¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 6
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Capítulo 6

T ras la fiesta, Aileen tuvo una gran sorpresa: en menos de dos días regresaría a Arundel de donde nunca tuvo que haber salido, o eso pensaba desde que habían llegado a Londres. Esa noche, Diana también le hizo una visita, pues no habían tenido tiempo de hablar:

—¿De qué hablaste con el duque? —inquirió curiosa, sentada con las piernas dobladas sobre la cama de su hermana.

—Lo último que me refirió fue que un día sería su esposa. —Era incapaz de quitarse esa frase de la cabeza.

—¡Qué atrevido!

—Mucho, alguien tendría que enseñarle a cerrar esa bocaza que tiene.

—¿Qué le dijiste?

Aileen movió la cabeza de un lado a otro sopesando la respuesta:

—Que busque esposa en otra parte —dijo la verdad, no la podía esconder.

—¡No!

—Sí.

—Vamos, el encuentro no fue muy bien.

—No tanto —tiró de las comisuras de la boca hacia abajo—, teniendo en cuenta que le tiré un zapato cuando me acusó de meter el ratón y que luego le regalé el otro, ha superado la media —lo contó a toda velocidad. Diana estaba boquiabierta—. No me mires así.

—¡Por Dios, Aileen! Un día nos echarán de alguna fiesta. —Fue lo único que logró decir su hermana.

—Si es para no verle la cara a ese hombre, mejor.

—Eres incorregible.

—No me gusta ese hombre. —¡MENTIRA! —. Y si me gustase, su seguridad en todo rompe el encanto que pudiera tener y que realmente no tiene. —MENTIRA TAMBIÉN.

—Bailasteis tres veces…

—Y no habrá más; él se quedará en Londres. Gracias al cielo por este regalo que me merezco, por sufrirlo y aguantarlo tanto —suspiró.

Aileen se acordaba de esa conversación de camino a Arundel, un trayecto de seis horas y en el que hacían dos paradas en dos posadas para tomar un pequeño refrigerio o estirar las piernas, aunque fue la primera vez que a Aileen se le hizo larguísimo ese viaje.

Le dolían las rodillas, el trasero no lo sentía, solo notaba que se le quedaba aplastado y las ideas cobraban una forma cuadrada, la misma que la del asiento.

Mas, si algo lo compensaba era que no volvería a Londres en un tiempo.

La vida en la capital no le gustaba un ápice, no había nacido para vivir allí.

A ello se le unía que no había naturaleza, estaba lleno de gente, de coches o caballos y la gente no se observaba con franqueza, sino que el cinismo los sobrevolaba.

No había nadie sincero. En cambio, en Arundel podía ser ella misma, podía hacer cosas que en Londres eran impensables.

Ella disfrutaba de placeres pequeños como la vida tranquila, navegar o caminar por entre los árboles del bosque, también subirse a ellos, aunque ya lo hacía menos que antes.

Era un pueblo pequeño y todo se movía con una cadencia especial.

Por eso, estar de regreso era una de sus mayores alegrías y lo percibía en el calor que desprendían sus mejillas.

En lo que no reparó fue que llegar a casa significaba no ver a Nick.

No cayó en ello, ya que su cabeza estaba en ese viaje y no en el duque que se quedaba en Londres.

En algo sí que había pensado: había hablado muchas veces con la señora Collins, la cocinera de Arundel y sus dos ayudantes, dos chicas jóvenes llamadas Mildred y Rose.

Ellas le habían expuesto antes de marcharse hacia Londres que si un hombre, de cualquier clase, estaba interesado en una mujer haría todo lo que estuviese en su mano para verla.

¿Qué haría el duquecito? Sin embargo, esa duda quedó en el aire, mientras sus ojos se perdían en las grandes extensiones de campo que podía contemplar a través de la ventanilla del carruaje.

Unos golpecitos en el brazo captaron su atención.

Era su hermana.

—Dime. —Se acercó a ella.

—¿Por qué tus pertenencias pesaban tanto? —le inquirió Diana.

—Pesan lo mismo que las tuyas, no tengo un cofre con lingotes de oro pirata —se defendió Aileen de lo que parecía una acusación velada.

—¿Segura?

—¿Por qué no iba a estarlo? —Le devolvió la pregunta a Diana.

—Te conozco.

—Y yo a ti, por eso sé que estás añorando a tu conde sin encanto —le encasquetó.

—Se llama Fred, ¿podrías llamarlo por su nombre?

—Algún día, hoy no.

Aileen volvió a mirar por la ventanilla y comprobó cómo el campo y el cielo se adueñaban del horizonte en azul y verde, los colores más puros de la naturaleza.

Cuando al fin llegaron a casa, notó en su fuero interno como si hubieran pasado cien años desde que se había marchado a Londres, pese a que la realidad era otra.

Respiró hondo y olores como a madera quemada, tierra húmeda de los parterres que adornaban la parte delantera de la casa con sus rosales y arbustos bien cuidados, se animaba con el canto enloquecido de los pájaros, que muy pocas veces había escuchado en Londres.

Nada de eso existía en la gran ciudad.

Observó la casa, mientras los lacayos sacaban sus pertenencias: aquella pequeña mansión era más antigua de lo que nadie sospechaba, sus orígenes procedían de la Edad Media, por eso se distinguía entre el resto de casas solariegas que tenía la nobleza por todo el país.

Elevada en cuatro plantas, con sus tejados pronunciados, en algunas zonas muy puntiagudos, contaban con cuatro chimeneas que le conferían más altura de la que realmente tenía.

