Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 23
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Capítulo 23

«El cuarzo rosa, expuesto al calor de una vela carmesí en el espacio del descanso, disuelve las últimas barreras del pudor; enseña que el cuerpo reclama su propio lenguaje cuando las palabras resultan insuficientes para nombrar la devoción».

Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .

El camino del pub al edificio de Sean transcurrió entre el fresco de la noche otoñal y el calor residual de las cervezas de la cena. Darragh caminaba al lado de Sean con las manos hundidas en los bolsillos del abrigo, a un paso tranquilo que dejaba claro que ninguno tenía prisa por acabar la noche.

—Se ha hecho más tarde de lo que pensaba —comentó Darragh, ya cerca de casa de Sean, que era la que quedaba más cerca del pub.

—No tiene sentido que cojas un taxi a estas horas —respondió este, señalando su edificio con la cabeza—.

Además, los amigos se quedan a dormir en casa de otros amigos.

Darragh sonrió. La excusa, dicha con esa picardía con la que le quitaba importancia a cada avance, flotó entre ellos.

Asintió y lo siguió hasta el apartamento.

Al entrar, su anfitrión se quitó el abrigo, lo colgó en el perchero y echó a andar por el pasillo que llevaba a las habitaciones, dejando que Darragh lo siguiera tras colgar su propia chaqueta.

—La habitación de invitados está sin limpiar desde la semana pasada —dijo Sean, señalando de pasada la puerta entornada del cuarto pequeño antes de entrar en su dormitorio—.

Cambié esta mañana las sábanas y la cama es lo bastante ancha para que no nos peleemos por el sitio.

El bibliotecario aceptó sin la menor resistencia, perfectamente consciente de que el pretexto de la habitación de invitados formaba parte del juego.

Se quitó los zapatos y el jersey y los dejó doblados en la silla del rincón junto con el pantalón, quedándose en camiseta y ropa interior.

Sean lo miraba desde el borde del colchón mientras se desvestía con calma, y Darragh se fijó en la anchura de sus hombros.

Cuando los dos se metieron bajo el edredón, el calor de la tela los envolvió como un abrazo.

Si pensar demasiado en lo que estaba haciendo, se acomodó de lado, frente a Sean, que tenía la cabeza en la almohada a pocos centímetros de la suya.

—A veces me pregunto cuánto tiempo más vamos a seguir usando estas excusas para acabar en la misma cama —susurró, recorriéndole la mandíbula con la yema del índice.

—El que haga falta, mientras el resultado sea este —respondió Sean, atrayéndolo por la cintura para pegarlo a su cuerpo.

El contacto de sus pieles a través de la fina tela de las camisetas desató una chispa que transformó el ambiente.

Sean buscó los labios de Darragh con un beso profundo que no dejó espacio para las dudas.

La lengua de Sean exploró la boca de       Darragh con una firmeza apasionada, encontrando una respuesta inmediata que hizo que los brazos de este se anudaran en torno a su cuello.

Sus manos descendieron por su espalda, colándose bajo el borde de la camiseta para acariciar su piel cálida.

Un gemido bajo escapó de la garganta de Darragh cuando los dedos de Sean presionaron la carne firme de sus caderas, impulsándolo a buscar un contacto más íntimo entre sus piernas.

Rompiendo el beso, Sean se quitó la camiseta por la cabeza y ayudó a Darragh a deshacerse de la suya.

El roce directo, la vibración de cada respiración agitada y el calor que emanaban sus cuerpos aceleraron el ritmo de los latidos de ambos.

Darragh rodó sobre su espalda, arrastrando a Sean consigo hasta situarlo encima.

Este se apoyó sobre los codos, contemplando su rostro pecoso con una mirada cargada de deseo que eliminó el último vestigio del acuerdo platónico que habían trazado semanas atrás.

Descendió con una lluvia de besos por el cuello de Darragh, demorándose en la clavícula y descendiendo por el pecho hasta rodear los pezones con rozaduras breves de los labios que hicieron que arqueara la espalda sobre el colchón.

—Sean —musitó, clavando las uñas con fuerza contenida en los hombros del otro.   Sin responder bajó más por la superficie del abdomen, usando la mano derecha para deslizar la prenda interior de

Darragh hacia abajo a lo largo de los muslos hasta liberarlo por completo de la tela.

La virilidad de Darragh, erguida y palpitante por la excitación acumulada, quedó expuesta ante su mirada.

Ansioso por tocarle, envolvió la base del miembro de Darragh con la palma de la mano, aplicando una presión constante que provocó un suspiro ahogado en la garganta de su compañero.

