Capítulo 19
«Consumir la cera de una vela ámbar junto a una amatista no garantiza la claridad en las intenciones; el fuego solo revela lo que ya está oculto, y a menudo la verdad de los afectos nos encuentra donde menos queremos mirar».
Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .
D arragh se quedó helado un segundo, con la mano todavía en el tirante de la mochila. Sorprendido de encontrarlo allí, tardó un par de latidos en reaccionar. Avanzó despacio hasta quedar frente a él.
—Hola —saludó, intentando mantener la compostura.
Sean no llevaba la coraza de la noche anterior en la pizzería. Tenía la mirada cansada, los hombros algo caídos y el rostro serio.
—¿Podemos hablar? —pidió, mirándolo directamente a los ojos—. Por favor.
Darragh dudó un instante, sopesando si era mejor darse la vuelta o afrontar la conversación de una vez por todas. Al final asintió en silencio.
—Está bien. Pero no en mitad de la calle.
—Vamos a mi casa, está a dos manzanas —propuso Sean.
—De acuerdo.
El trayecto hasta el apartamento de Sean transcurrió en un silencio tenso e incómodo. Apenas cruzaron un par de palabras sobre el frío de la tarde mientras subían las escaleras del edificio. Cuando Sean abrió la puerta, el piso resultó ser sobrio, ordenado y decorado en tonos neutros.
—Pasa —ofreció Sean, quitándose la chaqueta y colgándola en el perchero del recibidor—. Puedes echar un vistazo a la casa mientras voy a la cocina a por algo de beber.
—Suena bien, gracias —murmuró Darragh.
Mientras Sean desaparecía por el pasillo, Darragh echó a andar despacio, fijándose en los detalles. Al pasar junto a la puerta entreabierta del despacho, miró dentro y se paró en seco.
Sobre la mesa de trabajo de Sean, perfectamente alineados junto al ordenador, estaban sus propios libros.
Los ejemplares de sus obras. Entornó los ojos, con un chispazo de incredulidad y algo más.
Sean tenía sus libros en casa, así que la visita a la biblioteca había sido una excusa, o una forma de provocarlo.
Salió del despacho y siguió por el pasillo. Pasó de largo por delante de la puerta del dormitorio principal, evitando mirar hacia dentro o dar un solo paso hacia esa habitación.
De pronto Sean reapareció con dos botellas de cerveza bien frías. Al ver a Darragh plantado en mitad del pasillo con la mirada esquiva, apoyó el hombro en el marco de la puerta y lo miró con una ceja arqueada y una leve sonrisa.
—Mi dormitorio no muerde, ¿sabes?
Darragh se giró de golpe y se cruzó de brazos.
—No quiero invadir tu intimidad.
—Te he dicho que puedes pasearte por mi casa —replicó Sean, dando un paso hacia él—. No tengo nada que esconder.
—Aun así —sentenció Darragh—. No me parece adecuado.
Sean no presionó. Asintió y le indicó con la cabeza la zona del salón.
Volvieron a la sala principal y se sentaron en el sofá, con las cervezas sobre una mesa de centro perfectamente recogida.
Sean tenía hasta un pequeño mueble para ordenar los mandos de la tele, el equipo de música y el decodificador.
El silencio volvió a instalarse entre los dos, pesado y cargado de cosas no dichas, hasta que Sean soltó un largo suspiro, miró su botella y rompió el hielo.
—Quería pedirte perdón.
Darragh se lo quedó mirando, entre confundido y sorprendido.
—¿Por qué exactamente?
Sean alzó la vista y le sostuvo la mirada con absoluta honestidad.
—Creo que últimamente te he confundido con mis actos.
Darragh se quedó en blanco. No esperaba un comentario tan directo.
Guardó silencio, con los ojos en el suelo, intentando encajar las piezas y asimilar a toda velocidad lo que aquello significaba.
En su cabeza todo se conectaba de la peor manera, el beso no había sido real, solo había querido protegerlo de Conor; desde el principio Sean solo quería una amistad limpia, nada más; y Maeve...
Maeve tenía que ser su pareja, la persona con la que de verdad estaba empezando algo.
Había sido él quien había malinterpretado las intenciones de Sean tras la conversación en el jardín de sus padres.
Sintió un nudo amargo en la garganta. Tragó saliva, alzó la barbilla y miró a Sean a los ojos, con un tono defensivo para amortiguar el golpe.
—Cuéntamelo entonces —le pidió, cruzándose de brazos—. Explícame qué he malinterpretado.
