Capítulo 24
«La sodalita azul, templada bajo el aliento tibio del amanecer de un sábado, deshace los nudos de la prudencia; nos enseña que la verdad no requiere grandes discursos, sino el valor de pronunciar palabras sencillas frente a quienes mejor nos conocen».
Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .
D arragh emergió del sueño poco a poco, envuelto en una sensación de calidez y en un peso que tardó unos segundos en ubicar.
El brazo firme de Sean le rodeaba la cintura con una posesión tranquila y le pegaba la espalda contra su pecho bajo el edredón.
La respiración pausada de Sean le golpeaba la nuca, y el contraste entre el frío de la habitación y el calor compartido bajo las sábanas hacía que levantarse pareciera una locura.
Se giró despacio sobre el colchón, para no deshacer el abrazo, hasta quedar de frente.
Sean dormía con la cara completamente relajada, los rasgos suavizados por el descanso y unos mechones despeinados sobre la frente.
Darragh se quedó unos minutos en silencio, mirándolo.
Recordó la tensión de las semanas anteriores, las dudas, los malentendidos ridículos y esa conversación pendiente que por fin había saltado por los aires y le había abierto la puerta a algo nuevo que los dos deseaban.
Todo aquello parecía extrañamente lejano, eclipsado por la evidencia de estar allí, juntos, en la misma cama y sin defensas de por medio.
Levantó una mano y le recorrió con la yema del índice la línea de la mandíbula, donde empezaba a despuntar la barba de un par de días. Sean arrugó un poco la nariz antes de entreabrir los ojos. Tardó un segundo en enfocar, pero en cuanto reconoció a Darragh le regaló una sonrisa perezosa.
—Buenos días —musitó, con la voz rasgada por el sueño.
Sin esperar respuesta, acortó la poca distancia que los separaba, buscó su boca y le dio un beso lento. Darragh le devolvió el gesto pasándole una mano por la nuca y enredándole los dedos en el pelo revuelto.
—Buenos días —respondió cuando se separaron apenas un par de centímetros—. Siento ser yo quien se cargue este momento, pero es sábado.
Sean soltó un gruñido ahogado y volvió a esconder la cara en el cuello de Darragh, apretándole la cintura.
—El sábado no existe hasta las doce de la mañana —murmuró contra su piel, dejándole un par de besos breves en la clavícula—. Y menos hoy.
—Para mi familia, el sábado existe desde las ocho —corrigió Darragh, divertido, aunque sin ningún intento real de soltarse—.
Ya sabes que desayuno con mis padres. Si no aparezco a la hora de siempre, mi madre empezará a mandarme mensajes, luego llamará a tu hermana y acabará presentándose en mi piso con la llave de repuesto, pensando que me ha pasado algo grave.
Sean levantó la cabeza despacio, apoyándose en un codo, y lo miró con un destello de curiosidad y decisión.
—Pues la solución es muy sencilla, voy contigo.
Darragh arqueó una ceja, escéptico.
—¿Vas a venir a casa de mis padres un sábado a las nueve de la mañana?
—Claro que voy. Ni que fuera la primera vez —protestó Sean, incorporándose un poco más—. Además, si te dejo ir solo después de haber pasado la noche aquí, tu madre va a pensar que soy un impresentable. Y, por otro lado, no tengo ninguna gana de separarme de ti tan pronto. ¿Algún problema?
—Ninguno —admitió Darragh, con una risa corta—. Pero mi padre te pondrá a trabajar, y si mi madre me ve llegar contigo, con tu ropa y esa sonrisa de satisfacción, el interrogatorio será peor que el de la última vez.
—No me importa ayudar a tu padre, y tu madre puede preguntar lo que quiera —sentenció Sean con soltura, apartando el edredón para salir de la cama sin la menor timidez—.
Lo único que necesitamos es buscarte algo que ponerte, porque lo que llevabas ayer huele a pub de pies a cabeza.
Y de paso le damos munición a tu madre —añadió con un guiño.
Darragh se rio, medio avergonzado, y se quedó recostado un momento contra el cabecero, mirando la espalda de Sean mientras caminaba hacia el armario. Era increíble lo mucho que había cambiado su relación en apenas unas horas.
Sean abrió el armario, rebuscó en los cajones de abajo y sacó un pantalón de chándal de algodón gris, una camiseta azul oscuro y una sudadera con capucha.
—Toma —dijo, lanzándole el montón sobre el colchón—. Con esto es imposible que tu madre no se dé cuenta de que no es tuya —bromeó.
Darragh recogió las prendas, que olían a detergente fresco mezclado con el perfume habitual de Sean.
—Pero antes, vamos a ducharnos —pidió Sean, con una sonrisa traviesa.
—Suena bien.
Entraron juntos en el baño, un espacio no muy grande donde la cercanía era inevitable.
Mientras el agua caliente empezaba a correr y llenaba el ambiente de vapor, Sean se colocó detrás de Darragh, frente al espejo.
Le rodeó la cintura con los brazos, apoyó la barbilla en su hombro y miró sus reflejos juntos.
—Tengo muchas ganas de ver cómo te queda mi ropa —murmuró, dándole un beso suave en la curva del cuello.
