Capítulo 16
«La calma que precede a la colisión no es paz; es solo la tensión acumulada del impacto inevitable».
Asphodelus Walsh , Simbolismo y ritos de la antigua Irlanda .
E l viaje de vuelta a Kilkenny, el domingo por la tarde, transcurrió en una especie de duermevela. El vagón olía a café rancio y a gente cansada, lo que, sumado al agotamiento físico y mental que los dos arrastraban, no lo hizo precisamente agradable.
A mitad de camino, después de una mini siesta reparadora, Darragh sacó el móvil del bolsillo y mantuvo pulsado el botón de encendido.
La pantalla se iluminó y comprobó, desconcertado, que no había ninguna notificación nueva de Sean, ni una llamada perdida ni un mensaje.
Su empeño en localizarlo se había cortado en seco.
Se quedó mirando la pantalla un par de segundos más, con una extraña mezcla de alivio y decepción en el estómago, y volvió a guardárselo sin decir nada.
Clara, recostada contra la ventanilla con los ojos entrecerrados, ni se enteró.
Cuando el tren se detuvo en la estación de Kilkenny, el aire fresco de la tarde los recibió como un jarro de agua fría. Se despidieron con un abrazo y cada uno arrastró su maleta hacia su casa. No hizo falta decir mucho más, los dos necesitaban volver a su rutina y descansar.
Ya en su apartamento, se quitó la ropa, se metió en la ducha y dejó que el agua hirviendo se llevara el peso de los últimos días. Con el pelo aún húmedo y un pantalón de chándal cómodo, se preparó una infusión y se dejó caer en el sofá.
Fue entonces, en el silencio de su casa, cuando reunió el valor para abrir los mensajes de Sean que había dejado sin leer durante la noche del viernes y la madrugada del sábado.
Los primeros eran de una urgencia casi desesperada; «Darragh, cógeme el teléfono, por favor.» «Sé que estás viendo las llamadas. Tenemos que hablar.» «¿Dónde estás? Clara tampoco responde. Contesta.»
Pero el rastro se cortaba bruscamente a una hora muy concreta de la mañana del sábado, justo cuando Clara subió a sus historias de Instagram la foto con el chico guapo del hotel y el texto de ligoteo por Dublín .
Después de esa publicación, Sean no había vuelto a intentar contactar con ninguno de los dos.
Ni una palabra más. Ni un reproche, ni una pregunta. Nada.
Ese silencio se alargó hasta el miércoles.
Fueron unos días extraños, en los que Darragh intentó volver a la normalidad.
Fue a la biblioteca, cumplió con sus horarios, volvió a casa a la hora de siempre e incluso hizo la compra en el supermercado del barrio, con los ojos bien abiertos y los hombros tensos, esperando encontrárselo en cualquier esquina.
Pero Kilkenny parecía haberse encogido a su favor. Sean no apareció por ninguna parte.
La única interferencia fue una llamada de su madre el martes por la tarde, mientras él preparaba la cena.
—¿Has sabido algo de Sean estos días? —preguntó ella con total inocencia, con el bullicio de su cocina de fondo—. ¿Va a venir el sábado a desayunar?
Darragh se quedó quieto unos segundos, incapaz de reaccionar.
—No, mamá, no creo que pueda, pero Clara tiene muchas ganas de tus bollos de arándanos.
Su madre no insistió y se alegró de que Clara se uniera, así que él pudo relajarse. No tenía sentido pensar en Sean. Quizá él hubiera aceptado que le gustaba, pero estaba claro que no era recíproco, no solo por una cita que de cita no tuvo nada, ni por la rubia, sino por todo lo demás.
Se había hecho ilusiones y se había equivocado. Solo le quedaba apretar los dientes y seguir adelante.
Pero su determinación, y su suerte, le jugaron una mala pasada el miércoles. Acababa de salir del trabajo y caminaba por la calle principal hacia su casa cuando, al doblar la esquina de la panadería, en uno de los tramos más estrechos de la calle, la realidad le dio de frente.
Sean venía en dirección contraria, y por supuesto no iba solo.
A su lado caminaba la misma chica rubia con la que Darragh lo había visto la semana anterior.
Charlaban animados, muy juntos, y la acera era tan estrecha que no había margen para disimular, ni un callejón donde esconderse, ni tiempo para dar media vuelta.
Darragh se frenó en seco, pero ya era tarde, la mirada de Sean se alzó en ese preciso instante y chocó con la suya, dejándolos a los dos clavados en el sitio.
Sean fue el primero en hablar. La chica rubia se detuvo a su lado y miró a Darragh con curiosidad educada.
—Darragh —saludó él, con la voz algo más tensa y grave de lo habitual.
—Sean —respondió, obligándose a sostenerle la mirada con una serenidad ensayada que distaba mucho del nudo que se le acababa de formar en el estómago.
El silencio amenazó con volverse insoportable. Sean carraspeó, se ajustó la chaqueta y señaló a su acompañante sin entrar en detalles.
—Ella es Maeve —dijo simplemente, sin explicar qué los unía ni qué hacían juntos a esa hora.
—Encantada, Darragh —dijo la chica, dando un paso al frente con una sonrisa amable—. La verdad es que te conozco. Te sigo en Instagram desde hace un tiempo porque me encantan tus libros. El último me pareció maravilloso.
Darragh se quedó descolocado un segundo. La amabilidad genuina de Maeve desarmó por completo la hostilidad que le provocaba solo verla.
—Muchas gracias —contestó, forzando una sonrisa cordial—. Me alegra mucho saber que te gustó.
Aprovechando el momento de cortesía para dar por terminado el encuentro, se hizo a un lado para sortearlos.
—Bueno, no os entretengo más. Que tengáis buena tarde.
—Espera, Darragh —lo cortó Sean, dando un paso para taparle la salida. En su mirada había un poso de reproche mal disimulado—. ¿Qué tal por Dublín? Por las fotos parece que te lo pasaste bastante bien.
Darragh se detuvo. La alusión a la foto de Instagram le encendió la sangre, pero, en lugar de perder los papeles, ladeó la cabeza y clavó los ojos en Sean con una frialdad avivada por el enfado.
—Seguro que no tan bien como te lo has pasado tú por aquí —sentenció en voz baja pero firme.
Sin darle tiempo a reaccionar, a encajar el golpe ni a decir una sola palabra, retomó el paso a buen ritmo y dejó a la pareja atrás en la acera.
Llegó a su apartamento con el pulso acelerado y las manos temblando dentro de los bolsillos.
Tiró la chaqueta de cualquier manera, fue directo al sofá y sacó el móvil. Abrió Instagram y, movido por un impulso urgente e inevitable, fue a su lista de seguidores y empezó a deslizar el dedo buscando el nombre de Maeve. No tardó en encontrar la cuenta.
El perfil era público. Fue repasando las publicaciones con una mezcla de morbo y angustia; paisajes, cafés, portadas de libros y alguna foto con amigas. Ni una sola con Sean. Ni una etiqueta, ni un comentario comprometedor a la vista.
Dejó caer el teléfono sobre el cojín y se pasó una mano por la cara. Aquello no significaba nada. A lo mejor no había fotos juntos porque lo suyo era reciente. Sin tener muy claro por qué lo hacía, le dio a seguir de vuelta.