Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 21
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Capítulo 21

«La aventurina verde, cuando se expone a la primera luz del domingo, despeja las sombras de las viejas dudas; nos recuerda que los nuevos comienzos no requieren grandes gestos, sino la valentía de compartir el pan y la calma del presente».

Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .

D arragh apuró el último trago de café mientras veía a Sean terminar de untar mantequilla en una rebanada de pan. Habían salido temprano de casa para aprovechar el domingo y habían caminado sin rumbo hasta dar con una pequeña panadería que tenía libre la mesa del rincón.

La conversación, que giraba en torno a la cena de la noche anterior, recuperó la soltura que ambos echaban de menos.

Cada vez que se cruzaban sus miradas, Sean buscaba con el pie el de Darragh bajo la mesa, y los dos sonreían sin disimular.

La calidez del beso en el recibidor seguía flotando entre ellos, aunque el acuerdo de ir sin prisas marcaba un ritmo tranquilo para cada gesto.

Darragh estiró los dedos para coger un trozo del bollo que había pedido Sean cuando el sonido metálico de la puerta anunció a un cliente nuevo. Al mirar por encima del hombro vio entrar a la madre de Sean, con una bolsa de tela colgada del brazo, buscando el mostrador para encargar el pan del día.

Sean notó la rigidez de Darragh antes de girarse y descubrir a su madre.

—Esto sí que no me lo esperaba —murmuró, entre divertido y avergonzado.

A la mujer le bastó un vistazo al local para dar con la mesa donde estaban.

Se le iluminó la cara de una alegría tan auténtica que no dejó lugar a dudas.

Conocía a Darragh desde niño, por ser el amigo inseparable de su hija Clara, y le tenía un cariño especial.

Siempre había soñado con verlo en la familia, y si no podía ser con Clara, con Sean le parecía perfecto. Lo importante era que se quedara.

Se acercó con paso rápido, repartió besos en las mejillas de los dos y les preguntó un rato por el trabajo en la biblioteca. Luego recogió su pan, se despidió con un guiño y salió del local con una sonrisa de oreja a oreja.

Sean escondió la cara entre las manos, con el rubor subiéndole por el cuello.

—Perdóname —dijo con voz ahogada—. Su radar para estas cosas no tiene ningún filtro.

Darragh soltó una risa limpia y se inclinó sobre la mesa.

—No pidas perdón —replicó, mirándolo con intención burlona—. ¿Has olvidado que mi madre es igual o peor? —se quedó pensando unos segundos—. Peor. Yo diría que mi madre es peor.

Sean sonrió y estiró la mano para rozarle los dedos sobre el mantel.

—Qué peligro tenéis los Murphy —bromeó.

Al salir de la panadería caminaron por el centro hasta la calle donde había una pequeña tienda de alimentación importada que abría los domingos.

El plan de cocinar juntos surgió sin pensarlo, cuando Sean admitió que no le quedaba nada en la despensa porque lo había gastado todo en la cena de la noche anterior, y Darragh sugirió comprar lo necesario y cocinar ellos mismos.

Nada más entrar, Sean cogió una cesta de mimbre y dejó que Darragh tomara la delantera entre las estanterías de madera.

—Si vamos a ponernos el delantal, propongo pasta fresca —dijo Darragh, deteniéndose ante los paquetes de harina de fuerza—. Me sé de memoria la receta de mi abuela y no hacen falta máquinas raras, solo paciencia y un rodillo.

—Me parece bien —aceptó Sean, que se colocó justo detrás para mirar por encima de su hombro—. Aunque me temo que en mi piso no hay rodillo. Tendremos que apañarnos con una botella de vino vacía.

Darragh se giró y lo miró con las cejas en alto, sin intentar ocultar la guasa.

—Improvisación de cocinero. Después de la cena de ayer empiezo a dudar de tus habilidades. Estaba todo demasiado bueno, seguro que encargaste un catering para impresionarnos.

—Oye, que me tiré tres horas cortando verduras —protestó Sean, apretando el asa de la cesta con una mano mientras con la otra buscaba el costado de Darragh para darle un pellizco cariñoso—. Un respeto al cocinero en prácticas.

Darragh se rio y señaló una cuña de parmesano con etiqueta artesanal.

—Coge ese queso, que tiene buena pinta. Y ni se te ocurra buscar el rallado del supermercado, que nos conocemos. Hay que rallarlo justo antes de servir o el plato pierde la mitad de la gracia.

—A sus órdenes, chef —repuso Sean, dejando la pieza en la cesta junto a la harina y una caja de huevos—. Pareces un inspector de sanidad. Solo te falta la libreta para apuntar mis fallos.

