Maldita Magia (Magia 2) Capítulo 17
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Capítulo 17

«El cuarzo rosa no solo atrae la devoción, sino que también actúa como un escudo para el alma maltrecha; sin embargo, ningún cristal puede sanar una grieta si nos negamos a soltar lo que ya no nos pertenece».

Asphodelus Walsh , Propiedades y rituales de los cristales celtas .

La mañana del jueves avanzaba con calma en la biblioteca municipal.

Darragh estaba en la sección de consulta, concentrado en clasificar y devolver a su sitio la pila de libros que se había acumulado en los primeros días de la semana.

La rutina le ayudaba a mantener la cabeza en lo mucho que le gustaba su trabajo.

Se abrió la puerta principal y, al levantar la vista por encima del carro, vio entrar a Clara con el paso decidido de quien trae noticias frescas, enfundada en su chaqueta vaquera y con la bufanda floja sobre los hombros.

En cuanto lo vio, cambió el rumbo y fue directa al pasillo donde estaba.

—Tenemos que hablar —dijo, muy seria.

Darragh miró instintivamente por encima del hombro.

Al fondo del pasillo central, tras la mesa de catalogación, Mary los observaba con el ceño fruncido y un gesto de desaprobación absoluta ante la irrupción de Clara.

Pero, después de la réplica que Darragh le había dado la semana anterior en defensa de su profesionalidad, se limitó a censurarlos con la mirada.

Volvió a centrarse en su amiga y bajó la voz, sin dejar de trabajar para disimular.

—Buenos días a ti también. ¿Qué pasa?

—Pasa que el ambiente en Kilkenny está insoportable —dijo, y suspiró antes de clavar los ojos en él—. Pero, antes que nada, ¿tú qué tal? Ayer, por el mensaje que me mandaste, me pareció que estabas un poco descolocado.

—Ayer por la tarde me crucé con Sean en el centro —soltó Darragh sin rodeos, colocando un volumen de historia local en la balda—. Iba con la chica rubia del otro día.

Clara se irguió de golpe, con los ojos muy abiertos.

—¿Otra vez? ¿Te dijo algo?

—Me la presentó. Se llama Maeve. Lo más surrealista es que ella fue supersimpática conmigo; me dijo que lee mis libros y que me sigue en Instagram. Estuvimos dos minutos hablando, hasta que Sean se sacó una pulla sobre nuestro fin de semana en Dublín.

—Mi hermano es idiota.

—¡Lo es! —convino Darragh—. Cuando llegué a casa no pude evitar cotillear el perfil de su amiga.

—¿Y? —preguntó Clara, con tanta emoción que se le fue la voz.

—Por favor, no grites. No quiero volver a pelearme con Mary.

—Estuviste genial ese día —lo animó—. Si hay que repetirlo, se repite.

Darragh hizo una mueca antes de seguir.

—Estuve mirando sus publicaciones y no tiene ni una foto con Sean. Le di a seguir también. —Se encogió de hombros—. El caso es que no parece que lleven mucho tiempo juntos, si es que hay algo oficial entre ellos. ¿A ti te suena de algo una tal Maeve en Kilkenny?

Clara frunció el ceño y miró al techo mientras repasaba mentalmente a toda la gente que conocía.

—No, la verdad es que no me suena de nada —aseguró, negando con la cabeza—. Puede que sea de algún pueblo cercano o de la facultad, pero no la ubico.

—¿Quieres ver su foto? Igual ayuda.

—Pues claro que quiero.

Darragh sacó el móvil, buscó el perfil de Maeve y se lo enseñó.

—Es guapa —concedió su amiga.

—Lo importante es que a tu hermano le gusta.

—Hablando de mi hermano, que por cierto es el culpable de que haya venido a verte.

Darragh se detuvo, con las manos suspendidas sobre la pila de libros.

—¿Qué pasa con él?

—Anoche se presentó en mi casa —contó ella, bajando aún más la voz para que el eco de la biblioteca no llevara sus palabras hasta el puesto de Mary—.

Hecho un flan, dando vueltas por el salón y preguntándome sin parar qué habíamos hecho en Dublín.

