Capítulo 27
«La turmalina negra, asentada en el umbral del hogar, disipa los recelos y afirma los compromisos verdaderos; enseña que cuando la verdad se declara sin temor, la rutina cotidiana se convierte en el refugio más seguro».
Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .
D arragh estaba tras el mostrador de recepción, organizando una pila pesada de libros de historia local que varios estudiantes habían devuelto esa misma tarde.
Registraba cada ficha en el sistema con la pistola de código de barras y oía el pitido metálico del escáner en medio de la quietud del edificio.
Cada poco levantaba la vista hacia el reloj de pared junto al archivo; faltaban diez minutos para las seis.
Los últimos días habían transcurrido en una tranquilidad compartida.
Desde el lunes por la mañana, la dinámica entre los dos se había asentado con un orden natural.
La confusión de las semanas anteriores había desaparecido por completo.
Ya no había dudas sobre qué llamada hacer a última hora de la noche, ni excusas elaboradas para coincidir en el centro de Kilkenny, ni torpeza a la hora de despedirse en la calle.
Sean cumplía su palabra con una exactitud que a Darragh le arrancaba una sonrisa contenida.
A las seis en punto, su coche aparcaba en la calle lateral del edificio.
Darragh lo veía cruzar el recibidor con su abrigo oscuro, sacudiéndose las gotas de agua del pelo antes de avanzar por el pasillo central de parqué.
Al principio, Darragh había temido que la presencia continua de Sean molestara a Mary, conocida en toda la plantilla por su rigor con el horario y su poca paciencia con las visitas ajenas al trabajo.
Pero el cambio en ella había sido directo y evidente.
El lunes, cuando vio entrar a Sean con dos vasos de café para llevar, saludando en voz baja, apenas levantó la vista de sus papeles.
El martes le dedicó una inclinación de cabeza al cruzarse con él cerca del pasillo de microfilm.
Esa misma tarde le había regalado una sonrisa franca desde su puesto tras el mostrador de préstamos, con un gesto breve de la mano antes de volver a sus carpetas.
Sean llegó a la barra con las manos en los bolsillos del pantalón.
—Buenas tardes, señor bibliotecario —saludó, inclinándose sobre la madera para darle un beso en la mejilla.
—Buenas tardes —respondió Darragh, dejando la pistola a un lado para mirarlo de frente—. Te estás volviendo demasiado puntual. Mary va a acabar poniéndote un sello en la entrada.
—No me tientes, que pido un pase permanente de visitante —bromeó Sean, apoyando los antebrazos en la superficie de roble—. Vengo a por nuestro acuerdo del mediodía. Me debes una confirmación.
Darragh sonrió. A la hora del almuerzo, mientras compartían un plato de sopa en la cafetería de al lado, Sean había vuelto a sacar el tema de su clase en el instituto.
Llevaba meses pidiéndole que diera una charla a sus alumnos, y Darragh siempre se había escabullido con excusas de vergüenza o falta de preparación.
—Está bien, me rindo —concedió, con las manos en las caderas—. Acepto dar la charla el mes que viene. Pero esto es extorsión.
Sean soltó una risa breve y limpia.
—Es colaboración entre profesionales. Mis alumnos necesitan escuchar a un experto de verdad.
—No cuela —replicó Darragh, señalándolo con el índice—. Esto son privilegios de novio. Cuando solo éramos amigos especiales me negué tres veces y lo aceptaste sin rechistar. Ahora resulta que no puedo decirte que no a nada.
—Han cambiado los estatutos de la relación —sentenció Sean con una sonrisa abierta—. Los derechos cambian, y los beneficios también. Y no te veo con ganas de protestar por los beneficios.
Darragh se inclinó sobre el mostrador y le rozó los labios en un beso breve, que dejó a Sean buscando un segundo contacto que Darragh esquivó con una maniobra rápida, señalando con la cabeza la zona de fichas.
En los últimos días apenas se habían separado unas horas para trabajar.
El lunes durmieron en el piso de Darragh, cenando juntos y leyendo en el salón hasta bien entrada la medianoche; el martes se trasladaron a casa de Sean, donde la rutina de levantarse juntos, preparar el desayuno a cuatro manos y buscar las llaves a toda prisa ya se sentía como la norma.
Alternar entre los dos pisos no respondía a ningún plan, sino al deseo simple de estar cerca, sin importar de qué lado de la ciudad quedara la cama esa noche.
—Acepto los nuevos términos —murmuró Darragh—. Pero vas a tener que ayudarme con las diapositivas de la clase.
—Hecho —prometió Sean—. Me encargo de la presentación y del transporte.
—Eso espero, porque tus alumnos son capaces de comerme vivo si dudo un segundo con una fecha.
—Te aseguro que te van a escuchar con atención —dijo Sean con firmeza—. Llevo semanas hablándoles del archivo de la ciudad y de lo mucho que se puede aprender aquí si se sabe dónde buscar.
Darragh miró los rasgos de Sean, apreciando la calma que transmitían. La sensación de urgencia que los había acompañado durante semanas había desaparecido por completo, y había dejado en su lugar un entendimiento mutuo que no necesitaba explicaciones ni disculpas.
—¿Tienes muchas cosas que recoger antes de cerrar? —preguntó Sean, echando un vistazo a la pila de libros que aún quedaba en la esquina de la mesa.
—Solo devolver estos tres tomos al estante de historia local y apagar el terminal —explicó Darragh—. Diez minutos y soy libre.
