¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 3
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Capítulo 3

A ileen miraba por la ventanilla del carruaje las calles oscuras de Londres, iluminadas por las farolas, con ese brillo amarillo tan característico.

La luz iluminaba las plazas arboladas de los distinguidos barrios por los que pasaban, donde se reunía la flor y nata de la sociedad inglesa, y la niebla parecía querer apoderarse de ellos, como si envolviera también la ciudad.

Mas, si alzaba la vista, lo cierto era que no podía ver la bóveda oscurecida salpicada por las estrellas.

Era una noche bastante oscura para ser verano.

No obstante, la mente de Aileen estaba en Arundel, el pueblo en el que había crecido, y el único lugar donde sabía que podía ser feliz: en el jardín, el bosque, en el río navegando o nadando en una zona secreta que ni su hermana Diana conocía.

Esa era la vida que le gustaba, tranquila, movida por el sol; no ese ajetreo enloquecido e insoportable que residía en Londres, como un vecino más.

Le producía asfixia, ya que notaba que no podía ser ella misma: tenía que fingir ser una mujer casamentera de alta alcurnia —que sí, lo era—, sin embargo, era mucho más que eso, y a todo el mundo parecía importarle un rábano.

Tenía algo muy claro: su futuro no podía estar vinculado a Londres.

—Alegra esa cara, mi niña —le dijo la tía Lilia, con una dulce sonrisa que remarcaba las líneas de expresión, que, en los últimos años, se habían tornado un tanto más profundas en su blanca y fina piel.

—No me sale, tía. —Esa fue su respuesta.

—Aileen, vamos a una fiesta, no a un velatorio — expresó su queridísima hermana Diana, que esa noche estaba radiante como la luna, que apenas se apreciaba como una esfera luminosa desdibujada a través de la niebla.

—Lo dice mi amada hermana, quien tiene a un conde pisándole los talones. Por cierto, tiene menos encanto que una lagartija al sol —bromeó, aunque esa referencia a Frederick, la decía con mucha firmeza.

Había conocido a ese amigo de su hermano mayor Arthur en una de las fiestas de la temporada, y ese conde, más bien guapo, para ella era demasiado normal, incluso para llamarlo cuñado.

—El joven Frederick está muy enamorado de Diana. —Constance le guiñó un ojo a Aileen—. Y su madre está encantada con esta relación.

—¿Chismorreáis de nosotras con la madre de Frederick? —A Diana aquello la había cogido de sorpresa.

«Te lo dije», Aileen movió los labios para que los leyera su hermana, que abrió más la boca.

—Y no os olvidéis de la madre de Nicholas —apostilló Lilia.

Al oír ese nombre, Aileen soltó un resoplido.

—Sí, muy bien. —Dio por finalizado el tema del duque, otro amiguísimo de su querido hermano—. Me quiero ir a Arundel —anunció, desesperada.

No era nada nuevo, desde que habían asistido a tantas fiestas, Aileen sufría un gran hartazgo de Londres.

—Pronto, no desesperes. —Quiso sosegarla su tía.

—Ya lo estoy.

—Después de esta fiesta, nos iremos en pocos días. —Lilia tampoco le dio una fecha exacta, lo cual sorprendió a Aileen.

Conocía a sus tías: no daban puntada sin hilo y controlaban hasta el más mínimo detalle del calendario.

—Esa información llega tarde —protestó.

—Esta noche veremos al duque. —Lilia no podía esconder su entusiasmo.

A Aileen, esa emoción incontrolada por parte de su tía favorita, no le gustaba un pelo.

—¡Uf! Ese hombre es un mal sueño —musitó, con las muelas apretadas.

—A lo mejor se convierte en un caballero más importante. —Dejó caer Constance, como quien no quiere la cosa.

Al ver que Aileen abría la boca para responder, Lilia se adelantó:

—Puede que sí o puede que no, nunca se sabe. —Se encogió de hombros.

Aileen no se pudo callar.

—Si lo que esperan es que me guste ese hombre o me lo quieren meter por los ojos, van equivocadas y apañadas; es más insoportable que Arthur.

El silencio cubrió el interior del carruaje, pues Aileen podía hacer todo lo imaginable y lo inimaginable para salirse con la suya.

Lo que se calló, con razón y con mucho tiento —algo que su lengua rápida y vivaz no tenía—, era que ese maldito duque era más atractivo de lo que jamás reconocería en palabra: mucho más elegante que Arthur, con un porte señorial y, al mismo tiempo, de guerrero escocés, ya que su familia era de allí de dónde procedía.

