Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 18
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Capítulo 18

«La cera de la vela roja, al consumirse junto al cuarzo rosa, sella las intenciones de los afectos; pero ningún cristal ni fuego ritual puede sanar una grieta si nos obstinamos en no soltar lo que ya se ha roto».

Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .

L a tarde del viernes avanzaba con agradable calma en la biblioteca. Darragh estaba cerca del pasillo central, comprobando unas fichas de devolución, cuando el sonido inconfundible de la puerta principal rompió el silencio.

Levantó la vista sin pensar y el corazón le dio un vuelco.

Sean cruzaba el umbral con una pequeña pila de libros en las manos y se dirigía al mostrador.

Darragh reaccionó en una fracción de segundo antes de que Sean levantara la cabeza y sus miradas se encontraran, dio media vuelta y se escabulló hasta la esquina de recepción, donde lo ocultaba una de las altas estanterías de roble.

Brian, el chico que trabajaba allí a tiempo parcial algunos días a la semana, estaba ordenando unas carpetas cerca del mostrador. Darragh se le acercó a paso rápido y le habló en un susurro nervioso.

—Brian, hazme un favor enorme. Ocúpate tú del mostrador ahora mismo, por favor.

Brian lo miró con sorpresa y dejó los papeles sobre la mesa.

—Vale, claro... ¿te has enfadado con tu novio?

—Ya te dije que no es mi novio.

—Lo que tú digas —contestó Brian, poco convencido.

—Si te pregunta por mí, dile que estoy abajo, en el archivo, que tengo muchísimo trabajo pendiente y no puedo salir —pidió, echando una mirada nerviosa de reojo antes de retroceder—. Por favor, Brian, díselo tal cual.

—Tranquilo —le aseguró con un gesto comprensivo—. Yo me encargo de atenderlo y le digo eso si pregunta.

Sin perder un segundo, Darragh se dirigió a la puerta trasera que daba al sótano, la abrió con sigilo y bajó a toda prisa los peldaños de madera hasta el archivo. Abajo el aire era fresco y olía a papel viejo, cartón y humedad contenida. Respiró hondo para calmar el pulso.

Decidió ponerse a ordenar para mantenerse ocupado.

Se acercó a una de las estanterías del fondo, donde se amontonaban cajas de archivos antiguos y tomos sin clasificar, y empezó a cambiar libros de sitio, intentando concentrarse en el trabajo para no pensar en que había huido de Sean como un cobarde.

Pero, al intentar colocar una caja en la parte alta, el codo le dio contra la esquina del estante, varias pilas de libros perdieron el equilibrio y cayeron al suelo con un estrépito que resonó por todo el sótano.

—¡Maldita sea! —murmuró, agachándose a recoger el desastre.

Fue amontonando tomos de tela y piel descolorida, pero, al coger uno de los que habían salido despedidos más lejos, se le detuvieron los dedos.

Era un ejemplar pequeño, con tapas de un verde desgastado por el tiempo y el lomo ligeramente agrietado. El relieve dorado de la portada estaba borroso, pero, al acercarlo a la luz, pudo leer con claridad el nombre impreso de William Butler Yeats.

Con el libro en las manos, decidió no subir todavía.

Se sentó en el frío suelo de cemento, con la espalda apoyada en el lateral de la estantería y las piernas cruzadas.

Conocía bien a Sean, cuando algo se le metía en la cabeza, podía estar alargando el tiempo arriba a propósito, deambulando por los pasillos con la excusa de buscar algún libro de consulta o esperando a ver si él aparecía por el mostrador pasados unos minutos.

Dejar pasar un tiempo prudencial, veinte o treinta minutos, era la única garantía real de no volver a cruzárselo cara a cara y tener que improvisar otra conversación cargada de tensión.

Para mantener la mente ocupada y acallar el impulso ansioso de subir a mirar por la rendija de la puerta, abrió el libro con muchísimo cuidado de no dañarlo.

Las páginas tenían el tono amarillento de los volúmenes antiguos. Fue pasándolas despacio, notando el tacto rugoso de los bordes deshilachados. Los poemas de Yeats sobre la melancolía, el paso del tiempo, el deseo contenido y los afectos rotos se sucedían en una tipografía elegante y sobria.

Se detuvo a mitad del ejemplar, en una página con el margen superior ligeramente doblado. Recorrió los versos en silencio y notó cómo el peso de aquellas palabras resonaba de un modo casi incómodo con su propio estado de ánimo.

Se enfrascó tanto en la lectura que perdió la noción del tiempo. El murmullo del piso de arriba se apagó del todo y el silencio del archivo lo envolvió como un manto, interrumpido solo por el roce de las páginas amarillentas. Los minutos se le escurrieron sin darse cuenta.

Estaba tan absorto que el eco de unos pasos firmes y taconeos en la escalera de madera lo hizo dar un brinco.

—Señor Murphy, por favor... —resonó la voz imperiosa y estirada de Mary desde el penúltimo peldaño.

La veterana bibliotecaria lo miraba desde arriba con la barbilla en alto y la rigidez de siempre—.

Ya casi es la hora de cerrar y Brian y yo estamos recogiendo la planta principal.

No podemos esperar indefinidamente a que se decida a subir.

—Perdona, Mary —se disculpó enseguida, cerrando el libro de Yeats y poniéndose en pie de un salto—. Se me ha ido el santo al cielo con unas cajas de clasificación. Subo ahora mismo.

Mary asintió con un gesto de desaprobación y volvió a subir.

Darragh colocó con cuidado el ejemplar verde en la estantería, se sacudió el polvo de los pantalones y subió tras ella.

Al cruzar la puerta trasera y volver a la zona del mostrador, lo invadió una oleada de alivio.

La sala principal estaba vacía de usuarios, las luces de los pasillos laterales ya estaban apagadas y Brian terminaba de colocar los últimos libros devueltos en el carro para el día siguiente.

Sean se había ido.

Toda la rigidez acumulada en los hombros se disipó de golpe.

Respiró hondo, con la sensación de que por fin podía bajar la guardia, y se puso a ayudar a Brian y a Mary con las últimas tareas, como apagar los equipos, comprobar los cierres de las ventanas y ordenar las fichas de préstamo del mostrador.

—Buen trabajo hoy, chicos. Hasta el lunes —se despidió Mary tras echar la llave de las oficinas y coger su abrigo.

—Buen fin de semana, Mary —respondieron Darragh y Brian casi a la vez.

Poco después, tras apagar las luces generales y activar la alarma, Darragh y Brian salieron juntos a la calle. El aire de la tarde caía fresco sobre la acera y la puerta de cristal se cerró tras ellos con un chasquido metálico.

—Bueno, Darragh, me voy tirando a la parada del autobús. ¿Nos vemos el lunes? —dijo Brian, subiéndose la cremallera de la chaqueta.

—Claro. Muchas gracias por lo de antes —respondió con una sonrisa sincera—. Descansa.

—Ni lo menciones. ¡Buen finde!

Brian se despidió con la mano y se alejó a buen paso, mientras Darragh se quedaba solo en el descansillo de la entrada, ajustándose la bufanda y sacando las llaves de la mochila, dispuesto a dar un paseo tranquilo hasta su casa.

Lo que no esperaba en absoluto era ver una silueta que daba un paso al frente desde la sombra del portal contiguo.

Sean estaba allí, apoyado en la pared de piedra. Sin duda, esperándolo.