Al ir bajando la vista a las ventanas, donde el sol relucía reflejándose en el cristal, daban la sensación de que la casa acababa de despertar de su letargo, sobre todo, esa sensación se hacía más palpable por las cortinas recogidas hacia los lados.

Aileen la contemplaba con entusiasmo.

—Ya estoy en casa. —Nada más decirlo percibió que el peso que aportaba sobre los hombros se aflojó.

***

A Aileen no le dio tiempo de refugiarse un poco en el bosque; debía colocar algunas cosas sobre el secreter que había en su habitación de la segunda planta.

Una estancia de techos altos de los que pendía una enorme lámpara de plata; las paredes estaban cubiertas con grandes tapices que le habían contado que fueron escogidos por su madre y cuyos colores hacían juego con la colcha que cubría la cama, alrededor de la cual se organizaba todo: el mueble estaba puesto de tal forma que no molestaba, a su lado un biombo detrás del cual se mudaba y se aseaba; una coqueta, un tocador, el secreter y unas estanterías terminaban la decoración.

Lo que sí hizo fue acercarse a uno de los cuatro ventanales que tenía su cuarto, ya que desde esa altura podía ver el río Arun, que transcurría por el lado este del pueblo de Arundel y traspasaba la tierra de los Bellesmoke.

Los rayos del sol saltaban cuales niños pequeños de un lado a otro, por las pequeñas ondulaciones que se formaban debido a una roca que parecía querer cortarlo por la mitad.

—Seguro que si me acerco podría ver el fondo —musitó y su aliento fue capturado por el cristal.

No supo cuánto tiempo estuvo así, con la mirada perdida entre el fluir del agua y el bosque.

Ambos la llamaban, no obstante, una voz la avisó para cenar.

Bajó al salón comedor que utilizaban después de asearse y cambiarse de vestido por uno más sencillo, pues estaba harta de las delicadas telas con la pedrería insertada con elegancia.

Allí la esperaban sus tías, Diana y Arthur.

—Hermano, menuda sorpresa, ¿no te has cansado de nosotras? —Ladeó la cabeza solo para chincharlo un poco.

—No, Aileen. —Se acercó y le dio un beso en la mejilla—. Estaré unos días.

—¡Ay, querida niña, de lo que nos hemos enterado! —exclamó la tía Lilia al sentarse a la mesa.

—¿Qué noticia es esa? —inquirió, con la saliva tan espesa, que se le acumulaba en el fondo de la garganta, no muy dispuesta a deslizarse.

—Creo que te va a gustar. —La tía Constance asintió.

«Miedo me dan», barruntó para sus adentros.

—¿Tan mala es? —No sabía cómo tomarse todo aquello.

Por la sonrisa contenida de Arthur, le dio la impresión de que no era mala.

—Depende de cómo lo mires —apostilló Diana.

—Espera, tú la sabes —le dijo a su hermana por lo bajo.

Las dos siempre se ponían una al lado de la otra.

—No, pero me la huelo.

—Se me están poniendo los pelos como escarpias —bufó—. ¿Podéis decirla ya, por favor? Voy a envejecer con tanto misterio.

—Van a venir el duque, la duquesa madre y el conde —anunció la tía Lilia tan contenta.

—¡Esa es la peor noticia de todas! —Aileen no podía creérselo.

—Os lo dije —intervino Arthur cogiendo los cubiertos para comer la gelatina salada que formaba el primer plato—, no le iba a gustar.

Aileen no le prestaba atención a la cena, el estómago se le había cerrado a causa de los nervios.

—Entiendo, Arthur, viene por ti. —Quiso razonar Aileen para quitarse al duquecito de encima.

—¿Por qué lo dices?

—Es tu amigo, tú estás aquí y viene a verte.

—Nick me tiene muy visto —alegó Arthur.

—Algo os traéis entre manos, os habéis cansado de Londres, reconócelo. —Aileen no iba a desistir en su empeño de negar que el duque venía por ella.

—No viene por mí.

—Entonces no te sulfures, pero algo es cierto.

Esas palabras consiguieron la atención total de Arthur.

—¿Qué?

—Los tres sois iguales…

—No digas eso de Fred —protestó Diana.

—Cierto, es el único desencantado, pero el duque y tú sois iguales. —Aileen no daba el brazo a torcer.

—No nos parecemos y entre las dos familias no hay líneas de parentesco. —Arthur había caído en el juego de su hermana.

—Y gracias a Dios, ya nos llega con un tonto. —Le dedicó una sonrisa irónica a su hermano.

Arthur, harto de las palabras de Aileen, le paró los pies.

—¡Ya está! —exclamó sujetando los cubiertos con fuerza—. Nick viene por ti y por el hecho de que habéis bailado tres piezas, ¡tres! Y no es ningún escándalo porque todo el mundo en Londres espera con ansia que en breve se anuncie el compromiso.

—¡Eso no es verdad, te lo estás inventando! —Aileen no se iba a creer todo lo que él y sus tías dijeran en un burdo intento para convencerla.

—Lo es, querida. —La tía Constance asentía con la vista clavada en el plato.

Aileen, en ese instante, fue consciente de la magnitud que había adquirido todo en el baile.

—Tenemos que acelerar los acontecimientos, todos…

—¿Quiénes son todos? —interrumpió a la tía Lilia con esa pregunta e imaginándose la respuesta.

—La familia del duque y nosotros. —La respuesta de Lilia no le gustó.

—Viene por ti, asúmelo, Aileen. —Un poco más tranquilo, Arthur bebió un sorbo de vino—. Tienes catorce días para asimilar que él será tu futuro marido y sé que sus intenciones contigo son honestas.