Los trajes de tres piezas que siempre utilizaba, se mostraban como una segunda piel, marcando unos brazos fuertes y unas largas piernas.

No era un hombre cualquiera y eso la fascinaba. Empero, no iba a atarse a ninguno por muy «excelencia» que fuera.

¿Lo reconocería?

¡JAMÁS!

***

La mansión del duque de Ravenstone estaba en el elegante barrio de Belgravia, donde su familia se había instalado tras dejar la antigua residencia en Kensington.

Al llegar, se apearon en la puerta de la mansión, que estaba adosada a otros edificios.

Era de tres plantas, con una balconada en el segundo piso.

Las tres columnas que la sostenían formaban un espléndido pórtico, que le daba un aire palaciego y mostraba que aquella propiedad le pertenecía a alguien muy importante.

Lo que menos se esperaba era hacer cola.

—¡¿En serio?! —No pudo acallar la exclamación.

—Sí, niña, han venido muchas familias de sus residencias de campo, solo para acudir a esta fiesta —le contó Constance.

—Yo me voy —afirmó con determinación.

Su hermana no se lo permitió.

—No me dejes sola —le pidió.

Aileen resopló sin hacer ruido. En cambio, las mujeres que tenían delante se giraron.

—Las hermanas Bellesmoke, las joyas de las fiestas. —Aileen no conocía a esa «lady», que se refería a ellas con cierto tono de desprecio, como si fueran lo peor entre la gente que había acudido allí.

«Lo que hace la ambición», se dijo para sus adentros.

Continuó fijándose en ella y en la joven que estaba a su lado, que debía ser su hija, o al menos había llegado a esa conclusión, debido a que las dos tenían el pelo-pollo , nariz muy afilada como la punta de una flecha, y muy marcadas las líneas en sus rostros cuadrados.

—Sí, aquí estamos, Milady. —Constance mantuvo muy bien las formas.

—Vaya, con estas «huérfanas», ya no tenemos nada que hacer; la fiesta pierde encanto. —A ese comentario de su hija, la mujer soltó una risilla nerviosa.

El pie derecho de Aileen se iba a mover, pero Diana la detuvo.

—Quieta —le ordenó sin mover los labios.

La palabra «huérfana» le resultaba insoportable: jamás le había gustado que la llamasen así. Sacaba su genio en cuestión de segundos, y aquel enfado inmenso la hacía sentir que podía perder la cabeza.

—Tranquila, querida mía —le dijo la mujer a su hija, antes de dirigirse a Lilia y Constance—. Vuestras sobrinas no siempre se llevarán al caballo ganador.

—Claro que no —aseguró Lilia, con una sonrisa.

—Eso les pasa a todas —Constance remarcó esa última palabra para molestar a la mujer.

—A veces, no se llega la primera al mercado del matrimonio —finalizó Lilia, dando el golpe de gracia a lo que había dicho Constance.

—Madre, nos llaman mercaderes. —La muchacha parecía ofendida.

—No hagas caso. —Con una sonrisa falsa se giraron, dándoles la espalda.

Aileen, en cuanto se movió la fila, pisó la larga cola de gasa del vestido de la muchacha, que ni se percató de la rotura que se le había hecho. Pero a Diana no le pasó desapercibido.

—¿Qué has hecho? —recriminó, pues no le había gustado aquella acción.

—Nada. —La miró con una sonrisa—. Fíjate en ese agujero.

Aileen se había dado cuenta de que ya tenía rota la cola del vestido antes de pisarla, así que lo que hizo fue darle un empujón a la tela, para que terminase de rasgarse. Eso se lo calló. Diana asintió, no muy conforme con lo que su hermana le había mostrado, pese a quedarse en silencio.

A los pocos minutos, llegaron junto al duque y su madre.

—Inclínate. —Diana ya lo estaba haciendo.

—¡Ay! Estoy cansada.

—Aileen —le advirtió su hermana.

Ella lo hizo a regañadientes, y por ello le quedó muy teatral, tanto que las piernas, debido a la mala posición, parecían que se le quebrarían en cualquier momento.

Empero, nadie lo notaba, gracias a que el vestido lo ocultaba.

Aun así, si uno se fijaba bien en ella, podía notar que los brazos se le dislocarían en cuestión de segundos, que los huesos le quemaban de dolor y que el equilibrio le fallaba.

—Me voy a caer —avisó a su hermana.

—Eso te pasa por hacer la tonta —censuró Diana.

—A lo mejor me caigo y me rompo la nariz —vaticinó.