Estaba obsesionado con las llamadas que no le cogiste.

—¿Y qué le dijiste?

—La verdad, o al menos parte —respondió con una sonrisa maliciosa—.

Que habíamos bebido bastante, que habíamos hablado de nuestras cosas y que nos lo pasamos genial desconectando.

Pero claro, no se quedó tranquilo. Empezó a ponerse pesado, preguntando de forma sutil, bueno, sutil para ser él, si habíamos ligado con alguien en las discotecas o en el hotel.

Darragh la miró fijamente, anticipando la respuesta.

—Clara... no me digas que...

—Le dije que sí —confirmó, guiñándole un ojo—. Le solté tan tranquila que habíamos estado de ligoteo y que nos lo pasamos muy bien, pero que al final ninguno de los chicos nos interesó lo suficiente como para rematar la noche. Tenías que haberle visto la cara. Se quedó mudo.

—No deberías haberle mentido —dijo él, negando con la cabeza, aunque en el fondo no podía reprocharle nada.

—Se lo tiene merecido, por marear la perdiz y por hacerse la víctima cuando es él quien tiene sus propios asuntos sin resolver —sentenció, sin el menor rastro de culpa.

Luego se le suavizó el gesto y le dio un golpecito cariñoso en el hombro—.

En fin, basta de hablar de mi hermano por hoy.

Tú y yo nos merecemos un respiro después del estrés de esta semana.

—¿Qué tienes en mente? —preguntó él, y por primera vez en toda la mañana sonrió de verdad.

—Esta noche, pizza. Nada de cocinar ni de dramas, una pizza con triple de queso y una cerveza.

—Me parece el mejor plan de la semana —aceptó sin dudarlo—. Paso a recogerte en cuanto cerremos.

Ella le dedicó una última sonrisa triunfal, se despidió con la mano y se fue hacia la salida. Darragh se quedó mirándola hasta que la puerta volvió a sonar, con la sensación de que, por primera vez en días, el peso del pecho se aligeraba un poco.

Al darse la vuelta para seguir con lo suyo, pilló a Mary clavándole una mirada inquisitiva, pero él se la sostuvo con total serenidad hasta que ella volvió a agachar la cabeza hacia sus fichas.

Era un buen bibliotecario y no iba a permitir que Mary volviera a llamarle la atención.

Los dos amigos disfrutaban de la pizza en una mesa junto al ventanal y la conversación fluía sin que Finn ni Sean tuvieran protagonismo.

La pizza deliciosa, la compañía de su amiga y el buen ambiente del local ayudaron a Darragh a relajarse y a sentirse mejor de lo que se había sentido en muchos días.

Pero su tranquilidad saltó por los aires en cuestión de segundos.

Se abrió la puerta del local y Darragh levantó la vista por instinto. Se quedó helado, con la porción de pizza a medio camino de la boca.

Sean, Maeve y Finn entraban de buen humor, riéndose y bromeando entre ellos.

Finn fue el primero en mirar hacia el ventanal y descubrirlos.

Cuando sus ojos se encontraron con los de Darragh, la sonrisa se le apagó y la sustituyó una tensión inmediata.

Lo observó en silencio desde lejos, con franca preocupación, como si tratara de medir lo que aquella coincidencia le estaba provocando.

Sin dar margen para esquivar la situación ni fingir que no se habían visto, Finn tomó la iniciativa y fue decidido hacia la mesa para saludar. A Sean y a Maeve no les quedó más remedio que seguirlo por el estrecho pasillo.

—Hola a los dos —dijo Finn al llegar a su altura.

—Hola —añadió Sean. Su saludo fue cortante, casi una obligación. Tenía las manos hundidas en los bolsillos de la chaqueta, los hombros rígidos y la mirada esquiva, y la tensión se le notaba en la cara.

—¡Vaya, qué casualidad volver a verte, Darragh! —comentó Maeve con una sonrisa amable y espontánea, completamente ajena a lo que ocurría a su alrededor.

—Sí, es un pueblo pequeño —contestó él.