Sean se pasó una mano por la nuca, con el cansancio acumulado a la vista, y negó rotundamente con la cabeza.
—No tengo nada con Maeve.
Lo pilló por sorpresa. Había esperado cualquier cosa menos eso.
—Maeve es solo una amiga —continuó Sean, buscando su mirada para que no quedara margen de duda—. Estudiamos juntos en la facultad. Se mudó a la ciudad hace un par de semanas, no conoce a casi nadie y la estoy ayudando a instalarse. Eso es todo. No hay nada más entre nosotros.
Darragh frunció el ceño, recordando la escena de la noche anterior en la pizzería y cómo había aceptado Sean aquella propuesta envenenada.
—¿Y lo de ayer? —preguntó en voz baja—. ¿Por qué reaccionaste así cuando dije que Finn se sentara a cenar con nosotros?
Sean soltó una risa breve y amarga, y miró la botella que sostenía antes de volver a clavar los ojos en él.
—Dije que sí a que Finn cenara con vosotros por puro cabreo —admitió—. Estaba furioso. Me sentí acorralado por tu comentario y reaccioné por impulso.
Darragh guardó silencio. La rabia y el muro defensivo que había levantado durante semanas empezaron a desmoronarse con las palabras de Sean, y eso le daba un miedo atroz. Con solo unas frases, Sean volvía a abrirse paso hasta su corazón, y lo peor era que él se lo permitía.
Sean dejó la cerveza en la mesa de centro y se inclinó hacia delante, con los codos sobre las rodillas. Sus ojos, fijos en Darragh, mostraban una honestidad cruda, sin filtros ni sarcasmos.
—De verdad quiero ser tu amigo. Echo de menos hablar contigo, compartir el día a día, saber que estás ahí —empezó, midiendo cada palabra—.
Pero no voy a mentirte ni a fingir que todo lo que ha pasado no ha sido real.
Siendo completamente sincero, también espero que, en el fondo, podamos llegar a ser algo más.
A Darragh se le encogió el corazón. Abrió la boca para decir algo, pero Sean levantó una mano para pedirle un segundo más.
—No quiero precipitarme —siguió, con la voz más suave—. Sé que llevamos demasiado tiempo haciendo las cosas mal; malinterpretándonos, lanzándonos pullas, actuando por orgullo o por despecho. Por eso no te pido que saltemos a nada de la noche a la mañana.
Hizo una pausa y tomó aire, sin soltar la mirada de Darragh.
—Lo único que necesito saber hoy es si hay alguna posibilidad de que lo permitas.
Si estás dispuesto a empezar de cero. A volver a construir una amistad limpia, sin fantasmas ni reproches, pero abiertos a la posibilidad real de algo más profundo en el futuro.
Si la puerta está completamente cerrada para ti, dímelo ahora y lo aceptaré.
Pero si hay, aunque sea, una rendija, quiero intentarlo contigo.
La pregunta quedó flotando en el aire del salón, pesada y expectante, esperando una respuesta que Darragh no había imaginado tener que dar esa noche.
Le sostuvo la mirada durante un largo minuto, mientras el pulso, que hasta entonces le martilleaba las sienes, se iba asentando poco a poco.
Fue procesando las palabras de Sean una a una. La posibilidad de un borrón y cuenta nueva, sin las prisas ni las suposiciones que los habían estrellado contra un muro de malentendidos, era exactamente lo que su cabeza, y su corazón, necesitaban oír.
Soltó un suspiro y se inclinó hacia él.
—Me parece bien —accedió con convicción—. Lo de ir despacio, Sean. Me parece bien.
Sean parpadeó, como si necesitara asimilar que no era una negativa, y un leve alivio le cruzó el rostro.
—¿Sí? —preguntó, buscando confirmación en sus ojos.
—Sí —asintió Darragh, con una sonrisa leve y sincera—.
Creo que los dos nos hemos precipitado, nos hemos protegido demasiado y hemos dejado que hablara el orgullo.
Así que sí... me parece buena idea empezar de cero.
Ser amigos de verdad, sin presiones ni expectativas raras, y ver adónde nos lleva esta... amistad especial.
Sean soltó un suspiro de alivio que acabó en una sonrisa de las de verdad, y le iluminó la cara. Alargó la mano hacia la mesa, cogió su botella y la levantó hacia Darragh.
—Por los nuevos comienzos, entonces —propuso, guiñándole un ojo con esa picardía que Darragh tanto había echado de menos.
—Por los nuevos comienzos —aceptó, chocando su botella con la de él.