Capítulo 22
«El ojo de tigre, dispuesto junto a la cera de una vela dorada en las vísperas del fin de semana, protege la solidez de los lazos recién creados; enseña que la verdadera constancia no exige promesas solemnes, sino la alegría de encontrarse al caer la tarde».
Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .
B rian apiló los libros devueltos en el carro metálico con una lentitud calculada, mirando de reojo hacia la entrada de la biblioteca antes de volverse hacia Darragh, que terminaba de sellar las fichas de registro en la mesa de recepción.
—«No es mi novio, Brian» —comentó con retintín, imitándolo y apoyando las manos en el mostrador, sin disimular la burla —. Pues resulta que en los últimos cuatro días ese chico ha aparecido por aquí más que el personal de limpieza.
Darragh levantó la cabeza del montón de documentos, con un leve calor en las mejillas que prefirió ignorar mientras guardaba el sello de tinta en el cajón.
—No lo es —replicó con voz serena, que no convenció en absoluto a su compañero—. Somos amigos especiales, que es un concepto totalmente distinto.
Brian soltó una carcajada baja que resonó en el pasillo central, ya vacío a diez minutos del cierre.
—Amigos especiales que quedan todos los días al salir del trabajo para tomar un café, una cerveza o cenar en el pub —recapituló, contando con los dedos y negando con la cabeza—. Si eso es solo amistad, el resto de los mortales estamos haciendo las cosas mal.
—Tú no vienes todos los días, no puedes saberlo.
Brian le puso mala cara.
—De acuerdo. Quedamos todos los días.
—Ya me parecía a mí.
A Darragh se le escapó una sonrisa al recordar la rutina que habían construido desde aquel domingo en que cocinaron juntos.
Se había asentado con una facilidad asombrosa.
Sean buscaba cualquier hueco a media mañana para saludarlo brevemente, o aparecía por la tarde.
Aquella presencia constante había desatado una competición disparatada entre los hermanos, con Clara y Sean disputándose la agenda de Darragh para ver quién se sentaba con él a la mesa al final de la jornada.
Entre el lunes y el jueves, Darragh había cenado dos noches a solas con Sean en su piso y una tercera en el pub, con Clara de acompañante, que se había empeñado en no cederle todo el terreno a su hermano.
—Me alegro por ti, Darragh. Hacía muchísimo que no te veía llegar con esa cara a primera hora de la mañana.
Darragh guardó silencio mientras ordenaba los bolígrafos en el cubilete, para no parecer nervioso. Hablar de Sean todavía lo alteraba, y estaba seguro de que le seguiría pasando durante mucho tiempo.
El sonido de la puerta principal anunció a las visitas que marcaban el final del turno. Al asomarse por encima del mostrador comprobó que esta vez no era un visitante solitario, sino casi todo el grupo, que venía a dar la bienvenida al fin de semana.
Sean encabezaba la marcha con un abrigo oscuro y una bolsa de papel de la que salía un olor apetitoso a masa recién horneada.
A su lado venía Clara, discutiendo con él animadamente sobre qué mesa elegir en el local de la esquina, y un par de pasos por detrás, Finn, sonriente, con las manos en los bolsillos de su chaqueta de lana.
—Parece que hoy no vas a poder estar a solas con tu amigo especial —comentó Brian, marcando las palabras—. Hoy tienes overbooking .
Darragh dejó el puesto y salió a recibirlos. Los tres esperaban a que Mary terminara de apagar las luces centrales de la sala.
—Hemos firmado una tregua por ser viernes —anunció Clara en cuanto lo tuvo a tiro, abrazándolo rápidamente con el frío de la calle todavía pegado a la chaqueta—. Mi hermano pretendía raptarte otra vez para llevarte a su casa a cenar, pero Finn y yo hemos votado que hoy toca salida general.
—No pretendía raptar a nadie —se defendió Sean, acercándose a Darragh para rozarle el costado con la mano antes de darle un beso rápido y cálido en la mejilla—. Solo sugerí que se estaba mucho mejor en mi sofá que pasando frío en el pub.
—Pues has perdido tres a uno —intervino Finn, guiñándole un ojo a Darragh mientras se apoyaba en una estantería—. He salido del trabajo con una sed terrible y no pienso volver a mi piso sin una pinta y algo de cenar.
Darragh miró la escena con una calidez en el pecho que le quitó de golpe el cansancio de la semana. La facilidad con la que Sean se integraba en las bromas con su hermana, y la naturalidad con la que Finn aceptaba la nueva cercanía entre ellos, confirmaban que las piezas habían vuelto a encajar.
—Dadle dos minutos a Mary para que acabe de cerrar y nos vamos —dijo, mirando a Sean con ganas de averiguar qué guardaba en el envoltorio—. ¿Se puede saber qué has comprado ahí?
—Aperitivos para hacer tiempo mientras nos dan mesa —respondió Sean, guiñándole un ojo con esa complicidad que ya ni se molestaban en disimular—. Para que veas que pienso en el bienestar del grupo, aunque me hayan reventado el plan a solas.
Los cuatro recorrieron las dos manzanas que separaban la biblioteca del pub donde solían quedar los fines de semana.
Para ser viernes a primera hora de la noche, el local estaba bastante lleno, y tuvieron que sortear a la multitud hasta encontrar una mesa alta libre cerca del fondo, lejos del bullicio de la barra.
