Capítulo 20
«Encender una vela verde junto al jaspe rojo durante las reuniones del hogar no solo propicia la armonía, sino que sienta las bases de una confianza duradera; el fuego lento, al igual que los afectos verdaderos, jamás debe apresurarse».
Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .
D arragh llevaba casi veinte minutos delante del espejo del recibidor, ajustándose la ropa y todavía dudando de si había acertado con el atuendo.
La idea de la cena había surgido después de la conversación en el apartamento de Sean.
Habían acordado ser amigos y dejar que lo que sentían se fuera desarrollando con naturalidad.
Por eso Sean se había empeñado en organizar una cena en su casa, cocinada por él mismo, y para que no hubiera presión ni tentaciones había invitado también a Finn, Clara, Peter y Jamie.
Con la idea de una cena entre amigos en la cabeza, Darragh se vistió con cuidado, buscando el punto justo entre estar guapo y no parecer demasiado arreglado, para que nadie pensara que iba a una cita.
Al final se decidió por unos pantalones negros que le sentaban como un guante, elegantes pero informales, y una camiseta de algodón de un verde oscuro e intenso que realzaba el tono de su pelo y de su piel.
Encima, una chaqueta oscura. Se echó un toque suave de colonia, se revolvió un poco el flequillo, cogió las llaves y salió a la calle.
El trayecto fue corto. Cuando llegó al portal de Sean y subió las escaleras, el murmullo de voces y la música de fondo le confirmaron que el resto ya estaba allí.
Sean abrió casi al instante, en mangas de camisa, con el delantal puesto y una sonrisa al verlo.
—Llegas justo a tiempo —dijo, apartándose para dejarlo pasar y rozándole el brazo al cerrar la puerta—. Pasa, estamos todos en el salón.
—¡Por fin! —exclamó Jamie desde el sofá, levantando su copa de vino a modo de brindis.
Nadie dijo una palabra sobre el fin de semana de Dublín, pero era evidente que todos estaban al corriente.
Se respiraba una complicidad silenciosa y cómoda.
Los chicos se cruzaban miradas de aprobación y sonrisas de entendimiento, visiblemente aliviados de que la tirantez entre los dos se hubiera disuelto por fin.
A la hora de sentarse a la mesa, que Sean había preparado con esmero, los sitios se repartieron con una sincronización casi sospechosa, sin hacer aspavientos, el grupo conspiró para que la silla junto a la de Sean quedara libre para Darragh.
Entre risas, bromas y los platos deliciosos que Sean llevaba toda la tarde preparando, la dinámica entre los dos fluyó de maravilla.
Pero lo mejor llegaba en los descansos cuando cada vez que uno de los dos se levantaba a la cocina a por una botella, a reponer los aperitivos o a recoger platos, el resto se ponía a hablar en un tono deliberadamente alto en el salón.
Les regalaban así unos minutos a solas tras el umbral de la cocina, para cruzar miradas cómplices, rozarse las manos al coger una fuente o intercambiar sonrisas en voz baja sin sentirse observados.
En general, la noche fue un éxito. La tensión de las palabras no dichas se evaporó y dejó paso a una calidez compartida que hacía tiempo que no sentían.
Según se acercaba la medianoche y las botellas se iban vaciando, la velada empezó a llegar a su fin.
De forma casi coordinada, los demás empezaron a ponerse las chaquetas y a recoger sus cosas.
Con excusas repentinas, como que madrugaban al día siguiente o estaban cansados, Jamie, Peter, Clara y Finn salieron en tropel y desaparecieron pasillo abajo entre risas mal disimuladas y guiños cómplices, en una fuga perfecta para dejar a Sean y a Darragh a solas.
Darragh se quedó junto al marco de la puerta abierta, ajustándose el cuello de la chaqueta. Sean dio un par de pasos lentos hacia él y se detuvo a muy poca distancia. Se miraron en silencio unos segundos, disfrutando de la cercanía.
Sin dejar de mirarlo, Sean inclinó despacio el rostro. Su aliento cálido le rozó la mejilla antes de que le diera un beso suave justo al borde de la mandíbula. El roce de sus labios le aceleró el pulso.
Darragh levantó una ceja, disimulando la sonrisa que amenazaba con invadirle toda la cara, y lo miró con fingida gravedad.
—Los amigos no se besan, Sean —protestó en un susurro, intentando sonar firme, aunque la voz le tembló de pura alegría.
Sean no se echó atrás; al contrario, acortó aún más la distancia, con una chispa descarada y juguetona en los ojos.
—Los amigos normales puede que no —murmuró, agarrándolo por la cintura—, pero nosotros somos especiales.
Darragh soltó una risa baja.
—Me gusta eso de especiales —admitió.
No esperó ni medio segundo más. Antes de que Sean pudiera responder, se lanzó hacia delante, lo agarró del cuello de la camisa para acortar el espacio que los separaba y estrelló sus labios contra los de él en un beso profundo y hambriento.
Fue un beso con la urgencia de días de distancia, orgullo y malentendidos.
Sean dejó escapar un gemido ahogado contra su boca y lo apoyó contra el marco de la puerta, rodeándole la cintura con los dos brazos.
Sabían a vino tinto, y la respiración de ambos se aceleraba.
Sean le enredó una mano en el pelo de la nuca y tiró suavemente hacia atrás para ahondar el beso, hasta que perdieron por completo la noción del espacio.
Se besaron así durante un rato largo que pareció congelar el tiempo, sin prisa, con el calor de sus cuerpos pegados.
Cuando la falta de aire los obligó a separarse, lo hicieron despacio, con las frentes unidas y los labios a escasos milímetros. Respiraban al mismo compás, intentando recuperarse del arrebato.
Sean tenía los ojos entrecerrados, los labios algo hinchados y una sonrisa de pura felicidad. Le acarició la mejilla a Darragh con el pulgar.
—Por si no ha quedado claro, a mí también me encanta que seamos amigos especiales.
Darragh se rio, completamente feliz.