¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 8
23%

Capítulo 8

P ara Aileen, los días pasaron demasiado rápido, ya que cuando quiso darse cuenta, la casa estaba ya preparada para recibir al duque, a su madre y a Fred.

Pero ella seguía enfadada con esa situación que la hacía sentirse encerrada en una jaula, mientras todos decidían qué hacer con su vida sin tener en cuenta lo que ella deseaba.

Debía callar y asentir a todo como si no tuviera sesera ni voluntad propia o, lo que era peor, sin dejarla elegir.

Esa sensación, por momentos, la desquiciaba, le arrebataba el aliento.

No podía mentir, Nick le agradaba, no era como otros pseudo caballeros que había conocido en fiestas; sin embargo, quería decidir por sí misma, no tener un puñado de días en los que debía enamorarse de él a la fuerza. Quería escoger marido como elegía vestido.

Estaba tumbada en una de las barcas que su familia tenía en el río, releyendo de nuevo Persuasión , su novela favorita; bueno cualquier libro que le gustase se llevaría ese galardón, pues su vida se había vuelto extraña.

En la lectura era donde se sentía mejor, a la vez que el río Arun se mecía bajo la embarcación, los pájaros cantaban y el bosque al otro lado de la orilla estaba reverdecido bajo los rayos del sol que bailaban sobre el agua.

—¡Aileen! —Oyó a Diana.

—No he escuchado nada —se dijo en voz alta a sí misma.

—¡Aileen! Ya vienen —la avisó de la inminente llegada del invitado pesado.

—¡Arg! —Se levantó sin ganas.

Salió de la barca y se alejó del embarcadero a paso apresurado.

Sabía que debía recibirlo, aun así el jardín en esa parte parecía que se había confabulado con sus deseos de no ver al duque.

Igualmente llegó a la parte de atrás de la casa donde encontró un bidón lleno de agua.

Se quedó mirándolo; era cierto que hacía calor y que notaba la cara sudada, así que sin pensarlo dos veces, ¡HALA!

, metió la cara y se refrescó, de hecho, hasta el carácter se le suavizó un poco.

Lo que sí le pasó fue que le entraron unas ganas horribles de bañarse en el río, pero debía aguantarse, las ruedas del carruaje que traían a los invitados ya se oían.

Sin secarse, fue al encuentro con sus tías y sus hermanos, los cuales la observaban con las cejas alzadas.

—¿Qué has hecho? —Arthur procuraba no mostrarse escandalizado, aunque sí asombrado.

—Refrescarme. —Se encogió de hombros.

—Estuviste en el río —aseguró Diana.

—No, en el embarcadero, leyendo. —Alzó el libro.

Aileen se puso tiesa mientras las gotas de agua le caían por la cara, al tiempo que Nick descendía del carruaje y fue directo a saludar a Arthur.

—¿Ves? Viene por Arthur, para que luego lo dude y lo niegue —apostilló Aileen.

—Son amigos, es normal que se saluden tan efusivamente.

Aunque ella veía a dos amigos muy contentos, resopló, ¡no quería estar ahí!

Cuando los saludos entre ellos terminaron, el duque saludó a las tías y luego se dirigió a las hermanas, apenas se detuvo en Diana para observar a Aileen antes de saludarla.

—Estás más hermosa aquí que en Londres, te sienta bien este lugar —apuntó sin apartar los ojos de ella.

—No hace falta que lo digas, lo sé, me marchito en la capital. —Fue sincera, era lo que percibía.

—Pero ¿qué te ha pasado?

—Intenté ahogarme en un bidón de agua. —Entornó los ojos—. Pero me ha salido mal.

—Mejor.

—¿Para quién? —le inquirió con cierto interés por la respuesta—. Para mí no, desde luego.

—Esta casa y este lugar cobran intensidad, se tornan distintos si tú estás aquí. —Dio un paso al frente para que sus cuerpos quedasen a escasos milímetros de distancia—. Nada sería igual sin tí regalándome tu compañía.

—Mira que bien. —Fueron las palabras que pudo articular, aunque sabía que no eran las correctas, ya que al tener a Nick tan cerca sus pensamientos quedaban un tanto aniquilados.

Una parte de ella pataleaba para hacer lo que diese la gana, en cambio, la otra estaba nerviosa por la presencia de ese hombre y, en parte, le agradaba que se hubiese fijado en ella.