—Alguien tiene que mantener los estándares en la cocina —sentenció Darragh con tono burlón, rastreando las hileras de latas hasta dar con los tomates enteros pelados que buscaba para la salsa—. Si te dejo hacer la lista de la compra, acabaremos cenando precocinados y patatas de bolsa.

Sean soltó una carcajada y se acercó a la zona de embutidos, donde un trozo de guanciale con pimienta negra destacaba entre los productos frescos.

—Mira esto. Si le añadimos proteína, la salsa va a ganar cuerpo. ¿Qué te parece?

Darragh se acercó a inspeccionar la pieza, hasta que sus hombros chocaron inevitablemente en el pasillo estrecho.

—No está mal, aunque más que proteína yo diría que es grasa. Aun así, cógelo —concedió, alzando la vista hacia los ojos de Sean—. Veo que, cuando quieres, sabes elegir.

—Siempre elijo bien cuando me lo tomo en serio —respondió Sean con voz pausada, sosteniéndole la mirada un par de segundos que hicieron que el bullicio de la tienda pasara a un segundo plano.

—Llevemos también una botella de vino tinto —añadió Darragh, rompiendo la pausa con una sonrisa leve y echando a andar hacia la sección de licores—. La botella para amasar y el vino para regar los preparativos.

—Esa lógica no admite discusión —coincidió Sean, siguiéndolo de cerca.

Completaron la cesta con un manojo de albahaca fresca y un pan de corteza dura para acompañar la salsa. Al llegar a la caja, Sean se adelantó a pagar antes de que Darragh pudiera sacar la cartera, y el pequeño forcejeo en la cola acabó con la cajera mirándolos entretenida.

—Te toca fregar los platos por haberte adelantado —murmuró Darragh al salir a la acera con la bolsa de papel.

—Acepto el trato si tú te encargas de la masa —replicó Sean, pasándole un brazo por los hombros para atraerlo hacia su costado.

El camino de vuelta al piso fue una sucesión de burlas sobre las costumbres culinarias de cada uno y la cantidad de veces a la semana que pedían comida para llevar.

En el apartamento dejaron la bolsa en la mesa redonda del comedor, se quitaron los abrigos y se pusieron manos a la obra.

Darragh despejó la encimera de mármol, pasó un paño húmedo y volcó la harina formando un volcán con un cráter en el centro. Sean lo miraba desde el borde de la encimera, con los brazos cruzados y la cabeza ladeada, curioso.

—Casca cuatro huevos en el hueco sin romper las yemas —ordenó Darragh, señalándole el centro con la barbilla.

—¿Y si rompo una? —preguntó Sean, cogiendo el primer huevo con una cautela exagerada.

—Tendrás que pedirle perdón a la masa y empezar de nuevo —bromeó Darragh.

Sean ejecutó la tarea con una precisión casi cómica y dejó caer el último huevo con un suspiro de alivio que hizo sonreír a su compañero. Darragh cogió un tenedor y empezó a batir desde el centro, incorporando poco a poco la harina de las paredes para que la mezcla líquida no se desbordara.

—Ahora viene la parte en la que nos manchamos —anunció, soltando el tenedor para meter las manos directamente en la masa.

La fue trabajando con movimientos firmes, presionando y doblándola sobre sí misma hasta conseguir una textura elástica. Sean se acercó por la izquierda, metió las manos en la harina suelta que quedaba sobre la encimera y le rozó las mejillas con los dedos manchados.

—Se te ha pegado un poco de harina en la cara —dijo con cara de póquer, dejándole una huella blanca junto a la oreja.

Darragh se quedó quieto, mirándolo con fingida indignación mientras sus manos llenas de masa buscaban la camiseta de Sean.

—Ni se te ocurra —advirtió Sean, intentando retroceder entre risas—. Es una camiseta nueva.

—Haberlo pensado antes de atacar al chef —replicó, y consiguió plantarle una palma enharinada en el costado antes de que pudiera esquivarla.

Sean le agarró las muñecas para frenarlo y lo sujetó contra el borde de la encimera mientras sus risas resonaban en la cocina. Con los rostros a pocos centímetros, sus respiraciones se cruzaron en medio del desorden de harina que cubría el mármol.

—Eres un peligro cuando te dan poder en la cocina —murmuró Sean, acortando la distancia para darle un beso rápido en la comisura de los labios, donde aún quedaba un rastro de harina.

Darragh aflojó los brazos y dejó que sus manos manchadas descansaran con cuidado sobre los hombros de Sean.

