecido pasillo se hallaba la cocina a la que se entraba directamente a la parte donde estaban los fogones y la gran mesa en la que comían todos los miembros del servicio, luego, hacia la izquierda se abría otra estancia contigua en la que se habían colocado todos los alimentos que se prepararían a lo largo del día y, a un lado, colgaban una gran cantidad de cuchillos como variados utensilios que Aileen no conocía su uso.

Pero no terminaba ahí, puesto que en otras estancias que había dentro, se lavaba la ropa o se secaba y en ese había dos criadas doblando sábanas.

—¡Señorita Aileen! —exclamó contenta la señora Collins, la cocinera y mandamás en esa zona de la casa.

—¡Hola! —Se dejó abrazar por aquella mujer bajita, pero fortachona de pelo blanco y rizado tapado por una gorrita de tela blanca.

—¿Ha desayunado? —Le guiñó un ojo.

—No, no he pasado siquiera por el salón, vengo a desayunar aquí.

—Hola, señorita —la saludó Mildred, una de las pinches de cocina.

—Tenemos su visita, ¡qué bien! —Rose asomó la cabeza por la fresquera, cargada con patatas y otras verduras—. ¿Qué tal por la capital?, ¿es tan grande como dicen?

—Es peor, es como un mundo aparte, no tiene nada que ver con esto, no me gusta, huele muy mal, como a caca de caballo.

—Se dejó caer en un banco antes de que la cocinera le pusiera delante un pedazo de tarta de nata, su favorita, y un cuenco de gachas—.

Esto sí que es bueno. —Atacó famélica la comida.

—Come, niña come. —Le puso una taza de té.

Las tres mujeres se sentaron con ella.

—Vamos que es una cosa mala —afirmó Rose retomando el tema de Londres.

—Muy mala —les dijo antes de meterse una cucharada de gachas en la boca.

—Con cuidado, Aileen. —Le pidió la señora Collins.

—Es que este es un desayuno de reyes. —La cocinera se rio por su expresión.

Para hacer correr la bola que se le había formado en la garganta, bebió un poco de té. Desayunar allí con ellas era uno de los pequeños placeres que a veces se permitía, y al no tener comida en la boca pudo hablar con mayor franqueza sobre su estancia en Londres y lo que había vivido o visto.

—Londres no es malo, aunque no me haya traído una buena impresión.

Sí, hay calles con tiendas, pero no es esto, no es Arundel donde todos nos saludamos.

—Se encogió de hombros—. Esta es mi casa, puedo ser yo misma, allí la gente finge y debes hacerlo con ellos, no son francos a la hora de hablar y cualquier tema es motivo para las habladurías y no digo nada de los celos que hay entre muchachas casaderas o entre familias.

—Vaya… —Rose se desencantó por lo que Aileen había contado—. Menudo fiasco.

—Pues sí.

—¿Y sabes a qué se debe la visita del duque? —inquirió Mildred, encantada.

—Por mi hermano. —No iba a decir que tenía catorce días, básicamente, para amarlo.

«No soy una mujer tan desesperada para amar a un sapo», se dijo a sí misma.

—No, Aileen, no te mientas —La cocinera la amonestó con cariño, pues parecía estar al tanto de los acontecimientos.

Ella, por joven que fuera, sabía muy bien que la señora Collins se terminaba por enterar de todo de lo que sucedía en la parte de arriba de la casa, por eso mismo no le extrañó que le dijera eso.

—¿Por qué todo el mundo me dice lo mismo? —Frunció el ceño molesta, aquello ya era un hartazgo—. ¿Acaso lo conocéis? Porque deja mucho que desear.

—Sí —le contestaron las tres al unísono.

—Eso se dice antes y ya estáis empezando a hablar —les advirtió para que soltasen la lengua y así ella poder tener información de primera mano.

—¿Qué quieres saber? —inquirió la señora Collins.

«Hay mucha información, esto se pone interesante», barruntó para sus adentros.

—Todo —contestó con plena sinceridad además por la confianza que había entre las cuatro. Las tres mujeres se quedaron tan patidifusas que tuvieron que apretar las muelas para no abrir la boca—. Venga, hablad. —Siguió comiendo.

