Epílogo
«El cuarzo rosa, colocado en el centro de la estancia principal, bendice las uniones sinceras; recuerda que el verdadero amor no solo construye un refugio para dos, sino que extiende su calidez a todos los que comparten su mesa».
Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .
E l sonido constante de las cintas de embalar y del choque de cajas de cartón llenaba el salón de la casa nueva.
En una calle tranquila, a medio camino entre la biblioteca municipal y el instituto, la vivienda de dos plantas con jardín trasero se había convertido en el proyecto común de Darragh y Sean.
En la planta baja no había un minuto de descanso. Jamie y Peter salían por la puerta del porche cargando entre los dos un mueble pesado de roble, mientras Brian ajustaba una pila de tres cajas con la etiqueta Historia Local para dejarlas junto a la estantería del pasillo.
—Si llego a saber que la colección de libros de Darragh pesaba tanto, me habría quedado en la biblioteca haciendo inventario —se quejó con una sonrisa, dejándose caer sobre una caja vacía para tomar aire.
—No te quejes, Brian, que a ti te ha tocado la parte fácil —intervino Finn desde la cocina, saliendo al salón con una caja de herramientas en la mano y las mangas de la camiseta remangadas.
Clara apareció justo detrás, con dos botellas de agua fresca. Se detuvo a su lado y, sin dudarlo, le tendió una mientras le pasaba una servilleta de papel por la frente para secarle el sudor.
—Toma, para que no digas que te explotamos —dijo con una sonrisa amplia y abierta.
El gesto, tan natural como evidente, no pasó desapercibido para nadie. Peter, que volvía del jardín con las manos en los bolsillos, soltó un silbido bajo que provocó la risa inmediata de Jamie.
—Vaya, vaya —bromeó Peter, mirando a la pareja—. Parece que el servicio de asistencia personalizada funciona a pleno rendimiento hoy.
—Cállate, Peter —respondió Clara, aunque se le subió un leve rubor a las mejillas, mientras Finn sonreía de lado y guardaba la herramienta en el bolsillo del pantalón sin apartarse ni un paso de su costado.
En un rincón del salón, cerca de la ventana que daba al jardín, Deirdre y Feargal conversaban con Bridget, la madre de Sean. Las dos mujeres miraban la escena de la mudanza con vasos de limonada en las manos y la cara llena de satisfacción.
—Míralos —susurró Bridget, señalando con la cabeza a Clara y Finn, que discutían entre risas sobre cómo montar una estantería—. Esos dos están a punto de caramelo. No tardarán ni dos semanas en darnos la noticia.
—Te lo dije el mes pasado —asintió Deirdre con orgullo—. Se les nota en cada gesto.
Deirdre desvió la mirada hacia el centro de la sala, donde Darragh y Sean intentaban colocar el sofá frente a la chimenea de piedra.
Sean rodeaba la estructura con los brazos mientras Darragh le daba indicaciones sobre la distancia exacta a la pared.
Cuando el mueble quedó encajado en su sitio, Sean se giró hacia él, le tomó la cara entre las manos y le dio un beso afectuoso en la frente, le arregló un mechón revuelto y lo abrazó un momento.
—Es un sueño verlos así —comentó Bridget con voz suave—. Mira cuánto se quieren y cómo se cuidan. Da gusto ver la tranquilidad que tienen desde que están en esta casa.
—Se han encontrado de verdad —coincidió Deirdre, dando un sorbo a su vaso—. Y esta casa va a ser el sitio perfecto para ellos.
Cuando cayó la tarde, los amigos y los familiares se despidieron, después de dejar las últimas cajas en las habitaciones que les correspondían. La puerta se cerró y un silencio cómodo envolvió la casa.
El salón olía a madera recién pulida, cera y cartón. La luz de fuera se filtraba por las cortinas recogidas y dejaba ver las estanterías ya llenas de libros y las plantas junto al ventanal del jardín.
Darragh caminó despacio por la estancia, descalzo, disfrutando del tacto de la madera del suelo bajo los pies. Se detuvo junto al sofá que horas antes habían colocado entre todos.
Sean salió de la cocina con dos tazas de té humeante. Las dejó sobre la mesa baja de roble y se acercó a Darragh por la espalda, rodeándole la cintura con los brazos y apoyando la barbilla en su hombro.
—Se acabó la mudanza —murmuró cerca de su oreja.
Darragh echó la cabeza hacia atrás y se apoyó por completo en el pecho firme de su novio.
—Se acabó —repitió, con un suspiro lleno de paz—. Ya estamos instalados.
Sean lo giró despacio entre sus brazos hasta tenerlo de frente. Lo miró con un amor evidente, recorriéndole el rostro con la yema del pulgar, desde el pómulo hasta la comisura de los labios.
Se sentaron juntos en el sofá recién estrenado. Sean se acomodó en la esquina y Darragh se recostó a su lado, con las piernas sobre las suyas y pegado a su costado. Sean le rodeó los hombros con un brazo y lo atrajo todavía más.
Darragh levantó la vista y buscó su boca. Se besaron despacio, con un beso profundo, lleno de la certeza de los meses compartidos y de los años que tenían por delante, sin prisas, saboreando el calor del té y la calma de su propio hogar.
—Te quiero, Sean —susurró Darragh, acariciándole la nuca con los dedos.
Sean sonrió contra sus labios y le apretó la cintura para mantenerlo pegado a él.
—Te quiero, Darragh —respondió con voz firme y serena—. Bienvenido a nuestro hogar.
—Es perfecto. Ahora solo nos queda llenarlo de vida.
—¿Te refieres a niños?
Darragh se rio.
—Algún día. Ahora mismo me refería a un gato.
Sean arrugó el ceño.
—Soy más de perros —confesó.
—No se hable más, tendremos un perro y un gato —zanjó Darragh, muy serio.
Sean lo atrajo hacia sí para besarlo.
—Suena maravillosamente bien —concedió.