—Si no terminamos de amasar esto ahora mismo, la pasta va a quedar dura como una piedra —le recordó con voz suave, aunque sin ningún intento real de separarse.

—Que se quede como quiera —respondió Sean, apoyando la frente contra la suya un instante antes de soltarle las muñecas despacio—. Pero vale, sigamos, que la inspectora de sanidad se nos enfada.

Volvieron al trabajo con un ritmo más coordinado. Mientras Darragh terminaba de dar forma a la bola de masa y la envolvía en papel film para que reposara media hora, Sean picó el guanciale en tiras y puso una sartén al fuego para que la grasa se fuera fundiendo despacio.

El chisporroteo del embutido al dorarse llenó la cocina de un olor apetitoso que les abrió el apetito. Darragh descorchó el vino tinto, sirvió dos copas y le ofreció una a Sean, que removía la sartén con una cuchara de madera.

—Por las recetas de mi abuela y las improvisaciones de domingo —propuso, levantando su copa.

—Por los ayudantes de cocina sufridos —añadió Sean, chocando su copa antes de dar un trago largo.

Pasado el reposo, Darragh recuperó la masa y la cortó en cuatro porciones iguales.

Sean vació el resto del vino en una jarra de agua, para dejar libre la botella, y Darragh la lavó, la enharinó y empezó a estirar la primera porción sobre la encimera, presionando desde el centro hacia los bordes hasta sacar una lámina fina.

Sean seguía el proceso con atención, admirando la destreza con la que manejaba el rodillo improvisado sin romper la lámina.

—Tienes mano para esto, no se puede negar —admitió, rellenándole la copa con vino de la jarra—. Aunque sigo pensando que con una máquina de pasta acabaríamos antes.

—Las cosas buenas requieren tiempo —sentenció Darragh, enrollando la lámina enharinada antes de coger un cuchillo afilado para cortar las tiras de tagliatelle—. Si lo haces todo deprisa, pierde la gracia.

—Tomaré nota para otros aspectos de la vida —comentó Sean en tono juguetón, fingiendo no notar la mirada de Darragh clavada en él.

Fueron dejando los nidos de pasta sobre un paño seco mientras el agua de la olla grande llegaba a ebullición. La pasta fresca tardó apenas tres minutos en cocerse. Darragh la escurrió con rapidez y la echó directamente en la sartén donde se cocinaban la grasa del guanciale y el tomate.

Sean añadió el parmesano rallado y la albahaca picada a mano, y lo removió todo con energía.

Llevaron los dos platos hondos a la mesa, con el pan fresco y las copas de vino. La comida transcurrió en un ambiente íntimo y cómodo, saboreando el fruto de un trabajo en equipo que superó las expectativas de los dos.

—Tengo que admitir que es la mejor pasta que he probado en meses —confesó Sean, rebañando el plato con un trozo de pan—. Te has ganado el puesto de cocinero oficial.

—Solo si tú sigues encargándote de la compra y de fregar —respondió Darragh, apurando su copa y reclinándose en la silla con gesto satisfecho.

Cumpliendo su parte del trato, Sean recogió la mesa y se plantó frente al fregadero. Darragh se ofreció a secar con un paño y se quedó a su lado, rozándole la espalda de vez en cuando al guardar cada pieza.

Al terminar, el cansancio de la mañana y el vino empezaron a hacer mella. Las horas centrales del domingo se deslizaban hacia la tarde con una tranquilidad absoluta que no pedía más plan que descansar.

Sean fue al salón, apagó la música que sonaba de fondo y se dejó caer en el sofá, estirando las piernas a lo largo de los cojines.

—Ven aquí —pidió, dando unas palmadas en el hueco de al lado.

Darragh no se hizo de rogar. Se acercó despacio, se quitó los zapatos y se acomodó junto a él, con la espalda contra el pecho de Sean, que le pasó un brazo firme por la cintura para sujetarlo contra su cuerpo.

La cabeza de Darragh encontró el sitio perfecto en el hueco del hombro de Sean y respondió al abrazo con un suspiro de relajación total.

—Esta es la mejor parte de la receta —murmuró, con la voz ya amortiguada por el sueño.

—Totalmente de acuerdo —respondió Sean, dándole un beso suave en la coronilla mientras estiraba la manta del respaldo para cubrirlos a los dos.

El calor compartido y el silencio de la casa crearon un refugio cómodo, donde el ritmo de sus respiraciones se fue acompasando poco a poco.

Unos instantes después, los dos se habían quedado dormidos en el sofá, el uno junto al otro.