Capítulo 2
T res días después.
Londres.
En verano, la actividad social de la capital era bastante escasa; solo las familias que no tenían propiedades en el campo se quedaban aguantando el calor insoportable que hacía en Londres y que no daba tregua…
¡Y con la humedad era peor! Así lo sufrían Lilia y Constance Bellesmoke, que no se separaban ni para dormir de sus fabulosos abanicos, regalo de su queridísimo hermano, quien se los había traído de la India la última vez que viajó a Londres.
Aquella pérdida todavía pesaba en sus corazones.
Pero esa tarde, Lilia había dejado en el sofá a su buen compañero, por un papel sellado. Una carta de lady Blanche, en la cual se daban los motivos por los que la familia no podía dejar Londres, así sin más; la razón era muy buena.
—¿Quieres leer de una maldita vez o es que has perdido la práctica, querida hermana? —inquirió con ironía Constance ante el silencio de Lilia.
—Ya voy —dijo, solemne.
—Se nota —apuntilló por lo bajo apretando los labios.
—Queridas mías —comenzó a leer Lilia—, ya sabía yo que no os podíais ir.
Vamos a dar una fiesta, y Nicholas ha insistido en que vuestras sobrinas acudan…
¡No hizo falta que se lo recordara! Palabras textuales: «Con que venga la familia de Arthur me conformo, luego, invite a quién quiera», así me lo ordenó.
Ya sabéis que mi hijo, el duque, no habla, ordena.
Lilia hizo una pausa que su hermana aprovechó.
—Ese muchacho nunca ha mostrado interés por ninguna dama casadera. —Constance permaneció pensativa. En su interior obligaba a su memoria a traer algún recuerdo que la contradijera.
—No, que yo me acuerde, y, de momento, la sesera no me falla. —Lilia frunció el ceño.
—Para lo que no te conviene —le recriminó Constance—. Pero, en la última fiesta, él pidió tres veces bailar con Aileen y, luego, la estuvo observando.
—¿Y eso…? —Dejó la frase sin terminar para animar a su hermana a finalizarla.
—Lo sé porque no le quitaba ojo de encima a él.
—¿Ahora te fijas en los jovencitos? Qué guardado te lo tenías —bromeó Lilia.
—Cuando quieres, eres muy boba.
—No sé, Constance, decir que Nicholas está interesado por la niña…
—Y, ¿por qué no? —se ofendió.
—Tres bailes, en el fondo, aunque muchas lo consideran una señal de no sé qué, no significa nada —le expuso a su hermana sus dudas.
—Pues, si no es así, buscaremos cómo espabilarlo, y te aconsejo que sigas leyendo.
Lilia asintió con una sonrisa en los labios:
—Pero está evidenciando cierto interés por vuestra sobrina, porque no creo que tenga tantas ganas de ver a Arthur cuando se ven prácticamente todos los días.
Esconde algo, amigas mías, y ese «algo» estoy convencida que es Aileen.
Lo conozco, y cuando insiste, es por algún interés que solo soltará al final.
Como dice Rebecca, y en eso debo darle la razón, ellos no se rinden con facilidad a los encantos femeninos.
Ya sabéis como es Nicholas, no es dado a pedirme nada, y delega en mí los asuntos de las fiestas y ya está (de vez en cuando me recuerda que no olvide a tal familia, pero es rara la ocasión).
Amigas, id poniendo en práctica lo que teníamos ideado, les daremos el empujoncito que necesitan.
No me voy a emocionar más, no vaya a ser… Me despido con un fuerte abrazo.
—¿Ves? Mis observaciones son acertadas —le espetó Constance a su hermana.
—Sí, sí, muy bien, pero ¿has hecho lo que planeamos la última vez? —Quiso saber Lilia, que se sentó, nerviosa, al borde del sofá.
—Por supuesto, solo debo dar la orden. —Constance ladeó ligeramente la cabeza.
