Capítulo 9
A nte la inminente visita al duque de Norfolk, Nick estaba inquieto, tanto era así, que lo poco que había dormido estuvo acompañado por visiones de espectros que parecían esperar en el castillo para llevárselo a otro mundo más allá del de los vivos.
Si solo hubiera quedado en eso, podía ser suficiente, pero su cabeza iba un paso más.
El duque le había dicho que esperaba su visita con ansias…
¿Pretendía, acaso, retenerlo en el castillo?
Jamás había estado tan mal al ir a visitar a un aristócrata.
«Ándate con cuidado», «hay fantasmas», «allí reside el Hombre de Azul», «está la mujer de blanco, se suicidó saltando de la torre» y «a un niño se le oye fregar ollas y correr».
Desde que se había levantado, esas palabras de Aileen le habían acompañado y le hacían sentirse incómodo.
Suspiró y se frotó la cara con incomodidad, con ganas de arrancársela…
¡Era como si el alma quisiera salir del cuerpo!
Nada de lo que se le pasaba por la cabeza o de lo que vivía era normal, se tenía por un hombre seguro con férreas convicciones y valores, sabía qué límites nunca traspasaría, pero ese corto viaje al castillo de Arundel era la soga que podía terminar con su vida a no ser que su corazón se parase de repente, a causa de los nervios que le producían las palabras de Aileen.
¡Y lo peor de todo era que sudaba! Notaba las gotas desprenderse de la nuca, otras le corrían por el espinazo abajo, cuyo cosquilleo le erizaba la piel; hasta el pelo lo notaba mojado.
Estaba en un río de agua que solo le faltaba desbordarse.
Aunque para desbordada, su alma inquieta, que provocaba que se removiera en el asiento.
—¿Tienes ortigas en el pantalón? —Fred se percató que su amigo no lo escuchaba—. ¿Qué tienes?
—Nada. —Esa respuesta tan escueta no era propia de él.
—No lo parece, estás colorado como si hubieses salido de una fragua —lo describió Fred.
—Si tú supieras, no te reirías.
—¿Saber el qué?
—No bromearás más cuando en el castillo oigas ruidos y no sepas de dónde proceden, porque no hay nadie a tu lado —le encasquetó para que tuviese que barruntar durante un rato.
—¿Estás así por un sueño? —Fred no meditó nada de nada.
—Ojalá. —Nick se cruzó de brazos, molesto.
—¿Qué me quieres decir y no me estás contando?
—El castillo está embrujado.
Esa afirmación consiguió que el trasero de Fred se quedase clavado aún más en el asiento y parpadease en su dirección sin salir de su asombro.
—¿Qué? —Pegó un brinco al ser consciente de a lo que se refería Nick: «fantasmas»—. ¿Cómo?
—Lo que oyes.
—Oye, amigo, si es una broma…
—¡No lo es! —lo interrumpió Nick, más nervioso.
—¿Cómo lo sabes? ¿Es que en alguna de tus visitas experimentaste algún suceso irreal? —Fred no era capaz de discernir si había que tomarlo en serio o era algún chiste que su amigo pretendía que se creyese.
—Es conocido por toda la gente de Arundel —le contó Nick en un susurro.
—¡Oh! Eso son cuentos de viejas —musitó Fred igual que Nick.
—¿Por qué hablas tan bajo? —Nick parecía molesto por el tono de su amigo.
—Tú lo hiciste.
—Pues no lo hagas. —Parecían dos tontos en apuros—. Y para tu información, no son cuentos de viejas.
—Amigo, no te sugestiones —le aconsejó—. En su momento, estuve en la biblioteca y vi a un hombre…
—¿Vestido de azul? —Lo interrumpió para darle el color de las vestimentas a lo que Fred asintió y Nick notó como su miembro se le ponía en el gaznate—. Viste un fantasma.
—¡No! ¿Cómo voy a ver un fantasma? —Fred procuraba no creérselo.
—Pues lo viste —sentenció Nick con firmeza, una que le fallaba por momentos.
—Era un tipo que pasaba por allí.
—Claro, como quien pasea por Hyde Park.
—¿Era un fantasma? —Fred había caído en la credulidad. Aquello no era una broma.
—Sí, es uno de los muchos que hay en el castillo.
—Por eso desapareció tan rápido. —Fred metió el dedo entre el lazo y el cuello para poder respirar, ¡le faltaba el aire!—. ¿Me estás diciendo que vamos a ver fantasmas?
—Ni sí, ni no, tú lo descubrirás.
—¿Crees que el duque de Norflok es un fantasma? —Fred formuló la pregunta de otro modo.
—Si no nos estrecha la mano, piensa mal.