—Los tres amigos han venido bastante por aquí, sobre todo, cuando Arthur sabía que tus tías y por tanto vosotras no estabais. —Empezó la señora Collins.

—No es porque sea duque, pero es muy amable con todo el servicio, de hecho, bajó más de una vez a felicitarnos por las comidas que preparamos. —Continuó Mildred con una sonrisa de agradecimiento—. Muchos de su misma cuna no hacen eso y lo sé, por lo que comentan otras criadas de casas señoriales.

Aileen levantó la cabeza del tazón de gachas que estaba acabando.

«Una que ha caído en sus redes», suspiró para sus adentros.

—No te fíes. —La señaló con la cuchara—. No os creáis nada; querría congraciarse con vosotras para que así le dieseis la razón en todo. —Ella no confíaba en sus intenciones.

—No, no es de esos —lo defendió Rose. Con eso no contaba Aileen, que se quedó de una pieza al descubrir que le tenían aprecio—. Es muy franco con sus sentimientos.

—Y eso no se puede disimular —asintió Mildred.

—Las chicas tienen razón, por aquí pasó gente de alta alcurnia y te puedo decir que es muy franco y sincero. —Aquello era un deseo por parte de la señora Collins.

«Otra fascinada por Nick, ¡maldito duque!», gritó para sí misma.

—Tiene mucha clase. —Tampoco la señora Collins estaba dispuesta a contar nada malo.

«La misma que un ganso mareado», apostilló para sí misma.

Todo lo que estaba escuchando, provocó que Aileen soltase:

—Ya veo, os ha pagado una fortuna para que dijeseis esto, ¿no? —Aquella desconfianza le hizo gracia a la cocinera, ya que se rio y no escondió la gracia que le provocaba Aileen.

—No. —La señora Collins no dejó de reírse.

—Entonces mis tías para convencerme.

—Nada de eso. —La cocinera debía escandalizarse por sus palabras, aunque no fue capaz—. Muchacha, te estamos contando la verdad de ese hombre.

—Incluso su valet es muy amable y servicial cuando no está con el duque, siempre dispuesto a echar una mano en lo que sea —le contó Rose.

—Entiendo, entonces, ¿no tiene nada de malo? —Aileen ya estaba aburrida de tanto elogio.

—Es un hombre como hay pocos —apostilló la señora Collins.

—Y es guapo. —Mildred no dejó escapar otro momento para volver a asegurarlo, algo que Aileen ya sabía con creces.

«Estoy harta de su guapura, me sale por las orejas», ya no podía más.

—Aunque se rumorea…

—¿Qué se rumorea? —Ella, nerviosa, separó el tazón para centrarse en aquel cuento que parecía jugoso, de ahí que interrumpiese a la señora Collins.

—Que es tu pretendiente —soltó Rose encantada con esa noticia.

—¡No! —Alzó la voz Aileen molesta por lo que se comentaba de Nick y ella—. Yo con ese —hizo un aspaviento con la mano—, no. Tiene el guapo subido a los cielos, lo sabe y la guapura habla por él y todas caéis rendidas a sus pies. Pues yo no soy tan fácil.

—Aileen, lo debes conocer y dejar que te conozca —le aconsejó la señora Collins.

—Es que… lo que me habéis contado que hacen los hombres, yo… no quiero pasar nada de eso. —Había oído hablar de casos que dejaban embarazadas a las muchachas y luego las abandonaban.

—Que haya sinvergüenzas no significa que todos estén cortados por el mismo patrón, los hay muy honorables. —Mildred quería quitarle eso de la sesera.

—Es más, tus tías te están permitiendo conocerlo y sé que si no cuaja, no te encerrarán ni nada por el estilo, buscarán al adecuado —alegó la cocinera—. Dale una oportunidad, estoy convencida que el hombre que hay detrás de ese título te asombrará.

—No lo tengo tan claro. —Torció el gesto y entornó los ojos con desconfianza.

Aileen sabía que Nick la había conquistado, sin embargo, jamás admitiría que estaba enamorada de un hombre que, cuando la miraba le declaraba: «Tú también cederás a mis encantos».