A continuación, inclinó la cabeza para tomar la cabeza del miembro en su boca, saboreándole.

Darragh echó la cabeza hacia atrás contra la almohada, cerrando los ojos mientras la calidez y la humedad de la cavidad bucal de Sean lo rodeaban con una destreza abrumadora.

Sean comenzó un movimiento ascendente y descendente, alternando la presión de los labios con el trabajo de la lengua sobre el frenillo y la corona del glande.

La succión, rítmica y cada vez más firme, arrancó de Darragh pequeños jadeos que resonaron en la penumbra del cuarto.

Sean introdujo una mayor porción de la carne en su garganta, acomodando el ritmo a las sacudidas involuntarias de las caderas de Darragh, que buscaban ahondar el contacto instintivamente.

Con la mano libre, le acarició los testículos, sopesando su tibieza y estimulando la zona del perineo con pases continuos que llevaron a Darragh al borde del precipicio.

—Dios, Sean... no pares —suplicó, pasando los dedos entre los cabellos de este para guiar el compás sin entorpecer la entrega.

Sean intensificó el ritmo de la succión, usando la mano en la base para multiplicar las sensaciones a cada embestida de la boca.

El placer recorrió la espina dorsal de Darragh como una descarga eléctrica, hasta que la tensión acumulada en su pelvis alcanzó el punto de no retorno.

Con una sacudida amplia de las piernas y una exclamación ronca que nombró a Sean en la oscuridad, liberó su semilla en borbotones cálidos que colmaron la boca de su compañero.

Sean acogió cada oleada con devoción, tragando el fruto de la entrega sin apartarse hasta que los espasmos remitieron y el miembro empezó a perder rigidez entre sus labios.

Ascendió de nuevo por el cuerpo de Darragh para depositar un beso húmedo y profundo en su boca, permitiendo que saboreara la huella de su propio placer sobre su lengua.

Darragh le acarició las mejillas con ambas manos, contemplando la satisfacción dibujada en los ojos del hombre que lo sujetaba.

—Ahora te toca a ti —dijo con la voz rasgada por la intensidad del momento.

Invirtió las posiciones en la cama, empujando a Sean con delicadeza sobre las sábanas para despojarlo de la última prenda de ropa que le quedaba.

Su erección se alzó firme y altiva contra su vientre, demandando la misma dedicación que él acababa de ofrecer.

Darragh se situó entre sus piernas, posando las manos en la cara interna de los muslos para separarlos.

Lo miró a los ojos antes de descender, depositando un beso reverente en la raíz del miembro antes de envolver el glande con la boca.

Sean dejó escapar un gruñido profundo al sentir el contraste de la saliva fresca contra su piel abrasada por el deseo.

Darragh trabajó con dedicación minuciosa, usando la lengua para trazar círculos en el orificio superior antes de deslizar la boca hacia abajo hasta cubrir casi la totalidad de la longitud del miembro.

El movimiento combinó la succión envuelta con un juego diestro de la mano que sujetaba la base, adaptando la velocidad a los jadeos cada vez más veloces de Sean, quien aferró las sábanas con ambas manos, levantando la cadera del colchón para acomodarse a cada embestida bucal que Darragh le regalaba.

Aceleró el vaivén al percibir la rigidez máxima en los músculos abdominales de Sean.

su garganta acogió las arremetidas finales con una soltura perfecta, estimulando la cabeza del miembro con la superficie del paladar hasta que Sean emitió un gemido prolongado que brotó desde lo más profundo de su pecho.

La eyaculación llegó en impulsos potentes que le llenaron la boca.

Exhausto, pero visiblemente dichoso, se deslizó hacia arriba a lo largo del cuerpo de Sean, apoyando el rostro en el hueco de su cuello mientras ambos intentaban recuperar el ritmo normal de la respiración.

Sean rodeó la espalda desnuda de Darragh con ambos brazos, pegándolo a su pecho en un abrazo apretado que no dejaba lugar a dudas sobre la naturaleza de la unión que acababan de consumar.

—Supongo que mañana tendremos que pensar una excusa nueva para explicar por qué no dormimos en cuartos separados —murmuró, con una sonrisa que se le notaba en la voz.

—Mañana pensaremos lo que sea —respondió Darragh, besando la piel tibia de su cuello antes de cerrar los ojos—.

Esta noche ya no nos quedan excusas que inventar.

Entre las sábanas revueltas, abrazados y con el calor de la piel compartida, los dos acabaron rindiéndose al sueño en las primeras horas de la madrugada.