¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 4
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Capítulo 4

A ileen no solo se quedó sorprendida, sino que se giró un poco hacia su hermana para regalarle una mirada asesina. ¿Se habían puesto de acuerdo? ¿Había hablado su familia con él para que el primer baile fuese con ella?

Las manos le empezaron a sudar por la emoción; en cambio, muy pronto se le enfriaron a causa de los nervios.

Ella había escuchado la conversación de sus tías con Arthur y, si ya entonces no le había gustado, menos aún le agradaba que, de pronto, un duque mostrara cierto interés por ella.

Detrás podían esconderse las artimañas de una o varias personas, y ella no quería ser el títere de nadie.

Tampoco podía rechazarlo; todos los ojos de los presentes se habían posado en ella, ya que todas las muchachas a las que el duque pidiera bailar, iban a estar en el punto de mira y serían el centro de los corrillos femeninos que se crearan, generando un murmullo incómodo.

Así fue como Aileen sintió la imperiosa necesidad de salir corriendo hacia Arundel, aunque una parte de ella estaba más que orgullosa que él le dedicase ese primer baile.

Bajó la vista hacia la mano que él había extendido y, sin percatarse de sus propios movimientos, puso la suya, más pequeña y delicada, encima, cubierta por un bonito guante que había sido de su madre y que encontró entre sus pertenencias de la India.

Cuando quiso darse cuenta, estaba bailando un vals.

—Vaya, hoy se mueve con más elegancia, excelencia. —Le lanzó ese halago con cierto retintín.

—Ahora que nadie nos escucha, sabes que me puedes tutear; soy amigo de tu hermano.

—Y eso es lo que te hace peligroso.

—¿De verdad? —Frunció un poco el ceño—. Soy un santo.

—Seguro, todos dicen lo mismo y luego… —Dejó la frase sin terminar para que entendiese lo que podía seguir, y que no se fiaba de ninguno de los de su especie.

—Me considero un buen hombre.

—No lo niego, pero tampoco lo afirmo. —Recibió un pisotón—. El mal bailarín vuelve a las andadas.

—¿Por qué será?

—¿No lo sabes? —le devolvió la pregunta.

—Soy todo oídos.

—Porque te mueves peor que un ganso. —Era el mejor animal que había aparecido en su mente.

—Vaya, nunca me habían comparado con un ganso.

—Hay una primera vez para todo.

—Y contigo mucho más. —Sus ojos, de pronto, la observaban no con simpatía, sino con un brillo distinto que no supo descifrar.

—No intentes camelarme, «excelencia» —exageró la pronunciación—, tienes a mujeres esperando para caer rendidas a tus pies.

—Eres huidiza.

—De tipos como tú, sí.

En ese preciso instante, la orquesta finalizó la pieza, lo que significaba que Aileen quedaba libre, pero Nicholas no se lo permitió.

—Mis tres primeras piezas las quiero bailar contigo. —Ninguno de los dos se percató de que estaban siendo contemplados por todos.

—¿Qué?

—Lo que has oído: las tres primeras piezas te las dedico, ¿me las concedes?

Se sostuvieron la mirada, y el mundo alrededor de ellos desapareció, tanto que ella dio un paso al frente.

—Duque, ¡vaya a buscar esposa a otra parte!

—Me iré, siempre y cuando me concedas dos piezas más.

—¿Estás intentando molestarme?

—Es mi trabajo.

—Despedido, así me quedo más tranquila.

—Trabajo a jornada completa, como buen encargado.

—Os están mirando todos. —Arthur, aquella noche, había adquirido el poder de aparecer en cualquier sitio sin ser oído.

—Eres peor que un tigre —protestó Aileen—. Además, estamos aquí porque vamos a bailar otra vez.

Arthur los miró a los dos con rostro pálido, las muelas apretadas y los ojos abiertos.