En lugar de devolverle una sonrisa vacía o despedirse con cortesía para acabar cuanto antes, ladeó la cabeza, clavó los ojos en Finn y soltó una propuesta envenenada que delataba su malestar.

—Finn, ¿por qué no te sientas a cenar con nosotros? Hay sitio de sobra. Así dejamos a la parejita tranquila para que disfrute de su noche.

El dardo cayó sobre el grupo con una fuerza demoledora.

Se hizo el silencio. Clara abrió los ojos de par en par, conteniendo el aliento, y giró la cabeza hacia Darragh. Maeve parpadeó un par de veces, descolocada.

Finn se quedó petrificado. Miró a Darragh sin saber cómo reaccionar, atrapado entre la rabia contenida del comentario, la incomodidad de no saber qué responder y la certeza de que cualquier palabra suya avivaría un fuego peligroso.

Pero, antes de que pudiera inventarse una excusa o rechazar la propuesta, Sean dio un paso al frente. Tiró de la chaqueta con torpeza y apretó la mandíbula con tanta fuerza que se le marcaron los tendones del cuello. Sus ojos echaban chispas mientras fijaba en Darragh una mirada abrasadora.

—Me parece una idea excelente —dijo, con la voz cargada de veneno, respondiendo por Finn antes de que este pudiera hacerlo—. Hazles caso y siéntate con ellos, Finn. Maeve y yo pediremos una mesa para dos.

Contra todo pronóstico, una vez disipada la tensión inicial, la cena de los tres transcurrió de forma sorprendentemente fluida.

La presencia de Finn, lejos de incomodar, resultó ser justo lo que hacía falta para aligerar el ambiente.

Su empatía natural y su sentido del humor tumbaron la muralla de malestar que el encontronazo con Sean había levantado en la mesa.

Entre porciones de pizza, risas y bromas, la velada se llenó de buen rollo.

Sin decirlo, los tres hicieron un pacto, nadie mencionó a Sean ni a Maeve en toda la cena.

Ni una alusión indirecta, ni una mirada furtiva hacia el fondo del local, donde se había sentado la otra pareja.

Clara, Finn y Darragh se concentraron en disfrutar de la comida y de una conversación que parecía fluir sola.

Al terminar y pagar, el ambiente distendido los acompañó hasta la acera. La noche refrescaba y decidieron dar un paseo para estirar las piernas antes de recogerse. Fueron juntos por las calles, diciendo tonterías entre risas.

En una de las intersecciones principales del centro, sus caminos se separaron de forma natural.

—Yo acompaño a Clara a casa —anunció Finn, deteniéndose en el cruce y regalándole a Darragh una sonrisa.

—Genial. Gracias, Finn —aceptó Clara, dándole un abrazo rápido a Darragh—. Llámame mañana, ¿vale?

—Hecho. Cuidaos los dos —se despidió él, con un gesto afectuoso.

Se quedó unos segundos viendo cómo se alejaban charlando entre susurros y luego se dio la vuelta para hacer en solitario el resto del camino a casa.

Para acompañar el paseo silencioso, sacó el móvil y empezó a deslizar el dedo por la pantalla. Se entretuvo revisando notificaciones y contestando comentarios que le habían dejado en las publicaciones de sus libros, mientras sus pies seguían de memoria el camino a su apartamento.

Estaba absorto en la pantalla cuando, al refrescar el inicio de Instagram, una actualización reciente lo hizo detenerse en mitad de la acera.

Era una publicación de Maeve.

Se quedó mirando la imagen un instante. Había subido una foto cuidada de la mesa de la pizzería, con las pizzas que habían pedido y las bebidas sobre el mantel de cuadros.

La composición era limpia y bonita, centrada en la comida y el ambiente del local.

Amplió la foto, movido por la curiosidad, pero por más que buscó en las esquinas o en los reflejos, no había ni rastro de Sean.

Ni una mano, ni un brazo, ni el borde de su chaqueta, ni una etiqueta en el texto. Nada.

Guardó el móvil y miró la calle desierta, preguntándose qué significaba exactamente la discreción de Maeve.