Capítulo 24 #2
Feargal se acercó a la mesa, se sirvió un vaso de agua y apoyó una mano firme pero cariñosa en el hombro de su mujer para frenar el discurso.
—Como sigas mareándolos con la panadería y con Bridget, se les van a enfriar los scones. Déjalos desayunar tranquilos.
—El desayuno tiene una pinta increíble, Deirdre —intervino Sean con soltura, cogiendo un bollo para abrirlo por la mitad y untarle mermelada de frambuesa—. Con esta bienvenida da gusto madrugar los sábados.
—¿Ves qué educado es este chico? —comentó Deirdre, dándole un toque cariñoso a su hijo en el hombro antes de sentarse por fin con ellos—. Deberías aprender un poco de él, querido.
El desayuno transcurrió en un ambiente cálido y animado.
Hablaron del ritmo de trabajo en la biblioteca, de la reorganización de la sección de historia local que supervisaba Mary, de los últimos chismes del vecindario y de las reformas que Feargal estaba haciendo en la parte de atrás de la casa.
La soltura con la que Sean se integraba en la mesa familiar, respondiendo a las bromas de Deirdre y siguiendo las explicaciones técnicas de Feargal, hizo que cualquier resto de nervios de Darragh desapareciera.
Cuando acabaron de recoger la mesa entre todos y de poner el lavavajillas, Feargal anunció que iba a aprovechar que la mañana seguía despejada para salir al jardín trasero a reparar unos soportes de madera y podar los rosales antes de que apretara el frío.
—Si no te importa que te ayude, te echo una mano con la madera —se ofreció Sean al instante, arremangándose—. Con dos pares de manos es más fácil nivelar las estacas.
—Te lo agradezco, hijo —aceptó Feargal, complacido—. Esos postes de pino pesan más de lo que parece, y a mi espalda le vienen de maravilla las ayudas.
Los tres salieron al terreno trasero. El jardín era amplio y estaba cuidado con esmero por los padres de Darragh, con el césped bien cortado y varios arriates de flores junto a las vallas de madera.
Durante la hora siguiente se entregaron al trabajo manual al aire libre.
Mientras Feargal marcaba los puntos donde irían las nuevas estructuras para las plantas trepadoras, Sean sostenía las vigas con fuerza y manejaba el mazo con una precisión envidiable.
Darragh se encargó de despejar la zona, recortando las ramas secas con las tijeras de podar y recogiéndolas en un cubo.
La compenetración entre Sean y su padre era fluida y natural. Hablaron de herramientas, de tipos de madera y del mantenimiento de la casa, con un respeto mutuo que se notaba. Feargal observaba la buena disposición y la fuerza de Sean con una aprobación silenciosa que no necesitaba grandes elogios.
Cuando colocaron el último soporte y comprobaron que la estructura quedaba firme, Feargal se limpió la tierra de las manos con un trapo viejo y contempló el resultado con satisfacción.
—Ha quedado perfecto —declaró, volviéndose hacia Sean para mirarlo a los ojos—. Trabajas muy bien, hijo. Da gusto tenerte por aquí.
—Un placer. Cuando necesites mover algo pesado, solo tienes que decírmelo —respondió Sean con una sonrisa sincera.
En ese momento se abrió la puerta del porche y Deirdre apareció con una bandeja con una jarra de limonada casera y cuatro vasos de cristal.
—Aquí tenéis algo fresco para recuperar fuerzas —anunció, dejando la bandeja en la mesa de teca del patio—. Y bien, ahora que habéis terminado con el bricolaje, ¿me vais a contar de una vez qué pasa entre vosotros dos o tengo que llamar a Bridget otra vez para que me ponga al día?
Feargal suspiró con gesto divertido y cogió uno de los vasos.
—Deirdre, por favor, no seas pesada. Déjalos tranquilos.
Darragh miró a Sean. Estaba a su lado, con la sudadera manchada de tierra en el costado, el pelo despeinado por el viento de la mañana y los brazos cruzados sobre el pecho.
En su mirada no había ni rastro de duda, incomodidad o reserva.
Solo una certeza serena y abierta que conectaba directamente con lo que él mismo sentía por dentro.
La etapa de las disculpas, de las excusas ridículas para dormir en la misma habitación, de las llamadas a deshoras y del escudo de ser amigos había quedado definitivamente atrás. Ya no hacía falta medir los gestos ni disimular ante la gente que mejor los conocía.
Darragh dio un paso hacia Sean, estiró el brazo con naturalidad y entrelazó sus dedos con los de él a la vista de sus padres. Sean respondió al instante, apretándole la mano con firmeza.
—No hace falta que llames a nadie, mamá —dijo con voz clara, firme y tranquila—. Estamos juntos. Sean es mi novio.
Un breve silencio flotó en el jardín antes de que Deirdre se llevara las manos a las mejillas y soltara una exclamación de pura euforia.
—¡Lo sabía! ¡Estaba segurísima! —gritó, lanzándose a abrazar a los dos a la vez y apretándolos contra su pecho, de forma sofocante, pero con un cariño auténtico—. ¡Ay, qué alegría! Se lo tengo que decir a Bridget ahora mismo.
Feargal sonrió abiertamente, se acercó y le estrechó la mano a Sean con fuerza antes de darle un abrazo afectuoso a su hijo.
—Me alegro muchísimo por los dos —dijo con sinceridad—. Hacéis una pareja estupenda. Ya era hora de que os dierais cuenta de lo que los demás veíamos desde hacía meses.
Sean miró a Darragh y le apretó un poco más la mano entrelazada mientras compartían una sonrisa cargada de felicidad. Con la confirmación ante la familia, lo suyo quedaba sellado, ya no había vuelta atrás, eran una pareja de verdad, sin reservas ni secretos.
—Supongo que ya no hace falta que se lo contemos a mi madre —bromeó Sean, con una sonrisa divertida.