Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 26
93%

Capítulo 26

«El ámbar dorado, madurado al amparo del hogar, resguarda la lealtad de los afectos; enseña que la dicha no busca esconderse en la sombra, sino celebrarse alrededor de la mesa con aquellos que caminan a nuestro lado».

Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .

E ra tarde cuando Darragh terminó de cerrar la cremallera de su bolsa de viaje. Hacía un par de horas que habían salido de la cama, y el piso conservaba esa atmósfera tibia y tranquila que dejan los primeros días de una relación.

Sean esperaba en la puerta del dormitorio, apoyado en el marco con los brazos cruzados y una sonrisa tranquila. Llevaba una camiseta gris limpia y el pelo todavía húmedo de la ducha que habían compartido antes de vestirse.

—¿Lo tienes todo? —preguntó, señalando la bolsa con la cabeza.

—Tengo ropa para hoy, para el domingo y un conjunto completo para ir el lunes a la biblioteca directamente desde tu casa —respondió Darragh, levantando la bolsa con una mano mientras repasaba mentalmente la lista—. Cargador del móvil, un par de libros... Creo que no me dejo nada.

—Cepillo de dientes no necesitas. El que usaste esta mañana en mi casa ya es tuyo.

—Entonces, menos peso —dijo Darragh, sacando el neceser de la bolsa para dejarlo sobre la cómoda.

—Perfecto. Porque, una vez que cruces la puerta de mi piso, no pienso dejarte salir hasta la semana que viene —sentenció Sean.

Se acercó dos pasos, cogió la bolsa de la mano de Darragh y la dejó en el suelo, y ocupó enseguida el espacio libre pasándole un brazo por la cintura para atraerlo contra su pecho.

Darragh apoyó la barbilla en su hombro y suspiró, con una satisfacción profunda.

—¿Sabes? Eso no suena para nada a amenaza —bromeó.

—¿Y si te prometo que te esclavizo en mi cama? —le siguió el juego Sean.

—Eso suena incluso mejor.

Salieron del edificio sin prisa y fueron en coche hasta el de Sean, un paseo corto. Darragh dejó la bolsa en una esquina del dormitorio principal sin dudar de qué armario usar ni dónde colocar sus cosas, instalándose en la rutina del lugar con decisión.

En la cocina, Sean sirvió dos vasos de agua fresca y se apoyó en la encimera mientras Darragh se sentaba en uno de los taburetes altos.

—Estaba pensando una cosa —comentó Darragh, dando un sorbo y mirándolo con un destello divertido—. A estas horas mi madre ya habrá llamado por lo menos a tres vecinas, a mi tía y, con total seguridad, a tu madre. Y esta no tardará ni cinco minutos en mandárselo por escrito a Clara.

Sean soltó una carcajada que resonó en la cocina.

—Tienes toda la razón. Si dejamos que la radio patio de nuestras madres se encargue de contar la historia, mañana por la mañana en Kilkenny dirán que nos hemos casado en secreto.

—Exacto —asintió Darragh, sonriendo—. Y no es por asustarte, pero Clara es Clara. No quiero que se enfade conmigo porque no le he contado que me he ligado a su hermano.

Sean se rio.

—¿O que yo me he ligado a su mejor amigo?

—Dejémoslo en tablas —propuso Darragh con un guiño—. Así que, si queremos ser nosotros quienes le demos la noticia, sugiero que lo hagamos esta misma noche.

—¿Una cena improvisada de sábado? —Sean levantó las cejas con entusiasmo—. Me parece una idea fantástica. Además, no tenemos nada en la despensa que lleve tres horas de cocina, como el domingo pasado.

—Ni se te ocurra ponerte a hacer pasta fresca otra vez —bromeó Darragh—. Pedimos unas pizzas a la pizzería del centro, compramos cerveza y que vengan a casa.

Sin perder un segundo, Sean sacó el móvil del bolsillo y abrió el chat del grupo, donde estaban Clara, Finn, Jamie y Peter.

Escribió un mensaje rápido y directo; «Convocatoria urgente de sábado en mi piso a las ocho y media.

Hay pizza, cerveza fría y una noticia que dar. No acepto excusas de agenda».

La respuesta no se hizo esperar. En menos de tres minutos, el teléfono empezó a vibrar sin parar sobre la barra de la cocina.