—Ni se te ocurra.

—Entonces me agarro a ti y así nos caemos las dos —propuso antes de callarse ante la aparición de unas puntas de zapatos masculinos, muy relucientes, y una mano que esperaba a que ella la aceptase.

«¡Ay, no, de verdad!», pensó mientras ponía los ojos en blanco.

—Cógela —le indicó Diana.

Ella así lo hizo, y cuando sus ojos chocaron con los del duque, el tiempo se paró.

Se paró para ambos, aunque lo vivieran en silencio.

El corazón de Aileen tamborileó al verse reflejada en esos ojos, como dos cielos abiertos en mitad de la noche: un lugar donde podía ser completamente feliz, un lugar mágico que, en el fondo, le daba miedo; un sentimiento que debía ocultar ante toda aquella gente a la que no conocía, igual que Nicholas, que era de su agrado.

No obstante, desde que sus caminos chocaron, se había sentido atraída por ese hombre del que quería escapar, ya que intuía que se podía adueñar de su corazón, cuando ella no estaba dispuesta a entregárselo a nadie.

—Aileen —musitó él solo para ellos.

Sus labios y su lengua acariciaron su nombre de un modo que provocó que a ella se le cortase la respiración.

—Sí, así me llaman en casa.

—Aileen. —Si uno posaba los ojos en el duque, lo vería hechizado por esa joven de piel nacarada, ojos grises y pelo rubio que rivalizaba con el sol.

—Va a gastar tanto el nombre que solo me quedará la «n». —No bromeó, estaba siendo sincera.

—Qué simpática. —Poco a poco, sus labios se estiraron en una leve sonrisa.

—Excelencia. —Al notar que alguien le tiraba del vestido, recuperó el protocolo—. Que mal suena —susurró por lo bajo, sin mover los labios.

—¿El qué? —quiso saber él.

«Sí que tiene el oído fino», se dijo para sus adentros.

—Nada —terminó respondiendo.

—Esta noche te auguro que bailarás bastante —comentó el duque con una sonrisa esplendorosa, además de traviesa.

El hecho de que la tuteara, la asustó.

—Ahora tiene dotes adivinatorias. —Aileen ni pestañeó, simplemente ladeó la cabeza ligeramente—. No sabía que era tan ducho en esas artes.

—Soy bueno en todo.

—Habría que verlo, y bueno, con respecto a sus augurios, espero que mi compañero de baile sea mejor que usted, porque, la última vez que bailamos, fue un desastre.

—¿Me retas?

Ella se quedó pensativa.

—Creo que no.

Aileen lo observó y tuvo que reconocer, en silencio, que bajo la luz de las lámparas de araña, estaba muy guapo. Él estaba mirando a la multitud.

—Sonríe —la instó.

—¿Por?

—La gente nos mira. —Aileen estiró los labios y no supo por qué—. Ahora pensarán que te dije algo gracioso.

—Qué engañados están. Usted perdió toda la gracia cuando llegó a este mundo. —Se dio palmadas en la espalda por aquella respuesta.

El duque obvió el comentario para saludar al resto de miembros de la familia, entre ellos un inesperado Arthur que Aileen no supo de dónde había salido, aunque, por una vez, se alegró de que su hermano estuviera allí para entretener a su amigo.

Al juntarse con la multitud, Aileen se vio atrapada por su hermana.

—¿De qué hablasteis? —quiso saber Diana.

Aileen respiró hondo.

—Con un hombre como ese solo puedes mantener una conversación bastante tonta, y si te soy sincera, aburrida.

—Muchacha. —Tía Lilia también apareció a su lado—. El duque te va a conceder muchos bailes esta noche.

—¡Qué bien! —exclamó sin entusiasmo.

En cuanto su tía se alejó, su hermana le fue sincera.

—Aileen, ¿no te das cuenta?

—¿De qué? —Agitó la cabeza agobiada.

—Nicholas es amigo de Fred, y si tú estás con él, ninguno de los dos nos separaría, seguiríamos unidas, no solo por carta, sino así, en persona. —Aquellas palabras de Diana eran ciertas: siempre se habían imaginado al lado de hombres que les permitieran estar unidas, que no las separasen.

Asintió con la cabeza y comprendió que: a veces, el miedo paraliza y lo único que hace es que pierdas oportunidades. Aunque había un problema: ¿estaba segura de querer estar con ese maldito duque?

De pronto, alguien carraspeó a su espalda, y, como si notara que estaban hablando de él, Nicholas se materializó.

—¿Me concede este baile?