¡Maldito duque, busca esposa en otra parte! (Bellesmoke 2) Capítulo 1
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Capítulo 1

V arios meses antes.

Londres.

Nicholas, duque de Ravenstone, estaba en el club más antiguo y exclusivo de Londres, White’s , sentado en uno de sus estilosos sillones de piel, y en la misma mesa de siempre, a la espera de la llegada uno de sus mejores amigos—algo muy difícil de decir y encontrar entre la alta aristocracia del país—, pues, aunque muchos consideraban que la ambición, la envidia y todo ese compendio de pecados se juntaban en las mujeres, entre algunos grupos de hombres también bullían.

Callado, saludaba a quien pasaba por su lado, o a quien se le adelantaba nada más verlo, siempre con esa inclinación de cabeza tan servil y diciendo en un tono fingido: «excelencia».

Él disfrutaba, pues su presencia los obligaba a tener que saludarlo y que se bajasen los pantalones.

Más, en esos instantes, tener que salir de sus pensamientos para saludar a unos y otros lo estaba molestando más de lo que creía, porque no le permitían centrarse en lo que le gustaba, más bien deseaba, aunque la aparición de Frederick lo mantuvo en la realidad.

Desde su asiento, contempló el nerviosismo de Fred: jugueteaba con el sombrero o se aflojaba el nudo del pañuelo que tenía enlazado en el cuello. Daba la sensación de que le oprimía.

«Lo puede aflojar, es sencillo», barruntó para sus adentros.

Jamás lo había visto así. Por ello, se olvidó de esas paredes forradas en madera, que brillaban bajo la luz que desprendían las lámparas que pendían de los altos techos y que, a veces, hacía que cualquiera se pudiera sentir en casa, sobre todo, si uno estaba solo en la estancia.

Esa noche no era el caso. Cuando su amigo reparó en su presencia se dirigió presto hacia él.

—¡Buenas noches! —lo saludó Frederick, que parecía sobreexcitado.

—No sé si son muy buenas para ti. —Frunció el ceño, escrutándolo con detenimiento.

—¿Por qué lo dices? —Su amigo puso cara de susto.

—No paras de aflojarte el nudo del cuello.

—¡Ah, eso! —Fred se sentó tras desabrochar algunos de los botones de su chaqueta—. Tenemos que hablar. —Fue directo al grano.

—Bien, dime. —Nick no dejaba de observarlo.

Se conocían desde que eran niños, cuando habían entrado en Eton, donde también coincidieron con Arthur Bellesmoke, y desde entonces eran inseparables.

Tanto fue así, que muchos profesores los castigaban o los felicitaban a los tres, ya no solo a uno, e incluso hubo un maestro de matemáticas, que Nick siempre recordaba entre risas, porque para algunos experimentos —como probar caca de paloma—, los había bautizado como «la triple calavera».

Pero jamás había visto a su amigo tan nervioso.

Lo estaba pasando mal de verdad y a Nick ya le picaba la curiosidad—. ¿Qué es eso que te inquieta?

—Verás, sé que a ti te gusta Diana…

—Cierto.

—Maldita sea mi estampa. —Maldijo su amigo, que se puso más intranquilo.

—¿Por? —No entendía a qué venía aquello, aunque una sonrisa se le dibujó en los labios al imaginar a qué se debía el trago de su amigo.

—Vale, lo digo y ya: me he enamorado de ella. —Nick parpadeó varias veces en su dirección—. ¿No vas a decir nada?

—Ya lo sé —afirmó, tranquilo.

—Sé que puede sonar a traición… —Ahí estaba el problema que angustiaba a Fred.

—Fred, lo sé y no me importa —lo interrumpió.

—¿De verdad?

—No estoy ciego, os he visto. Sé que los dos estáis enamorados, se nota y no me importa; no estoy enfadado y no lo considero una traición. El amor no puede serlo, y menos el vuestro, que se nota que no es de este mundo. Es de esos que llaman… ¿Cómo dicen? —Chasqueó los dedos—. Amor verdadero.

—Entonces…

—No hay problema.

—¿De verdad?

—Parece mentira que no me conozcas. —Cogió su vaso de whisky escocés para tomar un trago—. Jamás podría enfadarme por eso y tampoco me interpondré. Eso sí sería una traición.

Fred respiró más tranquilo.

—Me has quitado un peso de encima.

—No te preocupes. —Le sonrió de modo socarrón, como si tuviese a alguien en la cabeza, y le guiñó un ojo—. Yo tengo un nuevo pasatiempo.

—¿Cuál es ese pasatiempo que te ocupa la mente, amigo mío? —Se escuchó, sobresaltándolos. Arthur, que apareció de la nada, cogió a su amigo el duque de los hombros por detrás del asiento.