—Me quedará grande —respondió Darragh con una sonrisa, ladeando la cabeza para dejarle sitio.
Se metieron juntos bajo el agua caliente.
La ducha se convirtió en un rato de caricias pausadas y bromas compartidas.
Sean le ayudó a aclararse el jabón de la espalda, aprovechando cada movimiento para no quitarle las manos de encima.
Darragh se giró entre sus brazos, apoyó las palmas en su pecho mojado y lo buscó para un beso profundo, rodeado por la lluvia del agua y el vaho que cubría los azulejos.
—De verdad, como sigamos a este ritmo, vamos a llegar a la hora del almuerzo en lugar de al desayuno —murmuró contra sus labios, intentando poner un mínimo de distancia, aunque sin soltarle los hombros.
—Valdrá la pena la bronca de tu madre —respondió Sean, con una sonrisa, y le dio un último beso breve en la barbilla antes de cerrar el grifo.
Se secaron deprisa, acabaron de vestirse, se lavaron los dientes y recogieron un poco.
Darragh se calzó las zapatillas de la noche anterior, que contrastaban de forma curiosa con el chándal de Sean, y se ajustó la sudadera.
Sean cogió las llaves del piso y las del coche y la cartera.
Salieron a la calle, donde el aire fresco de la mañana de Kilkenny los recibió de golpe y les quitó los últimos restos de sueño.
El trayecto en coche duró apenas quince minutos. Sean condujo relajado, con una mano en el volante y la otra, en cada parada y en cada tramo recto, sobre el muslo de Darragh. No necesitaban hablar mucho; la radio sonaba de fondo y la comodidad entre los dos llenaba el habitáculo.
Sean aparcó en la acera, frente a la casa de los padres de Darragh.
—Si no nos delata la ropa, lo hará haber venido en coche y no corriendo como siempre —comentó Darragh.
Sean se rio.
—Ya has hecho bastante ejercicio —dijo con tono pícaro.
Bajaron del coche entre bromas y apenas habían recorrido la mitad del camino hasta la entrada cuando la puerta principal se abrió de golpe.
Deirdre apareció en el umbral con un delantal de cocina sobre la ropa de estar en casa y una expresión de expectación que delataba que llevaba un buen rato vigilando la calle desde la ventana.
—¡Lo sabía! ¡Sabía que no vendrías solo! —exclamó con voz alegre, saliendo al porche antes de que llegaran al felpudo.
Sin darles tiempo a saludar, se abalanzó sobre Sean y lo envolvió en un abrazo efusivo que lo pilló por sorpresa, aunque enseguida la rodeó con los brazos, riéndose.
—Hola, señora Murphy —saludó cuando ella se separó un poco—. Perdone que me presente sin avisar a primera hora.
—¡Qué sin avisar ni qué historias! ¡Esta es tu casa, faltaría más! Y te pedí que me llamaras Deirdre —le recordó, dándole dos besos sonoros antes de volverse hacia su hijo para repetir el proceso—. Darragh, mi amor, pasad dentro.
Desde el pasillo apareció Feargal con paso tranquilo, las gafas de lectura en una mano y un periódico doblado en la otra. Observó la escena de la entrada con una sonrisa serena y divertida, negando con la cabeza ante el entusiasmo de su mujer.
—Mujer, por el amor de Dios, déjalos cruzar la puerta antes de someterlos a una recepción oficial —pidió con voz pausada—. Vas a conseguir que Sean salga corriendo antes de probar el café.
—No digas tonterías —respondió ella, agitando una mano mientras los guiaba hacia la cocina grande de atrás—.
Sean no se asusta tan fácilmente, ¿verdad, querido?
Además, ¿a que no sabéis con quién hablé ayer por teléfono a última hora de la tarde?
—No esperó a que nadie contestara—. Con Bridget, la madre de Sean.
Darragh y Sean se cruzaron una mirada rápida en mitad del pasillo. Darragh tuvo que morderse el labio para no soltar una carcajada, al recordar el encuentro casual en la panadería del domingo anterior.
—Me contó Bridget que os vio el otro día en la panadería del centro —siguió, poniendo el hervidor al fuego a toda prisa y sacando de la despensa una bandeja de scones recién hechos, mantequilla, mermelada y bollos de pasas—.
Dijo que estabais charlando tan a gusto, que estabais guapísimos y que se le quedó una sonrisa en la cara todo el día.
Desde ayer llevaba esperando a ver cuándo se os ocurría aparecer por aquí.
—Mamá, por favor, solo coincidimos cinco minutos en la panadería mientras desayunábamos —protestó Darragh, sentándose en una de las sillas de la mesa grande de madera mientras Sean se acomodaba a su lado.
—Sí, claro, solo cinco minutos —insistió ella, mirándolos con divertida fijeza mientras ponía delante de ellos las tazas humeantes—.
A mí no me vengáis con cuentos, que os conozco a los dos desde que erais unos críos y os dedicabais a jugar al fútbol en el jardín y a dejarme el recibidor lleno de barro.
Hay caras que una madre reconoce a leguas, y la que traéis hoy no es de haber estado jugando al fútbol.