Capítulo 5
M ientras Aileen contemplaba la magnífica biblioteca, en el salón de recepciones de la mansión, el joven duque de Ravenstone, Nicholas Ormond Ayrton, estiraba el cuello buscando a la joven más hermosa de la fiesta, aquella que le hacía estallar la cabeza y el corazón a un mismo tiempo.
Era ella, Aileen Bellesmoke, quien, por imposible que pareciera, lograba que esas dos partes de su cuerpo se uniesen sin disentir, contradiciendo así lo que le había prometido a su amigo: mantenerse alejado de sus hermanas.
Era cierto que, en un principio, Diana le había llamado mucho la atención, por su clase y su bienestar, pero al final, la fuerza y la bravura de Aileen acabó por dejarlo capturado en una jaula de oro.
Nunca una mujer le había hablado así, y esa lengua rápida y vivaz le exigió ser tan ágil como ella.
De pronto, comenzó a gustarle el poder molestarla para ser testigo de sus reacciones que, muy en el fondo, eran las mismas que le había descrito su abuelo de la que fue la mujer de su vida.
Nick recordaba a su abuela con un carácter bastante parecido al de Aileen, aunque esta última, en comparación, era más cohibida y sabía en qué momento debía hablar o era mejor mantener silencio.
Las dos eran igual de impetuosas. ¿Quizá fuera eso lo que lo atraía de ella?
Podía ser; quería descubrirlo a su lado.
«Cuando encuentres a esa mujer especial lo sabrás, porque solo pensarás en ella, solo importará ella. Ese instante lo cambiará todo. Recuerda esto: solo existe un único amor verdadero», su mente le recordó esas palabras de su abuelo.
¿Sería Aileen? Tenía que serlo, porque, aunque al principio, se equivocó de hermana y creyó que la elegida era Diana, conocer a Aileen cambió su vida en todos los aspectos. Si ella estaba cerca, las obligaciones sociales no eran tan tediosas.
—¿En qué piensas? —La voz de Arthur lo sacó de sus pensamientos.
—Mejor di que a quién busca —lo corrigió Fred.
Nick le arreó un codazo. ¿Acaso no recordaba que no debían hablar de las gemelas en presencia de Arthur?
—Aileen —dijo el hermano de las muchachas.
Nick casi se atragantó.
—Hace un rato que la he perdido de vista. —Estiró el cuello, para poder ver entre los invitados—. No, no aparece por ningún lado.
—Ahora en serio, Nick. Si estás interesado en mi hermana pequeña, ¿me prometes que lo que sea terminará en boda? —inquirió Arthur con solemnidad, algo que sus amigos no estaban acostumbrados a oír en sus palabras.
—Si no me mata antes, sí —afirmó el duque.
—A lo mejor lo hago yo como hermano mayor —se jactó Arthur.
—Tu hermana me agrada, Arthur, no me matarás —contó Nick sin abrirse mucho, no quería que supieran, ninguno de los dos, lo profundos que eran sus sentimientos.
—Como le hagas daño, te juro que te mataré con mis propias manos —le advirtió.
—Vale. —Nick seguía buscando a Aileen y ya no prestaba atención.
—Entonces, ¿aceptas a Nick como futuro cuñado? —Fred había cambiado el sentido de una de las frases nupciales.
—Sí, porque creo que es el mejor candidato y porque no sé lo que se traen mis tías entre manos; así que es mejor que Aileen esté con Nick, o que mis hermanas estén con mis amigos.
Confío en vosotros —respondió con sinceridad Arthur, algo que no le pasó inadvertido a Nick, aunque no dijera nada al respecto.
—No la veo —repitió el duque.
—Pudo ir al excusado —apuntó Arthur, sin importarle mucho el paradero de su hermana.
—O salió a tomar el aire —sugirió Fred.
—Ya he mirado en la terraza y no está —contestó Nick, con el corazón en un puño.
—No puede estar muy lejos, jamás se iría sin Diana. —Fred pretendía sosegar a su amigo.
—Se nota que no la conocéis; hace la ley por su cuenta. —Arthur sabía muy bien cómo era Aileen—. Tiene más arrestos que nosotros tres juntos.
—Quiero encontrarla para bailar el último baile con ella, antes de que regreséis a Arundel —explicó Nick.
—Jamás te he visto tan desasosegado por una dama. —Fred estaba en lo cierto pues habían compartido muchas fiestas los tres juntos, y si Nick bailaba, era más por mantener el protocolo que por ganas, ya que siempre que podía, se escabullía en cuanto le era posible.
—Espero que te des cuenta de que este sería vuestro cuarto baile, por lo tanto, le estás diciendo a los invitados que lo tuyo es de alto interés, mostrando tu preferencia por mi hermana: aunque pienso que es mejor que no aparezca.
Nick se paró en seco al oír a Arthur decir eso.
—¿Por qué lo dices? —Más que una pregunta fue una protesta.
—Muy sencillo, si hay un cuarto baile estaréis al borde del escándalo, mastuerzo.
¿Qué dicen las normas que nos explicaron cuando empezamos en esto de los bailes?