—Clara dice que viene volando y que trae el postre —leyó Sean en voz alta, repasando las notificaciones—. Finn confirma que se pasa directamente en cuanto acabe de entrenar. Y Jamie y Peter cancelan la partida de dardos del pub para no perdérselo.

Darragh se levantó del taburete, rodeó la barra y se plantó frente a Sean, con las manos en sus caderas.

—Pues oficializamos la convocatoria —dijo, levantando la vista hasta los ojos de Sean—. Esta noche se acaba el secreto.

Sean le devolvió la mirada con infinita ternura, le tomó la cara entre las manos y le dio un beso firme y pausado.

—¿De verdad crees que era un secreto?

A las ocho y media en punto sonó el timbre. Cuando Darragh abrió la puerta, el grupo completo esperaba en el descansillo, cargado con bolsas de hielo, botellas de sidra, un par de packs de cerveza negra, una caja de aperitivos salados y otra de la panadería del pueblo.

Clara encabezaba la comitiva con su chaqueta de cuero y esa sonrisa afilada tan suya.

Detrás venía Finn, con las manos metidas en los bolsillos de la cazadora y gesto divertido, y los inseparables Jamie y Peter, discutiendo acaloradamente sobre qué combinación de ingredientes era la mejor para una pizza de masa fina.

—¡Abran paso al comité de emergencia! —anunció Clara, colándose en el recibidor sin esperar invitación y dejándole a Darragh un beso rápido en la mejilla antes de reparar en su bolsa de viaje, que seguía a la vista junto a la entrada del dormitorio.

Arrugó la nariz con picardía, pero decidió guardarse el comentario para más tarde.

—Buenas noches a todos —saludó Sean, saliendo de la cocina con un abrelatas y una bandeja de vasos—. Pasad al salón, que las pizzas llegan en diez minutos.

El grupo se acomodó en el salón con la familiaridad de quien ha compartido docenas de veladas en ese mismo sofá.

Jamie y Peter se adueñaron de los sillones y abrieron dos cervezas de inmediato, mientras Finn se sentaba en un extremo del sofá.

Clara, con esa energía arrolladora suya, se instaló en la alfombra sobre un cojín, con la espalda contra las piernas de Finn de un modo tan natural que Sean y Darragh se miraron.

El timbre sonó de nuevo minutos después, con la llegada del repartidor y cuatro cajas grandes de pizza que llenaron el salón de un aroma irresistible a queso fundido, orégano y albahaca. Sean las abrió sobre la mesa baja del centro, rodeada de vasos y botellas.

Darragh se sentó en el sofá junto a Sean. La cercanía entre ellos ya no guardaba la distancia prudente de las semanas anteriores. Sus hombros se rozaban con soltura y la mano de Sean descansaba abierta sobre el respaldo, rozándole de vez en cuando la nuca.

—Bueno —intervino Jamie, cogiendo una porción de pepperoni y mirándolos a los dos con absoluta curiosidad—.

Habéis convocado una reunión de urgencia un sábado por la noche, nos habéis chantajeado con comida y tenéis unas caras de satisfacción bastante sospechosas.

¿Se puede saber cuál es la gran noticia?

Darragh miró a Sean con un impulso cálido en el pecho. Se aclaró la garganta, buscó la mano de Sean sobre el sofá y entrelazó los dedos con los suyos a la vista de todos.

—Queríamos contároslo nosotros antes de que la maquinaria de rumores de nuestras familias haga su trabajo —empezó, con voz serena y firme—. Sean y yo estamos juntos. Oficialmente. Ya no hay amigos especiales, ni excusas para cenar, ni rodeos. Somos pareja.

Hubo un silencio de dos segundos en el salón, en el que Darragh llegó a contener el aliento por puro reflejo. Pero la reacción del grupo no fue de sorpresa estupefacta, sino una oleada simultánea de risas, aplausos y miradas exasperadas.

Clara se llevó las manos a la cabeza, soltó una carcajada teatral y se dejó caer hacia atrás sobre las rodillas de Finn.

—¡Por fin! ¡Aleluya! ¡El milagro de Kilkenny ha ocurrido!

—exclamó con ironía victoriosa, levantando su vaso de sidra—.

¡Llevamos tres meses aguantando vuestras miradas de cordero degollado, vuestras excusas para no salir en grupo y vuestros paseos a solas!

¿De verdad creíais que nos estabais dando una exclusiva mundial?