—Pasemos adentro, nos espera un té reconfortante —anunció Constance que entró junto a Lilia y la madre de Nick.

—Me gustará conocer este sitio contigo a mi lado. —Le sonrió.

Ella le devolvió la sonrisa con un regalito:

—Pues búsquese a otra.

Se dirigieron al salón comedor, que ese día parecía más diáfano que de costumbre.

Allí era donde se recibía a las grandes y más importantes visitas, como esa.

Era una gran estancia de techos altos de los que pendían unas grandes lámparas de araña fabricadas en plata.

Las paredes, de un blanco impoluto, quedaban ocultas por unas estanterías, y en la zona que se habilitaba alrededor de la gran chimenea también había una pequeña mesa cuadrada para cuatro personas con un ajedrez en medio.

Esa era la parte más acogedora, ya que en la otra se había colocado la gran mesa que se utilizaba para las cenas.

Allí fue donde todos se acomodaron a la mesa, quedando Aileen en medio de sus hermanos.

—¿Qué tal el viaje? —se interesó Lilia.

—¿Cansado? —siguió Constance.

—No, muy hermoso en esta época del año; casi ni me acordaba de estos parajes —comentó Blanche encantada.

—Esta zona es lo que tiene, querida. —Sonrió Constance.

—Lo que suceda en el bosque o en el río, quedará guardado para siempre. —En esas palabras misteriosas de la tía Lilia, Aileen percibió cierto mensaje oculto como esperando que alguien lo cazase al vuelo.

—Casi no venimos —soltó Nicholas cogiendo un scone .

—¿Y eso? —intervino Arthur con un puntito de preocupación—. ¿Qué sucedió?

Aileen se fijó en que su hermano notaba los cambios en su amigo.

—Nos han robado…

—¡¿Qué?! —exclamaron sus tías al unísono.

—Sí, y todavía no hemos dado con el ladrón —comentó Blanche, que estiró la boca con una mueca de disgusto.

—Puede ser ladrón o ladrona —apostilló Aileen.

—¿A qué viene esa diferencia? —Nick dejó de prestarle atención al dulce que sostenía entre dos dedos para dedicarle una mirada divertida.

—Verás, un ladrón puede robar cualquier cosa, si hablamos de joyas entonces es una mujer —expuso la diferencia.

—No había caído en eso —meditó Blanche cogiendo el platito con la taza de té humeante.

Nick carraspeó después de tragar con fuerza el pedazo de scone que había mordido segundos antes.

—Robó libros —especificó él.

Arthur y Diana, sin ponerse de acuerdo el uno con el otro, cogieron a su hermana por las piernas.

—Me habéis hecho daño, ¿qué os pasa?

—Aileen, te gustan los libros —musitó Diana con bastante disimulo.

—Eres una obsesa de los libros —apostilló Arthur en voz baja.

—Estáis locos, ¿dónde los iba a esconder? —Los miraba por el rabillo del ojo, aunque quien la viera creería que tendría un problema, al moverlos tan rápido—, ¿en el corsé? Pensad un poco antes de acusar a nadie.

—¿A quién se le ocurre robar libros? —La voz de Fred sacó a los hermanos de su conversación.

—A un aburrido sin alma —soltó Aileen, a lo que todos callaron.

—¿Qué? —Nick frunció el ceño y agitó la cabeza, todo a la vez.

—Hay ladrones que anteponen el dinero, por ejemplo, si hablamos de joyas; pero los hay aburridos sin alma, es decir, esos que hurgan por los aposentos privados, fisgando donde no deben y, a veces, se llevan algo como los libros.

—Aileen, bajo la atónita mirada de todos, concluyó—: A mí me aburren los bailes, jamás se me ocurriría llevarme nada de una casa ajena, porque me entretengo con otras cosas.

—Tienes explicación para todo. —Nick estaba maravillado.

—No, lo que pasa es que soy observadora, aunque me estoy percatando de que otros solo miran el mundo con cierto ojo que no ve nada. —Tomó su primer sorbo de té que ya estaba un tanto frío y evitó poner un gesto de desagrado.

Su hermana acercó la cabeza a la suya.

—Entonces, ¿tú no tienes nada que ver? —insistió Diana no muy convencida de todo lo que había dicho Aileen.