—Nick, sabes lo que eso significa —le advirtió, un tanto molesto con su amigo, y dando esquinazo a su propia hermana—. Con las demás mujeres haz lo que te plazca, pero no con mi hermana pequeña; se merece otro trato y no es con las que se juega. —Su hermano la estaba defendiendo de verdad.

—Lo sé, Arthur, por eso lo hago —rebatió.

—Ándate con ojo, Nick.

—No estoy jugando con nadie.

—Te lo advierto. —Arthur no daba tregua.

—Hola —les dijo a los dos—, estoy aquí. —Ambos hombres la miraron—. Vamos a bailar, Arthur, tranquilo.

—Te observo, Nick, no te olvides.

Arthur salió de la pista de baile y la orquesta, como si no pasase nada, volvió a tocar.

—Así que quieres volver a bailar conmigo. —Nick estaba orgulloso.

—No lo malinterpretes, es el modo de deshacerme de vosotros —espetó—. Céntrate para no pisarme.

Aileen no sabía cómo tomarse la conversación entre ellos; solo quería irse a un sitio tranquilo, fuera de los ojos de las víboras que la observaban con envidia.

Aunque la única mirada que le interesaba era la de Nick, que, durante lo que duró la pieza, le regalaba una caricia que era invisible al resto de los invitados y la hacía temblar de pies a cabeza.

No obstante, a Aileen se le escapaba un detalle crucial: un hecho que marcaba un antes y un después.

Si un caballero pedía a una dama bailar más de dos veces en una misma noche, se interpretaba como una clara intención de cortejo.

Era la forma más evidente de insinuar al resto de la sociedad que el hombre estaba interesado y que el compromiso estaba cerca.

Pero Nick le había pedido tres bailes… ¡Estaban al borde del escándalo!

Y aunque, el tercero se hizo de rogar, —para ilusión de Aileen—, cuando él se acercó para reclamarlo, ella resopló, cansada.

—Te dije que bailaríamos tres veces.

—Muy bien, pero me duelen los pies, las rodillas y las piernas en general… y también los ojos, de tanto tener que verte.

Después de terminar la última pieza con el duque, ella se acercó a su hermana para coger una copa de ponche y respirar cerca de la puerta.

—Quiero irme —le dijo en voz baja a Diana.

—Pues parecías muy contenta hace un momento con él —observó su hermana.

—Hay que disimular, si no pondría cara de col, te lo aseguro. —Terminó el ponche y repitió su palabra favorita en esa noche—: Me aburro.

—No puedes.

—Pues es así.

Cuando Frederick se acercó a Diana para bailar, Aileen aprovechó para salir del salón y recorrer los pasillos de la mansión, que parecía tener miles de puertas: algunas entreabiertas, otras cerradas.

La que estaba abierta era la de la biblioteca, que nada tenía que ver con la que tenía ella en Arundel.

Se conocía cada título de las estanterías, a las que subía, ligera, como si fueran una escalera.

Aquella sala era digna de admiración: las paredes estaban forradas de madera y cubiertas de repisas que llegaban prácticamente del suelo al techo, de donde colgaban cuatro lámparas distribuidas a lo largo de la estancia.

La biblioteca tenía dos secciones, separadas por un arco; al cruzarlo se entraba en una sala de lectura y juego, con naipes y un tablero de ajedrez listo para iniciar una partida.

Era muy fácil imaginarse allí a Nicholas sentado, concentrado en la partida, calculando cuál sería su nuevo movimiento o pensando en la estrategia.

Al lado de la gran chimenea, sobre la que pendía un enorme cuadro de un hombre vestido con elegancia y con todas las condecoraciones, había dos cómodos sillones.

Entusiasmada por probarlos, regreso a la otra parte para fijarse en los títulos: Norte y Sur , de Elizabeth Gaskell; La dama de blanco , de Wilkie Collins; Estudio en escarlata , de Conan Doyle; El crimen de lord Arthur Saville o El Fantasma de Canterville entre otras obras de Oscar Wilde.

¡No sabía cuál escoger!