Peter soltó una risotada y señaló a la pareja con un trozo de pizza.

—Amigos, con todo el cariño del mundo, sois las dos últimas personas de esta ciudad en enteraros de que estabais juntos. Hasta Brian, en la biblioteca, tenía hechas apuestas sobre qué día ibais a dejar de hacer el ridículo.

—Oye, un respeto al proceso —se defendió Sean entre risas, apretándole la mano a Darragh—. Queríamos hacer las cosas bien y tomarnos nuestro tiempo.

—¿Tu tiempo? —intervino Finn, sonriendo desde el sofá con esa socarronería tranquila que manejaba tan bien—. Sean, llevas tres semanas apareciendo por la biblioteca a deshoras, con la excusa de buscar libros de historia local que no has leído en tu vida. Se te notaba a kilómetros.

Darragh notó un calor repentino en las mejillas, aunque se le escapó una risa limpia al ver la cara de circunstancias de Sean, pillado en falta.

—Vale, lo admito —concedió, levantando su botella en señal de rendición—. Lo de disimular no ha sido nuestro fuerte. Pero hoy hemos estado en casa de los padres de Darragh, se lo hemos contado a ellos y queríamos que vosotros fuerais los primeros en saberlo de forma oficial.

La mención de los padres de Darragh hizo que Clara abriera los ojos de par en par y se incorporara de golpe.

—¿Se lo habéis dicho a mi madre y a la tuya? —preguntó, fascinada—. Dios mío, así que eso explica las once llamadas perdidas que tengo en el móvil.

—¿No le has devuelto las llamadas? —preguntó Sean, desconcertado.

—¡Oye! Estaba absorta en mi arte y luego se me ha olvidado —se excusó ella.

El resto de la velada fue una fiesta. La pizza voló de las cajas entre bromas sobre los primeros amagos de citas de la pareja y brindis continuos por la nueva etapa.

Con la pareja ya sin secretos, cambió la energía del grupo, la tensión mal disimulada de las semanas de dudas se había disuelto y dejaba sitio a una camaradería sólida y llena de cariño.

A medida que avanzaba la noche, Darragh se fijó en los detalles.

A su lado, Sean no perdía ocasión de buscar su contacto con un roce de rodillas bajo la mesa baja, una mano en el muslo mientras comentaban una broma, miradas cómplices que no necesitaban palabras.

Pero no era el único que se había dado cuenta de cómo estaba el ambiente en el salón.

Al otro lado de la mesa, la complicidad entre Clara y Finn era cada vez más evidente.

Finn, que solía ser el más reservado del grupo, escuchaba cada historia de Clara con una sonrisa, le retiraba el vaso vacío cuando ella se descuidaba y dejaba que apoyara el brazo en su rodilla mientras se reía de las ocurrencias de Jamie.

Sean frunció el ceño al notarlo y clavó la vista en la mano de Finn, que acababa de colocar con delicadeza un mechón rebelde detrás de la oreja de su hermana.

Darragh se inclinó hacia su oído y susurró con sorna.

—Ya te dije el viernes que esos dos van a su ritmo. No pongas cara de hermano mayor protector, que te conozco.

Sean ladeó la cara para mirarlo, esbozó una sonrisa derrotada y le besó la mejilla.

—No digo nada. Bastante tengo con lo mío como para meterme en los asuntos de mi hermana.

Hacia la medianoche, los invitados empezaron a recoger sus cosas. Jamie y Peter fueron los primeros en despedirse, con abrazos calurosos para los dos, y después Finn y Clara, que se marcharon juntos bajo el fresco de la noche.

Al cerrarse la puerta, el silencio volvió de golpe a la casa, cargado de una calidez reconfortante. Sean fue hacia la mesa del salón para recoger los vasos vacíos y las cajas de pizza dobladas, pero Darragh lo detuvo, agarrándolo de la muñeca.

—Déjalo para mañana —pidió con suavidad.

Sean se giró, le rodeó la cintura con los dos brazos y lo atrajo hacia su cuerpo en mitad del salón en penumbra.

—Ha sido una gran noche —murmuró, apoyando la frente en la de Darragh.

—La mejor —coincidió este, pasándole los brazos alrededor del cuello.

Sean lo besó con lentitud, un beso dulce y sin prisas que sellaba la celebración de la velada y la certeza de que el futuro que tenían por delante lo construirían juntos, paso a paso y a la vista de todo el mundo.