—No, jamás haría nada así y mira que me cae mal. —Sus ojos se dirigieron a Nick—. Yo no le hice nada, solo me refugié en su biblioteca y dejé el libro donde estaba, ya está. —No iba a dar más explicaciones y Diana tampoco requirió más.

—Mañana tengo que ir a visitar al duque de Norfolk —le contó Nick a Arthur.

—¿Por qué? —inquirió Diana intrigada.

—Cuando estamos en el territorio de un noble de alto rango, por protocolo debemos hacer una visita de cortesía, aunque antes ya le notifiqué que estaría aquí pasando una temporada —le esclareció Nick.

—Y, por eso, yo también debo ir con él —confirmó Fred.

—Ándate con cuidado —le aconsejó Aileen a Nick cuando Fred se entretuvo con Diana y Arthur al levantarse de sus correspondientes sillas.

—¿Es que corro peligro? —Se notaba que no se fiaba de ella.

La observaba con la diversión reflejada en las líneas de su rostro.

—¡Ay, pobre ignorante! —suspiró y no dijo nada más.

—¿Qué pasa? —Aquello ya no le gustaba al duque.

—Pues que deberías saber a qué tipo de castillo vas a visitar.

—¿Por qué lo dices?

—Se comenta, se rumorea, que hay fantasmas. —Asintió con la cabeza a sus propias palabras disfrutando del momento.

—¿Cómo? —Nick quedó atónito.

—Verás, el duque te va a enseñar el castillo si nunca has estado, así que seguro que te lleva a la biblioteca.

Dicen que es preciosa, y allí reside el «Hombre de Azul» por su vestimenta de seda azul de la época de Carlos II.

No se sabe muy bien por qué ha quedado atrapado justo en esa estancia, parece estar buscando o leyendo los libros, nunca repite el tomo que tiene entre las manos.

¿Quizás busca algún dato perdido, un inventario o un testamento?

Nadie lo sabe. —Ella ladeó la cabeza; estaba encantada.

—Vaya, ¿será ese hombre de azul el ladrón de mis libros? —Fue un idiota al verla encogerse de hombros, ¿eso qué quería decir? Las cejas le cobraron vida propia y se arquearon, no solo eso, sino que no fue consciente de que abría mucho los ojos.

—No sé, tú sabrás quien te los robó, pero vamos un fantasma no va de paseo por Londres. ¿o sí? ¿Eres víctima de fechorías fantasmales? —bromeó.

Formuló las preguntas, tan seria, que Nick caía en su trampa sin remedio, y se puso aún más lívido, de hecho, su cara era del mismo color que las claras de huevo.

—Vaya, no… —volvió a carraspear lo que le provocó un estornudo—… No lo sabía.

—Pero hay más.

—¿Más? —La voz del duque se estranguló y echó la cabeza hacia atrás alejándose de ella con una expresión de: «¿qué me cuentas?».

—Está también la mujer de blanco, sí, como el libro de Wilkie Collins.

Cuenta la leyenda que la joven se suicidó saltando de la torre al ser rechazada por su amante, y se la ve en lo alto buscándolo.

Luego está la dama gris que ronda la capilla y se dice que en las cocinas hay un niño al que se le oye fregar ollas y correr.

—Había conseguido sugestionar a Nick—. Hay gente que dice que oye pasos donde no hay nadie, golpes, es decir, una actividad invisible muy fructífera.

—Ya entiendo, me dices esto por la tirria que me tienes. —Nada más decirlo en voz alta comprendió que había quedado en ridículo.

—Te estoy contando la verdad, pero si no me crees, mañana descubrirás tú solito que los pasos que oigas, las voces o el frío que sientas no es porque haya gente o las ventanas estén abiertas. —Ella lo dejó caer con una voz sedosa.

Tuvo que contener una carcajada al observar cómo se le tensaba la espalda cada vez más.

«¿Está apretando las nalgas?», se sorprendió a sí misma y tuvo que ejercer un férreo control para no reírse de él.

Ella vio en sus ojos una pregunta clara: «¿y si lo que cuenta es cierto?», lo estaba haciendo dudar, lo que le encantó.

—Lo tendré en cuenta.

Aileen estaba orgullosa de sí misma, ¡le había metido el miedo en el cuerpo! A lo mejor conseguía que se marchara más pronto de lo esperado.