Sean dejó la bolsa de papel con los bollos salados sobre la madera barnizada, mientras Finn y Clara iban a por la primera ronda. Darragh aprovechó para quitarse la chaqueta y colgarla en el respaldo de la banqueta.
—Se te ve cansado —observó Sean, dando un paso hacia él para recolocarle el cuello del jersey con un roce pausado de los dedos.
—Ha sido una semana intensa —respondió Darragh, dejando que la cercanía de Sean le soltara la tensión de los hombros—. Mary ha decidido reorganizar la sección de historia local y nos ha tenido moviendo tomos desde el martes.
—Pues vas a dejar que te invite a cenar para compensar el esfuerzo —dijo Sean, rozándole el brazo justo antes de que sus amigos volvieran con las pintas.
Finn dejó las jarras sobre la mesa con cuidado de no derramar la espuma y reservó una copa de sidra para Clara, que se había sentado en el taburete de al lado.
La conversación fluyó enseguida con el ritmo alegre de las salidas de los viernes.
Sin embargo, según avanzaba la noche, la dinámica del grupo empezó a mostrar matices que a Sean no se le escaparon.
Que Darragh y él buscaran el contacto era lo normal, un roce de rodillas bajo la mesa, miradas que se alargaban dos segundos de más, el modo en que cada uno buscaba la reacción del otro antes de contestar a cualquier broma.
Lo que Sean no esperaba era descubrir una tensión parecida, aunque más sutil, al otro lado de la mesa.
Su hermana se inclinaba hacia delante para escuchar lo que Finn contaba sobre un incidente en su clase y se reía con un entusiasmo que superaba con creces la gracia del relato.
Y Finn, que solía mantener una actitud distante y reservada con casi todo el mundo, le prestaba a Clara una atención absoluta; le retiraba el vaso vacío para hacerle sitio, se aseguraba de que estuviera cómoda en la banqueta y la miraba a los ojos con una fijeza que no empleaba con nadie más.
Sean frunció un poco el ceño mientras bebía de su jarra y veía cómo Finn sacaba una servilleta para limpiar una gota de sidra caída cerca de la mano de Clara.
—¿A ti no te parece que esos dos están raros? —murmuró, acercándose al oído de Darragh mientras los otros discutían qué raciones pedir.
Darragh ladeó la cara y le sonrió con tranquilidad, como quien ya lo había notado más de una vez.
—Llevan así un par de meses —reveló en voz baja—. Solo que hasta ahora estabas demasiado ocupado pensando en mí como para fijarte en los demás —le picó.
—Mi hermana siempre ha sido transparente cuando alguien le gusta —admitió Sean, sin apartar la vista de Finn—. Lo que me sorprende es él. Ese hombre tarda seis meses en memorizar el nombre de un desconocido y ahora parece un caballero de la Regencia, pendiente de cada gesto.
—Finn aprecia a Clara más de lo que deja ver —replicó Darragh, dándole un empujoncito con el hombro para devolverlo a la realidad—. Y no hace falta que te cuente lo que siente Clara por él.
En ese momento, la protagonista de la conversación golpeó la mesa con la palma de la mano para captar la atención de ambos.
—Si habéis terminado de cuchichear, me gustaría saber si vais a pedir las patatas con queso o si tengo que decidirlo yo sola —protestó, melodramática.
—Pide las patatas y las alitas picantes —intervino Finn antes de que Sean pudiera responder—. Sé que te gustan las alitas, y yo me encargo de las que te dejes.
Clara lo miró con un destello de sorpresa que se transformó enseguida en una expresión risueña.
—Vaya, resulta que el señor retraído se sabe mis gustos culinarios —lo provocó, apoyando la barbilla en la mano sin dejar de mirarlo.
—Me sé los gustos de la gente que hace suficiente ruido como para no pasar desapercibida —respondió Finn, con un tono seco que no engañaba a nadie.
Sean levantó las cejas y miró a Darragh con puro asombro ante el intercambio.
—A este paso resultará que mi hermana tiene más pretendientes en este pub que el propio Darragh —comentó en voz alta, cogiendo uno de los bollos salados de la bolsa.
—No te pongas celoso por tu puesto, hermanito —se burló Clara, cogiendo otro bollo—. Darragh ya te ha dado el pase VIP para toda la semana. Deja que los demás disfrutemos de la buena compañía.
—Yo no he dado ningún pase VIP —puntualizó él, intentando no reírse—. Solo he dicho que acepto invitaciones a cenar si la comida merece la pena.
—Pues la cena del martes en mi casa mereció la pena —reclamó Sean, pasando un brazo por detrás de la banqueta de Darragh para apoyarlo en el respaldo—. Te hice una tortilla que requirió una destreza técnica impecable.
—Quemaste la parte de abajo y tuviste que rasparla con un cuchillo antes de servirla —recordó Darragh con precisión milimétrica.
Finn soltó una risotada.
—Veo que la vida doméstica os sienta de maravilla —comentó, y le ofreció a Clara la última servilleta limpia del dispensador—. Toma, que te has manchado el dedo con la salsa.
Clara cogió el papel, rozando los dedos de Finn con una lentitud deliberada que hizo que él se aclarara la garganta antes de dar otro trago largo a su cerveza. Sean los observó en silencio, comprendiendo que el grupo entraba en una etapa nueva, en la que las complicidades se multiplicaban.
—Bueno —dijo, levantando su jarra hacia el resto de la mesa—. Por un fin de semana tranquilo y por los cambios a mejor.
Todos chocaron sus vasos y la velada siguió entre risas y cuchicheos.