—Ya tenemos encauzada a Diana y ahora Aileen…
—Buenas tardes, tías. —Arthur entró con una espléndida sonrisa de oreja a oreja—. Traigo otra invitación de mi buen amigo, el duque de Ravenstone.
—Sí, lo sabemos, su madre nos acaba de escribir invitándonos personalmente. —Con eso, Lilia pretendía fastidiar un poco, solo un poquito, a su sobrino.
—Me parece perfecto —asintió satisfecho, acercándose a ellas—. Creo que es un buen momento para buscarle un posible marido a Aileen.
—Nosotras hemos pensado lo mismo, aunque a lo mejor alguien le ronda y no lo sabes —dejó caer Constance.
Arthur, cuyo flequillo rubio y rebelde le cayó sobre la frente como si aquello que acababa de escuchar no le gustase, se tensó ante las palabras de sus tías.
—¿Qué sabéis? —inquirió con la mandíbula apretada, lo que hacía que se pareciera más a su padre.
—¿Nosotras? —Constance señaló a su hermana y luego a sí misma.
—Nada —respondió Lilia.
—Cómo estéis jugando sin decírmelo…
—Empezaste tú, niño, nosotras estábamos muy tranquilas —le soltó Lilia.
—Yo me encargo del marido de Aileen, y si hace falta, buscaré a ese tal capitán Wentworth y seré su hermano favorito —sostuvo Arthur, seguro de sí mismo.
—Eres su único hermano. —Frunció el ceño Constance, refiriéndose a su sobrina.
Dicho lo cual, las dos hermanas se miraron sin dar crédito a lo que su sobrino estaba dispuesto a hacer, y lo observaban con ojos entornados y cejas enarcadas.
—¿Qué? —Arthur no entendía a sus tías ni esas miradas que le lanzaban.
—Arthur, querido —lo llamó Constance.
—¿Qué pasa ahora? —Se puso una mano en la cadera harto de las artimañas de esas dos.
—¿En serio quieres buscar al capitán Wentworth? —Lilia quiso asegurarse de lo que había escuchado.
—Sí, tía Lilia.
—Vas a tardar toda tu vida en encontrarlo.
—¿Por? —Puso los ojos en blanco, cansado de ese juego.
—Solo lo hallarás si abres el libro de Jane Austen, Persuasión , ¿comprendes? —Su tía Lilia le estaba hablando como a un idiota.
—¿Cómo? —Se quedó petrificado.
—El capitán Wentworth solo existe en esa obra de Jane Austen, es el protagonista masculino, de hecho —le explicó Constance.
—¡Maldita sea, Aileen! —exclamó.
—Tu hermana tiene mucha razón: no sabes nada, aunque aparentes saberlo todo de la vida, y, para colmo, te propones la ardua tarea de buscarle un marido… Muy mal, Arthur, muy mal. —La tía Lilia chasqueó la lengua ante aquella tontuna.
—Por cierto, ya le tenemos un candidato, y lo conoces muy bien. —Le asestó la tía Constance cuando aún no se había recuperado de saber que el capitán Wentworth solo existía en la ficción.
Arthur agitó la cabeza, apabullado.
—¿Lo conozco? —No podía reaccionar tan rápido a las noticias.
—¡Uy, sí! Muy bien, además —confirmó tía Lilia las palabras de su querida hermana.
—Ese tono no me ha gustado —le advirtió a su tía. Él era el cabeza de familia.
—¡Qué susceptible! —exclamó Lilia.
—Me da igual lo que digan. —Levantó los brazos para indicar que no era culpable—. Le buscaré a alguien.
—Estás hablando de tu hermana en unos términos que no me gustan. —A Constance nunca le agradó que él hablase de sus hermanas como si se tratase de mercancía—. Muchachito, te digo una cosa y quédate con ello: de tu esposa nos encargamos nosotras.
Arthur, después de mirarlas, prorrumpió en grandes risotadas y se marchó dejándolas solas.