—Te espero por aquí —dijo Sean, retrocediendo un paso hacia la zona de los ficheros de madera—. No tengo ninguna prisa.
Darragh volvió a la tarea con manos ágiles, disfrutando de la presencia de Sean al otro lado del mostrador, una figura familiar que ya formaba parte de su espacio diario sin causar sorpresa ni ocultamientos.
—Vaya. Ha llegado tu amigo especial a buscarte —dijo una voz a sus espaldas.
Brian salía de la zona de depósitos empujando un carro metálico cargado de tomos encuadernados en piel. Tenía una expresión burlona, después de haber observado la escena desde la esquina del pasillo.
Darragh se giró despacio y se apoyó en la balda de recepción mientras Sean saludaba a Brian con la mano desde su sitio. Tomó aire y miró a su compañero con una mezcla de firmeza y diversión.
—Brian, por favor, actualiza tu vocabulario de una vez —dijo con tono claro—. Ya no es mi amigo especial. Es mi novio.
Brian soltó una carcajada que resonó por las bóvedas de la biblioteca y que hizo que dos usuarios de la mesa de lectura levantaran la cabeza, molestos. Tuvo que apoyarse en el manillar del carro para no perder el equilibrio y se tapó la boca con una mano, intentando amortiguar el ruido.
—¡Al fin! —exclamó, señalando a Darragh con el dedo—. ¡Al fin lo dices en alto! Pensaba que me jubilaría en este mostrador antes de oírte pronunciar esa palabra sin atascarte.
—No exageres —protestó Darragh, cruzándose de brazos e intentando mantener la cara seria—. Lo acordamos el sábado pasado. Antes de eso, era verdad que solo éramos amigos en una situación un poco particular. Estábamos aclarando las cosas.
Brian negó con la cabeza, riéndose otra vez.
—¿El sábado? ¿Me dices en serio que hasta el sábado erais solo amigos especiales?
—preguntó, buscando la complicidad de Sean—.
Darragh, lleváis tres meses mirándoos de un modo evidente cada vez que coincidíais en el mismo metro cuadrado.
Y tú llevabas semanas con una cara de enamorado que se veía desde la puerta de entrada.
¿Y pretendes que me crea que el cambio fue el sábado por la tarde?
—Técnicamente fue antes del desayuno —puntualizó Sean, disfrutando del apuro de Darragh con los brazos cruzados sobre el pecho.
—¡Lo ves! —exclamó Brian, dando un golpe suave en el canto del mostrador—. Tenía razón. He ganado diez euros gracias a vosotros dos.
Darragh resopló, aunque la sonrisa se le escapó sin remedio.
—No me puedo creer que hayas hecho una porra —dijo, cogiendo la chaqueta del perchero que había tras la barra.
—Me alegro de verdad por los dos. Ya era hora de que dejarais los rodeos y aceptarais lo que veía todo Kilkenny.
—Gracias, Brian —dijo Sean, dando un paso hacia él para darle una palmadita en el hombro—. Aunque esta noche no nos van a dejar disfrutar de la tranquilidad de la pareja oficial.
—¿Por qué? —preguntó Darragh.
—Clara mandó un mensaje hace media hora —explicó Sean, mirándolo con resignación divertida—.
Finn, Jamie y Peter están en el pub de la esquina y han reservado la mesa del fondo.
Dicen que hay que celebrar que la noticia ya es pública y que no aceptan excusas.
Así que esta noche toca cenar todos juntos.
—Ven con nosotros, Brian —ofreció Darragh—. Si no hay cita romántica, cuantos más, mejor.
—Me parece justo —opinó Brian, burlón—. Pagáis el peaje social por habernos tenido en vilo semanas con vuestras dudas.
—No eran dudas, eran tiempos de adaptación —aclaró Darragh, abrochándose la chaqueta.
—Llamarlo adaptación es ser muy generoso con vosotros mismos —replicó Brian—, pero igualmente, me apunto.
Sean sonrió y se acercó a Darragh mientras este recogía sus cosas y se ajustaba la correa de la bandolera de cuero. Le rodeó la cintura por detrás con un brazo, pegó el pecho a su espalda y apoyó la barbilla en su hombro, sin importarle ni Brian ni nadie que pudiera pasar por el corredor central.
—Cumplimos con ellos un par de horas en el pub —murmuró al oído de Darragh, en tono bajo y firme—, pero en cuanto terminemos de cenar nos vamos a mi piso. Y a partir de ese momento, la noche es solo nuestra.
Darragh ladeó la cabeza, buscando la mirada de Sean, que aguardaba a pocos centímetros de su cara.
—Me parece la mejor propuesta del día —respondió en un susurro, apretando la mano de Sean sobre su cintura.
Brian carraspeó desde el otro lado del mostrador, girando el carro hacia la zona de lectura.
—Ahorraos las escenas de película hasta cruzar la puerta de la calle, que sigo en horario laboral y no me pagan por aguantar vuestras muestras de afecto —bromeó, aunque en su cara se veía un afecto sincero.
—Nos vemos en un rato —se despidieron entre risas, y echaron a andar juntos hacia la salida.
Darragh empujó la puerta, dejando atrás el silencio de las salas de lectura y el olor a papel viejo.
Al cruzar el umbral, Sean abrió un paraguas grande de tela oscura y lo sostuvo sobre los dos, pasándole el otro brazo por los hombros para pegarlo a su costado mientras avanzaban a buen paso por la acera de piedra hacia el pub.