—Arthur se acordaba perfectamente—: Si una pareja baila demasiado tiempo junta, se asume que deben estar comprometidos o que van a anunciarlo pronto; de lo contrario, la reputación de la mujer podría verse afectada.
Y por si no te has percatado, estamos hablando de mi hermana…
La conversación, de pronto, se vio interrumpida por un grito que se fue expandiendo por todo el salón.
—¡Un ratón! —gritó una dama.
—¡Ah! —aulló otra—. ¡Una rata, es una rata!
Los invitados comenzaron a enloquecer; hasta los miembros de la orquesta salieron despavoridos.
Entre aquel revuelo, algunos corrían de tal modo que los pies no tocaban el suelo.
Nick vio a una persona con un recogido rubio que caminaba muy tranquila.
Dando por hecho que era Aileen la culpable, dejó a sus amigos y la siguió hasta el pasillo donde se desvaneció por arte de magia.
Desesperado por dar con su paradero, miró en todas las estancias hasta que, por último, entró en la biblioteca, que estaba con la puerta cerrada.
—Juraría que la dejé abierta. —Miraba hacia la entrada, consternado, como si hubiese cobrado vida propia; incluso la movió varias veces.
—Fuera —soltó alguien.
—¡Aileen! —la llamó para que reconociera su voz.
—¡Ah! —exclamó ella con desgana—. Eres tú.
—¿Estás aquí? —Hasta a él le sonó rara aquella pregunta.
—Sí, y no es por nada, pero vaya manera más rara de llamarme fantasma.
—No dije eso, pero a lo que voy: te estaba buscando.
—El que busca encuentra. Lo dice la Biblia.
—Perfecto, pero ¿qué has hecho? —Nick ya no se podía controlar más.
Ella abrió la boca. ¡Ese hombre tenía ojos por toda la casa!
—Yo…
—Sí, tú.
—Bueno… —A ella se le atascaban las palabras—. Yo… es que…
—Como estabas aburrida, y querías fastidiarme un poco, solo se te ocurre a ti meter un ratón en el salón de baile —la acusó. ¡La había visto!
—Yo… ¡¿Qué?! —Frunció el ceño. ¿Qué estaba diciendo ese tonto? Molesta por lo que aquellas palabras insinuaban, y harta del duque, cogió uno de sus zapatos, que se había quitado para estar más cómoda, y se lo lanzó a la cabeza.
—¿Qué haces? ¿Es que quieres matarme?
—¡Sí, romperte la cabeza a taconazos! ¡¿Qué pinta aquí un ratón?!
—Dímelo tú.
—No lo sé, pero si hay un ratón, ahora me explico los gritos y los pasos apurados.
—¿Qué has hecho?
—Yo nada, pero ya me da pena ese pobre animalito por entrar en tu casa.
—Metiste un ratón dentro del salón de baile —la acusó de nuevo.
—No —se defendió ella—, he estado aquí leyendo. —Se inclinó y cogió un libro—. ¿Ves? —Lo alzó para que lo viese bien—. Las fiestas me aburren y me lo pasaría mejor con el ratón; al menos tiene más desparpajo que tú.
Nick abrió las aletas de la nariz. Entonces… ¿A quién había visto? Juraría por lo más sagrado que había sido ella.
—¿Cuánto tiempo llevas aquí?
—No lo sé, cuando leo pierdo la noción del tiempo. —Se encogió de hombros.
—Dímelo o no te doy el zapato. —Lo cogió, deprisa.
—Voy a ponerme a llorar. —«Qué poco me conoces», se dijo para sus adentros—. Me da igual lo que hagas con el zapato: quémalo o arrójalo al río.
—¿Por qué iba a hacer eso? —Estaba anonadado.
—O quédatelo, pero yo no metí ningún ratón en tu querida casa, hay otro culpable.
—Aileen se aferró al libro, como al borde de una barca, para no hundirse en el atractivo de Nick.
Su joven corazón estaba sudando sangre, pues los claroscuros que la luz proyectaba en su rostro lo convertían en un peligro nocturno, un ser de otros mundos, capaz de hacerle daño.
Quedaba atrapada en su red de magnetismo, pues una fuerza inexplicable tiraba de ella y sus pies ansiaban acercarse a él. Sencillamente, era demasiado guapo, algún día sería la perdición de alguna pobre chica, y solo esperaba no ser esa persona.
Él ladeó la cabeza; le encantaba sentirse observado por ella, aunque su pulso se acelerase más que un caballo desbocado.
—No me mires así —musitó él haciendo acopio de su autocontrol. Era, en instantes como esos, cuando acortaría la distancia que los separaba para besarla.
—No lo sé hacer de otro modo, tienes una cara tan similar a la de una rana que asusta. —Aileen caminó hacia él y se sacó el otro zapato—. Aquí tienes tu regalo, un par de zapatos y como compensación me llevo tu libro —le replicó con un descaro coqueto.
Él, movido por un impulso, la cogió por el brazo.
—Algún día serás mi esposa.
—¡Maldito duque!, ¡busque esposa en otra parte! —Lo retó con la mirada y se soltó de su agarre.
En cuanto se fue, Nick supo que no podría estar alejado de ella por mucho tiempo.